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Archivo de la categoría: Narrativo

¿Todo (virus) tiene algo bueno?

Dejando claro que soy amigo del refranero español, hay algunos dichos que desde luego no hay por donde cogerlos. Decir que todo tiene algo bueno, es decir mucho.

Esta tarde hablaba con una buena amiga que vive en Florencia. Es sabido el número de infectados por coronavirus allí y como crece de manera exponencial. Cada vez el gobierno Italiano está tomando más medidas para intentar disminuir la propagación, incluso a última hora de hoy anunció el “aislamiento total del país”. La verdad, no sé lo que significa esto exactamente pero no suena especialmente bien. Pararlo parece realmente difícil ya que lo que más está sorprendiendo a los sanitarios es la rápida y fácil propagación.

Supongo, por como es la evolución, que en España antes o después seguiremos los mismos pasos que Italia, cierre de bares, museos etc, suspensión de actos públicos, clases y todo tipo de medidas más o menos eficaces. Porque realmente más que evitar la propagación, supongo que se intentará retrasar el proceso que por otro lado es casi inevitable.

Porque, más que evitar una propagación casi inevitable llegados a estas alturas, sospecho que lo que se querrá evitar es la histeria colectiva para que no se saturen hospitales, centros médicos o incluso tiendas. Tiene gracia, evitar la histeria en una sociedad ya histérica. Pero tarde o temprano pasará. La histeria, el coronavirus y todo. Supongo y espero. Quizá podrían haber tomado medidas antes, el gobierno italiano, español, el chino y todos ellos. Pero parece más bien un tarde, mal y nunca.

No tiene buena pinta lo que viene, desde luego y más sabiendo lo poderoso y peligroso que es el miedo en determinadas circunstancias y masas. No hay que ser alarmistas, pero sí realistas, cosa difícil en una sociedad que vive entre algodones y donde por suerte o por desgracia a veces nuestra mayor preocupación es el rayón que le hicieron al coche nuevo. 

Pero como me decía hace un momento mi querida amiga, ver la plaza de la catedral de Florencia o el casco antiguo vacío de las turbas de turistas que todo tornan ordinario y que van arrasando a su paso, es algo demasiado bello. Incluso, cito textual “poder volver a disfrutar la dimensión real de mi ciudad, ser libres de caminar naso in su (nariz arriba, así decimos nosotros) sin tener miedo de tropezar con alguien y poder descubrir incluso un museo que nunca antes había visto”. Y la verdad que poder pasear por muchas ciudades de Italia, que bien conozco, vacío de gente, debe ser una delicia. Quizá sea de las pocas cosas buenas.

 
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Publicado por en 9 marzo, 2020 en Narrativo, Vivencias

 

Merlí y los peripatéticos

¡Me llamo Merlí y quiero que os empalméis con la filosofía!. Así se presenta el nuevo profesor de filosofía a su clase y así comienza la serie que le debe su nombre. Los peripatéticos, es decir, sus alumnos, toman el apelativo de la corriente filosófica de Aristóteles. Esta es sólo una de las muchas menciones a diferentes filósofos que podremos disfrutar. Sólo por esto, hoy en día merece la pena ver la serie, pero es una pequeña parte del montón de elementos que la adornan.

Transcurre en Instituto Àngel Guimerà, en la ciudad condal. Merlí se incorpora para dar clase a bachillerato y desde el principio con su estilo de ver la vida y de dar clase se apodera de la atención de sus alumnos. Su amor por la enseñanza y por plantear abiertamente las cuestiones pero sobre todo provocar a sus alumnos le hace especial. Esa provocación inteligentemente dirigida que les conduce a lugares de reflexión a veces de manera gamberra y contestataria muy interesantes. Es capaz, de manera gradual, de inculcar ese espíritu crítico, ese grito de “amor a la sabiduría” que es la definición etimológica de la Filosofía. Cuando la serie va avanzando ya en su segunda y tercera temporada su evolución personal y como maestro cambia. En ocasiones su cercana relación con los alumnos no siempre corre a su favor. Esto es un ejemplo de que la serie no es plana o naif y se ve envuelta en contradicciones que debe manejar. Contradicciones tan reales como la vida misma que de una u otra manera logra solventar ya que al enseñar, uno aprende, una de las máximas de la educación. Se agradece esa humanización de Merí a lo largo de la serie, dando no sólo inteligencia sino dignidad al personaje.

Para mi también es una gran serie porque toca los temas centrales de la vida, acompañándolos siempre por un autor o corriente filosófica a veces de manera contrapuesta y muy bien tratados. Por el Guimerà se deslizaran asuntos como la depresión, el suicidio, la homosexualidad, el consumo de drogas y alcohol, el sexo, la privacidad en redes sociales, la transexualidad, el bullying, los embarazos, la amistad adolescente, conflictos entre los chicos, fiestas desenfrenadas, la política, injusticias sociales, amor, desamor… incluso la muerte. Tema este último muy bien llevado. Algo que me parece importante y pedagógico. La misma serie hace denuncia sobre el tabú que a veces representa en nuestra sociedad y el error que yo creo que eso implica.

Conseguir que los chicos se empalmen con la asignatura, pasa por presentar las corrientes con problemas del día a día. Es decir, ir de lo concreto a lo abstracto, algo que todo profesor debería hacer. Es la manera por la cual Merí capta la atención y convierte filosofía en una herramienta de vida. Una herramienta útil para los alumnos. Esta es otra de las principales razones por la que merece la pena verla, porque despierta ganas de leer y aprender filosofía. Es capaz de transmitir la idea general de los pensamientos filosóficos más relevantes acompañados de humor. Así, no sólo hace valorar la importancia de la asignatura, a veces y desafortunadamente denostada en el sistema educativo o social, sino que alienta al espectador a plantearse cuestiones filosóficas. Las referencias y corrientes son muchas, desde Platón hasta Judith Butler, ya se pueden imaginar el amplio espectro. 

Sus personajes, alumnos, profesores, padres… tienen personalidad propia y están construidos con profundidad. Los hay de todo tipo, como la vida misma, reflejando una evolución interesante, a nivel personal y profesional así como su dinámica entre todos ellos que forman el microcosmos de Merlí. No hay personajes malos al cien por cien y excelsos al cien por cien. Esa escala de grises que los configura va cambiando y a veces es difícil cogerles el punto, algo que para mi da calidad a la serie: no utilizar o hacerlo poco los personajes tópicos o superficiales llevándolos al extremo.

Me encantan las críticas al sistema educativo, político y social, casi diría que es una serie contestataria y revolucionaria en ese sentido ya que lo hace de manera directa y fresca. No intenta decirte que tienes que pensar o inducir a un lugar determinado, más bien trata de hacerte pensar y repensar todo desde diferentes ángulos. Esta frase textual en una de las clase es un buen ejemplo: “El sistema educativo os quiere a todos aquí, presos, en el aula, para que mañana podáis ser productivos. Algunos tendréis la suerte de trabajar en algo que os agrade, pero la mayoría solamente contara los días que le quedan para irse de vacaciones”.

Por otro lado a uno no se le escapa el sentimiento de nostalgia que despierta pensar en aquellos años de instituto, de adolescencia, de descubrimientos: de primavera eterna. Esos amores y desamores que con tanta pasión se dan entre los chicos. La serie muestra también el amor en las diferentes etapas de la vida. Nos deja ver el significado del mismo en los diferentes momentos de las vidas de los personajes y su manera de encararlo. El amor propio, el calor familiar y la amistad que para mí representan diferentes formas de amar y la serie así nos lo enseña. El amor, como decía arriba por la enseñanza también está presente durante toda la serie. Como la implicada y digna labor de un buen profesor puede inferir en la vida de algunos chicos y chicas. Dignifica la labor de esos maestros de buen corazón que intentan preparar y hacer mejor a sus alumnos y para mi representa una especie de homenaje merecido a todos ellos.

Por último me ha gustado y no quería pasar por alto un tema: me parece muy higiénica la manera de tratar uno de los elementos centrales de la vida: la muerte. No solo por la explicación filosófica del asunto, sino por cómo aparece la misma durante la trama y lo bien tratada que está. En uno caso de manera inesperada y en el otro de manera gradual donde los personajes pueden hacer un cierre digno a ese episodio de la vida y aprender sobre ello.

Por todo esto y mucho más merece la pena ver una de las mejores series sobre educación y filosofía que, al menos yo, he visto. Engancha y es muy divertida. Acabarás amando a personajes como la Calduch: la anciana madre de Merlí recitando poesía, a Pol Rubio o al mismísimo Eugeni. Pero sobre todo harás algo que se resume en una frase: “Aprender, transformar y divertirte”.

 
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Publicado por en 12 enero, 2020 en Amor, Narrativo, Reseñas

 

Nos miramos

Quedan apenas unos minutos para que empiece a anochecer en el Parque del Cerro. A mi alrededor, grupos de amigos y parejas. El susurro de la gente suena agradable. Una guitarra en la lejanía me acaricia los oídos. Pocas veces vengo solo a este lugar. Fijo mi vista en la distancia y el sol empieza a ocultarse detrás del mosaico de edificios. Al verlo, acabo de recordar otra puesta de sol. Eso me hace dejar Madrid por un momento…

Cuba no es cualquier lugar, ni sus gentes, allí todo es un poco más. El sol se iba en Playa Ancón en nuestra última noche juntos en la isla. Nosotros no queríamos que se fuera. La tarde antes de que anocheciera tomamos helado, jugamos a que aquellos días no se iban a terminar nunca y probablemente nos enamoramos. Días eléctricos, sin miedo y sin dormir. Entonces no pensábamos en ello sin que eso quitarse verso a nuestra historia. Lo de pensar, lo hacíamos en lenguas distintas. Su inglés no era malo y el mío apenas era inglés.

Aquel viejo bar en Playa Larga, cinco días antes de nuestra última puesta de sol, nos hizo encontrarnos por casualidad una noche, solamente por unas horas, antes de que yo me marchase de allí. Entre medias nuestra, en la barra, un libro traductor del veterano camarero nos ayudaba. Luego nos ayudó la música y el ron. Al día siguiente me fui a Trinidad, ella vendría después. 

Y llegó, claro. Recuerdo su sonrisa limpia, su piel clara y sus ojos verdes. También su pelo rubio y ondulado hacia todos lados, que a veces me rozaba la piel. Recuerdo el efecto embriagador que Cuba tenía en nosotros y nos recuerdo a nosotros. Fuimos todo lo libres que quisimos, llenos de presente mientras nuestra melodía sonaba inocente y en clave exploradora. La isla nos lo puso  fácil. 

Sin mayor expectativa que vivir intensamente igual que lo hacen los críos, caminamos al ritmo de nuestros acordes por cada lugar, “subiendo y bajando”. Bailando. Nuestras pieles se querían y nuestros cuerpos se hablaban. Las manos se entrelazaban, como nuestras figuras, y parecían encajar como un puzle, cuando nos abrazábamos. Nosotros nos besamos mucho para no contradecir la manera en que los dos cuerpos se reconocían. Así pasaron los días hasta que ella se marchó.

Cuba no podía ser el final, pensamos. Demasiado fuego dentro nos empujaba. Demasiado como para negarnos el volver a mirarnos como nos miramos nuestra última noche en aquella isla con forma de caimán en el mar del Caribe. Después de aquello queríamos y podiamos abrevar demasiado. Cambiamos el sol cubano por la nieve de Praga primero y después la de Kiev. Mi inglés mejoraba por momentos y no corría el invierno por nosotros. Después Madrid nos dio la bienvenida a la primavera…

Y de repente se ha terminado, ya es de noche en el Parque del Cerro. Creo que voy a abrir los ojos, no sé en qué momento los cerré. Puedo recordar su olor fresco y su sonrisa sabor a vida y ahora la siento cerca, como si estuviera sentada conmigo mirando las luces de los edificios. Qué bonito es Madrid en la noche desde este parque, nuestro último lugar juntos.

Es posible que después de Cuba nunca nos mirásemos igual. Mirarse como nos miramos aquella noche en Playa Ancón, fue algo tan hermosamente auténtico que únicamente sucede cuando Cuba y ciertas almas destinadas a ello se alinean.

 
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Publicado por en 5 julio, 2019 en Amor, Narrativo

 

Una historia real del ISIS

La vejiga llena le hizo levantarse. El sol comenzaba a iluminar un día más en Lesbos. Al salir de la habitación para ir al barracón donde estaban los baños lo vio. Sentado, con mirada ausente. En aquel campo de refugiados había visto de todo: seres queridos perdidos por el camino, niños con cuerpos quemados, jóvenes y esposas objeto de trueque sexual para atravesar pasos o fronteras… la historia de aquel músico iraquí la tenía especialmente reciente.

La ideología de ISIS va en contra de cualquier expresión artística. Cada vez era más peligroso permanecer en su país, donde había triunfado como músico y acumulado algunos coches en su mansión. Nadie le había regalado nada. Las amenazas eran cada vez mayores y varios conocidos habían tenido serios problemas. No tenía ninguna pinta de mejorar, más bien lo contrario y decidió así emprender su huida. Visto el clima, se podría decir que no tenía otra opción.

Logró zafarse de los controles que el grupo terrorista tenía dispuestos en el territorio bajo su influencia. Lo hizo comprando un coche funerario. Él, dentro del ataúd, tapiado con clavos. Su hermano, conduciendo. Cuarenta y ocho horas en la caja. Fue así cómo cruzó la frontera de Siria.

Dejando toda su familia en Irak, el viaje en barca fue dirigido por una mafia cualquiera. De las que proliferan donde hay necesidad y gente sin escrúpulos. No fue, como nada de aquella empresa, especialmente económico. Tenía la suerte de poder pagarlo y la desgracia de tener que hacerlo. Logró así atravesar el mar para llegar al campo de refugiados de Kara Tepe tras un largo trayecto .

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Por dudosa fortuna no había tenido que entregar su teléfono móvil como pago durante el largo y penoso viaje lleno de trampas y caminos falsos. La mayor parte de sus compañeros lo tuvieron que hacer en algún momento. Algunos ni así lograron finalizar el camino. Fue con su teléfono cómo descubrió el destino de su familia. ISIS les había matado, pero no fue eso lo peor. Habían tenido un gesto con él al enterarse de su huida. Le grabaron un vídeo degollando a su mujer y se lo habían enviado.

Seguía observando al músico desde la puerta del barracón del baño. La tarde anterior, se enteró de que había intentado suicidarse en varias ocasiones y se acercó a él. Le contó entonces esta historia. Otra más. Él no quiso, porque no quería ni podía ver aquel vídeo pero el joven iraquí lo había visto dos veces. Cuando le contó todo esto, no lo hizo con dolor. Quizá no le dolía porque ya estaba destruido. Aún vivo, estaba muerto.

Intentó entonces hacer algunos ejercicios de relajación para ayudarle. El músico los hizo dejándose llevar por una inercia que daba miedo. Después se lo agradeció desde su ausencia vital. Tal vez había retrasado un poco otro intento de suicidio. ¿En el fondo era lo mejor? Cuando tu suerte se determina así y ya no tienes más cartas que jugar, poner final es el único descanso. Hay ciertos peones en el ajedrez de la vida que ya se saben aniquilados antes de poder hacer nada.

El no lo vería, ya que ese medio día volvía a España. Necesitaba desaparecer al menos unos meses de aquella realidad para poder volver como voluntario. La arcada llegaba esta vez muy honda. La implicación estaba teniendo un coste que empezaba a inhabilitarle para seguir ayudando en unas condiciones razonables.

Mientras entraba al baño, el cual había sido el suyo durante meses, se preguntaba cuáles eran los azares de la vida que hacían que mientras algunos seres despreciables viviesen entre lujos, muriendo de viejos en la cama y con una estatua en la plaza de su ciudad, otros muchos morían pronto, mal y en silencio. Posiblemente no eran azares pensó para sí. Por eso debía marcharse durante un tiempo. Para poder volver a creer en algo y poder continuar más adelante. A esas alturas aquel lugar le había despojado de cualquier fe en el ser humano.

 
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Publicado por en 17 mayo, 2019 en Narrativo, Politica, Vivencias

 

No era ella

¡Vaya susto! Ya estaba casi sudando. Vista desde atrás es igual, tiene el mismo cuerpo y lleva el pelo casi idéntico. Cómo me gustaba, supongo que no habrá cambiado demasiado desde hace dos años. Estúpida discusión, que ni siquiera fue discusión. Aunque hubo más de un día así: estúpido. Casi nunca sabía qué decir, parecía que estaba vacía, como si nada la importase. Menos mal que no es ella porque no se cómo reaccionaría si me viera sentarme a su lado en el autobús. Seguramente tardaría en procesarlo y lanzaría alguna patada verbal para ganar tiempo y espacio, algo para defenderse. Hasta lo más banal la venía grande. A todos nos puede pasar, pero luego uno debe digerir las cosas, ¿si no qué? Puede que haya pecado en exceso al sobreanalizar, pero no se puede evitar. O quizá sea yo el que no lo pueda evitar. En cualquier caso, era difícil hablar nada con algo de claridad, sin caer en lugares comunes y nadeces. Ni siquiera logramos una mínima intersubjetividad y aún así me decía ‘No es necesario hablarlo todo’. Nuestros conceptos eran tan distintos… ¿Cómo se puede entender la palabra amor únicamente aplicada a estar con alguien? Sus territorios eran simples y pobres. Tristes. Así era su mirada también. Hubo unos días en los que eso cambió. Su gesto y sus ojos dibujaban esperanza, pero duró poco. El miedo la llamaba y ella se aliaba demasiado a menudo con él. Yo no tenía la culpa de su pasado, ni de querer ayudarla. Aunque siendo honesto es prepotente y paternalista querer ayudar a nadie y menos sin que te lo pidan. No logro escapar de mi propia estupidez en algunas ocasiones. No sé ni que siento, me hubiera gustado que fuese ella la que va sentada en el autobús. ¿Cómo se niega la gente lo que está por venir? Qué curioso, quieren vivir si vivir. Sería injusto para los que intentan jugar a vivir de verdad y pagar la cuenta que eso acarrea. Además, si uno anticipa tanto, es imposible hacer nada. Todo está predeterminado… El amor se inventó para eso, es la fuerza que puede arrastrarte para superar y crear todo lo que uno sea capaz de imaginar. Pero ese no es mi asunto ya. Nunca lo fue, aunque me cansara de intentarlo. Y en el fondo yo lo sabía pero no quería mirar. Es muy difícil ponerle punto final a algo así. Nuestras cabezas y nuestros mundos en frecuencias opuestas, nuestros cuerpos exactamente en el mismo dial, en el mismo punto, se entendían solos. Esa droga que nos dábamos o que se daban nuestros cuerpos era demasiado buena. Imposible de ignorar. ¿Qué se podía esperar? Una efímera esperanza que se desvanecía y se renovaba cada día. Tan fugaz que no alcanzaba más allá de la duración de nuestros incondicionales e íntimos momentos cuando se obviaba todo lo demás. El solo recuerdo me sofocaba, menos mal que no era ella. 

 

 
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Publicado por en 25 abril, 2019 en Abstracto, Amor, Narrativo

 

No hay mejor espejo que el amigo viejo

Se asomó de nuevo para mirar el tumulto de gente que se agolpaba frente al control de seguridad. Esta vez le vio, con su abrigo rojo. Se notaba nerviosa, más de tres meses sin verse no era poco tiempo. Los latidos se aceleraban. Volvió a asomarse y sus miradas se cruzaron por primera vez. Aún había bastante gente por delante de él y aquella espera se estaba haciendo eterna. Quería tenerlo cerca de ella ya. No podía esperar más, pero el tiempo avanzaba despacio. Decidió caminar unos metros por la terminal y volver al a puerta de salida para rebajar su acelerado corazón. Lo repitió tres veces. Volvió a asomarse y ahí estaba, a punto de salir. Un par de minutos más tarde se estaban abrazando fuerte mientras sonreían. Aquello la trasportó a sus mil recuerdos juntos. Aquel abrazo, aquel olor, la llevaban directa al centro de su ser. Al terminar el largo abrazo se miraron y ella le confesó exactamente lo que le acababa de venir a la cabeza. “Tengo la sensación increíble de que no ha pasado ni un minuto desde que nos vimos por última vez. Como si no nos hubiéramos separado, siempre estas en mi porque eres una parte de mi”.

 
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Publicado por en 9 marzo, 2019 en Narrativo, Vivencias

 

Camino a la estación

El semáforo se cerró para los peatones en el momento que llegaba al paso de cebra. Después de caminar toda la avenida, dejando a su espalda el centro de la capital, notaba las piernas cansadas. En un rato comenzaría a anochecer en la ciudad, pero para cuando la luz del sol desapareciese totalmente estaría alejándose de allí a toda velocidad. Al otro lado de la carretera la Estación Belorussky. Una pareja se paró a su izquierda, después un señor de mediana edad y otras dos chicas jóvenes. Todos absortos y absorbidos de cuerpo y alma por el móvil, a excepción del señor que estaba con unos cascos puestos escuchando música o la radio, quién sabe. Solventando las exigencias de esos aparatos que a menudo nos piden más que nos dan, era perfectamente factible observarlo sin que se diesen cuenta. Parecían no estar ahí. Entonces llegó andando despacio y con mucho trabajo una señora mayor. Totalmente vestida de negro desde los pies, incluido el pañuelo que le cubría la cabeza, portaba una especie de bulto andrajoso de tela hecho a mano y lleno de remiendos con lo que parecían ser sus pertenencias. Era muy mayor, pero pese a su cuerpo curvado y su cara arrugada era capaz de sostenerse y sostener su equipaje. La mirada parecía perdida en la nada. Como los demás, paró en el paso de peatones a esperar. El no podía dejar de mirarla.

De repente pasaron dos coches de alta gama acelerando de forma ruidosa que lo despistaron de su observación. Dos críos de mierda, concluyó con desprecio en su autodiálogo. Volvió la cara hacia la señora, que parecía no haberse inmutado. Invisible a todo cuanto estaba a su alrededor. Igual que los que estaban con los móviles, pero evidentemente por motivos muy diferentes. Sintiendo desesperanza y tristeza por aquella mujer, preguntarle si necesitaba ayuda con sus posesiones parecía ser una buena idea. En cuanto se abriera el semáforo lo haría. Empezaron entonces a abalanzarse decenas de preguntas sobre aquella persona anciana a la que no podía quitar el ojo de encima. Las preguntas se podrían resumir quizá en una o dos. ¿Qué pensaría ella de este mundo donde entre otras estupideces y excentricidades estaban esos chicos que ni siquiera la miraban o la ofrecían su ayuda, o de los que se paseaban la ciudad arriba y abajo con su coche millonario haciendo ruido y su sonrisa prepotentemente estúpida, después de una vida de lucha por sobrevivir, por el pan y la ropa, las guerras y el colapso de lo que fue su país durante setenta años? ¿Cuánto había cambiado ya no el país, sino el significado de la vida? El semáforo se abrió y en ese momento entendió lo evidente. La realidad de la vida siempre se impone: siempre hay unas reglas. No podía. No podía dirigirse a ella porque seguramente aquella viejecita solo hablaría ruso y él apenas sabía decir hola y dar las gracias en aquella lengua. Y porque toda cobertura que pudiera hacerle con la bolsa para cruzar la carretera sería costosa y demasiado rara para ella sin un idioma común. Empezaron cruzando casi a la misma velocidad, pero al encarar el último y no corto tramo que quedaba hasta entrar a la estación, ella fue quedando atrás. Jamás pensó que con esa sensación de abandono se marcharía de Moscú en aquella visita que duró un largo pero intenso día.

 
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Publicado por en 18 febrero, 2019 en Narrativo, Viaje, Vivencias