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La abuela y los ojos brillantes

Adrián pasaba entre la multitud ligeramente agolpada, lo hacía cabizbajo saludando a la gente con cierta timidez ya que le era muy difícil reconocer a las diferentes personas con las que se encontraba. Había venido para reencontrarse con su amigo. El era la razón por la que estaba allí. Hacia algo más de dos años que no visitaba aquel lugar. Era el pueblo en el que había vivido hasta los quince años. Y aquella sala donde se encontraba estaba llena, sobre todo de gente mayor. Es lógico que a los tanatorios de los pueblos suela concurrir mucha gente… todo el mundo se conoce.

Finalmente, en una esquina de la sala pudo observar al hermano mayor de su amigo junto a otras personas, tomando un vaso de agua. Poco a poco se acerco hasta llegar a él observando su pelo cano por completo y su degradado aspecto en general. Es increíble cómo envejecen ciertas personas, pensó. Era un tipo elegante y guapo pero parecía mucho mayor que los cuarenta y pocos años que tenía. Adrián siempre se había llevado bien con el. Lo saludó y hablaron unos minutos. Le comentó que su hermano había salido fuera y que en un rato estaría de vuelta.

Solamente estaría unas horas en el pueblo, ya que debía volver por la noche a su casa, así que decidió esperar a su amigo. Salió a fumar a la puerta, para hacer tiempo. Sentia que aquello estaba distinto, que la gente e incluso los lugares habían cambiado. O quizá él los veía diferentes, como más pequeños aún. Quizá con cierta distancia. Aun así le transmitía una bonita sensación cuando pensaba en su infancia allí. Desde la calle que fumaba podía ver el colegio y el monte donde había corrido y jugado cuando era un niño. Recordó de forma apelotonada las fiestas de cumpleaños, los veranos y las aventuras adolescentes y mil cosas más en aquel viejo lugar.

Un viento frío que sacudió fuerte en la calle donde fumaba, le produjo un escalofrío recorriendole todo el cuerpo y le trajo de nuevo al presente de un golpe. Aquella tarde gélida de Enero en su pequeño pueblo le empujó a entrar de nuevo. Al hacerlo se sintió un poco observado y pensó que seria bueno esperar sentado al final de la sala.

Se sentó en una silla libre, entre algunas señoras mayores. Al hacerlo miró a su izquierda y de repente se acordó de aquella señora mayor. Era su antigua vecina, la abuela de un chico con el que iba al colegio… Justo en ese momento ella le reconoció.

– ¡Hola hijo! – Le dijo la viejita mientras una sonrisa cómplice iluminó su cara arrugada.

– Hola… ¿Qué tal está?

– Bien hijo, aquí estamos ya ves… Hace mucho que no venís por aquí ¿Y que tal? ¿Tienes trabajo hijo? Está la cosa muy mal.

– Hace mucho tiempo… si. Y si, la verdad que tengo suerte, estoy trabajando. – Dijo Adrián mientras observaba a la mujer. Estaba igual que hace diez años. Con su ropa oscura, luto que vestía de manera perenne. Misma espalda encorvada y misma sonrisa agradable.

– ¡Que bien hijo! – Celebro ella acompañando una sonrisa aún más amplia. Pese a la edad, tenía fuerza para enterarse de todo y explicarse. – ¿Y qué tal están tu padres?.

– Bien…

De repente la anciana le interrumpió a la vez que sus ojos se iluminaban.

– ¡Pues mi nieto también está trabajando, como tu! Y se ha sacado el carnet… y claro, luego se compró un coche. Es pequeño, pero es nuevo. ¿Hace cuanto tiempo que no os veis?

En ese momento Adrián se fijó en sus ojos, estaban húmedos y totalmente brillantes. Algo raro en una persona tan mayor. Su mirada transmitía ilusión, esperanza y orgullo. Se notaba desde lejos que no estaba contando cualquier cosa. Desde el momento que empezó a hablar de su nieto, a la viejita le había cambiado la cara por completo.

A Adrián le conmovió un poco y siguieron hablando un rato más sobre él. Mientras lo hacían, se daba cuenta de que esa era una de las caras del amor. Uno de los amores más grandes que existen: el de una abuela a su nieto. Era grande apreciarlo, incluso en un lugar tan oscuro como un tanatorio.

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Publicado por en 24 mayo, 2017 en Amor

 

Aquellos lugares

Todo el mundo tiene ese o esos lugares. Lugares que son solo tuyos, o vuestros. Solo entre comillas claro. Algunos se pueden visitar con cierta frecuencia, otros están un poco más lejos… Sentarte y mirar el horizonte en ese sitio donde parece que todo es más fácil de pensar y repensar. Para mi normalmente están relacionados con vistas que te elevan y te dejan ver la ciudad, o mejor, el campo desde un ángulo privilegiado. Como mirar un problema con perspectiva, que te permite tomar distancia. A veces puedes estar durante horas, en silencio, disfrutando de donde estas. Solamente contigo mismo o con otras personas.

El agua corriendo del río con una montaña al fondo, una noche de playa con la luna arriba, sentado en las dunas de un desierto viendo el sol que llega o que se va, mirar la inmensidad de la ciudad o del mar… Te sientas y miras, no hace falta nada más. Se termina el ruido y todo se vuelve silencio en tu cabeza. Un silencio que cae en forma de losa sobre tu cabeza, que va enervando relajación por todo tu cuerpo. Es paz mental y física.

Hay lugares donde se ven unas escenas buenísimas como en las estaciones de trenes y sobre todo en los aeropuertos. Muchas veces cuando estoy en uno, me detengo un rato a observar a la gente. Despedidas para un fin de semana, para un mes y para un hasta la próxima, que no se sabe cuándo será. Recuentros de todo tipo, tan emocionantes y curiosos como el de un perro esperando a su dueño. Besos. Muchos besos y abrazos. Unas veces de observador y otras veces vividos en primera persona. Realmente un aeropuerto no es solo donde parten y llegan aviones. Es la puerta que te permite cambiar de mundo en unas pocas horas. Cada aeropuerto es un pequeño micro mundo donde miles de vidas se entremezclan. Es ese lugar que te lleva a casi todos los demás lugares.

Muchas veces me pregunto, porque ante esos lugares nos entra esa paz. Hay algunos que es como si estuvieran fabricados para nosotros. Nunca he sabido exactamente porque es. Donde ya no es lo que ves, sino quien eres tú en ese lugar. Cómo te sientes, con que ojos miras la vida, con qué cuerpo sientes la vida. No tienen, al menos para mi, nada que ver con lujos, ni sitios espectacularmente grandes o rimbombantes. Es donde me sentí y me siento muy vivo, libre, tan… bien. Es donde observar la belleza con suma facilidad. La belleza de la vida.

A medida que voy viajando, descubro algunos rincones que esconde una magia especial para mi. Por lo que allí sucedió y cómo yo lo viví. Y me pasa algo con estos sitios… y es que aún no se si volveré. No por la lejanía, claro, ni tampoco por que no pueda. Es simplemente porque la manera que me abrazo allí la vida, o mejor, como yo lo sentí, fue tan grande que a veces pienso que si vuelvo y no es igual se me estropeará aquel sitio que tanto salvaguardo en mi memoria y en mi corazón. Pero supongo que finalmente me podrá la curiosidad de comprobarlo y acabaré estropeándolos… o no, y como dice Sabina, volveré a aquellos viejos sitios en lo que con tanta energía amé la vida.

 
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Publicado por en 14 mayo, 2017 en Amor, Vivencias

 

¿Nos gusta la basura?

A juzgar por lo que se ve, puede parecer lógico pensar, que nos gusta la basura. Ejemplo son los vídeos chabacanos de internet o las fotos poco agradables que circulan por todas las redes, la comida rápida, las relaciones sociales a través de una pantalla, la tele basura… Incluso la aceptación del trabajo basura. Buena parte de lo peor lo representan los shows de televisión, por llamarlo de alguna manera. El contenido es el nulo contenido en los cerebros de los participantes. Sirva también de ejemplo los vídeos como “Caranchoa”.

No veo la tele a menudo, y estos programas no los veo nunca, pero hace unos días, encendí la tele y ahí estaba. Normalmente me precipito sobre el mando para cambiar de canal. Pero esta vez no, me senté a verlo durante cinco minutos. Para poder saber exactamente de qué hablo.

Después de estar un rato las ganas de vomitar me llegaron y apage la tele de nuevo. No digo que hubiera mayor o menor contenido, directamente no había contenido. Era una sinrazón de argumentos, donde unos a otros se faltan al respeto sin educación. Además parece que, cuanta menos educación, mejor. Claro, la estética, como dice aquella canción, “silicona y abdominales”, más marcada imposible. No entiendo cómo alguien puede sentarse a ver esto. No lo pillo. Pero sucede. Ahí están las audiencias.

Pasa lo mismo con la comida rápida, con la retórica facilona, con la música machista y sin calidad musical o con las relaciones artificiales. Ya sean porque tienen su existencia a través de aparatos electrónicos o porque se establecen por finalidades de interés, dinero o cualquier otro móvil.

Afirmaciones como “la ópera es insoportable”, “no entiendo para qué leer” o “que coñazo el teatro”.  Realmente, si no te enseñan a escuchar ópera, seguramente la escuches y te parezca una basura y prefieres escuchar Reggaetón. En los años 60, los obreros al salir de la Fábrica de la Fiat acudían a las plazas para escuchar ópera. Verdi era popular. En nuestro siglo de oro español, cuando la gente veía a Calderón o Lope les faltaba tiempo para cuadrarse. Eran conocidos y reconocidos socialmente.

Realmente me niego a pensar que nos guste la basura. Aunque lo consumamos, porque una televisión basura pertenece, a una sociedad basura, a unos políticos basura etc… Pero me niego a pensar que nos guste verdaderamente. Más bien es un asunto de educación. De hacer pedagogía de las cosas con calidad y fondo.

Cuando se nos oferta solamente basura, o en una proporción muy grande, podemos caer en esa dinámica. Pensar que eso es lo que debemos consumir. Y peor, que es lo que nos gusta o nos debe gustar. A todos los niveles, cultural, social, alimentario… Y es mentira. La mala comida no te aporta los nutrientes necesario y te hace obeso, igual que la mala cultura te entorpece el entendimiento y por lo contrario te aleja de la emancipación. De una vida más sabia. No es que te deje equidistante, es que te aleja.

Se trata de no ir a lo fácil ni a lo inmediato. No basta sólo con entretenerse. Finalmente estas son las palabras; facilón y rápido.. De plantearse en qué gastar mis horas y como. Basado en un diálogo constante con nosotros mismos y nuestras afinidades. Intentar dar un porque mayor a lo que sea hace. Es decir, que trascienda del momento puntual.

Una distracción rápida y sencilla de hacer, la cual no tenemos que trabajar de alguna manera puede frenar esa idea o sensación inevitable de que tarde o temprano nos vamos a morir, pero no aporta un poso sólido que nos permita esa belleza vital. Ese sentido que trasciende a seguir la rueda social sin parar a mirarnos. En cambio, si lo hacen la literatura, el pensamiento, el aprendizaje de un instrumento músical, la conciencia de vida y la de solidaridad, disfrutar de la naturaleza y con ella, una conversación profunda con otros o con uno mismo…

“Vive como si fueras a morir mañana, pero estudia como si fueras a vivir eternamente”. Isidoro de Sevilla.

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Publicado por en 19 enero, 2017 en Abstracto, Amor, Vivencias

 

La última Navidad en Madrid

El frío aire invernal movía las hojas que cubrían parte del paseo que subía hasta el estanque del parque del Retiro. La gente paseaba a pie, en bici o sobre las ruedas de sus patines. El ambiente navideño se podía notar fácilmente en una ciudad como Madrid. Laura paseaba despacio arrastrando su enorme maleta. Parecía que no quería llegar a su primer destino.

Un momento después, llegó por fin al lago y se sentó en un banco de madera frente al Monumento a Alfonso XXII. Lo hizo en un lateral, colocando la maleta justo al lado. Llevaba tres años sin fumar, pero hoy había comprado tabaco. Sacó el paquete de Chesterfield y encendió el tercer cigarro de esa jornada. Los últimos minutos de luz de aquel día se extinguieron al tiempo que su cigarro se consumía.

Solo necesitaba verla una vez más para poder irse para siempre. Para no volver a Madrid nunca más. Ni siquiera en Navidad. La decisión estaba tomada. Si todo era como decía el detective que había contratado, solo debería seguir los planes establecidos. Desde el lugar donde estaba, apenas podía ser vista.

Tras media hora más de espera, encendió el último cigarrillo de ese día. Al hacerlo, intentó repasar mentalmente su último año, el cual había vivido en la capital. Era imposible hacerlo sin pensar en Sandra. La conoció en una web de contactos a través de internet. Hablaron y hablaron hasta que seis meses más tarde ella fue a visitarla a Tenerife. Por supuesto, ella alquiló un apartamento y oficialmente era una compañera de trabajo.

Ese fin de semana fue una locura. Era la primera vez con una mujer. Llevaba deseándolo tiempo, pero en su entorno no se atrevía a plantearse algo así. Era totalmente inasumible por parte de su familia, de su ambiente laboral y de sus amigos. Al recordar esa primera vez, un escalofrío recorrió todo su cuerpo, desde los pies hasta la cabeza. Seis meses más tarde y varios encuentros más, se marchó a vivir a Madrid. Se preguntaba, por qué ese impulso tuvo tanta fuerza como para mudar su vivienda y pedir un cambio en el trabajo. La respuesta parecía ser sexo, pero no solo era eso. Era difícil describirlo. Con ningún hombre se había sentido así. Todo era tan suave e intenso a la vez. Era otro mundo. Sentía orgullo por si misma, cuando pensaba en todo esto.

Apuró su tabaco y lo apagó con su pie derecho. Se colocó la bufanda para no ser descubierta y siguió esperando. ¿Y si no la veía? ¿Cambiaría eso sus planes? No era capaz de darse respuesta. Volvió a pensar en ese último capítulo de su vida… Ya había pasado un año y después de todo, no era capaz de quedarse. Tampoco de marcharse. Al menos sin una razón aparente.

No podía tomar su decisión si no veía lo que necesitaba ver. Y así sucedió. Al descubrir aquella chaqueta polar roja en la lejanía sabía que era Sandra. Su corazón se disparó. Poco a poco se acercaban por el paseo de la calle Nicaragua. Ella y su nueva amiga. También les acompañaba Copo, su perro. Sus pulsaciones subieron a medida que se acercaban. No entendía, ni quería entender cómo podía estar con otra mujer que no fuera ella.

De repente observó que Copo se acercaba. Rezó a todos los dioses para que no la reconociera por el olor. La vergüenza sería demasiado grande. En ese momento se quedó paralizada, sudando pese al frío. El animal seguía acercándose a ella olisqueando por el suelo. En ese mismo instante no podía respirar, estaba petrificada. Cuando Copo estaba a escasos metros de ella, su dueña gritó al perro para que volviera a su lado. En ese momento volvió a respirar. Realmente… ¿había sido transparente para Sandra? ¿Podría no haberla visto? Quizá no quería hacerla pasar ese mal trago, o quizá prefería obviarla. Se dispararon varios pensamientos en su cabeza.

Cerro los ojos y paró la avalancha de pensamientos. Ya daba igual cualquier hipótesis. Había visto lo que necesitaba para marcharse. Había logrado el objetivo. Volvió a observar cómo se alejaban y decidió levantarse de aquel banco. Sacó el agarre extensible de la maleta y se encaminó al metro, que le llevaría a su segundo y último destino en Madrid. El asiento de su vuelo. Finalmente, las últimas Navidades que estaría en Madrid serian esas.

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Publicado por en 4 enero, 2017 en Amor, Narrativo

 

Cuba libre, Gracias

No es fácil escribir ni ordenar todo lo que me pasa por la cabeza de estas tres semanas espectaculares recorriendo la isla de Cuba. Creo que un buen comienzo sería diciendo gracias. Gracias por vuestros valores. Por ser, como ellos dicen (cosa que yo también pienso), nuestros hermanos. Porque realmente nos quieren. Ciertamente te sientes muy poco “Yuma” cuando estás por allí, te sientas a hablar con ellos, a comer, tomar una cerveza o dormir unas noches en su casa. No solo compartimos lengua, sino pasado y cultura. El castellano es nuestra patria común. Por supuesto no solo en Cuba, sino en toda Latinoamérica. Una patria común de quinientos millones de hispanohablantes.

Cada ciudad y pueblo del país con sus museos, en especial la Habana, permite viajar en el tiempo desde el siglo XV hasta hoy. Entender que fue España y que mereció la pena, con lo bueno y lo malo que allí llevamos. También entender porque son y porque somos, los españoles, como somos. Desde la época colonial, hasta el día de hoy, pasando por supuesto por la revolución que pese a todo vertebra gran parte de la identidad del país. Como mola ver en persona la estación de radio rebelde utilizado por el Che en el museo de la revolución. Las cosas están cambiando despacio, pero el pasado no se puede cambiar, creo. No estoy convencido de esto último, porque allí leí “1984” de Orwell. Y si, es posible que Colón tuviera razón, cuando llegó por primera vez ese 28 de Octubre a la isla: “La tierra más hermosa que ojos humanos hubieran visto”.

La Habana te deja, especialmente con sus antiguos coches americanos, trasladarte unos cuantos años atrás, algo más de medio siglo. Es la ciudad que lo tiene todo sin tener nada. Es pasear horas y horas por sus calles, sin más destino que perderse, tú y la ciudad, para que, en el momento menos pensado, te vuelvas a encontrar. Te vuelvas a encontrar contigo, con la habana y con una solidaria condición humana que conquista tu sonrisa. Cualquier cosa puede suceder, cualquier cosa puede existir, si estás listo para descubrirlo. Pocos lugares son tan contradictorios. Incluso… casi tan contradictorios como nosotros mismos. Un final del día mirando al Malecón desde la Fortaleza de San Marcos bebiendo Guarapo recién exprimido con un poco de ron es un regalo a los sentidos.

El lugar más alejado de mi casa donde me hospedado es Viñales. Unos 7.500 km. Quizá uno mis lugares favoritos de la isla. Un sitio con una naturaleza riquísima, rodeado de pozas y cuevas envueltas por los “mogotes” que rodean el valle. Perfecto para la bici y para hacer algo de escalada. Es curioso. Estando tan lejos, me he sentido tan bien como en mi casa, siendo parte de la familia. Eso es mejor que todo el valle entero. Solo se puede pagar con el mismo cariño y respeto hacia ellos. Gracias por acogerme, por cuidarme y hacer mi estancia allí aún mejor. El calor familiar es algo grande, no solo en Viñales.

También gracias por algo tan maravilloso que he podido hacer tantas veces. Hablar con la gente relajadamente, con espacio y tiempo, entre personas que quieren compartir, conocer y contarte. Esas conversaciones tan enriquecedoras con la gente local… Conversaciones que surgen en cualquier lugar y se demoran horas. Es un privilegio enorme haber podido compartir vida y opiniones con gente tan distinta en edades, pensamientos y modos de vida. Es aprender y entender de primera mano, sin que nadie te lo cuente. También con otros viajeros, sobre todo los que viajan de verdad, para vivirlo, no solo para verlo. Los que viajan para vivirse. Gracias por todas y cada una de esas conversaciones y momentos. Ya sean en español, en inglés (prometo mejorar), en italiano (prometo contestar una palabra en italiano) o en la lengua favorita de los guías turísticos cubanos: “Espanghis”.

Por la calma de Bahía de Cochinos y sus playas transparentes llenas de corales y peces, perfectas para hacer kilómetros en bici en busca de otro rincón más para hacer snorkel hasta que el sol se vaya. Por la primera derrota americana allí. Por los zumos de fruta bomba. Por los reencuentros y los nuevos encuentros allí y que se irían sucediendo en los diferentes destinos. Por aumentar, una vez más, mi gama de grises, algo que ocurre cada vez que uno viaja, con los ojos despiertos, el cerebro abierto y unos libros entre las manos. Eso hace entender mejor la vida y el lugar del mundo en el que vive. Por las horas de lectura, ¡Que placer tener tiempo para leer y para escribir!. ¡Que placer tener tiempo para vivir!.

También porque recordarme que esperar colas (Banco, CADECA o hasta en los baños), puede llegar a ser algo terapéutico. Aunque al principio no lo sientas. Es recordar algo que todos sabemos pero olvidamos cada día: que la vida está aquí y ahora, sin prisas. Con el que tenemos al lado, ayudando y sirviéndote de su ayuda. Como dice un buen conocido; la vida está en los ojos del otro, en la piel del otro. Esa es la conexión real y auténtica. El tacto y su placer, como dicen los chikos del maíz. Sentir la vida transcurrir tranquilamente, no hace falta mucho más.

Relajarse en la incertidumbre. Suena bien. En Cuba todo es posible, pero nunca sabrás cuándo ni cómo será. Como ellos dicen, “no es fácil”. En un país tan seguro como este, no existe la certeza tampoco. Aprender a vivir con ello es convivir con nuestra naturaleza. No es un lugar para ir con prisas y eso es de agradecer.

Por permitirme viajar por los lugares más oscuros de mí y también los más amables. Por no dejarme huir. Por dejarme descubrirme. Por enfrentarme a mí mismo y permitirme pensar mi mundo y mi vida. Hacerlo desde la perspectiva real y tranquila que me permita ser feliz. Repensar tu vida y replantearte todo. Una buena respuesta; ¿Porque no? Increíble.

Por elegir cada momento para mí y disfrutarlo como si no existiera otra cosa en el mundo en ese instante. Saborear la vida como algo finito, pero sin agobios. Por dejarme llevar por otros también, decidido antes por mí, para descubrir otros caminos. Así es cuando todo es posible, hasta enamorarte en cada momento de la vida sintiéndolo por tu cuerpo y tu cabeza. Por la necesidad de reinventarse en cada momento como hacen los autóctonos. Vivir es un reinventarse diario. Por levantarte y pensar en el día como una aventura que tú vas a crear y cabe todo. Por sentirlo tanto, tanto como el aire fresco acariciándote la piel en las noches trinitarias. Ahí cambia el mundo, porque tu estas cambiándolo para ti. Joder, como mola.

Por dejarme descubrir que cuando vives, sobre todo con intensidad, entiendes que no hay tantos héroes omnipotentes y que los mitos, solo están existen en la mitología. A relativizar y a sospechar lo estúpido que es endiosar o odiar nada por muy desconocido o valorado que sea. Es mejor el respeto y la comprensión.

Por el sentimiento de volver a la única y verdadera patria: la infancia. Hacer y sentir cosas que te transportan al pasado debería ser algo obligatorio en nuestras vidas. Por sentir que valgo lo que valgo por como soy, por quien soy, sin importar nada lo que tengo. Porque yo ya lo sabía, pero en Cuba es más fácil sentirlo.

Por la luna llena de Trinidad que conecta personas. Por su puesta de sol desde la playa, algo espectacularmente bonito. Por poder tocar en el proyecto de banda callejera con la vida más corta de Trinidad. Por bailar el “Baby Girl” dentro de una cueva llena de ron. Por la cerveza bucanero y por la cristal, los mojitos, los cubalibres y la canchánchara. Porque la comida sabe a comida y la fruta sabe a fruta. Por esa naturaleza virgen que haga que media isla sea patrimonio. Que nunca lleguen allí los ladrillazos por favor. Por las risas y las sonrisas. Por como transcurre la vida allí.

Por ser un único país del continente Americano con cero niños durmiendo en la calle y sin desnutrición infantil. Por la sanidad y la educación, impensable antes. Todo esto tras un bloqueo de mas de medio siglo. Con luces y sombras. Es dignidad.

Por ser así, y porque los cambios sean progresivos. Al ritmo cubano. Como mucha gente quiere allí. No perder la identidad es importante. Sin identidad no somos nada. Por ser el verano del invierno.

Por todo esto y mil cosas más Gracias. Nos volveremos a ver. Hasta la victoria, siempre.

valleviñales

 
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Publicado por en 29 noviembre, 2016 en Abstracto, Amor, Historia, Vivencias

 

Una enamorada y un amante bailan por Sevilla

Como cuenta Reverte al principio de La piel del tambor, nadie podría inventarse una ciudad como Sevilla. Tiene razón. Caminando por la noche, observando la giralda iluminada tenía la sensación de estar en un cuento. Te invita a pasear y perderte por ella entre la calidez de su gente. Por cada una de sus calles. Ese blanco y dorado de sus edificios bajo los cuales incide un espléndido sol andaluz.

La Sevilla testigo del tiempo que no ha perdido la memoria. Su arquitectura da fe de ello en el casco antiguo más grande de España. El Guadalquivir, por donde vino todo, atestigua nuestros lazos con América Latina y el nuevo mundo. El puerto de Indias convirtió a la ciudad en el centro financiero y mercantil de la época.

Tiene algo. Sus callejones se descubren a cada momento y te transmiten vida y tranquilidad. Desde la calle Betis se muestra un retrato para recrearse.

Aunque siempre he considerado a Andalucía como un amante en el que  puedes escapar de  la mediocridad de Madrid, que te hace envolverte en su arte y su alegría, y enamorarte de sus calles y ciudades, en mi primera visita fugaz a Sevilla (y al contrario de lo que suele ocurrirle a quien pisa por primera vez la ciudad), ésta no me enamoró.

Nunca he sido muy afín a los señoríos y las galas, y recorrer la ciudad hispalense significa moverse entre mujeres de mantilla y peineta y  señoritos con pinta de toreros, trajeados y peinados, que se mezclan entre el aroma a incienso y las procesiones, que te hacen sentir que vives en una Semana Santa constante en cualquier época del año.

En aquella visita, por más que lo intenté no encontré la sintonía, no podía fluir tranquilamente en la vida sevillana; había cosas bonitas, si, pero no sentía la belleza. Asique después de haber pasado algunos días sorteando a  las vendedoras de romero de los alrededores de la catedral me fui. No me llevaba una parte de la ciudad conmigo, no sentía nada especial después de haber estado allí. No quería a Sevilla, pero a Sevilla le gusta que le quieran, asique me hizo volver para quedarme algún tiempo después. Así pude aprender a mirarle con otros ojos, porque a Sevilla no se le puede mirar de cualquier manera, a Sevilla hay que mirarla con pasión.

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Las dos veces que la he visitado, al llegar, la ciudad estaba plácidamente dormida, con un murmullo tranquilo. De noche. Sus edificios, reposando en un reflejo naranja de foto. Como es costumbre en mi vida, busco una primera vez para las cosas antes de que se haga demasiado tarde. Tocaba por fin descubrir Sevilla. Además, en algunas ocasiones es mejor si lo haces con una persona con experiencia para serpentear entre sus edificios.

Transitamos por el centro de la ciudad, con un sol generoso, que la iluminó para nosotros. Tan generoso que no nos abrasó. Alguna que otra iglesia, hasta llegar a la plaza de la catedral nos regalaron las primeras vistas amables. Tras subir a la Giralda para observar la ciudad desde un lugar privilegiado acabamos colándonos en el barrio, sin duda, más bonito. Porque callejear, ya que no se puede hacer otra cosa, por Santa Cruz, es un placer para los sentidos. Sobre todo para la vista y el olfato.

También lo es acabar en una de sus mesas con una jarra de vino manzanilla andaluz tan típico, para calmar nuestra sed y picar algo disfrutando del vaivén del aquel sitio. Tras pasarlo tan mal entre trago y trago, llegamos sin darnos cuenta a la tarde. Paseamos entre las sombras de los parques cercanos al Alcázar tratando de evitar un sol hercúleo y cruzando un par de calles llegamos a un sitio espectacular y único en su género. Mi guia trataba de sorprenderme y lo conseguía con bastante facilidad.

Uno nunca sabe lo que le va a deparar la vida, y como a quién no quiere caldo le dan dos tazas, el destino quiso que me tuviera que trasladar a Sevilla durante un tiempo indeterminado. Al principio, reacia a todo lo nuevo que me rodeaba, no conseguía la manera de adaptarme e integrarme en el entorno. Incapaz de entender el acento cuando algún conductor de autobús o camarero me hablaban, me movía constantemente desde Sevilla Este hasta el Centro, sin saber dónde pararme  y sentarme a disfrutar de cualquier sombra, tan codiciada en el calor abrasante de aquel Agosto.

Sin embargo, poco a poco, el día a día sevillano fue conquistándome, la alegría de la gente se me contagiaba, mis pies empezaron a acostumbrarse a las calles, mi cuerpo al calor, mis ojos a la Giralda y mi alma a Andalucía.

Y aunque con el tiempo fui adaptándome y viviendo en paz con la ciudad, aún recuerdo la primera vez que ésta consiguió dejarme realmente con la boca abierta.

Todavía puedo sentir la sensación de asombro y expectación por el paisaje que se iba apareciendo a mi alrededor a medida que iba cruzando las dos torres que dan entrada a uno de los lugares más impresionantes que he podido visitar.

Tuve que mirar dos veces porque no podía creer lo que mis ojos veían. Los colores, la arquitectura, el agua y el sol se combinaban a la perfección dejando un mosaico de formas que a día de hoy sigo sin poder describir con palabras. Sin embargo, desde el momento en el que pisé esa plaza, supe que había encontrado mi pequeño sitio en Sevilla, un lugar donde pasar las horas sin más que hacer que mirar de un lado a otro, y disfrutar de la belleza que Aníbal González construyó para nosotros.

A día de hoy, una de mis cosas favoritas cuando enseño a alguien la ciudad es ver su cara cuando les llevo aquí. Todavía no conozco a nadie que no se haya quedado alucinando al conocer la Plaza de España. Sigue siendo mi lugar favorito de Sevilla, y creo que lo será para siempre.

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Con permiso de la salmantina, la de Sevilla es espectacular. “És lo mejor que tenemos”, advertía una mujer de allí la noche anterior. Ya estábamos dentro para aseverar sus palabras.

Buscar tu tierra representada entre cada una de las provincias allí presentes, es una actividad constante en ese semicírculo entre dos torres que mira al Guadalquivir. Símbolo de abrazo con los antiguos territorios americanos. Con esa patria común de casi quinientos millones de hispanohablantes.

Una enamorada de la ciudad me desveló una historia allí, en el instante que subíamos a esa especie de mirador dentro de la Plaza para elevar nuestra mirada. Conocimos el lema de la ciudad y su porqué: NO8DO (No me ha dexado), por el apoyo de la ciudad a Alfonso X.

Y esque eso es viajar con sentido. Conocer que cada lugar que pisas y recorres tiene vida pasada. Dotar todo de sentido. Una historia que hace al lugar ser como es. Es imposible explicar Sevilla sin su historia, al igual que pasa con España. Se trata de amueblar los lugares que descubres con la memoria, su biografía y sus leyendas. Es la mejor manera de respetar los lugares y fluir por ellos: conociendo su historia.

Fluir tanto y notar como se dibuja en tu cara una sonrisa de complicidad al ver una cuadrilla, con una guitarra y un par de “bajos” improvisados. Dos cubiteras metálicas hacían las veces de instrumento en La Cigala de Oro. Tocando sin más motivo que la alegría de vivir y estar. Así comprendí que Sevilla tiene realmente un color especial y mucho arte, en primera persona. Si tuviera que definirla, sería así.

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Poco a poco, los Domingos por Triana empezaron a convertirse en mi momento preferido. Cada vez que cruzaba el puente parecía entrar  a otra época, a otro mundo. Triana huele a flamenco y a pescaito frito. El barullo de la calle por el día te hace perderte aún más en ella. Es la esencia de Sevilla, el barrio por excelencia. Las macetas con las flores, las guitarras, las terrazas, los balcones…

Los trianeros dicen que Triana no es Sevilla, que es otra cosa, y yo, creo que la una sin la otra y la otra sin la una, nunca hubieran sido lo que son.

Aunque siempre me ha parecido que la noche hace aparecer un halo de misterio y magia sobre cualquier lugar que cubre, a medida que pasaba el tiempo me fui dando cuenta de que a Sevilla la noche le sienta especialmente bien. Caminar por sus callejas cuando ya no hay luz puede convertirse en uno de los paseos más especiales que jamás podrás hacer.

Encontrarte de lleno con la giralda iluminada, tomar algo al lado del rio mientras contemplas en el agua el reflejo de la torre del oro, un paseo en barco por el Guadalquivir, una cena en Santa Cruz…Es la magia hecha ciudad.

¡Y la feria! Uno nunca ha vivido Sevilla si no ha ido a una feria…Los  trajes de gitana, las flores en el pelo, el vino fino…quedarse embobado viendo bailar a todo el mundo, escuchar “Sueña la margarita con ser romero” hasta volverse loco.

Una vez que cruzas la portada, dentro del ferial, debes estar preparado para el derroche de arte y alegría que se vive en cada caseta.

No conozco la feria, por falta de tiempo. Dos ocasiones. Sólo dos fines de semana han hecho que me convirtiera en un amante fugaz. Pero un buen amante, creo. Ya hace algo más de un año de la primera visita y fue hace muy poco la segunda. Aún quedan cosas por ver. Mejor así. Eso no es tan importante y me valdrá de excusa para volver a ser, al menos una vez más, amante de Sevilla. Lo importante no es lo que queda por ver, sino por vivir. Porque todo aquello, es un lugar para vivirlo y sentirlo. De manera tranquila, dejándote seducir por aquel microclima.

Recuerdo nítidamente el sentimiento al dejar la ciudad. Las dos veces. Fue el mismo y en el mismo lugar, en Santa Justa. “No me quiero ir de aquí”, pensaba, mientras el sentimiento de pena recorría mi cuerpo como un pequeño escalofrío. Quizá es un placer irse con ganas de no querer largarse de un lugar. Suena raro, muy raro, pero es cierto.

Aún así, ni siquiera me enfade ni me entro demasiada coraje. Abracé aquel sentimiento, porque sabía que me volvería a llevar hasta allí. Creo que uno no se despide para siempre de Sevilla. Intuí entonces que de ésta ciudad, no se puede ser un mal amante que la abandona durante mucho tiempo.

Justo hoy, mientras escribo esto, hace un año que dejé Sevilla para volver a mi casa. No pude despedirme de la ciudad, aunque en el fondo creo que es que no quise.

Contra todo pronóstico me dolía decirle adiós.  Poco a poco me había ganado, y me había convertido en alguien que antes no era. Aprendí a amar a Sevilla.

A veces me despierto pensando que sigo alli, pero me asomo a la ventana y la Almudena me recuerda que no. Y creo que siempre me quedará dentro un trocito de ciudad por lo vivido, y seguiré echando de menos el acabar todas las fiestas bailando sevillanas aunque no me sepa ni la primera, echaré de menos los “mi arma” y el rebujito, las mantillas, las peinetas y las flores en el pelo, los Domingos por Triana, y las noches de paseo…

Y desde entonces ya no puedo considerar a Andalucía como un amante con el que escapar de vez en cuando…Sevilla se merece más que eso…a Sevilla hay que quererla… Sevilla, cuánto te quiero.

Fdo. la enamorada y el amante,

Miriam O. y Juan P.

avila

 
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Publicado por en 23 junio, 2016 en Amor, Historia, Narrativo, Vivencias

 

Todos somos un poco de todos

El camarero dejó los dos vasos anchos y las dos tónicas encima la mesa entorno a la cual estaban los dos amigos. La plaza de Chueca estaba casi llena, con alguna calva entre las terrazas que ese verano, como todos, ocupaban la pequeña plaza.

– Vamos a echar la tónica ya que con este calor se van a derretir los hielos y con lo que cuestan aquí las copas…

– Sí, aunque por lo menos tienen tónica Schweppes.

Acto seguido derramaron el refresco en los vasos anchos hasta terminar de llenarlos. Uno de ellos sacó un cigarro y se lo encendió tras dar el primer trago del gin-tonic.

– Joder, ¡Qué bien!, esta copa tan fría me va a sentar mejor que un spa con masaje. Que agusto se está aquí y ahora.

En la plaza había ambiente. Gente joven que venía y se iba y gente que se sentaba a disfrutar de las últimas horas de ése viernes estivo. Los vasos se humedecían por fuera y parecían estar sudando también, aunque al cogerlos con la mano se agradecía esa humedad.

Después de dos tragos más a las copas y un silencio relajado que solo se suele dar entre amigos que tienen la suficiente asonancia, dos chicas de buena figura rompieron ese silencio que ellos, realmente, disfrutaban.

Pasaron por delante y se sentaron en la mesa de al lado. Las miradas de ellos se cruzaron y se sonrieron de manera cómplice.

– Bueno qué, ¿Las decimos algo?…

– Díselo tú, que yo soy el amigo tímido, ya lo sabes.

– ¿El amigo tímido? – Dijo mientras empezó a reírse.

– Qué más da, si total es por hablar un rato, con echar unas risas nos vale ¿no?

Volvió el silencio mientras uno de ellos cruzaba miradas con una de ellas. El otro, sacó un cigarro de la cajetilla y se lo quedó mirando, dándole vueltas. Con el ceño fruncido y gesto pensativo…

– Es curioso…

– ¿El qué es tan curioso?

– Esto de las mujeres. Hay mujeres que pasan por la vida de uno. Incluso mujeres de las que te enamoras. Que sientes amor de verdad. No se, a lo largo de una vida, ¿de cuántas mujeres te puedes enamorar?

– Ésa es buena. No lo sé, supongo que de verdad de verdad… no muchas.

– Hay algunas que pasan por tu vida sin apenas dejar señales, sin infligir lo más mínimo. Otras, las cuales podrían contarse con los dedos de una mano, que persisten y jamás se olvidan. Es como si estuvieran contigo cuando algo importante en tu vida ocurre. Aunque no sepas de ellas desde hace años.

– En realidad, forman parte de ti. Son parte de ti porque te cambiaron. Bueno, cambiaste con ellas. Por eso las sientes, porque son algo de ti. Eso creo.

– Quizá tengas razón. Al final todos somos un poco de todos… A menudo, estando sólo, uno puede estar o sentirse acompañado e incluso imaginar la conversación que tendría con ésa persona casi sin desviarse.

chueca-Madrid

 
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Publicado por en 10 mayo, 2016 en Abstracto, Amor, Narrativo