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Archivo de la categoría: Narrativo

¿Cómo empezó esto?

Estaba allí sentado. Eran casi la hora de comer y no tenía hambre ni ganas de nada. De lejos, en apariencia era una persona más, incluso iba bien vestido. Sentado entorno a una mesa de Coca-Cola que utilizan los bares para poner sus terrazas con un grupo de gente. Desde donde estaban sentados los demás, en la misma mesa, las apariencias, en esta ocasión, engañaban.

Tenía el jersey lleno de lamparones, la camisa por fuera y un pantalón vaquero que parecía curtido y oscuro sobre todo en la parte más baja por las copas y cervezas de toda la noche anterior. Barba de algún día de más y la mirada perdida y descolocada. Si alguien no lo conociera, podría suponer fácilmente que se trata de un sábado más largo de lo normal. Pero no, no era eso. No solamente.

Cuando abría la boca para hablar se podían descubrir más cosas. Especialmente dos. Que aún los efectos del alcohol y las drogas lo tenían atrapado, pero no sólo de esa noche. Es como, aunque suene extraño, tuviera experiencia en estar así. La otra era la boca descuidada y destrozada. Quizá la  boca mejor que un Yonki tirado de la calle, pero no mucho mejor. Era difícil e impactante ver una persona tan joven que apenas llegaría a los treintaicinco con los dientes así.

Su discurso terciaba entre lo bien que se lo pasaba, como si hubiera nacido para eso e intentar hacer gracias para los demás parroquianos que estaban frescos y despiertos. Cuando se sentó en la mesa con ellos, vino sin compañía. Seguramente de otro bar… ¿de dónde sino? Al ver a sus amigos de toda la vida se sentó en la misma mesa. Aún con ese estado tan degradado, tenía ciertas habilidades para hacerse querer y ademas no era ninguna mala persona ni tampoco peligrosa.

El primer rato fue divertido. El hacia el payaso y los demás se reían con él o de él. Eso no estaba claro, aunque parecía que en mayor medida, era con él. Después, los demás, se fueron callando y dejando de hacerle caso. Las payasadas eran repetidas y no hacían tanta gracia. Al fin y al cabo era lo mismo de siempre. Entonces volvieron a su conversación dominical entre ellos.

Al principio intentó y siguió hasta que se dio cuenta que ya nadie le miraba ya ni le hacía caso. En ese momento llego el camarero y uno de ellos levanto la mano para pedir otra ronda. Dos, cuatro, cinco… ¿Y tú que quieres? Si una cerveza también. Habían pedido también para él. Un minuto más tarde el camarero abrió con destreza un puñado de cervezas bien frías y dejo encima de la mesa varios cuencos con patatas revolconas. Una era para él, claro. Y los demás, que en durante ese momento parecían tutelarle, le animaban, más que a tomar cerveza a que comiera. Incluso uno de ellos le pregunto si quería más, podía pedirle más comida. Dando las gracias negó ofrecimiento.

Poco tiempo después, todos lo volvían a ignorar ya, como si no estuviera en la mesa para centrarse en sus conversaciones. El lleva un rato casi sin hablar. Qué curioso, pensó, estaba rodeado de gente que conocía, igual que durante la noche anterior, pero se sentía solo. Es como si para los demás no estuviera. Solo y cansado, cada vez se le cerraban más los ojos. Se sentía sucio, en la boda y por todo el cuerpo. De repente no encontraba la diversión en nada. Como cuando se va la luz en una noche de invierno. Pum.

En ese momento sitio y pensó… ¿Cómo empezó esto? Como había degenerado tanto algo que era divertido. Si él era el rey, el puto amo. El más respetado, el que más bebía, el que más ligaba… el que más todo. Y ahora qué. No sabría decir en que momento paso de ser algo divertido y a querer hacerlo a ser algo que hacía casi porque el cuerpo le pedía para estar bien. Mejor dicho, para no estar mal.

De repente pasó un niño corriendo al lado de su mesa y se puso a jugar cerca suyo. El se quedo mirándolo. De repente el niño lo miro. Cruzaron varias miradas. Un miedo le cubrió su cuerpo y le costaba trabajo pensar. Le costaba trabajo la vida. Es como si estuviera rendido. Pero ya en ese momento, sólo quería dormir. Dormir mil años con el solitario deseo de que el tiempo pasara, o quizá volviera hacía atrás.

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Publicado por en 24 noviembre, 2017 en Abstracto, Narrativo

 

La última Navidad en Madrid

El frío aire invernal movía las hojas que cubrían parte del paseo que subía hasta el estanque del parque del Retiro. La gente paseaba a pie, en bici o sobre las ruedas de sus patines. El ambiente navideño se podía notar fácilmente en una ciudad como Madrid. Laura paseaba despacio arrastrando su enorme maleta. Parecía que no quería llegar a su primer destino.

Un momento después, llegó por fin al lago y se sentó en un banco de madera frente al Monumento a Alfonso XXII. Lo hizo en un lateral, colocando la maleta justo al lado. Llevaba tres años sin fumar, pero hoy había comprado tabaco. Sacó el paquete de Chesterfield y encendió el tercer cigarro de esa jornada. Los últimos minutos de luz de aquel día se extinguieron al tiempo que su cigarro se consumía.

Solo necesitaba verla una vez más para poder irse para siempre. Para no volver a Madrid nunca más. Ni siquiera en Navidad. La decisión estaba tomada. Si todo era como decía el detective que había contratado, solo debería seguir los planes establecidos. Desde el lugar donde estaba, apenas podía ser vista.

Tras media hora más de espera, encendió el último cigarrillo de ese día. Al hacerlo, intentó repasar mentalmente su último año, el cual había vivido en la capital. Era imposible hacerlo sin pensar en Sandra. La conoció en una web de contactos a través de internet. Hablaron y hablaron hasta que seis meses más tarde ella fue a visitarla a Tenerife. Por supuesto, ella alquiló un apartamento y oficialmente era una compañera de trabajo.

Ese fin de semana fue una locura. Era la primera vez con una mujer. Llevaba deseándolo tiempo, pero en su entorno no se atrevía a plantearse algo así. Era totalmente inasumible por parte de su familia, de su ambiente laboral y de sus amigos. Al recordar esa primera vez, un escalofrío recorrió todo su cuerpo, desde los pies hasta la cabeza. Seis meses más tarde y varios encuentros más, se marchó a vivir a Madrid. Se preguntaba, por qué ese impulso tuvo tanta fuerza como para mudar su vivienda y pedir un cambio en el trabajo. La respuesta parecía ser sexo, pero no solo era eso. Era difícil describirlo. Con ningún hombre se había sentido así. Todo era tan suave e intenso a la vez. Era otro mundo. Sentía orgullo por si misma, cuando pensaba en todo esto.

Apuró su tabaco y lo apagó con su pie derecho. Se colocó la bufanda para no ser descubierta y siguió esperando. ¿Y si no la veía? ¿Cambiaría eso sus planes? No era capaz de darse respuesta. Volvió a pensar en ese último capítulo de su vida… Ya había pasado un año y después de todo, no era capaz de quedarse. Tampoco de marcharse. Al menos sin una razón aparente.

No podía tomar su decisión si no veía lo que necesitaba ver. Y así sucedió. Al descubrir aquella chaqueta polar roja en la lejanía sabía que era Sandra. Su corazón se disparó. Poco a poco se acercaban por el paseo de la calle Nicaragua. Ella y su nueva amiga. También les acompañaba Copo, su perro. Sus pulsaciones subieron a medida que se acercaban. No entendía, ni quería entender cómo podía estar con otra mujer que no fuera ella.

De repente observó que Copo se acercaba. Rezó a todos los dioses para que no la reconociera por el olor. La vergüenza sería demasiado grande. En ese momento se quedó paralizada, sudando pese al frío. El animal seguía acercándose a ella olisqueando por el suelo. En ese mismo instante no podía respirar, estaba petrificada. Cuando Copo estaba a escasos metros de ella, su dueña gritó al perro para que volviera a su lado. En ese momento volvió a respirar. Realmente… ¿había sido transparente para Sandra? ¿Podría no haberla visto? Quizá no quería hacerla pasar ese mal trago, o quizá prefería obviarla. Se dispararon varios pensamientos en su cabeza.

Cerro los ojos y paró la avalancha de pensamientos. Ya daba igual cualquier hipótesis. Había visto lo que necesitaba para marcharse. Había logrado el objetivo. Volvió a observar cómo se alejaban y decidió levantarse de aquel banco. Sacó el agarre extensible de la maleta y se encaminó al metro, que le llevaría a su segundo y último destino en Madrid. El asiento de su vuelo. Finalmente, las últimas Navidades que estaría en Madrid serian esas.

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Publicado por en 4 enero, 2017 en Amor, Narrativo

 

En cabeza ajena

Adrián salió de su portal y atravesó el parque. Después de tanto tiempo fuera, era extraño. Todo estaba igual, pero volver a caminar por su barrio de la periferia dos años y medio después se le hacía demasiado raro. Disipó poco a poco ese pensamiento a la vez que le venía la sonrisa a la cara pensando los momentos tan divertidos vividos junto a sus amigos de toda la vida. Que ganas de verlos. En dos minutos llegaría a la esquina donde habían quedado para verse después su larga estancia fuera.

Se preguntaba cuánto habían cambiado y cómo estarán ahora. También pensó en las ganas que tenía de contarles tantas cosas que había vivido… Un año y medio en Amsterdam y su último año en Copenhague. Tantas cosas vividas, pero sobre todo las que venían. Que tu empresa te ofrezca trabajar en San José era algo para celebrar con ellos antes de partir a Centroamérica.

Después de varios abrazos, Adrián junto con dos amigos, llegaron al Bar. Cuánto echaba de menos lugares así. Bares que habían envejecido con sus dueños, de los de barrio de toda la vida, como era Casa Fernando. Pidieron tres cañas y sus amigos disculparon a un tercero que no había podido venir. Realmente siempre fallaba en casi todas las citas. No era nada nuevo.

Después de varias risas al recordar las historias típicas de su juventud, Adrián se dió cuenta de que prácticamente el tiempo no había pasado allí. Las cosas y las personas seguían en su mismo sitio. Curioso. Los dos seguían en los mismos trabajos, con las mismas vidas… y casi con los mismo chistes. De repente se sintió extraño. Y en ese mismo momento decidió contarles sus aventuras pasadas y futuras. No comprendía cómo no le habían preguntado antes… tenia tanto que contar. Pero lo que más ganas tenía era de contarles que se iría aún más lejos a algo nuevo para lo que tanto tiempo llevaba esperando y luchando…

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– Ahora me han ofrecido un trabajo nuevo… ¡Es en San José!

Después de un silencio uno de los amigos pregunto – Pero… ¿Eso no es aquí en España verdad?

– ¡No! Es en Costa Rica. ¡Por fin voy a poder vivir durante un tiempo fuera de Europa! Tengo tantas ganas…

– Pero… ¿Porque te quieres ir tan lejos ahora?

Adrian no entendía esa pregunta ahora. Justo en ese momento. Era increíble la ocasión. – No se, me gusta mucho la idea de vivir en un sitio tan distinto. Y voy solo…

– Pero…, ¿Y no te vas a aburrir?… ¿No te has aburrido este tiempo…? Quiero decir tu solo allí. Yo me aburriria.

No entendía ni se imaginaba aburrido ni antes ni ahora… ni volvia a entender las preguntas.  Lo que necesitaría sería más tiempo para hacer todas las cosas tenía pensadas. Aburrirse. Eso sería estar toda la vida igual… era más fácil aburrirse estando siempre en el barrio.

–  La verdad que lo último que pienso es en aburrirme…- Dijo Adrián, casi haciendo una pregunta al aire. Extrañado de la reflexión de su amigo.

– ¿Pero, no decías que se había aburrido? – Preguntó el amigo más activo en la conversación al otro amigo que llevaba un rato en silencio.

– Bueno no se. Es lo que yo pensaba…

Volvió el silencio. Adrián noto cierta tensión, que ni siquiera lograba comprender por qué venía. No quería ni siquiera contestar. De repente no le apetecía esa conversación así. Todo era demasiado ridículo de repente. Le costaba reconocer la situación. Por un momento se sintió extraño entre gente tan conocida… De querer compartir algo tan grande para él, sentía que le estaban discutiendo o dudando de que fuera, toda su forma de vida en ese momento, una buena idea. Es como si sus amigos estuvieran molestos con su forma de pensar. No tenía mucho sentido esa idea, pero no se le ocurría otra cosa.. Como si tuvieran que convencerle de algo…

Después de ese momento de silencio incómodo, uno de sus amigos lo rompió preguntando a los demás si querían tomar otra cerveza. Todos accedieron. Justo en ese momento, Adrián pensó a modo de chiste: Si, vamos a tomar otra no sea que nos vayamos a aburrir. Y esque es imposible pensar en cabeza ajena reflexionó. Pero aún más difícil comprender a una cabeza ajena libre desde otra encerrada en sí misma. Un paisaje hermoso, mirando desde unos determinados ojos puede ser muy disfrutado, mientras que visto desde otros ojos, ni siquiera puede ser visto.

 
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Publicado por en 19 diciembre, 2016 en Narrativo

 

El bueno de Adrián

Las olas en la playa de Levante eran suaves y la arena fina tenía la temperatura perfecta para pasear descalzo cerca del mar. Sintiendo el agradable frescor entre sus pies, Adrián caminaba junto a una chica que había conocido a principios de verano. Esa era su primera escapada juntos. Por fin dejaba atrás una relación sin sentido con una pareja que no le dejaba dejarla. La mitad de la luna había salido a saludarles mientras decidían ir a tomar una copa al paseo marítimo.

Dos mojitos con mucha menta eran perfectos, igual que la noche que se había quedado para ellos. Aunque el destino aquella noche no estaba libre de cierta ironía. Al agarrar la puerta para salir a aliviar sus ganas de fumar, encontró algo que le cambió el gesto de la cara. Para él era algo, pero realmente era alguien. Era la novia de la cual pensaba que ya se había librado.

Para evitar la situación, decidieron salir con sus consumiciones de nuevo a la playa. Las hamacas apiladas durante la noche podían ser un buen sitio para sentarse. Adrián no podía dejar de pensar qué narices hacía su ex allí. Entre tanto su nueva amiga, que no sabía qué decir, le comentó que era muy guapa. Es mala persona y es peligrosa, pensó Adrián en alto para intentar acallar ese comentario tan poco afortunado.

Intentaron disuadirse del momento anterior entre los tragos con sabor a menta. Observaban el mar, perdiendo la mirada en esa media luna blanca partiéndose en pedazos al antojo del pequeño oleaje. Desde esa misma orilla vieron como un tipo de complexión delgada se acercaba poco a poco con la cabeza agachada. Qué curioso, parecía que iba en la dirección donde estaban sentados. Los últimos metros de este lo confirmaron.

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El tipo se paró delante, y les preguntó si tenían hielos. Adrián pronunció dos palabras para explicarle que no pero fue imposible pronunciar otra tercera. En ese momento el tipo le lanzó una torta con la fuerza de todo el cuerpo con la diestra. Seguidamente un puñetazo y otro, directos a la cara. Con el desconcierto no fue capaz de cubrirse en ningún momento. Logró incorporar el gesto de sentado tras el tercer asalto y no pudo decir palabra. Estaba noqueado. Los golpes habían sido fuertes, rápidos y secos en su semblante.

Si te mueves de aquí, haces algo o llamas a la policía vengo con una pistola y te pego un tiro. Esas fueron sus palabras. A continuación comenzó a alejarse hacia el paseo marítimo a la vez que un goteo incesante de sangre salía por la nariz de Adrián. Estaba convencido de que ese tipo se había equivocado. Algún tema de drogas, de dinero… Tenía que aclarar que había sido un error, que él no era. No cabía otra explicación y había que zanjarlo cuanto antes.

Adrián comenzó a correr más convencido cada vez tras su agresor. Este empezó a mezclarse con la gente del paseo marítimo y en ese momento los policías se dieron cuenta de la persecución y Adrián señaló a su agresor cuando la policía lo miraba.

Se sintió reconfortado por haber salido detrás y aún más porque la policía le podría cubrir si intentaban hacerle daño. Sobre todo si era con una pistola. Mientras explicaba al policía lo que había pasado, vio que otro agente traía al agresor, que volvía con la cabeza agachada.

De repente notó la presencia de su compañera de viaje. Ya estaba cerca de él. Se dio cuenta de que seguía sangrando y le pidió que fuese a buscar papel para taparse la hemorragia. Ella aún sin decir esta boca es mía accedió rápido.Tras ponerse el papel en la nariz para parar la sangre se dio cuenta de que había más policía unos metros detrás. Entonces reparó en que había gente que conocía. No podía creerlo. Al ver que Adrián se dio cuenta, se fueron acercando, como si salieran de la madriguera. De repente, contando al agresor, eran ya un grupo de cuatro personas que parecían conocerse todos entre sí. Dos chicos y dos chicas.

No podía ser que su ex y una amiga suya estuvieran detrás de eso. Pero sí, de repente todo tenía sentido. Sintió alivio despejando el pensamiento de que le hubieran confundido una banda de narcos. Pero esto era mucho más sórdido. Su ex estaba justificando a su agresor comentando que Adrián la trataba mal y la había pegado. Para él no era sorprendente, ya sabía cómo se las gastaba.

El agredido conocía a todos menos a su agresor. En ese momento escuchó la risa cómplice de su ex con un policía en el grupo de cuatro donde parecía muy convencida y cómoda con lo que maldecía sobre él. También los policías parecían entretenidos y jocosos con ella y sus historias. El otro chico del grupo, que el conocía, al notar su tensión tuvo un comportamiento curioso. Le dijo a la ex de Adrián que por qué habían venido si sabía que el andaba por aquí. A Adrián le pareció que lo decía solamente porque el estaba delante mirándolos. Es como si quisiera exculparse delante mía, pensó.

Solo quería vomitar y explicarle a todo el mundo lo que le estaba pasando. Gritar la verdad a los cuatro vientos. El chico que Adrián conocía se acercó y le llamó por su nombre. Le dijo que no pasaba nada. Pero su receptor no quería ni verle ni oírle cerca, solo podía pensar en lo cobarde que era. Para acabar con la situación optó por decir al policía que de momento lo iba a pensar si se decidía denunciarlos. Tuvo que tragar saliva para no escupir al conocido que asentía dándole la razón a Adrián cuando confesaba sus planes de no beligerancia. Eso le dolió más que el puñetazo.

Minutos después se estaban alejando de aquel barullo y de la policía, de la playa, del mar, del paseo y de la luna. Había pasado todo muy rápido. La noche ya no era tan amable. Miles de pensamientos pasaban rápidamente. En ese momento, su compañera de viaje rompió el silencio que mantuvo desde que había pasado todo. Qué locura.

Este relato participa en el concurso de #relatosdeverano de Zenda.

 
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Publicado por en 22 agosto, 2016 en Narrativo

 

Una enamorada y un amante bailan por Sevilla

Como cuenta Reverte al principio de La piel del tambor, nadie podría inventarse una ciudad como Sevilla. Tiene razón. Caminando por la noche, observando la giralda iluminada tenía la sensación de estar en un cuento. Te invita a pasear y perderte por ella entre la calidez de su gente. Por cada una de sus calles. Ese blanco y dorado de sus edificios bajo los cuales incide un espléndido sol andaluz.

La Sevilla testigo del tiempo que no ha perdido la memoria. Su arquitectura da fe de ello en el casco antiguo más grande de España. El Guadalquivir, por donde vino todo, atestigua nuestros lazos con América Latina y el nuevo mundo. El puerto de Indias convirtió a la ciudad en el centro financiero y mercantil de la época.

Tiene algo. Sus callejones se descubren a cada momento y te transmiten vida y tranquilidad. Desde la calle Betis se muestra un retrato para recrearse.

Aunque siempre he considerado a Andalucía como un amante en el que  puedes escapar de  la mediocridad de Madrid, que te hace envolverte en su arte y su alegría, y enamorarte de sus calles y ciudades, en mi primera visita fugaz a Sevilla (y al contrario de lo que suele ocurrirle a quien pisa por primera vez la ciudad), ésta no me enamoró.

Nunca he sido muy afín a los señoríos y las galas, y recorrer la ciudad hispalense significa moverse entre mujeres de mantilla y peineta y  señoritos con pinta de toreros, trajeados y peinados, que se mezclan entre el aroma a incienso y las procesiones, que te hacen sentir que vives en una Semana Santa constante en cualquier época del año.

En aquella visita, por más que lo intenté no encontré la sintonía, no podía fluir tranquilamente en la vida sevillana; había cosas bonitas, si, pero no sentía la belleza. Asique después de haber pasado algunos días sorteando a  las vendedoras de romero de los alrededores de la catedral me fui. No me llevaba una parte de la ciudad conmigo, no sentía nada especial después de haber estado allí. No quería a Sevilla, pero a Sevilla le gusta que le quieran, asique me hizo volver para quedarme algún tiempo después. Así pude aprender a mirarle con otros ojos, porque a Sevilla no se le puede mirar de cualquier manera, a Sevilla hay que mirarla con pasión.

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Las dos veces que la he visitado, al llegar, la ciudad estaba plácidamente dormida, con un murmullo tranquilo. De noche. Sus edificios, reposando en un reflejo naranja de foto. Como es costumbre en mi vida, busco una primera vez para las cosas antes de que se haga demasiado tarde. Tocaba por fin descubrir Sevilla. Además, en algunas ocasiones es mejor si lo haces con una persona con experiencia para serpentear entre sus edificios.

Transitamos por el centro de la ciudad, con un sol generoso, que la iluminó para nosotros. Tan generoso que no nos abrasó. Alguna que otra iglesia, hasta llegar a la plaza de la catedral nos regalaron las primeras vistas amables. Tras subir a la Giralda para observar la ciudad desde un lugar privilegiado acabamos colándonos en el barrio, sin duda, más bonito. Porque callejear, ya que no se puede hacer otra cosa, por Santa Cruz, es un placer para los sentidos. Sobre todo para la vista y el olfato.

También lo es acabar en una de sus mesas con una jarra de vino manzanilla andaluz tan típico, para calmar nuestra sed y picar algo disfrutando del vaivén del aquel sitio. Tras pasarlo tan mal entre trago y trago, llegamos sin darnos cuenta a la tarde. Paseamos entre las sombras de los parques cercanos al Alcázar tratando de evitar un sol hercúleo y cruzando un par de calles llegamos a un sitio espectacular y único en su género. Mi guia trataba de sorprenderme y lo conseguía con bastante facilidad.

Uno nunca sabe lo que le va a deparar la vida, y como a quién no quiere caldo le dan dos tazas, el destino quiso que me tuviera que trasladar a Sevilla durante un tiempo indeterminado. Al principio, reacia a todo lo nuevo que me rodeaba, no conseguía la manera de adaptarme e integrarme en el entorno. Incapaz de entender el acento cuando algún conductor de autobús o camarero me hablaban, me movía constantemente desde Sevilla Este hasta el Centro, sin saber dónde pararme  y sentarme a disfrutar de cualquier sombra, tan codiciada en el calor abrasante de aquel Agosto.

Sin embargo, poco a poco, el día a día sevillano fue conquistándome, la alegría de la gente se me contagiaba, mis pies empezaron a acostumbrarse a las calles, mi cuerpo al calor, mis ojos a la Giralda y mi alma a Andalucía.

Y aunque con el tiempo fui adaptándome y viviendo en paz con la ciudad, aún recuerdo la primera vez que ésta consiguió dejarme realmente con la boca abierta.

Todavía puedo sentir la sensación de asombro y expectación por el paisaje que se iba apareciendo a mi alrededor a medida que iba cruzando las dos torres que dan entrada a uno de los lugares más impresionantes que he podido visitar.

Tuve que mirar dos veces porque no podía creer lo que mis ojos veían. Los colores, la arquitectura, el agua y el sol se combinaban a la perfección dejando un mosaico de formas que a día de hoy sigo sin poder describir con palabras. Sin embargo, desde el momento en el que pisé esa plaza, supe que había encontrado mi pequeño sitio en Sevilla, un lugar donde pasar las horas sin más que hacer que mirar de un lado a otro, y disfrutar de la belleza que Aníbal González construyó para nosotros.

A día de hoy, una de mis cosas favoritas cuando enseño a alguien la ciudad es ver su cara cuando les llevo aquí. Todavía no conozco a nadie que no se haya quedado alucinando al conocer la Plaza de España. Sigue siendo mi lugar favorito de Sevilla, y creo que lo será para siempre.

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Con permiso de la salmantina, la de Sevilla es espectacular. “És lo mejor que tenemos”, advertía una mujer de allí la noche anterior. Ya estábamos dentro para aseverar sus palabras.

Buscar tu tierra representada entre cada una de las provincias allí presentes, es una actividad constante en ese semicírculo entre dos torres que mira al Guadalquivir. Símbolo de abrazo con los antiguos territorios americanos. Con esa patria común de casi quinientos millones de hispanohablantes.

Una enamorada de la ciudad me desveló una historia allí, en el instante que subíamos a esa especie de mirador dentro de la Plaza para elevar nuestra mirada. Conocimos el lema de la ciudad y su porqué: NO8DO (No me ha dexado), por el apoyo de la ciudad a Alfonso X.

Y esque eso es viajar con sentido. Conocer que cada lugar que pisas y recorres tiene vida pasada. Dotar todo de sentido. Una historia que hace al lugar ser como es. Es imposible explicar Sevilla sin su historia, al igual que pasa con España. Se trata de amueblar los lugares que descubres con la memoria, su biografía y sus leyendas. Es la mejor manera de respetar los lugares y fluir por ellos: conociendo su historia.

Fluir tanto y notar como se dibuja en tu cara una sonrisa de complicidad al ver una cuadrilla, con una guitarra y un par de “bajos” improvisados. Dos cubiteras metálicas hacían las veces de instrumento en La Cigala de Oro. Tocando sin más motivo que la alegría de vivir y estar. Así comprendí que Sevilla tiene realmente un color especial y mucho arte, en primera persona. Si tuviera que definirla, sería así.

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Poco a poco, los Domingos por Triana empezaron a convertirse en mi momento preferido. Cada vez que cruzaba el puente parecía entrar  a otra época, a otro mundo. Triana huele a flamenco y a pescaito frito. El barullo de la calle por el día te hace perderte aún más en ella. Es la esencia de Sevilla, el barrio por excelencia. Las macetas con las flores, las guitarras, las terrazas, los balcones…

Los trianeros dicen que Triana no es Sevilla, que es otra cosa, y yo, creo que la una sin la otra y la otra sin la una, nunca hubieran sido lo que son.

Aunque siempre me ha parecido que la noche hace aparecer un halo de misterio y magia sobre cualquier lugar que cubre, a medida que pasaba el tiempo me fui dando cuenta de que a Sevilla la noche le sienta especialmente bien. Caminar por sus callejas cuando ya no hay luz puede convertirse en uno de los paseos más especiales que jamás podrás hacer.

Encontrarte de lleno con la giralda iluminada, tomar algo al lado del rio mientras contemplas en el agua el reflejo de la torre del oro, un paseo en barco por el Guadalquivir, una cena en Santa Cruz…Es la magia hecha ciudad.

¡Y la feria! Uno nunca ha vivido Sevilla si no ha ido a una feria…Los  trajes de gitana, las flores en el pelo, el vino fino…quedarse embobado viendo bailar a todo el mundo, escuchar “Sueña la margarita con ser romero” hasta volverse loco.

Una vez que cruzas la portada, dentro del ferial, debes estar preparado para el derroche de arte y alegría que se vive en cada caseta.

No conozco la feria, por falta de tiempo. Dos ocasiones. Sólo dos fines de semana han hecho que me convirtiera en un amante fugaz. Pero un buen amante, creo. Ya hace algo más de un año de la primera visita y fue hace muy poco la segunda. Aún quedan cosas por ver. Mejor así. Eso no es tan importante y me valdrá de excusa para volver a ser, al menos una vez más, amante de Sevilla. Lo importante no es lo que queda por ver, sino por vivir. Porque todo aquello, es un lugar para vivirlo y sentirlo. De manera tranquila, dejándote seducir por aquel microclima.

Recuerdo nítidamente el sentimiento al dejar la ciudad. Las dos veces. Fue el mismo y en el mismo lugar, en Santa Justa. “No me quiero ir de aquí”, pensaba, mientras el sentimiento de pena recorría mi cuerpo como un pequeño escalofrío. Quizá es un placer irse con ganas de no querer largarse de un lugar. Suena raro, muy raro, pero es cierto.

Aún así, ni siquiera me enfade ni me entro demasiada coraje. Abracé aquel sentimiento, porque sabía que me volvería a llevar hasta allí. Creo que uno no se despide para siempre de Sevilla. Intuí entonces que de ésta ciudad, no se puede ser un mal amante que la abandona durante mucho tiempo.

Justo hoy, mientras escribo esto, hace un año que dejé Sevilla para volver a mi casa. No pude despedirme de la ciudad, aunque en el fondo creo que es que no quise.

Contra todo pronóstico me dolía decirle adiós.  Poco a poco me había ganado, y me había convertido en alguien que antes no era. Aprendí a amar a Sevilla.

A veces me despierto pensando que sigo alli, pero me asomo a la ventana y la Almudena me recuerda que no. Y creo que siempre me quedará dentro un trocito de ciudad por lo vivido, y seguiré echando de menos el acabar todas las fiestas bailando sevillanas aunque no me sepa ni la primera, echaré de menos los “mi arma” y el rebujito, las mantillas, las peinetas y las flores en el pelo, los Domingos por Triana, y las noches de paseo…

Y desde entonces ya no puedo considerar a Andalucía como un amante con el que escapar de vez en cuando…Sevilla se merece más que eso…a Sevilla hay que quererla… Sevilla, cuánto te quiero.

Fdo. la enamorada y el amante,

Miriam O. y Juan P.

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Publicado por en 23 junio, 2016 en Amor, Historia, Narrativo, Vivencias

 

Todos somos un poco de todos

El camarero dejó los dos vasos anchos y las dos tónicas encima la mesa entorno a la cual estaban los dos amigos. La plaza de Chueca estaba casi llena, con alguna calva entre las terrazas que ese verano, como todos, ocupaban la pequeña plaza.

– Vamos a echar la tónica ya que con este calor se van a derretir los hielos y con lo que cuestan aquí las copas…

– Sí, aunque por lo menos tienen tónica Schweppes.

Acto seguido derramaron el refresco en los vasos anchos hasta terminar de llenarlos. Uno de ellos sacó un cigarro y se lo encendió tras dar el primer trago del gin-tonic.

– Joder, ¡Qué bien!, esta copa tan fría me va a sentar mejor que un spa con masaje. Que agusto se está aquí y ahora.

En la plaza había ambiente. Gente joven que venía y se iba y gente que se sentaba a disfrutar de las últimas horas de ése viernes estivo. Los vasos se humedecían por fuera y parecían estar sudando también, aunque al cogerlos con la mano se agradecía esa humedad.

Después de dos tragos más a las copas y un silencio relajado que solo se suele dar entre amigos que tienen la suficiente asonancia, dos chicas de buena figura rompieron ese silencio que ellos, realmente, disfrutaban.

Pasaron por delante y se sentaron en la mesa de al lado. Las miradas de ellos se cruzaron y se sonrieron de manera cómplice.

– Bueno qué, ¿Las decimos algo?…

– Díselo tú, que yo soy el amigo tímido, ya lo sabes.

– ¿El amigo tímido? – Dijo mientras empezó a reírse.

– Qué más da, si total es por hablar un rato, con echar unas risas nos vale ¿no?

Volvió el silencio mientras uno de ellos cruzaba miradas con una de ellas. El otro, sacó un cigarro de la cajetilla y se lo quedó mirando, dándole vueltas. Con el ceño fruncido y gesto pensativo…

– Es curioso…

– ¿El qué es tan curioso?

– Esto de las mujeres. Hay mujeres que pasan por la vida de uno. Incluso mujeres de las que te enamoras. Que sientes amor de verdad. No se, a lo largo de una vida, ¿de cuántas mujeres te puedes enamorar?

– Ésa es buena. No lo sé, supongo que de verdad de verdad… no muchas.

– Hay algunas que pasan por tu vida sin apenas dejar señales, sin infligir lo más mínimo. Otras, las cuales podrían contarse con los dedos de una mano, que persisten y jamás se olvidan. Es como si estuvieran contigo cuando algo importante en tu vida ocurre. Aunque no sepas de ellas desde hace años.

– En realidad, forman parte de ti. Son parte de ti porque te cambiaron. Bueno, cambiaste con ellas. Por eso las sientes, porque son algo de ti. Eso creo.

– Quizá tengas razón. Al final todos somos un poco de todos… A menudo, estando sólo, uno puede estar o sentirse acompañado e incluso imaginar la conversación que tendría con ésa persona casi sin desviarse.

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Publicado por en 10 mayo, 2016 en Abstracto, Amor, Narrativo

 

Máster Universo en el tren

Suena la alarma del móvil, pero estoy tan cansado que son cinco minutos más. Cierro los ojos. Cuando los vuelvo a abrir han pasado veinte minutos más. El móvil se ha quedado dormido también. Bueno, aún tengo unas galletas por ahí que me como de camino al tren e igual llego a tiempo. Es de esos días que sabes que aunque vayas justo, vas relajado al trabajo. Ya se han terminado los exámenes y aquí me quedan dos días para vacaciones. Hoy llevo un libro para el viaje, pero no como el mes y medio anterior. Hoy, por primera vez voy a leer de camino al trabajo un libro por ocio, que ya tenía ganas. Si, hoy puedo ir relajado y plácido en el tren.

Al pisar el primer escalón oigo como llega el tren y corriendo consigo que cierre la puerta conmigo dentro. Además tengo asiento para ir relajado y concentrado en mi lectura durante una hora y algo más.

Empiezo con Territorio Comanche, una novela corta. El día a día de un reportero y su cámara. Incisivo y ácido, lo acompañas en primera persona por las crudezas de la guerra. El sonido de los morteros, la sangre y los muertos donde los reporteros se juegan el tipo a cada momento. Estoy, desde el primer párrafo totalmente navegando y caminando por Montenegro, en el puente Bijelo Polje.

¡Hey tío! ¿Qué tal te va?… De repente, vuelvo al tren, donde un chico había roto el silencio magnífico del que disfruto por las mañanas, para saludar a su amigo. No sé si por la emoción del momento, porque no se da cuenta o por joder pero se ponen a hablar enfrente de mi asiento. El tono de voz es alto. De venidos arriba. No es la primera vez que me ocurre y con el pensamiento de que ya es mala surte que justo estén enfrente intento volver a Montenegro.

Leo media hoja más y me doy cuenta de que el último párrafo es como si no lo hubiera leído. Y es que inconscientemente estaba atento a la conversación, casi de manera inevitable. Pero yo y los que estábamos más cercanos a los dos que hablaban, aunque era sobre todo uno el que llevaba la voz cantante…

          Pues yo estoy haciendo un máster. Y muy bien. A ver… es caro pero es que sino ¿qué? Es lo más fácil para que te cojan en un trabajo bueno… vamos un trabajo.

          Si… El otro día vi a Víctor. Él está haciendo otro FP, parecido al que hizo.

          ¿Otro FP?, y ¿por qué no hace un máster? Yo hice las prácticas y ahora trabajo un tiempo con ellos y me respetan los exámenes… Bueno me hacen recuperar las horas y me pagan ¿sabes? Es que un máster no es como la uni, porque allí te enseñan lo que vas trabajar luego, porque claro tú aprendes en las empresas.

Mis pensamientos me los ahorro. Tampoco me vino una arcada grande, pero no tenía ganas de escuchar lo maravilloso que es un máster durante media hora hasta que cambiara de tren en Atocha. Escuché la palabra máster durante 50 veces aproximadamente.

          Y nada, el máster jodido, porque te hacen leerte un libro de mil páginas y te hacen preguntas tipo test, de estas jodidas eh. En plan, te cambian una ‘y’ por una ‘o’. Y madre mía. Y luego un trabajo también que tienes que documentarlo según la fuente… yo no sé para que piden tanto si eso da igual ¿no?

          Si…

A estas alturas ya no sabía ni que leía, me estaba poniendo un poco nervioso. Estaba contestando mentalmente las memeces que decía el tipo, que encima no dejaba ni hablar a su amigo. El otro pobre aguantando el chaparrón de míster máster. Después de volver y volver a hablar del máster y recomendarle el máster al colega veinticinco veces y ya llegando al fin del trayecto…

          Joder ¿Qué es de tu vida que no sé nada?

Mentalmente le contesté. Cabrón si es que no le dejas hablar, solo has hablado de másteres.

          Nada, bien…

No dijo nada más, pero, casi lo prefería. Era como que no quisiera despertar al otro de su sueño de másteres maravillosos. ¿Para qué?

Y a veces eso pienso yo. Y es que más de una vez me ha pasado. Y estar en las dos partes. Procuro no estar en la parte de bocazas, pero alguna vez lo estoy, que lo vamos a hacer. Cuando estamos tan lejos de alguien en estado de consciencia, conocimiento, experiencia… es difícil que haya una comunicación que merezca la pena y menos si nos va a llevar a discutir en vez de a discurrir. Ni por arriba ni por abajo, estemos donde estemos. Si es que no va a ser fructífera para ninguna parte. Ni para el que tiene más perspectiva porque va a ser desgastante y frustrante ni para el que está en peor perspectiva porque no va a entender nada. Se entenderá antes hablando en Chamicuro del amazonas.

Salgo del tren y con ese pensamiento subo las escaleras… Ver desde fuera una situación así es curioso y darse cuenta de que uno ha estado en las dos posturas, es buena cosa. Aunque me hayan despertado de mi primera lectura por placer del mes. Pero bueno, tengo otro tren hasta llegar al trabajo asique todo solucionado. Hoy no he aprobado un máster, pero algo sí que he aprendido. Creo que a menudo se aprende bastante mas estando callado.

chas

 
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Publicado por en 22 diciembre, 2015 en Narrativo, Vivencias