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Taxis

‘¡Qué se jodan!’ Dicen algunos. Y claro, estando el patio como está no es fácil sacar una conclusión rápida y si escupir un ‘que se jodan’. No pretendo defender a los taxistas a capa y espada ni tampoco a los VTC, más bien a pensar en alto sobre Uber, Cabify y los taxis.

Para empezar, tanto unos como otros son trabajadores, es decir, personas que conducen un vehículo y dan un servicio: hacen un trabajo y tienen que ser pagados por ello. Y si es posible, que lo es, bien pagados. Cómo deben pagarse los trabajos en un país que quiere mantener la clase medía. Sin clase media no hay nada.

Mucha gente, con razón a veces, se queja del mal servicio de los taxistas en determinadas ocasiones. Una vez volvía de viaje y tuve que coger uno por urgencia en Barajas. Siempre aparco a siete minutos de la T1 y voy caminando. Estaba malo y no podía andar ni esos siete minutos hasta mi coche, por lo cual no tenía más remedio. Veinticinco euros por tres minutos en coche, porque claro, la tarifa del aeropuerto hace que levantar la bandera te metan los veinticinco. Creo que esta tarifa ya la han cambiado, pero aquel día me metieron el golpe. He escuchado a otras personas hablar sobre algunos en chanclas y oliendo mal, o si te dan la turra con temas políticos o de otro tipo etc. Eso, verdaderamente es poco agradable. Pero generalizar un colectivo por uno o dos casos que siempre hay es, como poco, injusto.

Cuando se monopoliza algo, pueden ocurrir ciertos tipos de abusos que derivan siempre a mal servicio y a una mala imagen del colectivo. Por otro lado los VTC, te ofrecen una aplicación con sistema de puntuación muy cómoda y precio cuasi cerrado. Los coches están impecables y son muy modernos. Los conductores te dan una botellita de agua y se preocupan por ti. Estoy seguro que esto es por el sistema de puntuación de los usuarios. Al querer conseguir buena nota, te tratan bien y quizá es algo que los taxis podrían incorporar a su colectivo. Si algo tienen las plataformas de este tipo (Airbnb, BlaBlaCar etc) de bueno es eso, el poder puntuar y que te puntúen. Debo decir que he cogido varios Uber y siempre fue bien, a excepción de uno que, al yo quedarme dormido me dio una vuelta curiosa. Si es cierto que la compañía, me devolvió un porcentaje aunque bastante menor para lo que el conductor me había engañado. Es decir, que me la metió.

Dicho lo anterior me gustaría ser lo más ecuánime posible y sacar una foto con mayor perspectiva del asunto. Y siendo así me pongo a reflexionar, hablo con conductores de Uber, con algún amigo taxista etc. Un taxista pagó en su día un dinero, no poco, y a veces funcionó como especulación (culpa de gobiernos incapaces y corruptos desinteresados en dignificar el trabajo del taxi y su clientela), por poder explotar una licencia en Madrid o en Barcelona. Que nadie controló eso, fue un error tremendo, ya que jamas debio ser especulativo. Mucha gente se hipotecó para dedicarse a ello. Gente trabajadora que su vida es el taxi. Algo que da dinero y te permite vivir y pagar esa licencia, se supone. Además de esa licencia pagan impuestos. Se puede decir que están regulados en ese sentido.


Empresas como Uber o Cabify tienen sus matrices fuera de España, como otras grandes corporaciones, haciendo que los impuestos que paguen no sean proporcionados al negocio y las ganancias que esas empresas tienen. Por no comentar que una licencia de Uber al lado de una de Taxi es de chiste ¿Que cara se le queda al taxista que se hipotecó para poder tener su negocio de conductor? No parece justo. Las empresas VTC contribuyen menos al estado, ese que paga la educación y la sanidad. Por otro lado, después de hablar con varios conductores de Uber, ninguno o casi ninguno tiene el coche en propiedad. Trabajan de manera asalariada para empresas grandes que tienen un stock de coches y es a ellos a quien les rinden cuentas. Suelen quejarse de que ganan poco si uno les pregunta por encima. En lloricas se parecen a los taxistas más de los que les gustaría, fijate por donde. Pero realmente sus salarios son bastante bajos para las horas que hacen. No es que no generen dinero, sino que del dinero que generan con su trabajo reciben solamente una parte: un salario asignado, que es precario además. No sería malo mencionar la cantidad de políticos y gente poderosa que tiene acciones en estas compañías que hará entender más fácilmente que no quieran regular la situación de las mismas.

Ese dinero que sube hacia arriba, es decir que no queda en manos de los conductores, va a parar a manos de esas grandes empresas, ya sean las que proporcionan el coche o las que proporcionan los clientes (Uber, Cabify). Mientras que el dinero que le pagas a un conductor de taxi, después de impuestos y licencia, es para él, para su bolsillo. Y ese conductor o conductora lo gastara en lo que le venga en gana dejando dinero en otros negocios. Ese conductor de taxi tendrá un poder adquisitivo que nunca tendrá un asalariado. Y ese poder adquisitivo es el que hace que la economía de un país funcione: clase media con cierta capacidad económica.

A uno le da la impresión de que finalmente, está ocurriendo o va a ocurrir lo que ya ha ocurrido en otros sectores. Nos ponen el caramelo del centro comercial o de la súper oferta o la tontería material y en última instancia se traduce que esos mismos puestos de trabajo (dependiente de una tienda, conductor de coches o el que sea) sufren un recorte brutal en sus retribuciones pasando ese dinero a la gran corporación como los centros comerciales o las empresas de VTC las que ganan un beneficio a costa del mismo trabajo. Y ese dinero empobrece a la clase media que es la que realmente genera demanda interna y hace que un país funcione y la rueda se mueva.

Algo último es reflexionar sobre cómo nos granulan y dividen para poco a poco degradar los sueldos y quitar dignidad a los trabajos. Por eso, debes plantearte algo que si crees que los taxis ‘se deben joder’. En realidad son lo mismo que tu, alguien que trabaja y quiere ganar dinero digno. Si pensamos más allá son, digamos, de tu especie y defiendes lo que tu defenderías en tu trabajo o en su lugar.

Igual, cuando te llegue a ti en tu trabajo y te recorten porque alguien lo hace más barato, estarás también solo si los demás dicen ‘que se joda’ y perderás. Por que al fin y al cabo, son trabajadores como la mayoría. Es demasiado fácil maldecirlos porque un día, dos o cinco llegues más tarde al puesto de trabajo porque están luchando por algo que cualquiera haría, mantener su puesto y su nivel de vida, algo por cierto que es bueno para el país, si es que queremos ponernos patrióticos.Y por supuesto, prefiero que los trabajadores de mi país ganen su buen dinero para gastarlo y vivir bien a que se lo lleven grandes corporaciones para seguir explotando, minimizando salarios y precarizando, que es en última instancia lo que está sucediendo en todos los lugares y ámbitos: la absorción de las fuerzas por el capital, el reparto desigual de oportunidades a los accesos pese al trabajo y el esfuerzo las personas. 

 
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Publicado por en 23 enero, 2019 en Sin categoría

 

Hablando de libros I. Gemma Serradell.

Gemma Serradell es una joven escritora catalana que colabora en medios de comunicación y revista digitales. Ganadora del premio de poesía del certamen “Las letras tienen premio” de Viladecans. Con estudios de derecho y psicología, escribe y lo hace muy bien. Su primer libro es “Cartas al vacío”, profundo y muy conseguido, donde te permite trasladarte y moverte emocional y espiritualmente. En palabras de la autora sobre lo que podemos encontrar: “Nuestros pensamientos y sentimientos más profundos: la tristeza, la soledad, el amor, el desarraigo, el deseo, los infiernos, tormentas personales y el mal sabor que dejan los sueños no cumplidos… algunas reivindicaciones políticas y sociales y un escrito donde narro mi experiencia como voluntaria en Ciudad Oculta, una de las villas miseria más grandes de Buenos Aires”. Es un libro para tenerlo a mano y leerlo sin prisa, disfrutar y reflexionar.

– Primero gracias por querer colaborar y por tu tiempo. Hace poco más de un año que leí tu libro. Antes que nada, enhorabuena, creo que tiene una gran calidad y una profundidad muy interesante. ¿Cuál es el momento que decides empezar con estas cartas y porque eliges ese formato?

Gemma: Muchas gracias a ti por leer mi libro. No sabes cuánto me alegro de que te guste, pues fue un paso muy difícil el atreverme a publicar.
Escribo desde pequeña, escribir siempre ha sido una de mis maneras de liberarme, de canalizar sentimientos, de expresar aquello que sentía en mi interior, pero también de desaparecer por un momento de mi piel y meterme en otra.
Estas cartas tan solo son mis sentimientos o pensamientos a través de los años, muchas vivencias personales y algunas reflexiones existenciales. La mayoría de ellas van dirigidas a un destinatario inexistente, o que ya ha fallecido -como en el caso de mi abuelo-.
Elegí ese formato porque sé que no hay nadie al otro lado que ha de responderme, y me siento a gusto así, dirigiendo una carta a mi propio destinatario interior. Hay una frase de Ricardo Piglia que define muy bien lo que quiero decir:
Escribir una carta es enviar un mensaje al futuro; hablar desde el presente con un destinatario que no está ahí, del que no se sabe cómo ha de estar (en qué ánimo, con quién) mientras le escribimos y, sobre todo, después: al leernos. La correspondencia es la forma utópica de la conversación porque anula el presente y hace del futuro el único lugar posible del diálogo.”
Yo no espero más dialogo futuro en esas cartas que mi propio diálogo interior, mis propias respuestas a las preguntas que hoy se me plantean.

– Al leer el libro uno puede identificarse de manera muy íntima en ciertos escenarios vitales que describes. Esto es algo que como lector uno puede agradecer ya que permite mirarte en forma de espejo desde otro ángulo distinto. Dices que es tu libro más personal ¿Te inspiras en experiencias tuyas, en tus lecturas, en una mezcla, imaginación…?

Gemma: “Cartas al vacío” es una mezcla de todo lo que nombras: son mis pensamientos, vivencias y experiencias vitales. Pero también hay relatos inventados, aunque los sentimientos siempre sean reales. Suelo basarme en lo que yo sentí una vez para crear una historia en torno a ese sentimiento.

– Por otro lado, al leer, uno puede imaginar que hay una implicación emocional fuerte en el momento de escribir las cartas. ¿Hasta qué punto es un reto duro, si es que se puede llamar así, y hasta qué punto es placer al escribir?

Gemma: El dolor y el placer van más unidos de lo que pensamos. Científicamente, la línea que separa dolor y placer es muy pequeña. Ambas sensaciones activan el mismo circuito cerebral y liberan dopamina. Con esto no quiero decir que yo sea masoquista, pero quizá mi escritura sí lo sea. Escribo como catarsis, y por lo tanto dolor y placer, en mis escritos, van unidas de la mano. Escribir se convierte en placer cuando el dolor sale de mí para quedarse en el papel. Entonces me he liberado, ya nada duele…o no tanto.

– ¿Escribes todas seguidas o pertenecen a momentos diferentes en el tiempo y es ahí cuando las escribes y luego recopilas?

Gemma: En general, casi todas están separadas en el tiempo, hay algunas de hace años y otras más recientes. Épocas que escribo más y otras que no estoy tan inspirada y escribo menos. Luego hago un trabajo de recopilación; unas las desecho, otras las modifico y otras las dejo tal cual están. Intento no releerlas mucho porque casi nunca las veo terminadas o perfectas, esa inseguridad es lo que convierte mi escritura en un suplicio.
Cuando la editorial me dijo que iba a publicarlo, quité muchos relatos antiguos y me puse a escribir nuevos que me gustaran más. De marzo a agosto de ese año, escribí sin parar y seleccioné luego los que más me gustaron. Otros han quedado en el olvido o directamente han terminado en la papelera de reciclaje.

– ¿Es la poesía más fruto del trabajo o de la inspiración?

Gemma: Casi siempre de inspiración. Cuando me siento a escribir casi nunca me sale nada. Y luego me pilla en los momentos más insospechados. Soy muy sensible a las emociones que me transmiten cada persona, libro o lugar. Y creo que mis mejores relatos son fruto de la inspiración y no del trabajo.
A veces me surge una idea por la noche, y hasta que no lo escriba ten por seguro que no conseguiré dormir.

– ¿Cómo sientes que un poema o escrito está terminado y cómo lo corriges? ¿Lo dejas “reposar” un tiempo para volver a él y corregirlo?

Gemma: Como te comentaba antes, esa es la parte que más sufrimiento me da. Normalmente leo y releo el mismo poema o relato 50 veces antes de darlo por terminado, y cuando quiero darme cuenta es otro poema distinto.
Creo que eso es algo que nos pasa a todos los escritores. Leí hace poco una anécdota relacionada con Gabriel García Márquez que refleja muy bien este hecho: resulta que el escritor colombiano viajaba con un amigo en un tren, y García Márquez le regaló una edición reciente de Cien años de soledad. Tras entregarle el libro, García Márquez se lo pidió de nuevo para volver a echarle una ojeada, y cuando quisieron darse cuenta, el ejemplar lucía tantas correcciones que era imposible leer el texto impreso. Cuando su amigo lo vio, dijo que le había dado un libro completamente distinto.

– En tus redes sociales sueles compartir mucha poesía, tanto ajena como propia, de buena calidad ambas y tus seguidores lo agradecemos. Cuéntanos de dónde viene tu afición por la lectura y la poesía. ¿Qué tipo de lectora eres?

Gemma: Siempre he sido una lectora empedernida. La pasión por la lectura, igual que la escritura, me vienen desde pequeña. En mi familia, siempre he visto a mis padres y a mis abuelos con libros entre las manos. Mis padres tenían una biblioteca en casa, y yo he crecido entre libros. De pequeña, me dormía con los cuentos y las historias que me contaban ellos, y cuando aprendí a leer, los devoraba con fruición. Recuerdo las tardes con mi madre en la biblioteca, me hacía feliz ir allí, compartir esos momentos de paz con ella. Siempre le estaré agradecida por ello. Nos gustaba hablar de las historias de los libros como si fueran reales, porque para nosotras de verdad lo eran.
El género poético -ya sea en verso o en prosa- es el que más me gusta, porque hay mucha implicación personal y no es fácil volcarse en un papel a la vista de todos. Para mí tiene mucho mérito.

– “La vida no basta, por eso existe la literatura”, ¿Estás de acuerdo? ¿Qué significa para ti la literatura y la poesía?

Gemma: Por supuesto. Un soñador necesita creer que hay algo más que esta realidad material y tangible. Un soñador no se conforma con la vida, necesita palpar otras realidades, otros mundos diferentes, otras maneras de pensar y de ver el mundo, diferente a lo común. El artista tiene otra mirada, por eso es capaz de crear, porque mira sintiendo.
La vida es fría y desgarradora, en el arte, en la poesía y en la literatura hay esperanza, hay algo que te empuja a lo espiritual, a lo intangible, a lo verdaderamente importante. La literatura y la poesía para mí son eso. El mundo intangible donde yo me siento en paz.

– Como escritora, lectora, pero también como psicóloga, ¿Cuál es el valor social y personal que tiene o debería cubrir, no sólo la poesía sino la literatura en general?

Gemma: Mucha gente cree que la lectura solo es un entretenimiento, pero la lectura ejerce una función social muy importante. En primer lugar, y la más esencial: la lectura estimula la empatía. Cuando somos capaces de ponernos en la piel de otro estamos trabajándola. Sufrimos por el otro, nos ponemos en su situación y reflexionamos acerca de aspectos que quizá en nuestra vida no haría falta planteárnoslo porque no lo estamos viviendo. Leer abre la mente, y el corazón.

– ¿Cuáles son las lecturas o escritores más recurrentes e influyentes?

Gemma: Son tantos que sería imposible enumerarlos a todos. Ángel González, Luis García Montero, Mario Benedetti y Joan Margarit son poetas a los que me gusta volver una y otra vez.  Luego están los innumerables libros que me han marcado: “Caballos desbocados” de Yukio Mishima, “La calle de la luna” y “Lo nuestro y lo triste” de Kiko Méndez Monasterio, “Madame Bovary” de Gustave Flaubert, “Las uvas de la ira” de John Steinbeck, “Los renglones torcidos de Dios” de Torcuato Luca de Tena, “La carretera” de Mc Carthy….

– ¿Podrías recomendarnos un poema de otro autor que te haya gustado mucho?

Gemma: “Carpe Diem”, de Walt Withman. Deberíamos leerlo cada mañana al despertar.

– Regresando a tu libro, ¿Cuál es tu carta favorita?

Gemma: Como relato, uno de los que más me gusta es “Papel mojado”. Luego está “carta al vacío”, que define muy bien la esencia del libro y que por eso lleva ese título. Y, por último, “si no es amor no duele”, donde queda expresada a la perfección mi forma de sentir la vida.

– Muchas gracias Gemma por contestar. Desde aquí invitamos a todos a seguirte en redes y leerte, especialmente tus “Cartas al vacío”. Dejamos en enlace de tu libro y el poema.

Gemma: Gracias a ti por la entrevista. Ha sido un placer poder compartir juntos este té.

Poema “Carpe Diem” de Withman.
Libro de Gemma en Amazon:

 
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Publicado por en 22 diciembre, 2018 en Sin categoría

 

A sangre y fuego

Prologo de Chaves Nogales, de su libro “A Sangre y Fuego” escrito en 1937.

Yo era eso que los sociólogos llaman un “pequeñoburgués liberal”, ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de producción y de cambio – como dicen los marxistas –, ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionado periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. Cuando iba a Moscú y al regreso contaba que los obreros rusos viven mal y soportan una dictadura que se hacen la ilusión de ejercer, mi patrón me felicitaba y me daba cariñosas palmaditas en la espalda. Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, de ciudadano de una república democrática y parlamentaria.

Si, como me ocurría a veces, el capitalismo no prestaba de buen grado sus grandes rotativas y sus toneladas de papel para que yo dijese lo que quería decir, me resignaba a decirlo en el café, en la mesa de redacción o en la humilde tribuna de un ateneo provinciano, sin el temor de que nadie viniese a ponerme la mano en la boca y sin miedo a policías que me encarcelasen, ni a encamisados que me hiciesen purgar atrozmente sus errores.Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario.

En realidad, y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima que yo pretendía sacar adelante, merced a mi artesanía y a través de la anécdota de mis relatos vividos o imaginados, mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia, el pecado contra el Espíritu Santo.

Pero la estupidez y la crueldad se enseñoreaban de España. ¿Por dónde empezó el contagio? Los caldos de cultivo de esta nueva peste, germinada en ese gran pudridero de Asia, nos los sirvieron los laboratorios de Moscú, Roma y Berlíncon las etiquetas de comunismo, fascismo o nacionalsocialismo, y el desapercibido hombre celtíbero los absorbió ávidamente. Después de tres siglos de barbecho, la tierra feraz de España hizo pavorosamente prolífica la semilla de la estupidez y la crueldad ancestrales. Es vano el intento de señalar los focos de contagio de la vieja fiebre cainita en este o aquel sector social, en esta o aquella zona de la vida española. Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharseIdiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España.

De mi pequeña experiencia personal, puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros. Me consta por confidencias fidedignas que, aun antes de que comenzase la guerra civil, un grupo fascista de Madrid había tomado el acuerdo, perfectamente reglamentario, de proceder a mi asesinato como una de las medidas preventivas que había que adoptar contra el posible triunfo de la revolución social, sin perjuicio de que los revolucionarios, anarquistas y comunistas, considerasen por su parte que yo era perfectamente fusilable.

Cuando estalló la guerra civilme quedé en mi puesto cumpliendo mi deber profesional. Un consejo obrero, formado por delegados de los talleres, desposeyó al propietario de la empresa periodística en que yo trabajaba y se atribuyó sus funciones. Yo, que no había sido en mi vida revolucionario, ni tengo ninguna simpatía por la dictadura del proletariado, me encontré en pleno régimen soviético. Me puse entonces al servicio de los obreros como antes lo había estado a las órdenes del capitalista, es decir, siendo leal con ellos y conmigo mismo. Hice constar mi falta de convicción revolucionaria y mi protesta contra todas las dictaduras, incluso la del proletariado y me comprometí únicamente a defender la causa del pueblo contra el fascismo y los militares sublevadosMe convertí en el “camarada director”y puedo decir que durante los meses de guerra que estuve en Madrid, al frente de un periódico gubernamental que llegó a alcanzar la máxima tirada de la prensa republicana, nadie me molestó por mi falta de espíritu revolucionario, ni por mi condición de “pequeñoburgués liberal”, de la que no renegué jamás.

Vi entonces convertirse en comunistas fervorosos a muchos reaccionarios y en anarquistas terribles a muchos burgueses acomodados. La guerra y el miedo lo justificaban todo.

Hombro a hombro con los revolucionarios, yo, que no lo era, luché contra el fascismo con el arma de mi oficio. No me acusa la conciencia de ninguna apostasía. Cuando no estuve conforme con ellos, me dejaron ir en paz.

Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas.

Los “espíritus fuertes” dirán seguramente que esta repugnancia por la humana carnicería es un sentimentalismo anacrónico. Es posible. Pero, sin grandes aspavientos, sin dar a la vida humana más valor del que puede y debe tener en nuestro tiempo, ni a la acción de matar más trascendencia de la que la moral al uso pueda darle, yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea éste un lujo excesivo.

Se paga caro, desde luego. El precio, hoy por hoy, es la Patria. Pero, la verdad, entre ser una especie de abisinio desteñido, que es a lo que le condena a uno el general Franco, o un kirguís de Occidente, como quisieran los agentes del bolchevismo, es preferible meterse las manos en los bolsillos y echar a andar por el mundo, por la parte habitable de mundo que nos queda, aun a sabiendas de que en esta época de estrechos y egoístas nacionalismos el exiliado, el sin patria, es en todas partes un huésped indeseable que tiene que hacerse perdonar a fuerza de humildad y servidumbre su existencia. De cualquier modo, soporto mejor la servidumbre en tierra ajena que en mi propia casa. 

Cuando el gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia, abandoné yo el mío. Ni una hora antes, ni una hora después. Mi condición de ciudadano de la República Española no me obligaba a más ni a menos. El poder que el gobierno legítimo dejaba abandonado en las trincheras de los arrabales de Madrid lo recogieron los hombres que se quedaron defendiendo heroicamente aquellas trincheras. De ellos, si vencen, o de sus vencedores, si sucumben, es el porvenir de España.

El resultado final de esta lucha no me preocupa demasiado. No me interesa gran cosa saber que el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras. Es igual. El hombre fuerte, el caudillo, el triunfador que al final ha de asentar las posaderas en el charco de sangre de mi país y con el cuchillo entre los dientes –según la imagen clásica– va a mantener en servidumbre a los celtíberos supervivientes, puede salir indistintamente de uno u otro lado. Desde luego, no será ninguno de los líderes o caudillos que han provocado con su estupidez y su crueldad monstruosas este gran cataclismo de España. A ésos, a todos, absolutamente a todos, los ahoga ya la sangre vertida.No va a salir tampoco de entre nosotros, los que nos hemos apartado con miedo y con asco de la lucha. Mucho menos hay que pensar que las aguas vuelvan a remontar la corriente y sea posible la resurrección de ninguno de los personajes monárquicos o republicanos a quienes mató civilmente la guerra.

El hombre que encarnará la España superviviente surgirá merced a esa terrible e ininteligente selección de la guerra que hace sucumbir a los mejores. ¿De derechas? ¿De izquierdas? ¿Rojo? ¿Blanco? Es indiferente.Sea el que fuere, para imponerse, para subsistir, tendrá, como primera providencia, que renegar del ideal que hoy lo tiene clavado en un parapeto, con el fusil echado a la cara, dispuesto a morir y a matar. Sea quien fuere, será un traidor a la causa que hoy defiende. Viniendo de un campo o de otro, de uno u otro lado de la trinchera, llegará más tarde o más temprano a la única fórmula concebible de subsistencia, la de organizar un Estado en el que sea posible la humana convivencia entre los ciudadanos de diversas ideas y la normal relación con los demás Estados, que es precisamente a lo que se niegan hoy unánimemente con estupidez y crueldad ilimitadas los que están combatiendo.

No habrá más que una diferencia, un matiz. El de que el nuevo Estado español cuente con la confianza de un grupo de potencias europeas y sea sencillamente tolerado por otro, o viceversa. No habrá más. Ni colonia fascista ni avanzada del comunismo. Ni tiranía aristocrática ni dictadura del proletariado. En lo interior, un gobierno dictatorial que con las armas en la mano obligará a los españoles a trabajar desesperadamente y a pasar hambre sin rechistar durante veinte años, hasta que hayamos pagado la guerra. Rojo o blanco, capitán del ejército o comisario político, fascista o comunista, probablemente ninguna de las dos cosas, o ambas a la vez, el cómitre que nos hará remar a latigazos hasta salir de esta galerna ha de ser igualmente cruel e inhumano. En lo Exterior, un Estado fuerte, colocado bajo la protección de unas naciones y la vigilancia de otras. Que sean éstas o aquéllas, esta mínima cosa que se decidirá al fin en torno de una mesa y que dependerá en gran parte de la inteligencia de los negociadores, habrá costado a España más de medio millón de muertos. Podía haber sido más barato.

Cuando llegué a esta conclusión abandoné mi puesto en la lucha. Hombre de un solo oficio, anduve errante por la España gubernamental confundido con aquellas masas de pobres gentes arrancadas de su hogar y su labor por el ventarrón de la guerra. Me expatrié cuando me convencí de que nada que no fuese ayudar a la guerra misma podía hacerse ya en España.

Caí, naturalmente, en un arrabal de París, que es donde caen todos los residuos de la humanidad que la monstruosa edificación de los Estados totalitarios va dejando. Aquí, en este hotelito humilde de un arrabal parisiense, viven mal y esperan a morirse los más diversos especímenes de la vieja Europa: popes rusos, judíos alemanes, revolucionarios italianos…, gente toda con un aire triste y un carácter agrio que se afana por conseguir lo inasequible: una patria de elección, una nueva ciudadanía. No quiero sumarme a esta legión triste de los “desarraigados” y, aunque siente como una afrenta el hecho de ser español, me esfuerzo en mantener una ciudadanía española puramente espiritual, de la que ni blancos ni rojos puedan desposeerme.

Para librarme de esta congoja de la expatriación y ganar mi vida, me he puesto otra vez a escribir y poco a poco he ido tomando el gusto de nuevo a mi viejo oficio de narrador. España y la guerra, tan próximas, tan actuales, tan en carne viva, tienen para mí desde este rincón de París el sentido de una pura evocación. Cuento lo que he visto y lo que he vivido más fielmente de lo que yo quisiera. A veces los personajes que intento manejar a mi albedrío, a fuerza de estar vivos, se alzan contra mí y, arrojando la máscara literaria que yo intento colocarles, se me van de entre las manos, diciendo y haciendo lo que yo, por pudor, no quería que hiciesen ni dijesen.

Y luchando con ellos y conmigo mismo por permanecer distante, ajeno, imparcial, escribo estos relatos de la guerra y de la revolución que presuntuosamente hubiera querido colocar sub specie aeternitatis. No creo haberlo conseguido. 

Y quizá sea mejor así.

Montrouge (Seine), enero-mayo de 1937.

Charla sobre La Guerra Civil Española, y también sobre Chaves Nogales y su prologo en “Letras en Sevilla 2017”.

 
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Publicado por en 4 diciembre, 2018 en Sin categoría

 

Nos volveremos a ver

Hace ya más de cuatro años que empecé a escucharlos y nunca pensé que después de este tiempo nacería en mi esta gana de escribir cosas tan bonitas como las que intento a continuación. Esto es, sin duda, una carta de amor. De amor a la música, concretamente a La Raíz y a toda la gente con la que he tenido el placer de compartir su música y sus conciertos. De una manera u otra son la banda sonora de mil momentos de mi vida y seguro que también de muchas otras personas. Brutal como nos puede acompañar una canción en un determinado momento de nuestra vida. Brutal como escuchando dos acordes nos puede devolver de golpe a ese momento y a esas sensaciones. La primera vez que compartieron conmigo una canción de la Raíz fue el principio de una historia de amor. La verdad que sí, que teníamos una canción pendiente porque no teníamos miedo a buscarnos. Todos nos enamoramos con alguna canción al menos una vez. Incluso si se nos da bien podemos incluso despedirnos, diciéndonos que nos volveremos a ver, con ellas.  

Gracias. Por cada concierto que he podido vivir, ya fuera en el Viña, por Madrid, en Valladolid, en Murcia, por Comunitat Valenciana o por Cataluya… incluso en Londres. Ha sido un placer vivir conciertos de todo tipo: desde macro festivales a salas o pueblos pequeños. Cualquiera de ellos tenía su encanto, por brutal aforo o por más intimo. En cualquier caso, da igual, la magia la lleváis vosotros con vuestra música y con vuestro compañerismo. Por poder cantar a viva voz cada canción sintiéndola tanto. Algunas con los pelos de punta. Por esas letras, que en cada disco producido han ido subiendo la calidad y convirtiéndose cada vez en más comprometidas, señalando exactamente donde había que hacerlo. Unas letras que me han acompañado en el amor, en el desamor, en la amistad, en los viajes, en el curro, en la conciencia social, ayudándome a ampliarla y en mil cosas más. No sabría decir la cantidad de kilómetros que he hecho con mi coche escuchando vuestra música. 

Es increíble, y cada vez más, la cantidad de gente que vamos a los conciertos. Cómo ha crecido el número de gente que, no solo conoce La Raíz, sino que se hizo adicta en este tiempo… Gracias por hacer de aquella chispa un incendio increíble, como decís en los conciertos. Ha sido un incendio bellisimo. Estos últimos años fueron y son una locura que he podido vivir y ver. En Vallecas que no se cabía, en San Sebastián o Vicálvaro… Me pregunto cómo os debéis de sentir en un escenario donde miles de personas cantan tus letras con el fervor que lo hacemos nosotros desde abajo. Sinceramente no lo sé, pero sé que os lo merecéis. Os lo merecéis porque sois auténticos por no venderos a la industria, como a veces decís y es la verdad, que es el camino fácil para que te conozcan. A vosotros se os conoce por algo que es vuestro y nada tiene que ver con modas, ventas y marketing. Por decir exactamente lo que queréis decir y ademas con un ritmo buenísimo. Sois el ejemplo de que no hace falta publicidad masiva para que miles de personas bailen y canten vuestra música. Es por eso que tenéis un público tan fiel, porque las cosas auténticas, que son de verdad llegan más puras al centro de las personas y no se marchan con facilidad. Os llevamos dentro.

Gracias por hacer cada canción especial. Todas tienen algo. Algunas por estar casi hechas para uno y parecer que le hablan de su vida. Otras apuntan perfectamente la hipocresía que vivimos en diferentes capas y la denuncian. Gracias por llevarnos con vosotros al lado de los rebeldes. Por las noches en babilón donde bailan las conciencias y nos une un corazón. Porque nuestra nación es la literatura de esa locura del hidalgo de la Mancha. Como decís, la única patria digna es la que abarcan mis manos, un micro y con mis hermanos. Por soñar con mil dulcineas de cada región sabiendo que jamás quemaran nuestra pasión. Por cantar a África con los dientes del león y escuchar el grito latinoamericano, recordando que no tienen miedo a la muerte los pueblos de fe. Por denunciar a los buitres y jilgueros, que, de verdad, parece mentira, pero no dan solución al problema. Por celebrar que llueva en semana santa ¡No nos venderán esos castillos en el aire! Por poder ayudarme a cantar a alguien que esta noche me quedo a dormir, bien caliente y bien cerca, de todo corazón. También que si te encuentro gritaré que prefiero verte que ganar la guerra. Y que nunca se acabe esta noche, porque nos comeremos la vida en cualquier portal, porque hoy la luna se queda, borracha y callejera. Gracias por hacer el mejor tributo a las brigadas internacionales con un tema precioso que nos pone los pelos de punta: se canta sólo en los conciertos: es increíble vivido en directo. Por ser los hijos de los versos, de los poetas y los presos, y querer luchar cuerpo a cuerpo siendo peones. Por el tren huracán, la radio clandestina y vuestras canciones: que tienen vida. Es una sensación muy bonita bailar en la hoguera de los continentes. Infinitas gracias por cantar para levantar la marea a contra corriente y que suenen las voces. Por hacer vibrar a tanta gente en cada concierto. Sois muy grandes. Colaborar con Zoo, Los Chikos, La Pegatina, Auxili, Hechos Contra el Decoro, La Gossa Sorda o con Facu Díaz… os hace aún más grandes a todos, cabrones. Gracias.

Hay dos cosas que han sido y son increíbles siempre. Compartir o hacer que una parte de mi gente descubriera vuestra música, aún advirtiéndoles de que engancha. Luego venían llorando porque sois, en el mejor de los sentidos, como una droga que no podían dejar de escuchar. La otra es compartir vuestros conciertos con esas mismas personas. Es muy divertido bailar al ritmo de esa trompeta y el trombón que suenan genial. Bajo el ritmo de la batería, la guitarra o el bajo. Cuantos litros de cerveza, sudor y garganta desgastada en cada concierto. Y que bien gastado. Como mola cantar tan a viva voz. Qué manera tan brutal de empezar los conciertos con esos acordes entre poetas y presos: no somos mil manos, somos siempre muchísimas más.

Gracias por meter el dedo y por hacer reflexionar con letras comprometidas y finas. Es un gran regalo para todos, especialmente para la nueva generación joven que os empieza a escuchar con tanto impulso. Era difícil pensar que un grupo de música podía hacerme sentir tanto y tan bien por tantos motivos como para viajar a veros a un montón de sitios y cada vez con más ganas. Y comprobar que a tanta gente le pasa lo mismo y cada vez más. Me encanta ver en los conciertos gente de varias generaciones cantando vuestras canciones desde tan adentro, no se puede ser más transversal. Como una vez dijo Silvio Rodríguez, la música no hace la revolución, pero ayuda.

Este año 2018 La Raíz hace una parada merecida. Esperemos que no sea por demasiado tiempo. Saber que, al menos de momento, esto tiene un fin, me permite exprimir, saborear y vivir cada concierto muchísimo más aún. Por si no lo había dicho antes, gracias por todos estos momentos. Gracias por que sea tan fácil escribir algo tan bonito. Serán noches distintas, pero guardo una botella en la despensa, guardo sin tocar las ganas de volar. Porque lo que es seguro es que nos volveremos a ver cuándo salgamos del túnel e incendiaremos el mundo otra vez. De nuevo: ¡Gracias Raíz!

 
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Publicado por en 12 septiembre, 2018 en Sin categoría

 

Esa mirada

Tiró el cigarro por la ventanilla sin echar cuentas de lo que podía pasar. Un segundo después reflexionó sobre lo que acababa de hacer. Pensó que podría haber sido un error ya que aunque lo había dejado caer en una pequeña explanada de tierra donde estaban aparcados, les rodeaban los árboles y la vegetación del campo. El final de la primavera había sido seca y esa semana que llevaban de verano aún más. Pero se convenció de que si después de cinco minutos no veía rastro de fuego, no ocurriría nada. A fin de cuentas era de noche y si eso pasaba sería demasiado claro como para no verlo. Aunque se quería ir lo más pronto posible, no tenía ganas de vestirse y salir del coche para apagarlo. El silencio entre ellos era absoluto. Estaban en la parte de atrás del coche sentados. Ella se recostó encima de él en posición fetal y de medio lado mientras lo abrazaba. Aún no habían pasado cinco minutos desde que habían tirado el cigarro.

– Venga vámonos – Dijo mientras intentaba levantarse de la posición semitumbada en la que estaba.

– Espera un poco más. – Replicó ella.

El se quedo callado por unos momentos. Estaba demasiado cansado. No tenía ganas ni casi fuerzas para meter prisa aunque no le apetecía demasiado continuar allí tras el cigarro de después. La idea de anticipar un incendio le ayudó a procrastinar unos pocos minutos más.

– ¿No tienes prisa… no te espera tu novio? – Preguntó jocoso, sin estar interesado en la respuesta, por matar un poco el tiempo.

– Ya sabes que no. Ni siquiera es de aquí. – Tranquila pero sobria.

– ¿Y qué pasa, no te gusta estar con él? – Volvió de nuevo, sin demasiado interés.

– Claro. Me gusta estar con él… Y me trata mejor que tu. Tu no me dices nada bonito… él me regala cosas… y me dice cosas bonitas. Es muy mono.

– Claro…

Ella estaba en lo cierto y él también era muy consciente. Su relación tenía un límite muy claro donde los dos estaban de acuerdo y les hacía no abandonar la empresa. Tenían una diferencia de edad de algo más de diez años y él no estaba dispuesto a aguantar más de lo imprescindible las atenciones inmaduras de una niña que apenas había empezado a vivir. Sentía pereza mental al pensarlo.

– Tienes razón. – Dijo convencido para a continuación fruncir el ceño – De todas maneras… hay algo que no entiendo… ¿No lo haces con él?

– Claro, claro que lo hago. No le gusta tanto, ni a mi a veces tampoco. Pero bueno… no sé, me gusta con él.

– ¿Pero porque conmigo si…? Como hemos hablado alguna vez, es casi lo único que podemos hacer, en lo demás, no tenemos nada en común..

Ella se quedó por unos momentos pensativa. Como si hubiera visto una luz. De repente le cambio la entonación. Su actitud y tono infantil desapareció por un momento. Por esa única vez desapareció. No parecía ella; primero habló su silencio reflexivo, después verbalizó.

– Es por cómo me miras. Por cómo me tocas. – No era ella la que estaba hablando, estaba hablando una mujer a través del cuerpo de una chica que apenas tenía la mayoría de edad.

Un par de minutos más tarde estaban vistiéndose y arrancando el coche. Finalmente parecía que, al menos por su culpa, el monte no iba a arder aquella noche. No podía parar de pensar como una cría, que lo era por edad y por vivencias, de conceptos tan simples como ella era, podía tener esa información. No le había dado tiempo a vivir ni experimentar tanto como para entender lo que acababa de decir, era imposible. Pero sin embargo no había duda de que sabía que estaba diciendo. Pensó en el tiempo y las experiencias que él necesitó para aprender e interpretar ese tipo de claves y miradas. Claves que muchos tardan años en aprender y reconocer. Entonces recordó algo que había escuchado hace tiempo. Algo que tenía que ver con una especie de inteligencia genética de la mujer. Que pese a haber mujeres muy estúpidas o infantiles, tienen esa sabiduría hereditaria que se da en la mujer de manera innata, a veces, sin saber que la tienen, de la cual los hombres carecen. Y aquel momento de lucidez y sabiduría de ella, pensó, se explicaba quizá por aquellos motivos.

 
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Publicado por en 29 agosto, 2018 en Sin categoría

 

El cerebro es muy puta

Hace unos días estaba escuchando la vida moderna, el programa de la cadena SER y hubo un momento en el que Ignatius contaba que había utilizado unas gafas de realidad virtual. Por lo que dice, estuvo como diez minutos con ellas y “empezó a perder el sentido de la realidad”, de modo que pudo observar que el cerebro se adaptaba rápido a lo que se le estaba poniendo delante. Desde esa reflexión el plantea como erróneo el hecho de que el cerebro tiende a tener unas posturas cuadriculadas e inamovibles, sino todo lo contrario.

Es un tema interesante y puede explicar muchas cosas, pero profundizar es difícil por la cantidad de elementos que le rodean. Si lo que propone Ignatius es cierto, quiere decir que somos realmente personas con cerebros muy plásticos y flexibles. Esto nos debería permitir admitir errores rápido y sin coste, cambiar de opinión si estamos equivocados, no sufrir en exceso ante determinadas situaciones y continuar adelante, evitar conflictos por diferentes ideas etcétera. Hay mucha gente capaz de esto, pero mucha otra por defender una idea es capaz de matar. Incluso a menudo, más que defender una idea, defender el tener razón.

Como apunta Fromm en El miedo a la libertad, “El hombre moderno se halla en una posición en la que mucho de lo que él piensa y dice no es otra cosa que lo que todo el mundo igualmente piensa y dice; olvidamos que no ha adquirido la capacidad de pensar de una manera original”. Esto ocurre porque en parte, para socializar, por un lado y para obtener el sentimiento de pertenencia debemos construir o se nos es construida una realidad común. Un lugar desde donde entendernos de manera efectiva basada en una misma subjetividad. Es decir, una manera de mirar el mundo y nuestras realidades. Eso simplifica la realidad para su utilización colectiva y en masa. Cuando es dirigido por las élites es lo que Gramsci entiende como hegemonía.

Al ocurrir esto, el pensamiento y la terminología tiende a unificarse en un mismo sentido común. Aquí llega una de las posibles explicaciones por las que la ideología o la cultura no nos permite o nos dificulta ser más flexibles: el miedo a cambiar de opinión. Pensamos que si estamos equivocados somos más tontos y creo que no es así. Es justo lo contrario. El que, entre comillas, pierde una pelea verbal o argumental, realmente es el que ha ganado: porque aprende. La persona que tenía razón se queda como estaba y en esa ocasión no pudo aprender nada, mientras que el que estaba equivocado gana un conocimiento o aprendizaje, siempre que esté dispuesto a cambiar la manera de pensar. Además, como afirmaba el maestro, Galeano, “No vale la pena vivir para ganar, vale la pena vivir para seguir tu conciencia”, y yo añadiría: para aprender. La capacidad de aprendizaje es lo que nos permite vivir con las comodidades que disfrutamos y la que nos diferencia en mayor medida de los demás seres vivos. El miedo al sentimiento de no tener razón o estar equivocados nos impide ver una realidad desde otro punto de vista diferente, empobreciendo nuestra manera de pensar, entender y analizar la realidad.

Es también importante mencionar que no somos nuestras ideas ni somos nuestros pensamientos. Es decir, nuestras ideas solamente son creencias que hemos adquirido a lo largo de nuestra vida, especialmente en la niñez a través la educación en los entornos más próximos: en casa y en el colegio, y todo lo que se nos ha sido inculcado y se nos es inculcado durante nuestra vida. Algo que para nosotros es una especie de certeza. Con la que operamos e interiorizamos como verdad absoluta. Es más, pensamos que nos aporta seguridad el tener razón o no cambiar de ideas, pero realmente es una falsa seguridad porque finalmente no son realidades categóricas y verdaderas, solo son barreras que, otra vez, nos dificultan tener una mentalidad más flexible y adaptativa.

Por otro lado, la idea tener una opinión o visión que no comulga con el sentir general o hegemónico nos produce otro miedo: el perder el sentimiento de pertenencia y de socialización. Esto tiene que ver con esa batalla entre personalidad y la relación con los demás. A la hora de comunicarse y tener relaciones sociales siempre es más fácil desde una forma de pensar y cosmovisión compartida, aunque en parte ceda mi pensamiento propio. Es más sencillo y más rápido porque no hay que exponer ni profundizar en nada, pero nos vuelve a impedir flexibilidad y ejercicio mental. Este miedo puede hacer que se defiendan causas comunes no por el hecho de creer firmemente en ellas, sino por sentirse y ser parte del grupo y participar de él. Varios gobiernos a lo largo de la historia, entre ellos el del tercer Reich, aprovecharon y aprovechan esto para gobernar. Gente defendiendo causas en contra de sus propios intereses o de los intereses generales.

La barrera individual del temor a no tener razón y a la falsa seguridad junto con la barrera del temor a encontrarse solos; son los obstáculos que de alguna manera nosotros le colocamos al cerebro. A un órgano que físicamente está preparado, como dice Ignatius, para adaptarse de una manera sistemática y rápida. Parece entonces tener razón cuando, entre bromas, afirma que “El cerebro es muy puta” y creo que somos nosotros a través del mayor grado de consciencia los que debemos ayudar a que eso sea así en la mayor medida posible. Intentar no ponernos barreras a nuestro órgano más preciado y potente, algo que es sencillo de entender pero un poco más difícil de llevar a cabo. Quizá sea porque, aunque entendamos la parte racional, poco podemos conseguir si emocionalmente no sabemos manejar los miedos que nos impiden dejar al cerebro trabajar. Volvió a acertar Galeano sosteniendo que somos seres sentipensantes y que cualquier pensamiento es antes un sentimiento. Somos razón y corazón de una.

 
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Publicado por en 12 julio, 2018 en Abstracto

 

Humor y revolución

Si nos paramos a pensar un minuto, todos conocemos a más de una persona que siempre está entre bromas. Gente que utiliza el humor como vehículo comunicativo para ser más dinámico, divertido, pero sobre todo eficaz, en sus relaciones, ya sean personales, profesionales o de cualquier tipo. Hay muchísimos textos que correlacionan el humor y la inteligencia. Apuntan también a que, especialmente a los hombres, nos hace más atractivos. Pienso que tanto a hombres como a mujeres nos hace mil veces más atractivos. Rebaja la tensión siempre, funcionando como lubricante social.

El mundo es incierto e inexacto a menudo y eso lo deja sin definiciones sencillas. Presa de etiquetas facilonas para nuestro cerebro que se empeña en asignar por puro mecanismo de almacenamiento e interpretación del mundo exterior a él. Pero si no tienes definiciones, todo está más abierto y puedes jugar; tomarlo con filosofía y enriquecer más nuestra realidad. Tiene que ver con alzarse por encima del error de lo literal y superar la categorización unívoca de las cosas. Con el humor ensayamos y soñamos nuestra forma de ver el mundo y le ponemos dirección. “Entre broma y broma la verdad asoma”, dice el refranero. Obviamente, hay muchas cosas que son más fácil decirlas entre bromas.

Puede utilizarse en situaciones donde se tiene menos confianza de manera y actúa como inclusor. También pueden utilizarse entre conocidos donde las bromas o conceptos tienen significados negociados y por lo tanto eficaces, es decir, donde hay una intersubjetividad previamente creada. Como escribía en el párrafo anterior, esto permite a varias personas, ya sean dos o más, explorar y profundizar en algunos temas más tabúes, donde las analogías imponen un extra de flexibilidad mental para entender la realidad como un ente no unívoco. O al menos de darle una interpretación relativamente diferente o crítica a la hegemonía. Ademas, el humor le resta solemnidad a los idiotas, que son más peligrosos que los malvados.

Existen muchos temas que, aunque importantes, causan recelo y tensionan una conversación, como los sociales o políticos. Por ejemplo, a nivel ético, lo que está claro y es evidente pero los poderes fácticos lo presentan como imposible, el humor se convierte en un agregador importantísimo. Es decir, programas como “No te metas en política” o “La vida moderna” incluso “Polonia” (sobre la hegemonía nacionalista, de la que no estoy en casi nada de acuerdo), lo pretendan más o menos o no lo pretendan nada, hacen más y suman más por los procesos de reeducación y planteamiento de la izquierda o del pensamiento crítico que muchos políticos de manera seria y canónica. Por muy acertado y bueno que sea tanto su diagnostico como su discurso. Aunque tenga todo la razón del mundo. Por comparar con la música, como comento Silvio Rodríguez; las canciones no hacen una revolución, pero agregan a su sentido común.

No se trata de dar una respuesta, sino de plantear las preguntas que deben ponernos en movimiento. Porque realmente no hay un final, sino un camino. Por eso es importante aprender a reírse de todo, porque todo forma parte del camino. Por eso y porque es finita nuestra vida se debe relativizar. Es por eso que realmente el humor, aparte de aportar bienestar físico y equilibrio mental debe convertirse en revolucionario. Revolucionario en el sentido crítico. Que permita entrar en los entresijos de todo para deconstruirlo y nos ayude a pensar y a cambiar lo que deba ser cambiado.

 
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Publicado por en 26 junio, 2018 en Abstracto, Politica