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Ítaca

Sus ojos ya estaban húmedos. Aún quedaban cuatro líneas y tuvo que hacer un esfuerzo para continuar sin que ninguna lágrima cayera de sus ojos. Termino de leer el poema como pudo y le devolvió el libro mientras le revelaba lo bueno que le parecía. Le costaba trabajo hablar y busco su abrazo, que lo necesitaba y quería, antes que de que ella viese como rompía a llorar. Prefería hacerlo entre sus brazos, aunque en ese momento no pudiera interpretar exactamente qué ocurría.

Comprendía el significado y los matices que todas esas líneas representaban para ella y sentía también muy hondo el motivo que para él tenían. Un sentimiento de intimidad se despertó desde bien adentro. Venían de dos mundos diferentes, de dos vidas distintas. Dos miradas diferentes pero que se identificaban en un mismo poema. Diferentes sueños a concretar, reflexiones y asunciones que les permitían navegar en una misma frecuencia a través de un territorio tan bonito como la literatura. A través de un puñado de palabras que proyectaban una galaxia entera de significados comunes.

Y se fue. Se fue como ya había hecho otras veces antes. En busca de la aventura, para vivir, para reflexionar sobre la libertad, para sentirse, para encontrar nuevos compañeros y buscar nuevas batallas. También para estar en soledad. Y bebió de todo lo que pudo con la mayor sed del mundo intentando hacer a su vez con la calma y la visión de la madurez. Beberlo todo es inevitable y natural de alguien que quiere entender mejor el mundo. Inevitable para alguien que quiere entender mejor su mundo. Bebió de todas las fuentes y arroyos. Con los ojos atentos, las orejas alerta, con libros entre las manos y con la cabeza bien abierta donde poder meter cualquier cosa sin necesidad de etiquetar. Dispuesto a tener menos certezas del todo y más seguridades de sí mismo. Dispuesto, claro, a dudar, a caer y a seguir. Dispuesto a vivir.

Recorrió el sendero de los sentidos. Lloro y rió de alegría por todo su cuerpo. Sintiendo la tristeza inevitable de algunos momentos. Reflexionó, disfruto de la soledad y se perdonó sus errores. Porque evidentemente sin errar no se aprende tan rápido. O quizá no se aprende nunca. Se habló con sinceridad y se miró irreverente hacia las imposiciones de fuera como un episodio natural en su vida. Intento mejorar en el arte de quererse y de cuidar a la gente que encontraba en el camino. Sintió el aprecio de los desconocidos cuando se acercaba con humildad. Y se sintió el rey del mundo siendo cada vez más consciente de su minúsculo tamaño. Porque ya lo sabía, pero comprobó una vez más que en lo pequeño está lo elemental y lo sustancial.

Hizo el mundo un poquito más pequeño otra vez y aumento perspectiva gracias a la distancia. Y respiró. Respiro felicidad y al hacerlo llenaba sus pulmones de libertad. Busco a su amiga la plenitud y su amigo gobierno de vida y no siempre los encontró con certezas. Pero sintió paz y también contradicciones y dudas. Y miró la luna desde ese lugar. Donde, por más que se lo preguntase, no entendía porque sentía esa atracción. Ese lugar tan terapéutico como es el mar.

Aprendió a volver, algo importante, porque también en eso consistía irse. Y supo entonces que pese a la distancia, Ítaca no solamente se estaba en su cabeza. Cada vez que se iba y a medida que caminaba percibía con mayor claridad que se estaba apoderando de su corazón.

 
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Publicado por en 7 mayo, 2018 en Abstracto, Amor

 

Última llamada

Comenzó su marcha muy despacio, como si el conductor no tuviera prisa en marcharse de la estación. Él iba sentado en la dirección opuesta a la marcha del tren, pudiendo ver lo que iba dejando atrás. Miraba por la ventana y pocos metros después de arrancar, se dio cuenta de que ella aún estaba ahí fuera en el andén y no se había movido. En ese momento una suave sonrisa relajada empezó a dibujarse en la comisura derecha de su boca. Levantó la mano para despedirse y ella le devolvió el saludo. Tras unos segundos su figura se fue entrecortando entre las ventanas del tren y poco a poco ella fue desapareciendo en la lejanía.

Momentos después ya había cogido velocidad. Mientras seguía con su tranquila sonrisa en la cara, una sensación de relajación entremezclada con euforia se había apoderado de él. Sentía al respirar una energía que le cogía desde el estómago pasando por el pecho y le subía hasta la cabeza. Una sensación casi febril con la cual le parecía levitar. Pensó en ella… le sorprendió y agradó mucho que hubiera esperado unos pocos minutos para ver su partida. Estoica, elegantemente recta y guapísima. Por la posición de su cuerpo y la dulce expresión de su cara se veía a una mujer consciente de sí misma y de lo que le rodeaba.

Se preguntaba si la volvería a ver pronto, aunque en ese momento no era una pregunta, era un deseo. Que estúpido… pronto. La pregunta era si la volvería a ver, ni siquiera pronto o tarde. Si la volvería a ver y sentir como ese sucedáneo de fin de semana de menos de veinticuatro horas que habían compartido. Le costaba hacerse consciente de su estado mental a la vez que le invadía esa sensación cada vez que pensaba en ella. ¿Querría volver a verle? Por momentos estaba seguro de ello, pero realmente no sabía si eran pájaros únicamente de su cabeza.


No quería rehuir todo aquel laberinto de ideas, pensamientos y recuerdos que se agolpaban en su mente pero no era fácil colocarlo en ese momento. Es difícil a veces transformar los sentimientos en pensamientos. Es difícil a veces controlar los pensamientos que circulan locos por la cabeza, pensó, sobre todo si son tan atractivamente intensos. A menudo no era normal que eso le pasara a él, pero lo que había vivido durante unas horas le había descolocado demasiado, mejor dicho: colocado. Pensar esa palabra le hacía sonreír, incluso casi reír, mientras viajaba solo en aquel tren.

De repente se dio cuenta de que quería disfrutar de ese estado y decidió no hacerse más preguntas. Al menos no más preguntas que no tenían sentido en ese momento y que además no podía responder. Sacó el teléfono del bolsillo y se puso unos auriculares. Miro a través de la ventana; ya no estaba en aquella ciudad, aunque a ella aún podía sentirla muy cerca. Veía árboles y campo mientras el sol lentamente se disponía en el horizonte para iniciar el crepúsculo. El color naranja rojizo que lo bañaba hacía todavía más bonito aquel paisaje. Cogió el teléfono y busco una canción que tenía en la cabeza. Si, sonaba muy bien. Respiro hondo y tranquilo y regresó a aquella cama, a aquella piel y a aquellos ojos.

Aquella cama donde habían dormido algún rato esa noche. Donde sus cuerpos parecían conocerse y anhelar al otro. Sus manos recorrían su suave piel de manera automática como si tuvieran la ruta grabada… quién sabe dónde. Una piel clara que cubría su estilizada silueta. Lo hacía primero delicadamente y despacio para terminar haciéndolo fuerte y a modo de presa. Ahí donde sus alientos se aceleraban. Su boca estaba sedienta de sus labios, de su cuello y de todo su torso. Las pulsaciones subían. De repente le volvió el calor y aquella sensación y quiso regresar su pensamiento a la calma. A la calma de las miradas que hablan, de las sonrisas cómplices y las caricias lentas. A los besos tranquilos. A su gesto a veces cauto, callado con la mirada seria de mujer. De mujer lúcida en sus reflexiones interiores y silencios con algún rincón oscuro. Pero también a aquella sonrisa inocente y hermosa de una niña que él disfrutaba observando. Una sonrisa tan bonita, pensó, que parecía dar más luz que el sol de la mismísima ciudad de Sevilla.

 
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Publicado por en 25 marzo, 2018 en Amor, Narrativo

 

Resistencia Cubana

Letra “Resistencia – Reincidentes”. Es imposible cada vez que pienso en ese caimán del mar Caribe, no sentir el calor y la dignidad de su gente y de su historia. Dignidad es resistencia a ese bloqueo injusto y amoral. Gracias siempre Cuba.

En el caribe cerca del gran cañón hay una isla que es todo corazón
y una canción pretende llamar la atención acerca de una olvidada
y muy patética situación.

Durante siglos se la machacó fue el basurero
y el burdel de to dios y dió una lección con valentía y tesón
del egoismo de la incultura y del fango escapó.
Resistencia…

Pero el que manda se empezó a mosquear
aquello era un grano en su bonito cristal
y fabricó torturas para asfixiar y una alambrada a su alrededor
hecha de odio mortal.

Entre el orgullo y la desolación mentiras cuzadas que infectan la opinión
en Cuba hay un pueblo que sí sabe estar
en un tiempo futuro la historia se lo agradecerá.
Resistencia…

Nada es perfecto, todo debe cambiar es muy duro el camino de la libertad
para llegar más cerca del ideal en busca de un mundo que lo disfruten
gente libre y en paz.

Nuestra abundancia es pal que puede pagar
sólo es posible a costa de los demás la muerte lenta y la sinrazón
de todo aquello que tiene verdadero valor.
Resistencia…

 
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Publicado por en 5 marzo, 2018 en Amor, Canciones

 

Mi patria digna

Mi patria comienza con los que viene a la vida. Los que me abrazaron y recibieron hace ya treinta años. O quizá, comience nueve meses antes. Varios estudios muestran que la personalidad comienza a gestarse en la tripa. A algunos de ellos ya he tenido que decirles adiós, pero siguen siendo mi patria. Viven en mí y siempre lo harán. Todo ese tiempo de infancia y de niñez con mis padres intentando y consiguiendo que mi hermana y yo fuéramos felices y fuertes en valores. Todo ese rato con mis abuelos jugando, aprendiendo y riendo… pasando días enteros en una atmósfera de amor y paz. De tierra firme. Todos esos momentos con mis primos. Aquel tiempo recorriendo mi pueblo, el campo y todos aquellos rincones hasta donde alcanzáramos en bici, corriendo o como se nos ocurriera, en aquel mundo de niños, que sólo era nuestro. Allí donde los adultos no entraban, ni deberían entrar nunca. Aquel mundo divertido de imaginación y aventura. A veces pienso, que quien no tiene pueblo, le falta algo. Perdíamos la cuenta de los días al vivir con intensidad cada momento y sin que hubiera otra realidad aparte de la presente. Suerte que esto, aún intento practicar con regularidad. Es importante hacer cosas de niños y sentirse como tal.

Esa es sin duda mi patria más pura, de ahí es de donde más profundamente vengo y pertenezco. No hay nada más cierto que la afirmación de que la patria es la infancia. De ahí me siento y ahí me reconozco. Quizá es estúpido decirse orgulloso de algo que ha sucedido sin que uno haga esfuerzo. Pero estoy orgulloso, pero sobre todo agradecido de mi infancia y mi familia; es una de las razones por las que soy como soy. Son dos términos que siento como si de un único elemento se tratara. Ese tiempo nos marca a fuego para siempre. Aunque también, mi patria está compuesta por otras muchas pequeñas cosas. Lo es el puñado de amigos que en cada etapa de mi vida han estado compartiéndola conmigo y yo he tenido la fortuna de acompañar. Unos entraron y se quedaron por más tiempo, mientras otros se fueron o me fui yo. Especialmente es un privilegio hacerlo con ciertos camaradas nobles, que entienden la vida, el tiempo que nos toca caminar juntos. Compartir barricada, conversaciones, reflexiones, dignidades.

La música tiene mucho más sentido si es compartida por un momento, un lugar, una persona, un afecto, con un beso y mil sonrisas. Hay canciones que uno no puede escuchar sin trasladarse a ese momento, a esa persona. Ahí también se encuentra un poquito de mi patria. Sentir la acción de esa música que te mueve por dentro, en lo más hondo. Que cae por tu cabeza como el agua caliente de la ducha en invierno. Que te cubre y rodea por completo el cuerpo y te hace vibrar y viajar. También en ocasiones me pasa con los olores.

Y por supuesto, los lugares. No estoy hablando de ningún país. Ni siquiera de una ciudad. Como mucho podría hablar de un pueblo. Mi pueblo y esa naturaleza que lo rodea. Algunas calles, esos pinos y montañas… Al fin y al cabo, de ahí soy y ahí me siento en casa como en ningún otro sitio. En pocos lugares descanso y duermo tan bien. Y muchos rincones… aquellos donde, por la compañía conmigo mismo a veces, o con otra persona, el tiempo se para. Dan perspectiva y eso te ayudan a comprometerte con la vida. Con lo central de la vida: lo que Pepe define como “La rueda humana”: Las relaciones afectivas, el amor, la amistad, las relaciones familiares y lo que da calidad a lo anterior: la relación con uno mismo. Conocerse a uno mismo y buscar tiempo para hacer y descubrir cosas que te hacen feliz. No hay que saberlo solamente, hay que sentirlo. Es por eso que aquellos rincones, son patria profunda también, por lo que para mí representan. Son cicatrices de vida ubicadas en diferentes lugares. Obvio, lo son los viajes. Especialmente los que uno emprende en sabia soledad, de los que nunca vuelve la misma persona. Todo aprendizaje vital es patria.

Obvio. Son los besos que nos dimos y las noches que dormimos. También las que no dormimos. Las que descansamos y las que no, porque el descanso está en la armonía, no en las horas de sueño. Cuando nuestra cama era Berlín y nosotros dos soviéticos. Lo que nos dijimos y lo que nos dijo el silencio y los abrazos de nuestras miradas. Los momentos que el idioma no tiene que ver con las palabras porque, además, a veces no es suficiente. También el paso del tiempo. Unas manos recorriendo una espalda. Una boca recorriendo un cuerpo. Arder, vivir y disfrutar. Una sonrisa, luego una risa, y otra… hasta el dolor de tripa. Y llorar…, de alegría y de tristeza. Descubrirse en el otro mientras nos descubrimos a nosotros, igual que un niño juega, sin saber que juega. Ese calor con el que a veces olvidas que fuera hace frío. Saberse de alguna patria personal, ayuda contra el frío de la vida.

La patria por construir es la vida que voy pisando al caminar. Los caminos que me quedan por recorrer. Lo vital que voy haciendo al vivir. Lo que aprendo al tropezar. Y cuando echo de menos mi patria, tiene que ver con el recuerdo de la mirada cómplice y las manos arrugadas y moteadas de mi abuela o de aquel abrazo con mi padre aquella mañana de invierno. También con el sentimiento de aventura continua de la niñez y del descubrir donde el miedo no cabía en el plan. De la seguridad y el calor familiar que no solo llevo dentro, sino que forma parte de mí. Tiene que ver con los silencios, con las miradas en una cama desnuda y la complicidad de dos cuerpos en armonía ávidos de la otra piel.

Creo que mi patria, no tiene bandera. No me importa demasiado. La mayoría de las veces sirven para separar personas y dividir. Por la estúpida razón, tan relegada a la suerte y al azar, de haber nacido en uno u otro lugar. Personas iguales que sienten igual, se emociona igual, y en definitiva son lo mismo. Pensar distinto esto último, me parece bastante peligroso. Puedo portar alguna bandera, pero jamás sería tan estúpido de matar por ella o de sentirme superior. Ninguna patria de banderas es tan importante como para ni siquiera discutir. Las personas de noble corazón y solidarias de verdad no miran banderas o nacionalidades: miran personas, porque saben que lo otro no es más que un invento, una mala fábula en el mejor de los casos. Me temo que hay demasiados personajes aprovechando ese sentimiento y sacándole rentabilidad desde bien antiguo. La mía no está fabricada en tela, está hecha más bien de sentimiento, de recuerdos, de piel y de miradas. De infancia. Por eso, si hay que construir patrias o banderas, se me ocurre hacerlo con mis mejores materiales, que nada tienen que ver con un trapo de colores. Porque las banderas sean de donde sean y representen a lo que representen, son todas “made in china”.

 
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Publicado por en 19 febrero, 2018 en Amor, Vivencias

 

Por Amor al Arte

Este fin de semana estuve en Sevilla de nuevo. Cuantas más veces estoy por la ciudad más me doy cuenta de lo que me gusta caminar y sentirla a cualquier hora del día. A parte del disfrute visual, de caminar, de beber y comer mucho y bien y visitar a la gente que tengo allí, es un lugar donde estoy a gusto y mi cuerpo me lo dice. Se me ocurren ideas e historias que escribir cuando la visito. Cuando en mi cabeza nace esa gana por escribir significa que ese lugar tiene algo especial para mí. No sé exactamente que será, pero algo hay por allí, que Sevilla me mueve por dentro y me toca. Por algo es mi ciudad favorita en España.

El sábado a primera hora de la mañana estuve en el Alcázar. Se agradece que fuera bien temprano para poder disfrutar esa fortaleza sin que esté lleno de guiris o japoneses haciendo fotos y uno, por no molestar tenga que moverse haciendo Tetris. El lugar es maravilloso y en ciertas estancias por su arquitectura mudéjar me recordó otro lugar igual o más impresionante: La Alhambra, especialmente cuando pasamos al patio de las doncellas.

Me acorde de la última de las tres veces que he visitado la Alhambra. Por las prisas tuve que comprar la entrada a última hora. Al comprar los tickets no puede hacerlo por la página web ya que estaban agotadas. Buscando por internet, encontré una web donde eran algo más caras y con visita guiada en grupo. La verdad que en un principio no era lo que más me apetecía ya que conocía el lugar, pero era la única alternativa que tenía.

Después de esperar un rato en la puerta nos repartieron los audífonos y dividieron los grupos para seguirlo en castellano e inglés. Para cada grupo se nos asignó un guía que se ponía un pequeño micrófono que como buenos corderitos debíamos seguir y escuchar. Por un lado, la idea no es mala, siempre viene bien que alguien que conozca aquello, y más en un lugar así, te explique el significado y te ubique temporalmente durante la visita, pero es cierto que, por otro, soy, a menudo, poco amigo de formar parte de rebaños.

No recuerdo su nombre, ya ha pasado un tiempo. Rondaría los cuarenta largos y aun podía adivinarse que había sido una mujer muy atractiva en su juventud, con seguro una horda hombres detrás de ella. Guapa y delgada, con mirada amable, aún conservaba su belleza, sobre todo en su forma de andar y hablar. También en su cara. Hay ciertos tipos de actitudes que hacen que una mujer envejezca bella. Al final, la cara es el puro espejo del alma. Pero todo esto y mucho más que podría decir sobre las tres horas que pudimos compartir, es ridículo comparado con los conocimientos que tenía de La Alhambra.

Desde que empezamos la visita hasta que terminamos descubrimos un montón de información gracias a ella. Pero lo mejor no era eso, tampoco. La manera y la emoción con las que entraba en cada palacio, jardín o estancia y contaba historias sobre aquel complejo enfrentado al Albaicín y al Sacromonte era increíble. Lo hacía además con una voz dulce y con ese acento embelesador granadino que era un placer para los oídos. Se movía ligera saludando por su nombre a todo el mundo, que parecían encantados de verla.

Nos explicó, entre otras muchas cosas, como, realmente la Alhambra habla a los que la recorren si saben interpretarla. Lo hacía con un tono amable y bromeando a cada rato, parecía divertirse ella sola y estaba encantada de estar allí. Los que intentábamos ir cerca de ella, cuando hubo ocasión le cosimos a preguntas, sobre todo curiosidades. Siempre sabia explicar perfecto cualquier duda y también contar una anécdota al respecto. Quizá es la mejor guía que haya tenido. Creo. Hubo un momento que alguien le pregunto, si no cansaba hacer el mismo recorrido cada día. En ese momento, ella esbozó una pequeña sonrisa, entre picara y seductora, como si le agradara contestar a eso. Después, sin alterarse lo más mínimo en la forma y en el tono, le contesto con otra pregunta. ¿Como me voy a cansar de estar aquí? Esto es un privilegio, poder caminar cada día entre estas paredes y entre estos palacios… Estoy enamorada de Granada y aún más de la Alhambra. Y realmente, lo que decía era totalmente cierto. Estaba orgullosa. Feliz, como muchacha enamorada que no camina, sino que levita por cada rincón cantando de felicidad y sonriéndole a cada esquina.

Justo ahí, uno se queda pensando mientras se le dibuja una sonrisa en la boca. Primero, reconozco que tuve envidia de ella. Después me di cuenta que tuve envidia del trabajo que tenía. Pero finalmente me di cuenta de que el secreto del éxito, en general, es estar enamorado de lo que uno hace, aunque lo haga cada uno de los días de su vida. Aunque hay que reconocer, que recorrer aquel lugar y morar en Granada, ayuda mucho a vivir enamorado.

 
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Publicado por en 22 enero, 2018 en Amor, Reseñas, Vivencias

 

La lengua de las mariposas

Hace un par de días vi un video que empezaba con un pequeño fragmento de “La lengua de las mariposas”. Es una película que todo el mundo debe ver, especialmente piensa dedicarse a la educación o está interesado en el asunto. La vi el año pasado para hacer un trabajo para Historia Social de la Educación. Lo cierto es que me encantó la película de José Luis Cuerda, que a su vez está basada en un libro de relatos de Manuel Rivas titulado “¿Qué me quieres, amor?”.

Cuenta la historia de un profesor, que por encima de todo ama su trabajo y a sus chicos y de la familia de uno de ellos. Don Gregorio es ese maestro bueno, que todos conocemos y hemos tenido alguna vez. Una persona amable, atento y muy entrañable que tiene una gran dedicación a sus alumnos y a la escuela con un gran compromiso con la comunidad educativa del pueblo. Es la imagen de la vocación que intenta inculcar el amor a la naturaleza, los libros y la poesía. Es un hombre liberal y republicano que cree realmente que el arma para llegar a la libertad es la enseñanza, la cultura y la educación de sus alumnos.

El relato está ambientado en 1936, cuando la república democrática está a punto de terminar debido al alzamiento. La película avanza y la relación entre alumno y maestro se estrecha y traspasa la escuela. En uno de estos momentos donde el maestro le dice: “Los libros son como un hogar, en los libros podemos refugiar nuestros sueños, para que no se mueran de frío.” Como agradecimiento del padre, que es sastre, le hace un traje a Don Gregorio, y en esa misma escena, entre alfileres le confiesa a su mujer: “Los maestros no ganan lo que tendrían que ganar, ellos son las luces de la república”. Y es que, si algo tuvo realmente bueno durante esta etapa, fue esa apuesta por la educación pública.

Todo tiene un final y a Don Gregorio le llega el momento de la jubilación. El alcalde del pueblo le hace una fiesta de despedida en su honor. La gente del pueblo se congrega para homenajearlo y agradecerle. Este es uno de los momentos más bonitos de la película. El maestro lee una cita y añade unas palabras: “Si le cortan las alas, ira a nado. Si le cortan las patas se impulsará con el pico… ese viaje, es su razón de ser. En el otoño de mi vida, yo debería ser un escéptico y en cierto modo lo soy. El lobo nunca dormirá en la misma cama con el cordero. Pero de algo estoy seguro…Si conseguimos que una generación, una sola generación, crezca libre en España, ya nadie les podrá arrancar nunca la libertad. Nadie les podrá robar ese tesoro.” Después de este discurso la ovación es general.

Poco a poco nos acercamos al final, que se precipita rápidamente. En la Coruña se levantan los militares. En ese momento, la familia del pequeño empieza a tirar todo tipo de carnets u objetos que guarden cualquier relación con la república o con cualquier tipo de ideología progresista y democrática. La madre coge a Moncho y le advierte sobre que él no debía decir nada sobre el traje que su padre le había hecho al maestro.

Al día siguiente llegan las tropas y ocupan el ayuntamiento. La escena final muestra cómo van sacando a los republicanos, delante de todo el pueblo y se los llevan en una camioneta para fusilarlos. La escena final es realmente demoledora. Van saliendo y sus vecinos les insultan, para intentar demostrar que ellos están con el golpe militar y que no son republicanos. Pero cuando sale Don Gregorio por la puerta y se encamina a la camioneta ante el pasillo humano del pueblo, es realmente duro. Los padres que tanto lo admirar, terminaron insultándole para justificar su posición ante los golpistas he incitan al niño a hacer lo mismo, que finalmente accede.

Tristemente a mucha gente lo toco hacer esto, por pura supervivencia. Donde se juzgaba a la gente por sus ideas y no por cómo eran como personas y el posicionarte de un lado o de otro de la trinchera (ideológica), según la circunstancia, te salvaba la vida. El hecho de que se lleven a Don Gregorio a esa matanza, delante de todo el pueblo, ejemplifica el triunfo de la opresión y el final de la libertad. La derrota de lo racional. Sin entrar a valorar las matanzas que ambos bandos acometieron, en el frente y en la retaguardia, al enemigo de turno, ya que mucha gente, según en dónde les pilló de ese bando debían ser.

Esta historia, tan triste y gris, es historia de aquel intento de la república de utilizar la educación como arma del pueblo y no como arma política. Aquella Institución Libre de Enseñanza y la libertad de cátedra… pedagogos, investigadores, filósofos y literatos, entre ellos, Santiago Ramón y Cajal, Miguel de Unamuno, María Montessori, León Tolstoi, H. G. Wells, Juan Ramón Jiménez, Gabriela Mistral, Benito Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán, Azorín… Fue una vez más una ocasión perdida en nuestra historia. Otra más. Que por causas que no vienen a cuento, se fue a la mierda. Literalmente.

Pese a todo, es una película que transmite un mensaje muy positivo sobre la educación y la escuela y esa relación alumno−maestro. Alguien que estimula el amor por el aprendizaje y por apelar al espíritu crítico como guía y analgésico para la vida. Ese profesor de noble corazón, bien formado, leído, profesional y sin marcas ideológicas. Que, aunque tenga sus propias ideas, sea capaz de dejar a los chicos fuera de esas ideas. Que sepa convertir a sus alumnos en ciudadanos críticos y lucidos, que les de capacidad de debate y de análisis. Que los vaya llevando hacia terrenos intelectualmente intensos. En ese territorio estamos más cerca que de todo, pero sobre todo el futuro, merezca la pena.

 

 
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Publicado por en 22 junio, 2017 en Amor, Vivencias

 

La abuela y los ojos brillantes

Adrián pasaba entre la multitud ligeramente agolpada, lo hacía cabizbajo saludando a la gente con cierta timidez ya que le era muy difícil reconocer a las diferentes personas con las que se encontraba. Había venido para reencontrarse con su amigo. El era la razón por la que estaba allí. Hacia algo más de dos años que no visitaba aquel lugar. Era el pueblo en el que había vivido hasta los quince años. Y aquella sala donde se encontraba estaba llena, sobre todo de gente mayor. Es lógico que a los tanatorios de los pueblos suela concurrir mucha gente… todo el mundo se conoce.

Finalmente, en una esquina de la sala pudo observar al hermano mayor de su amigo junto a otras personas, tomando un vaso de agua. Poco a poco se acerco hasta llegar a él observando su pelo cano por completo y su degradado aspecto en general. Es increíble cómo envejecen ciertas personas, pensó. Era un tipo elegante y guapo pero parecía mucho mayor que los cuarenta y pocos años que tenía. Adrián siempre se había llevado bien con el. Lo saludó y hablaron unos minutos. Le comentó que su hermano había salido fuera y que en un rato estaría de vuelta.

Solamente estaría unas horas en el pueblo, ya que debía volver por la noche a su casa, así que decidió esperar a su amigo. Salió a fumar a la puerta, para hacer tiempo. Sentia que aquello estaba distinto, que la gente e incluso los lugares habían cambiado. O quizá él los veía diferentes, como más pequeños aún. Quizá con cierta distancia. Aun así le transmitía una bonita sensación cuando pensaba en su infancia allí. Desde la calle que fumaba podía ver el colegio y el monte donde había corrido y jugado cuando era un niño. Recordó de forma apelotonada las fiestas de cumpleaños, los veranos y las aventuras adolescentes y mil cosas más en aquel viejo lugar.

Un viento frío que sacudió fuerte en la calle donde fumaba, le produjo un escalofrío recorriendole todo el cuerpo y le trajo de nuevo al presente de un golpe. Aquella tarde gélida de Enero en su pequeño pueblo le empujó a entrar de nuevo. Al hacerlo se sintió un poco observado y pensó que seria bueno esperar sentado al final de la sala.

Se sentó en una silla libre, entre algunas señoras mayores. Al hacerlo miró a su izquierda y de repente se acordó de aquella señora mayor. Era su antigua vecina, la abuela de un chico con el que iba al colegio… Justo en ese momento ella le reconoció.

– ¡Hola hijo! – Le dijo la viejita mientras una sonrisa cómplice iluminó su cara arrugada.

– Hola… ¿Qué tal está?

– Bien hijo, aquí estamos ya ves… Hace mucho que no venís por aquí ¿Y que tal? ¿Tienes trabajo hijo? Está la cosa muy mal.

– Hace mucho tiempo… si. Y si, la verdad que tengo suerte, estoy trabajando. – Dijo Adrián mientras observaba a la mujer. Estaba igual que hace diez años. Con su ropa oscura, luto que vestía de manera perenne. Misma espalda encorvada y misma sonrisa agradable.

– ¡Que bien hijo! – Celebro ella acompañando una sonrisa aún más amplia. Pese a la edad, tenía fuerza para enterarse de todo y explicarse. – ¿Y qué tal están tu padres?.

– Bien…

De repente la anciana le interrumpió a la vez que sus ojos se iluminaban.

– ¡Pues mi nieto también está trabajando, como tu! Y se ha sacado el carnet… y claro, luego se compró un coche. Es pequeño, pero es nuevo. ¿Hace cuanto tiempo que no os veis?

En ese momento Adrián se fijó en sus ojos, estaban húmedos y totalmente brillantes. Algo raro en una persona tan mayor. Su mirada transmitía ilusión, esperanza y orgullo. Se notaba desde lejos que no estaba contando cualquier cosa. Desde el momento que empezó a hablar de su nieto, a la viejita le había cambiado la cara por completo.

A Adrián le conmovió un poco y siguieron hablando un rato más sobre él. Mientras lo hacían, se daba cuenta de que esa era una de las caras del amor. Uno de los amores más grandes que existen: el de una abuela a su nieto. Era grande apreciarlo, incluso en un lugar tan oscuro como un tanatorio.

 
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Publicado por en 24 mayo, 2017 en Amor