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Por Amor al Arte

Este fin de semana estuve en Sevilla de nuevo. Cuantas más veces estoy por la ciudad más me doy cuenta de lo que me gusta caminar y sentirla a cualquier hora del día. A parte del disfrute visual, de caminar, de beber y comer mucho y bien y visitar a la gente que tengo allí, es un lugar donde estoy a gusto y mi cuerpo me lo dice. Se me ocurren ideas e historias que escribir cuando la visito. Cuando en mi cabeza nace esa gana por escribir significa que ese lugar tiene algo especial para mí. No sé exactamente que será, pero algo hay por allí, que Sevilla me mueve por dentro y me toca. Por algo es mi ciudad favorita en España.

El sábado a primera hora de la mañana estuve en el Alcázar. Se agradece que fuera bien temprano para poder disfrutar esa fortaleza sin que esté lleno de guiris o japoneses haciendo fotos y uno, por no molestar tenga que moverse haciendo Tetris. El lugar es maravilloso y en ciertas estancias por su arquitectura mudéjar me recordó otro lugar igual o más impresionante: La Alhambra, especialmente cuando pasamos al patio de las doncellas.

Me acorde de la última de las tres veces que he visitado la Alhambra. Por las prisas tuve que comprar la entrada a última hora. Al comprar los tickets no puede hacerlo por la página web ya que estaban agotadas. Buscando por internet, encontré una web donde eran algo más caras y con visita guiada en grupo. La verdad que en un principio no era lo que más me apetecía ya que conocía el lugar, pero era la única alternativa que tenía.

Después de esperar un rato en la puerta nos repartieron los audífonos y dividieron los grupos para seguirlo en castellano e inglés. Para cada grupo se nos asignó un guía que se ponía un pequeño micrófono que como buenos corderitos debíamos seguir y escuchar. Por un lado, la idea no es mala, siempre viene bien que alguien que conozca aquello, y más en un lugar así, te explique el significado y te ubique temporalmente durante la visita, pero es cierto que, por otro, soy, a menudo, poco amigo de formar parte de rebaños.

No recuerdo su nombre, ya ha pasado un tiempo. Rondaría los cuarenta largos y aun podía adivinarse que había sido una mujer muy atractiva en su juventud, con seguro una horda hombres detrás de ella. Guapa y delgada, con mirada amable, aún conservaba su belleza, sobre todo en su forma de andar y hablar. También en su cara. Hay ciertos tipos de actitudes que hacen que una mujer envejezca bella. Al final, la cara es el puro espejo del alma. Pero todo esto y mucho más que podría decir sobre las tres horas que pudimos compartir, es ridículo comparado con los conocimientos que tenía de La Alhambra.

Desde que empezamos la visita hasta que terminamos descubrimos un montón de información gracias a ella. Pero lo mejor no era eso, tampoco. La manera y la emoción con las que entraba en cada palacio, jardín o estancia y contaba historias sobre aquel complejo enfrentado al Albaicín y al Sacromonte era increíble. Lo hacía además con una voz dulce y con ese acento embelesador granadino que era un placer para los oídos. Se movía ligera saludando por su nombre a todo el mundo, que parecían encantados de verla.

Nos explicó, entre otras muchas cosas, como, realmente la Alhambra habla a los que la recorren si saben interpretarla. Lo hacía con un tono amable y bromeando a cada rato, parecía divertirse ella sola y estaba encantada de estar allí. Los que intentábamos ir cerca de ella, cuando hubo ocasión le cosimos a preguntas, sobre todo curiosidades. Siempre sabia explicar perfecto cualquier duda y también contar una anécdota al respecto. Quizá es la mejor guía que haya tenido. Creo. Hubo un momento que alguien le pregunto, si no cansaba hacer el mismo recorrido cada día. En ese momento, ella esbozó una pequeña sonrisa, entre picara y seductora, como si le agradara contestar a eso. Después, sin alterarse lo más mínimo en la forma y en el tono, le contesto con otra pregunta. ¿Como me voy a cansar de estar aquí? Esto es un privilegio, poder caminar cada día entre estas paredes y entre estos palacios… Estoy enamorada de Granada y aún más de la Alhambra. Y realmente, lo que decía era totalmente cierto. Estaba orgullosa. Feliz, como muchacha enamorada que no camina, sino que levita por cada rincón cantando de felicidad y sonriéndole a cada esquina.

Justo ahí, uno se queda pensando mientras se le dibuja una sonrisa en la boca. Primero, reconozco que tuve envidia de ella. Después me di cuenta que tuve envidia del trabajo que tenía. Pero finalmente me di cuenta de que el secreto del éxito, en general, es estar enamorado de lo que uno hace, aunque lo haga cada uno de los días de su vida. Aunque hay que reconocer, que recorrer aquel lugar y morar en Granada, ayuda mucho a vivir enamorado.

 
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Publicado por en 22 enero, 2018 en Amor, Reseñas, Viaje, Vivencias

 

La lengua de las mariposas

Hace un par de días vi un video que empezaba con un pequeño fragmento de “La lengua de las mariposas”. Es una película que todo el mundo debe ver, especialmente si piensa dedicarse a la educación o está interesado en el asunto. La vi el año pasado para hacer un trabajo para Historia Social de la Educación. Lo cierto es que me encantó la película de José Luis Cuerda, que a su vez está basada en un libro de relatos de Manuel Rivas titulado “¿Qué me quieres, amor?”.

Cuenta la historia de un profesor, que por encima de todo ama su trabajo y a sus chicos y de la familia de uno de ellos. Don Gregorio es ese maestro bueno, que todos conocemos y hemos tenido alguna vez. Una persona amable, atento y muy entrañable que tiene una gran dedicación a sus alumnos y a la escuela con un gran compromiso con la comunidad educativa del pueblo. Es la imagen de la vocación que intenta inculcar el amor a la naturaleza, los libros y la poesía. Es un hombre liberal y republicano que cree realmente que el arma para llegar a la libertad es la enseñanza, la cultura y la educación de sus alumnos.

El relato está ambientado en 1936, cuando la república democrática está a punto de terminar debido al alzamiento. La película avanza y la relación entre alumno y maestro se estrecha y traspasa la escuela. En uno de estos momentos donde el maestro le dice: “Los libros son como un hogar, en los libros podemos refugiar nuestros sueños, para que no se mueran de frío.” Como agradecimiento del padre, que es sastre, le hace un traje a Don Gregorio, y en esa misma escena, entre alfileres le confiesa a su mujer: “Los maestros no ganan lo que tendrían que ganar, ellos son las luces de la república”. Y es que, si algo tuvo realmente bueno durante esta etapa, fue esa apuesta por la educación pública.

Todo tiene un final y a Don Gregorio le llega el momento de la jubilación. El alcalde del pueblo le hace una fiesta de despedida en su honor. La gente del pueblo se congrega para homenajearlo y agradecerle. Este es uno de los momentos más bonitos de la película. El maestro lee una cita y añade unas palabras: “Si le cortan las alas, ira a nado. Si le cortan las patas se impulsará con el pico… ese viaje, es su razón de ser. En el otoño de mi vida, yo debería ser un escéptico y en cierto modo lo soy. El lobo nunca dormirá en la misma cama con el cordero. Pero de algo estoy seguro…Si conseguimos que una generación, una sola generación, crezca libre en España, ya nadie les podrá arrancar nunca la libertad. Nadie les podrá robar ese tesoro.” Después de este discurso la ovación es general.

Poco a poco nos acercamos al final, que se precipita rápidamente. En la Coruña se levantan los militares. En ese momento, la familia del pequeño empieza a tirar todo tipo de carnets u objetos que guarden cualquier relación con la república o con cualquier tipo de ideología progresista y democrática. La madre coge a Moncho y le advierte sobre que él no debía decir nada sobre el traje que su padre le había hecho al maestro.

Al día siguiente llegan las tropas y ocupan el ayuntamiento. La escena final muestra cómo van sacando a los republicanos, delante de todo el pueblo y se los llevan en una camioneta para fusilarlos. La escena final es realmente demoledora. Van saliendo y sus vecinos les insultan, para intentar demostrar que ellos están con el golpe militar y que no son republicanos. Pero cuando sale Don Gregorio por la puerta y se encamina a la camioneta ante el pasillo humano del pueblo, es realmente duro. Los padres que tanto lo admirar, terminaron insultándole para justificar su posición ante los golpistas he incitan al niño a hacer lo mismo, que finalmente accede.

Tristemente a mucha gente lo toco hacer esto, por pura supervivencia. Donde se juzgaba a la gente por sus ideas y no por cómo eran como personas y el posicionarte de un lado o de otro de la trinchera (ideológica), según la circunstancia, te salvaba la vida. El hecho de que se lleven a Don Gregorio a esa matanza, delante de todo el pueblo, ejemplifica el triunfo de la opresión y el final de la libertad. La derrota de lo racional. Sin entrar a valorar las matanzas que ambos bandos acometieron, en el frente y en la retaguardia, al enemigo de turno, ya que mucha gente, según en dónde les pilló de ese bando debían ser.

Esta historia, tan triste y gris, es historia de aquel intento de la república de utilizar la educación como arma del pueblo y no como arma política. Aquella Institución Libre de Enseñanza y la libertad de cátedra… pedagogos, investigadores, filósofos y literatos, entre ellos, Santiago Ramón y Cajal, Miguel de Unamuno, María Montessori, León Tolstoi, H. G. Wells, Juan Ramón Jiménez, Gabriela Mistral, Benito Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán, Azorín… Fue una vez más una ocasión perdida en nuestra historia. Otra más. Que por causas que no vienen a cuento, se fue a la mierda. Literalmente.

Pese a todo, es una película que transmite un mensaje muy positivo sobre la educación y la escuela y esa relación alumno−maestro. Alguien que estimula el amor por el aprendizaje y por apelar al espíritu crítico como guía y analgésico para la vida. Ese profesor de noble corazón, bien formado, leído, profesional y sin marcas ideológicas. Que, aunque tenga sus propias ideas, sea capaz de dejar a los chicos fuera de esas ideas. Que sepa convertir a sus alumnos en ciudadanos críticos y lucidos, que les de capacidad de debate y de análisis. Que los vaya llevando hacia terrenos intelectualmente intensos. En ese territorio estamos más cerca que de todo, pero sobre todo el futuro, merezca la pena.

 

 
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Publicado por en 22 junio, 2017 en Amor, Vivencias

 

La abuela y los ojos brillantes

Adrián pasaba entre la multitud ligeramente agolpada, lo hacía cabizbajo saludando a la gente con cierta timidez ya que le era muy difícil reconocer a las diferentes personas con las que se encontraba. Había venido para reencontrarse con su amigo. El era la razón por la que estaba allí. Hacia algo más de dos años que no visitaba aquel lugar. Era el pueblo en el que había vivido hasta los quince años. Y aquella sala donde se encontraba estaba llena, sobre todo de gente mayor. Es lógico que a los tanatorios de los pueblos suela concurrir mucha gente… todo el mundo se conoce.

Finalmente, en una esquina de la sala pudo observar al hermano mayor de su amigo junto a otras personas, tomando un vaso de agua. Poco a poco se acerco hasta llegar a él observando su pelo cano por completo y su degradado aspecto en general. Es increíble cómo envejecen ciertas personas, pensó. Era un tipo elegante y guapo pero parecía mucho mayor que los cuarenta y pocos años que tenía. Adrián siempre se había llevado bien con el. Lo saludó y hablaron unos minutos. Le comentó que su hermano había salido fuera y que en un rato estaría de vuelta.

Solamente estaría unas horas en el pueblo, ya que debía volver por la noche a su casa, así que decidió esperar a su amigo. Salió a fumar a la puerta, para hacer tiempo. Sentia que aquello estaba distinto, que la gente e incluso los lugares habían cambiado. O quizá él los veía diferentes, como más pequeños aún. Quizá con cierta distancia. Aun así le transmitía una bonita sensación cuando pensaba en su infancia allí. Desde la calle que fumaba podía ver el colegio y el monte donde había corrido y jugado cuando era un niño. Recordó de forma apelotonada las fiestas de cumpleaños, los veranos y las aventuras adolescentes y mil cosas más en aquel viejo lugar.

Un viento frío que sacudió fuerte en la calle donde fumaba, le produjo un escalofrío recorriendole todo el cuerpo y le trajo de nuevo al presente de un golpe. Aquella tarde gélida de Enero en su pequeño pueblo le empujó a entrar de nuevo. Al hacerlo se sintió un poco observado y pensó que seria bueno esperar sentado al final de la sala.

Se sentó en una silla libre, entre algunas señoras mayores. Al hacerlo miró a su izquierda y de repente se acordó de aquella señora mayor. Era su antigua vecina, la abuela de un chico con el que iba al colegio… Justo en ese momento ella le reconoció.

– ¡Hola hijo! – Le dijo la viejita mientras una sonrisa cómplice iluminó su cara arrugada.

– Hola… ¿Qué tal está?

– Bien hijo, aquí estamos ya ves… Hace mucho que no venís por aquí ¿Y que tal? ¿Tienes trabajo hijo? Está la cosa muy mal.

– Hace mucho tiempo… si. Y si, la verdad que tengo suerte, estoy trabajando. – Dijo Adrián mientras observaba a la mujer. Estaba igual que hace diez años. Con su ropa oscura, luto que vestía de manera perenne. Misma espalda encorvada y misma sonrisa agradable.

– ¡Que bien hijo! – Celebro ella acompañando una sonrisa aún más amplia. Pese a la edad, tenía fuerza para enterarse de todo y explicarse. – ¿Y qué tal están tu padres?.

– Bien…

De repente la anciana le interrumpió a la vez que sus ojos se iluminaban.

– ¡Pues mi nieto también está trabajando, como tu! Y se ha sacado el carnet… y claro, luego se compró un coche. Es pequeño, pero es nuevo. ¿Hace cuanto tiempo que no os veis?

En ese momento Adrián se fijó en sus ojos, estaban húmedos y totalmente brillantes. Algo raro en una persona tan mayor. Su mirada transmitía ilusión, esperanza y orgullo. Se notaba desde lejos que no estaba contando cualquier cosa. Desde el momento que empezó a hablar de su nieto, a la viejita le había cambiado la cara por completo.

A Adrián le conmovió un poco y siguieron hablando un rato más sobre él. Mientras lo hacían, se daba cuenta de que esa era una de las caras del amor. Uno de los amores más grandes que existen: el de una abuela a su nieto. Era grande apreciarlo, incluso en un lugar tan oscuro como un tanatorio.

 
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Publicado por en 24 mayo, 2017 en Amor

 

Aquellos lugares

Todo el mundo tiene ese o esos lugares. Lugares que son solo tuyos, o vuestros. Solo entre comillas claro. Algunos se pueden visitar con cierta frecuencia, otros están un poco más lejos… Sentarte y mirar el horizonte en ese sitio donde parece que todo es más fácil de pensar y repensar. Para mi normalmente están relacionados con vistas que te elevan y te dejan ver la ciudad, o mejor, el campo desde un ángulo privilegiado. Como mirar un problema con perspectiva, que te permite tomar distancia. A veces puedes estar durante horas, en silencio, disfrutando de donde estas. Solamente contigo mismo o con otras personas.

El agua corriendo del río con una montaña al fondo, una noche de playa con la luna arriba, sentado en las dunas de un desierto viendo el sol que llega o que se va, mirar la inmensidad de la ciudad o del mar… Te sientas y miras, no hace falta nada más. Se termina el ruido y todo se vuelve silencio en tu cabeza. Un silencio que cae en forma de losa sobre tu cabeza, que va enervando relajación por todo tu cuerpo. Es paz mental y física.

Hay lugares donde se ven unas escenas buenísimas como en las estaciones de trenes y sobre todo en los aeropuertos. Muchas veces cuando estoy en uno, me detengo un rato a observar a la gente. Despedidas para un fin de semana, para un mes y para un hasta la próxima, que no se sabe cuándo será. Reencuentros de todo tipo, tan emocionantes y curiosos como el de un perro esperando a su dueño. Besos. Muchos besos y abrazos. Unas veces de observador y otras veces vividos en primera persona. Realmente un aeropuerto no es solo donde parten y llegan aviones. Es la puerta que te permite cambiar de mundo en unas pocas horas. Cada aeropuerto es un pequeño micro mundo donde miles de vidas se entremezclan. Es ese lugar que te lleva a casi todos los demás lugares.

Muchas veces me pregunto, porque ante esos lugares nos entra esa paz. Hay algunos que es como si estuvieran fabricados para nosotros. Nunca he sabido exactamente porque es. Donde ya no es lo que ves, sino quien eres tú en ese lugar. Cómo te sientes, con que ojos miras la vida, con qué cuerpo sientes la vida. No tienen, al menos para mi, nada que ver con lujos, ni sitios espectacularmente grandes o rimbombantes. Es donde me sentí y me siento muy vivo, libre, tan… bien. Es donde observar la belleza con suma facilidad. La belleza de la vida.

A medida que voy viajando, descubro algunos rincones que esconde una magia especial para mi. Por lo que allí sucedió y cómo yo lo viví. Y me pasa algo con estos sitios… y es que aún no se si volveré. No por la lejanía, claro, ni tampoco por que no pueda. Es simplemente porque la manera que me abrazo allí la vida, o mejor, como yo lo sentí, fue tan grande que a veces pienso que si vuelvo y no es igual se me estropeará aquel sitio que tanto salvaguardo en mi memoria y en mi corazón. Pero supongo que finalmente me podrá la curiosidad de comprobarlo y acabaré estropeándolos… o no, y como dice Sabina, volveré a aquellos viejos sitios en lo que con tanta energía amé la vida.

 
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Publicado por en 14 mayo, 2017 en Amor, Vivencias

 

¿Nos gusta la basura?

A juzgar por lo que se ve, puede parecer lógico pensar, que nos gusta la basura. Ejemplo son los vídeos chabacanos de internet o las fotos poco agradables que circulan por todas las redes, la comida rápida, las relaciones sociales a través de una pantalla, la tele basura… Incluso la aceptación del trabajo basura. Buena parte de lo peor lo representan los shows de televisión, por llamarlo de alguna manera. El contenido es el nulo contenido en los cerebros de los participantes. Sirva también de ejemplo los vídeos como “Caranchoa”.

No veo la tele a menudo, y estos programas no los veo nunca, pero hace unos días, encendí la tele y ahí estaba. Normalmente me precipito sobre el mando para cambiar de canal. Pero esta vez no, me senté a verlo durante cinco minutos. Para poder saber exactamente de qué hablo.

Después de estar un rato las ganas de vomitar me llegaron y apage la tele de nuevo. No digo que hubiera mayor o menor contenido, directamente no había contenido. Era una sinrazón de argumentos, donde unos a otros se faltan al respeto sin educación. Además parece que, cuanta menos educación, mejor. Claro, la estética, como dice aquella canción, “silicona y abdominales”, más marcada imposible. No entiendo cómo alguien puede sentarse a ver esto. No lo pillo. Pero sucede. Ahí están las audiencias.

Pasa lo mismo con la comida rápida, con la retórica facilona, con la música machista y sin calidad musical o con las relaciones artificiales. Ya sean porque tienen su existencia a través de aparatos electrónicos o porque se establecen por finalidades de interés, dinero o cualquier otro móvil.

Afirmaciones como “la ópera es insoportable”, “no entiendo para qué leer” o “que coñazo el teatro”.  Realmente, si no te enseñan a escuchar ópera, seguramente la escuches y te parezca una basura y prefieres escuchar Reggaetón. En los años 60, los obreros al salir de la Fábrica de la Fiat acudían a las plazas para escuchar ópera. Verdi era popular. En nuestro siglo de oro español, cuando la gente veía a Calderón o Lope les faltaba tiempo para cuadrarse. Eran conocidos y reconocidos socialmente.

Realmente me niego a pensar que nos guste la basura. Aunque lo consumamos, porque una televisión basura pertenece, a una sociedad basura, a unos políticos basura etc… Pero me niego a pensar que nos guste verdaderamente. Más bien es un asunto de educación. De hacer pedagogía de las cosas con calidad y fondo.

Cuando se nos oferta solamente basura, o en una proporción muy grande, podemos caer en esa dinámica. Pensar que eso es lo que debemos consumir. Y peor, que es lo que nos gusta o nos debe gustar. A todos los niveles, cultural, social, alimentario… Y es mentira. La mala comida no te aporta los nutrientes necesario y te hace obeso, igual que la mala cultura te entorpece el entendimiento y por lo contrario te aleja de la emancipación. De una vida más sabia. No es que te deje equidistante, es que te aleja.

Se trata de no ir a lo fácil ni a lo inmediato. No basta sólo con entretenerse. Finalmente estas son las palabras; facilón y rápido.. De plantearse en qué gastar mis horas y como. Basado en un diálogo constante con nosotros mismos y nuestras afinidades. Intentar dar un porque mayor a lo que sea hace. Es decir, que trascienda del momento puntual.

Una distracción rápida y sencilla de hacer, la cual no tenemos que trabajar de alguna manera puede frenar esa idea o sensación inevitable de que tarde o temprano nos vamos a morir, pero no aporta un poso sólido que nos permita esa belleza vital. Ese sentido que trasciende a seguir la rueda social sin parar a mirarnos. En cambio, si lo hacen la literatura, el pensamiento, el aprendizaje de un instrumento músical, la conciencia de vida y la de solidaridad, disfrutar de la naturaleza y con ella, una conversación profunda con otros o con uno mismo…

“Vive como si fueras a morir mañana, pero estudia como si fueras a vivir eternamente”. Isidoro de Sevilla.

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Publicado por en 19 enero, 2017 en Abstracto, Amor, Vivencias

 

La última Navidad en Madrid

El frío aire invernal movía las hojas que cubrían parte del paseo que subía hasta el estanque del parque del Retiro. La gente paseaba a pie, en bici o sobre las ruedas de sus patines. El ambiente navideño se podía notar fácilmente en una ciudad como Madrid. Laura paseaba despacio arrastrando su enorme maleta. Parecía que no quería llegar a su primer destino.

Un momento después, llegó por fin al lago y se sentó en un banco de madera frente al Monumento a Alfonso XXII. Lo hizo en un lateral, colocando la maleta justo al lado. Llevaba tres años sin fumar, pero hoy había comprado tabaco. Sacó el paquete de Chesterfield y encendió el tercer cigarro de esa jornada. Los últimos minutos de luz de aquel día se extinguieron al tiempo que su cigarro se consumía.

Solo necesitaba verla una vez más para poder irse para siempre. Para no volver a Madrid nunca más. Ni siquiera en Navidad. La decisión estaba tomada. Si todo era como decía el detective que había contratado, solo debería seguir los planes establecidos. Desde el lugar donde estaba, apenas podía ser vista.

Tras media hora más de espera, encendió el último cigarrillo de ese día. Al hacerlo, intentó repasar mentalmente su último año, el cual había vivido en la capital. Era imposible hacerlo sin pensar en Sandra. La conoció en una web de contactos a través de internet. Hablaron y hablaron hasta que seis meses más tarde ella fue a visitarla a Tenerife. Por supuesto, ella alquiló un apartamento y oficialmente era una compañera de trabajo.

Ese fin de semana fue una locura. Era la primera vez con una mujer. Llevaba deseándolo tiempo, pero en su entorno no se atrevía a plantearse algo así. Era totalmente inasumible por parte de su familia, de su ambiente laboral y de sus amigos. Al recordar esa primera vez, un escalofrío recorrió todo su cuerpo, desde los pies hasta la cabeza. Seis meses más tarde y varios encuentros más, se marchó a vivir a Madrid. Se preguntaba, por qué ese impulso tuvo tanta fuerza como para mudar su vivienda y pedir un cambio en el trabajo. La respuesta parecía ser sexo, pero no solo era eso. Era difícil describirlo. Con ningún hombre se había sentido así. Todo era tan suave e intenso a la vez. Era otro mundo. Sentía orgullo por si misma, cuando pensaba en todo esto.

Apuró su tabaco y lo apagó con su pie derecho. Se colocó la bufanda para no ser descubierta y siguió esperando. ¿Y si no la veía? ¿Cambiaría eso sus planes? No era capaz de darse respuesta. Volvió a pensar en ese último capítulo de su vida… Ya había pasado un año y después de todo, no era capaz de quedarse. Tampoco de marcharse. Al menos sin una razón aparente.

No podía tomar su decisión si no veía lo que necesitaba ver. Y así sucedió. Al descubrir aquella chaqueta polar roja en la lejanía sabía que era Sandra. Su corazón se disparó. Poco a poco se acercaban por el paseo de la calle Nicaragua. Ella y su nueva amiga. También les acompañaba Copo, su perro. Sus pulsaciones subieron a medida que se acercaban. No entendía, ni quería entender cómo podía estar con otra mujer que no fuera ella.

De repente observó que Copo se acercaba. Rezó a todos los dioses para que no la reconociera por el olor. La vergüenza sería demasiado grande. En ese momento se quedó paralizada, sudando pese al frío. El animal seguía acercándose a ella olisqueando por el suelo. En ese mismo instante no podía respirar, estaba petrificada. Cuando Copo estaba a escasos metros de ella, su dueña gritó al perro para que volviera a su lado. En ese momento volvió a respirar. Realmente… ¿había sido transparente para Sandra? ¿Podría no haberla visto? Quizá no quería hacerla pasar ese mal trago, o quizá prefería obviarla. Se dispararon varios pensamientos en su cabeza.

Cerro los ojos y paró la avalancha de pensamientos. Ya daba igual cualquier hipótesis. Había visto lo que necesitaba para marcharse. Había logrado el objetivo. Volvió a observar cómo se alejaban y decidió levantarse de aquel banco. Sacó el agarre extensible de la maleta y se encaminó al metro, que le llevaría a su segundo y último destino en Madrid. El asiento de su vuelo. Finalmente, las últimas Navidades que estaría en Madrid serian esas.

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Publicado por en 4 enero, 2017 en Amor, Narrativo

 

Cuba libre, Gracias

No es fácil escribir ni ordenar todo lo que me pasa por la cabeza de estas tres semanas espectaculares recorriendo la isla de Cuba. Creo que un buen comienzo sería diciendo gracias. Gracias por vuestros valores. Por ser, como ellos dicen (cosa que yo también pienso), nuestros hermanos. Porque realmente nos quieren. Ciertamente te sientes muy poco “Yuma” cuando estás por allí, te sientas a hablar con ellos, a comer, tomar una cerveza o dormir unas noches en su casa. No solo compartimos lengua, sino pasado y cultura. El castellano es nuestra patria común. Por supuesto no solo en Cuba, sino en toda Latinoamérica. Una patria común de quinientos millones de hispanohablantes.

Cada ciudad y pueblo del país con sus museos, en especial la Habana, permite viajar en el tiempo desde el siglo XV hasta hoy. Entender que fue España y que mereció la pena, con lo bueno y lo malo que allí llevamos. También entender porque son y porque somos, los españoles, como somos. Desde la época colonial, hasta el día de hoy, pasando por supuesto por la revolución que pese a todo vertebra gran parte de la identidad del país. Como mola ver en persona la estación de radio rebelde utilizado por el Che en el museo de la revolución. Las cosas están cambiando despacio, pero el pasado no se puede cambiar, creo. No estoy convencido de esto último, porque allí leí “1984” de Orwell. Y si, es posible que Colón tuviera razón, cuando llegó por primera vez ese 28 de Octubre a la isla: “La tierra más hermosa que ojos humanos hubieran visto”.

La Habana te deja, especialmente con sus antiguos coches americanos, trasladarte unos cuantos años atrás, algo más de medio siglo. Es la ciudad que lo tiene todo sin tener nada. Es pasear horas y horas por sus calles, sin más destino que perderse, tú y la ciudad, para que, en el momento menos pensado, te vuelvas a encontrar. Te vuelvas a encontrar contigo, con la habana y con una solidaria condición humana que conquista tu sonrisa. Cualquier cosa puede suceder, cualquier cosa puede existir, si estás listo para descubrirlo. Pocos lugares son tan contradictorios. Incluso… casi tan contradictorios como nosotros mismos. Un final del día mirando al Malecón desde la Fortaleza de San Marcos bebiendo Guarapo recién exprimido con un poco de ron es un regalo a los sentidos.

El lugar más alejado de mi casa donde me hospedado es Viñales. Unos 7.500 km. Quizá uno mis lugares favoritos de la isla. Un sitio con una naturaleza riquísima, rodeado de pozas y cuevas envueltas por los “mogotes” que rodean el valle. Perfecto para la bici y para hacer algo de escalada. Es curioso. Estando tan lejos, me he sentido tan bien como en mi casa, siendo parte de la familia. Eso es mejor que todo el valle entero. Solo se puede pagar con el mismo cariño y respeto hacia ellos. Gracias por acogerme, por cuidarme y hacer mi estancia allí aún mejor. El calor familiar es algo grande, no solo en Viñales.

También gracias por algo tan maravilloso que he podido hacer tantas veces. Hablar con la gente relajadamente, con espacio y tiempo, entre personas que quieren compartir, conocer y contarte. Esas conversaciones tan enriquecedoras con la gente local… Conversaciones que surgen en cualquier lugar y se demoran horas. Es un privilegio enorme haber podido compartir vida y opiniones con gente tan distinta en edades, pensamientos y modos de vida. Es aprender y entender de primera mano, sin que nadie te lo cuente. También con otros viajeros, sobre todo los que viajan de verdad, para vivirlo, no solo para verlo. Los que viajan para vivirse. Gracias por todas y cada una de esas conversaciones y momentos. Ya sean en español, en inglés (prometo mejorar), en italiano (prometo contestar una palabra en italiano) o en la lengua favorita de los guías turísticos cubanos: “Espanghis”.

Por la calma de Bahía de Cochinos y sus playas transparentes llenas de corales y peces, perfectas para hacer kilómetros en bici en busca de otro rincón más para hacer snorkel hasta que el sol se vaya. Por la primera derrota americana allí. Por los zumos de fruta bomba. Por los reencuentros y los nuevos encuentros allí y que se irían sucediendo en los diferentes destinos. Por aumentar, una vez más, mi gama de grises, algo que ocurre cada vez que uno viaja, con los ojos despiertos, el cerebro abierto y unos libros entre las manos. Eso hace entender mejor la vida y el lugar del mundo en el que vive. Por las horas de lectura, ¡Que placer tener tiempo para leer y para escribir!. ¡Que placer tener tiempo para vivir!.

También porque recordarme que esperar colas (Banco, CADECA o hasta en los baños), puede llegar a ser algo terapéutico. Aunque al principio no lo sientas. Es recordar algo que todos sabemos pero olvidamos cada día: que la vida está aquí y ahora, sin prisas. Con el que tenemos al lado, ayudando y sirviéndote de su ayuda. Como dice un buen conocido; la vida está en los ojos del otro, en la piel del otro. Esa es la conexión real y auténtica. El tacto y su placer, como dicen los chikos del maíz. Sentir la vida transcurrir tranquilamente, no hace falta mucho más.

Relajarse en la incertidumbre. Suena bien. En Cuba todo es posible, pero nunca sabrás cuándo ni cómo será. Como ellos dicen, “no es fácil”. En un país tan seguro como este, no existe la certeza tampoco. Aprender a vivir con ello es convivir con nuestra naturaleza. No es un lugar para ir con prisas y eso es de agradecer.

Por permitirme viajar por los lugares más oscuros de mí y también los más amables. Por no dejarme huir. Por dejarme descubrirme. Por enfrentarme a mí mismo y permitirme pensar mi mundo y mi vida. Hacerlo desde la perspectiva real y tranquila que me permita ser feliz. Repensar tu vida y replantearte todo. Una buena respuesta; ¿Porque no? Increíble.

Por elegir cada momento para mí y disfrutarlo como si no existiera otra cosa en el mundo en ese instante. Saborear la vida como algo finito, pero sin agobios. Por dejarme llevar por otros también, decidido antes por mí, para descubrir otros caminos. Así es cuando todo es posible, hasta enamorarte en cada momento de la vida sintiéndolo por tu cuerpo y tu cabeza. Por la necesidad de reinventarse en cada momento como hacen los autóctonos. Vivir es un reinventarse diario. Por levantarte y pensar en el día como una aventura que tú vas a crear y cabe todo. Por sentirlo tanto, tanto como el aire fresco acariciándote la piel en las noches trinitarias. Ahí cambia el mundo, porque tu estas cambiándolo para ti. Joder, como mola.

Por dejarme descubrir que cuando vives, sobre todo con intensidad, entiendes que no hay tantos héroes omnipotentes y que los mitos, solo están existen en la mitología. A relativizar y a sospechar lo estúpido que es endiosar o odiar nada por muy desconocido o valorado que sea. Es mejor el respeto y la comprensión.

Por el sentimiento de volver a la única y verdadera patria: la infancia. Hacer y sentir cosas que te transportan al pasado debería ser algo obligatorio en nuestras vidas. Por sentir que valgo lo que valgo por como soy, por quien soy, sin importar nada lo que tengo. Porque yo ya lo sabía, pero en Cuba es más fácil sentirlo.

Por la luna llena de Trinidad que conecta personas. Por su puesta de sol desde la playa, algo espectacularmente bonito. Por poder tocar en el proyecto de banda callejera con la vida más corta de Trinidad. Por bailar el “Baby Girl” dentro de una cueva llena de ron. Por la cerveza bucanero y por la cristal, los mojitos, los cubalibres y la canchánchara. Porque la comida sabe a comida y la fruta sabe a fruta. Por esa naturaleza virgen que haga que media isla sea patrimonio. Que nunca lleguen allí los ladrillazos por favor. Por las risas y las sonrisas. Por como transcurre la vida allí.

Por ser un único país del continente Americano con cero niños durmiendo en la calle y sin desnutrición infantil. Por la sanidad y la educación, impensable antes. Todo esto tras un bloqueo de mas de medio siglo. Con luces y sombras. Es dignidad.

Por ser así, y porque los cambios sean progresivos. Al ritmo cubano. Como mucha gente quiere allí. No perder la identidad es importante. Sin identidad no somos nada. Por ser el verano del invierno.

Por todo esto y mil cosas más Gracias. Nos volveremos a ver. Hasta la victoria, siempre.

valleviñales

 
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Publicado por en 29 noviembre, 2016 en Abstracto, Amor, Historia, Viaje, Vivencias