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Archivo de la categoría: Narrativo

No hay mejor espejo que el amigo viejo

Se asomó de nuevo para mirar el tumulto de gente que se agolpaba frente al control de seguridad. Esta vez le vio, con su abrigo rojo. Se notaba nerviosa, más de tres meses sin verse no era poco tiempo. Los latidos se aceleraban. Volvió a asomarse y sus miradas se cruzaron por primera vez. Aún había bastante gente por delante de él y aquella espera se estaba haciendo eterna. Quería tenerlo cerca de ella ya. No podía esperar más, pero el tiempo avanzaba despacio. Decidió caminar unos metros por la terminal y volver al a puerta de salida para rebajar su acelerado corazón. Lo repitió tres veces. Volvió a asomarse y ahí estaba, a punto de salir. Un par de minutos más tarde se estaban abrazando fuerte mientras sonreían. Aquello la trasportó a sus mil recuerdos juntos. Aquel abrazo, aquel olor, la llevaban directa al centro de su ser. Al terminar el largo abrazo se miraron y ella le confesó exactamente lo que le acababa de venir a la cabeza. “Tengo la sensación increíble de que no ha pasado ni un minuto desde que nos vimos por última vez. Como si no nos hubiéramos separado, siempre estas en mi porque eres una parte de mi”.

 
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Publicado por en 9 marzo, 2019 en Narrativo, Vivencias

 

Camino a la estación

El semáforo se cerró para los peatones en el momento que llegaba al paso de cebra. Después de caminar toda la avenida, dejando a su espalda el centro de la capital, notaba las piernas cansadas. En un rato comenzaría a anochecer en la ciudad, pero para cuando la luz del sol desapareciese totalmente estaría alejándose de allí a toda velocidad. Al otro lado de la carretera la Estación Belorussky. Una pareja se paró a su izquierda, después un señor de mediana edad y otras dos chicas jóvenes. Todos absortos y absorbidos de cuerpo y alma por el móvil, a excepción del señor que estaba con unos cascos puestos escuchando música o la radio, quién sabe. Solventando las exigencias de esos aparatos que a menudo nos piden más que nos dan, era perfectamente factible observarlo sin que se diesen cuenta. Parecían no estar ahí. Entonces llegó andando despacio y con mucho trabajo una señora mayor. Totalmente vestida de negro desde los pies, incluido el pañuelo que le cubría la cabeza, portaba una especie de bulto andrajoso de tela hecho a mano y lleno de remiendos con lo que parecían ser sus pertenencias. Era muy mayor, pero pese a su cuerpo curvado y su cara arrugada era capaz de sostenerse y sostener su equipaje. La mirada parecía perdida en la nada. Como los demás, paró en el paso de peatones a esperar. El no podía dejar de mirarla.

De repente pasaron dos coches de alta gama acelerando de forma ruidosa que lo despistaron de su observación. Dos críos de mierda, concluyó con desprecio en su autodiálogo. Volvió la cara hacia la señora, que parecía no haberse inmutado. Invisible a todo cuanto estaba a su alrededor. Igual que los que estaban con los móviles, pero evidentemente por motivos muy diferentes. Sintiendo desesperanza y tristeza por aquella mujer, preguntarle si necesitaba ayuda con sus posesiones parecía ser una buena idea. En cuanto se abriera el semáforo lo haría. Empezaron entonces a abalanzarse decenas de preguntas sobre aquella persona anciana a la que no podía quitar el ojo de encima. Las preguntas se podrían resumir quizá en una o dos. ¿Qué pensaría ella de este mundo donde entre otras estupideces y excentricidades estaban esos chicos que ni siquiera la miraban o la ofrecían su ayuda, o de los que se paseaban la ciudad arriba y abajo con su coche millonario haciendo ruido y su sonrisa prepotentemente estúpida, después de una vida de lucha por sobrevivir, por el pan y la ropa, las guerras y el colapso de lo que fue su país durante setenta años? ¿Cuánto había cambiado ya no el país, sino el significado de la vida? El semáforo se abrió y en ese momento entendió lo evidente. La realidad de la vida siempre se impone: siempre hay unas reglas. No podía. No podía dirigirse a ella porque seguramente aquella viejecita solo hablaría ruso y él apenas sabía decir hola y dar las gracias en aquella lengua. Y porque toda cobertura que pudiera hacerle con la bolsa para cruzar la carretera sería costosa y demasiado rara para ella sin un idioma común. Empezaron cruzando casi a la misma velocidad, pero al encarar el último y no corto tramo que quedaba hasta entrar a la estación, ella fue quedando atrás. Jamás pensó que con esa sensación de abandono se marcharía de Moscú en aquella visita que duró un largo pero intenso día.

 
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Publicado por en 18 febrero, 2019 en Narrativo, Viaje, Vivencias

 

Esa mirada

Tiró el cigarro por la ventanilla sin echar cuentas de lo que podía pasar. Un segundo después reflexionó sobre lo que acababa de hacer. Pensó que podría haber sido un error ya que aunque lo había dejado caer en una pequeña explanada de tierra donde estaban aparcados, les rodeaban los árboles y la vegetación del campo. El final de la primavera había sido seca y esa semana que llevaban de verano aún más. Pero se convenció de que si después de cinco minutos no veía rastro de fuego, no ocurriría nada. A fin de cuentas era de noche y si eso pasaba sería demasiado claro como para no verlo. Aunque se quería ir lo más pronto posible, no tenía ganas de vestirse y salir del coche para apagarlo. El silencio entre ellos era absoluto. Estaban en la parte de atrás del coche sentados. Ella se recostó encima de él en posición fetal y de medio lado mientras lo abrazaba. Aún no habían pasado cinco minutos desde que habían tirado el cigarro.

– Venga vámonos – Dijo mientras intentaba levantarse de la posición semitumbada en la que estaba.

– Espera un poco más. – Replicó ella.

El se quedo callado por unos momentos. Estaba demasiado cansado. No tenía ganas ni casi fuerzas para meter prisa aunque no le apetecía demasiado continuar allí tras el cigarro de después. La idea de anticipar un incendio le ayudó a procrastinar unos pocos minutos más.

– ¿No tienes prisa… no te espera tu novio? – Preguntó jocoso, sin estar interesado en la respuesta, por matar un poco el tiempo.

– Ya sabes que no. Ni siquiera es de aquí. – Tranquila pero sobria.

– ¿Y qué pasa, no te gusta estar con él? – Volvió de nuevo, sin demasiado interés.

– Claro. Me gusta estar con él… Y me trata mejor que tu. Tu no me dices nada bonito… él me regala cosas… y me dice cosas bonitas. Es muy mono.

– Claro…

Ella estaba en lo cierto y él también era muy consciente. Su relación tenía un límite muy claro donde los dos estaban de acuerdo y les hacía no abandonar la empresa. Tenían una diferencia de edad de algo más de diez años y él no estaba dispuesto a aguantar más de lo imprescindible las atenciones inmaduras de una niña que apenas había empezado a vivir. Sentía pereza mental al pensarlo.

– Tienes razón. – Dijo convencido para a continuación fruncir el ceño – De todas maneras… hay algo que no entiendo… ¿No lo haces con él?

– Claro, claro que lo hago. No le gusta tanto, ni a mi a veces tampoco. Pero bueno… no sé, me gusta con él.

– ¿Pero porque conmigo si…? Como hemos hablado alguna vez, es casi lo único que podemos hacer, en lo demás, no tenemos nada en común..

Ella se quedó por unos momentos pensativa. Como si hubiera visto una luz. De repente le cambio la entonación. Su actitud y tono infantil desapareció por un momento. Por esa única vez desapareció. No parecía ella; primero habló su silencio reflexivo, después verbalizó.

– Es por cómo me miras. Por cómo me tocas. – No era ella la que estaba hablando, estaba hablando una mujer a través del cuerpo de una chica que apenas tenía la mayoría de edad.

Un par de minutos más tarde estaban vistiéndose y arrancando el coche. Finalmente parecía que, al menos por su culpa, el monte no iba a arder aquella noche. No podía parar de pensar como una cría, que lo era por edad y por vivencias, de conceptos tan simples como ella era, podía tener esa información. No le había dado tiempo a vivir ni experimentar tanto como para entender lo que acababa de decir, era imposible. Pero sin embargo no había duda de que sabía que estaba diciendo. Pensó en el tiempo y las experiencias que él necesitó para aprender e interpretar ese tipo de claves y miradas. Claves que muchos tardan años en aprender y reconocer. Entonces recordó algo que había escuchado hace tiempo. Algo que tenía que ver con una especie de inteligencia genética de la mujer. Que pese a haber mujeres muy estúpidas o infantiles, tienen esa sabiduría hereditaria que se da en la mujer de manera innata, a veces, sin saber que la tienen, de la cual los hombres carecen. Y aquel momento de lucidez y sabiduría de ella, pensó, se explicaba quizá por aquellos motivos.

 
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Publicado por en 29 agosto, 2018 en Narrativo

 

Última llamada

Comenzó su marcha muy despacio, como si el conductor no tuviera prisa en marcharse de la estación. Él iba sentado en la dirección opuesta a la marcha del tren, pudiendo ver lo que iba dejando atrás. Miraba por la ventana y pocos metros después de arrancar, se dio cuenta de que ella aún estaba ahí fuera en el andén y no se había movido. En ese momento una suave sonrisa relajada empezó a dibujarse en la comisura derecha de su boca. Levantó la mano para despedirse y ella le devolvió el saludo. Tras unos segundos su figura se fue entrecortando entre las ventanas del tren y poco a poco ella fue desapareciendo en la lejanía.

Momentos después ya había cogido velocidad. Mientras seguía con su tranquila sonrisa en la cara, una sensación de relajación entremezclada con euforia se había apoderado de él. Sentía al respirar una energía que le cogía desde el estómago pasando por el pecho y le subía hasta la cabeza. Una sensación casi febril con la cual le parecía levitar. Pensó en ella… le sorprendió y agradó mucho que hubiera esperado unos pocos minutos para ver su partida. Estoica, elegantemente recta y guapísima. Por la posición de su cuerpo y la dulce expresión de su cara se veía a una mujer consciente de sí misma y de lo que le rodeaba.

Se preguntaba si la volvería a ver pronto, aunque en ese momento no era una pregunta, era un deseo. Que estúpido… pronto. La pregunta era si la volvería a ver, ni siquiera pronto o tarde. Si la volvería a ver y sentir como ese sucedáneo de fin de semana de menos de veinticuatro horas que habían compartido. Le costaba hacerse consciente de su estado mental a la vez que le invadía esa sensación cada vez que pensaba en ella. ¿Querría volver a verle? Por momentos estaba seguro de ello, pero realmente no sabía si eran pájaros únicamente de su cabeza.


No quería rehuir todo aquel laberinto de ideas, pensamientos y recuerdos que se agolpaban en su mente pero no era fácil colocarlo en ese momento. Es difícil a veces transformar los sentimientos en pensamientos. Es difícil a veces controlar los pensamientos que circulan locos por la cabeza, pensó, sobre todo si son tan atractivamente intensos. A menudo no era normal que eso le pasara a él, pero lo que había vivido durante unas horas le había descolocado demasiado, mejor dicho: colocado. Pensar esa palabra le hacía sonreír, incluso casi reír, mientras viajaba solo en aquel tren.

De repente se dio cuenta de que quería disfrutar de ese estado y decidió no hacerse más preguntas. Al menos no más preguntas que no tenían sentido en ese momento y que además no podía responder. Sacó el teléfono del bolsillo y se puso unos auriculares. Miro a través de la ventana; ya no estaba en aquella ciudad, aunque a ella aún podía sentirla muy cerca. Veía árboles y campo mientras el sol lentamente se disponía en el horizonte para iniciar el crepúsculo. El color naranja rojizo que lo bañaba hacía todavía más bonito aquel paisaje. Cogió el teléfono y busco una canción que tenía en la cabeza. Si, sonaba muy bien. Respiro hondo y tranquilo y regresó a aquella cama, a aquella piel y a aquellos ojos.

Aquella cama donde habían dormido algún rato esa noche. Donde sus cuerpos parecían conocerse y anhelar al otro. Sus manos recorrían su suave piel de manera automática como si tuvieran la ruta grabada… quién sabe dónde. Una piel clara que cubría su estilizada silueta. Lo hacía primero delicadamente y despacio para terminar haciéndolo fuerte y a modo de presa. Ahí donde sus alientos se aceleraban. Su boca estaba sedienta de sus labios, de su cuello y de todo su torso. Las pulsaciones subían. De repente le volvió el calor y aquella sensación y quiso regresar su pensamiento a la calma. A la calma de las miradas que hablan, de las sonrisas cómplices y las caricias lentas. A los besos tranquilos. A su gesto a veces cauto, callado con la mirada seria de mujer. De mujer lúcida en sus reflexiones interiores y silencios con algún rincón oscuro. Pero también a aquella sonrisa inocente y hermosa de una niña que él disfrutaba observando. Una sonrisa tan bonita, pensó, que parecía dar más luz que el sol de la mismísima ciudad de Sevilla.

 
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Publicado por en 25 marzo, 2018 en Amor, Narrativo, Viaje

 

Colombia, el peligro es no querer marcharse

Aunque mi vuelo era directo a Bogotá los amigos de Iberia me hicieron cambiar de avión por overbooking. Al menos no me quedé en tierra, que era la último que quería ese sábado. Tras hacer una larga escala en Lima, llegue a mi destino ya pasada la medianoche, y con mi mochila aún en Madrid por si lo de llegar 8 horas después no fuera suficiente. Iberia siempre se supera. Suerte que a la noche siguiente llegó mi equipaje a Colombia. No me gustaba la idea de llegar tan tarde a Bogotá, pero no había más opciones. Después de hacer el papeleo de la maleta perdida cogí un taxi y fui directo al hostel.

La primera mañana en la ciudad hice un tour y recorrimos el barrio de la Candelaria. Es el centro histórico de Bogotá, donde está el Museo del Oro, el Museo de Botero, varias catedrales, edificios gubernamentales, Monserrate etc. La zona es muy bonita sobre todo si te gusta el estilo colonial con aspecto desgastado. Con precaución uno puede andar solo en la Candelaria por el día, incluso por la noche, siempre y cuando no de papaya y mire bien porque calles se mete. En el tour con la gente de Beyond Colombia pudimos recorrer no solo las calles, sino la historia del país. Los chicos del tour tenían muchísimo conocimiento y nos ayudaron con todas nuestras preguntas. La de Colombia es una historia de una violencia fundacional increíble, sobre todo en los años 80 y principios de los 90. Por suerte hoy en día ya no es así. En la plaza de Bolívar terminamos el tour, junto al famoso Palacio de Justicia y demás edificios públicos e iglesias. El mismo que Pablo Escobar mandó quemar con ayuda del M-19, donde fueron asesinados varios magistrados en 1985. Realmente la historia del país es… sencillamente salvaje. Bien verraca, como dicen allí. Ni siquiera los historiadores y la gente autóctona saben algunas cuestiones a ciencia cierta a día de hoy. Por la tarde fui a comprar algo de ropa, ya que no tenía mi mochila y antes de anochecer me subí a Monserrate para ver la puesta del sol. Es un lugar espectacular para ver la ciudad desde bien arriba. A la noche unas cervezas en la plazoleta Chorro de Quevedo escuchando a algún tertuliano callejero entre el olor a marihuana y a dormir al Hostel… era guapo y cutre, que es como debe ser un buen hostel, aparte de acogedor. Quizá tenía más días de visita, pero para mí era suficiente, me iba con buena impresión de la capital. Es una ciudad desordenada y caótica y su clima es bastante más fresquito que el resto del país debido a su altitud, pero merece la pena ser visitada al menos un par de días.

El siguiente destino era San Andrés y Providencia. Dos pequeñas islas enfrentadas a Nicaragua, pero que pertenecen a Colombia. Hablan en criollo, aparte del castellano y se sienten un poco menos colombianos. A nivel de playas para hacer snorkel y paisajísticamente es brutal, especialmente Providencia. Es muy tranquila y la zona interior de la isla tiene una montaña y es muy selvática. Días de relajación con gente acogedora. Una moto es perfecta para recorrer las Islas. Con decir que sabes manejar, no te piden ni el carnet. Conocí a un par de parejas españolas y una de las chicas era colombiana. Nos cruzamos varias veces en la isla, ya que no era muy grande…

Una de las noches estuvimos bebiendo birra y hablando sobre el país… fue interesante y divertido. La chica colombiana estuvo contando un montón de cosas de allí. Tras no sé cuántas cervezas y varias horas (para que mirar el reloj), llegábamos a la conclusión de lo mal repartida que esta la riqueza. La verdad que no solo en Colombia, sino en toda América Latina y eso es una pena. Duele que un continente tan rico, con una gente de tan buena fe esté tan mal repartido. Sobre todo, porque la desigualdad genera una violencia que degrada los países. En San Andrés estuve menos tiempo. Es algo más grande que la otra isla e igual de cara, pero esta hasta arriba de gente, demasiado turística. Para salir de fiesta por la noche tiene movimiento.

La próxima parada, y por poco tiempo fue Medellín: territorio paisa. Visite la zona centro muy por encima ya que se hizo de noche rápido. Al anochecer fui el pueblito paisa: un sitio chulo y con buenas vistas. La ciudad es más moderna y funciona mejor que la capital. Es bonita, todo lo bonita que puede ser una ciudad. Rodeada de montaña verde, uno tiene muchísimas cosas que hacer. Mucha gente de allí dice que debería ser la capital. Tuve la suerte de conocer a una chica colombiana en el vuelo y quedé en la noche con ella y unas amigas. Me llevaron a una zona donde va la gente local a cenar y a tomar, al barrio San Juan. Era un barrio tranquilo y aunque me toco esperarlas un rato en la calle, mereció la pena. Comimos bien: mucha calidad y muy barato y después tomamos unas micheladas, que no es más que cerveza con jugo de limón recién exprimido y el vaso rodeado de sal. Estábamos en una terraza y a media noche empezaron a tirar petardos y fuegos artificiales como si no hubiera un mañana. Era la alborada, porque entraba el 1 de diciembre y estaban celebrando el inicio de la Navidad. Es curioso la historia de esta tradición. Por lo que he podido investigar y lo que me contó la gente de allí, viene porque en esta fecha los narcotraficantes y paramilitares repartían pólvora entre la gente para quemarla y disparaban al aire para celebrar el aniversario de la muerte de Pablo Escobar, que fue un 2 de diciembre. Después la gente se quedó con eso, y ahora es una tradición para dar la entrada de la Navidad. En toda Colombia, pero aún más en Medellín todo tiene conexiones con el narcotráfico. No se puede entender Medellín ni la misma Colombia, sin su “Robin Hood” paisa y el tráfico de cocaína.

Estando en Medellín, es buena idea acercarse a ver la zona de Guatapé y subir a la Piedra del Peñón. Te toma algo más de medio día, pero merece la pena. Los pueblos son muy bonitos y las vistas desde el peñón son espectaculares, parecen de película. Lo mejor que tiene Sudamérica, sin duda, a parte de la naturaleza brutal, son los pueblos y las zonas más rurales. La gente te acoge y caminas a cualquier hora por casi cualquier lugar tranquilo, sin miedo a que te roben o vayas a tener un rato desagradable. A la tarde ya de vuelta en Medellín, unas cervezas por la zona del poblado, donde me alojaba, eran lo justo para despedir la ciudad. Es un sitio super seguro también por la noche. Mucha marcha y demasiado extranjero. Salí con las amigas holandesas del hostel y nos lo pasamos muy bien. A medía noche taxi y para el aeropuerto. De madrugada salía mi avión a Bucaramanga.

Me contaron que Bucaramanga es una de las ciudades más seguras, bonitas y tranquilas del allí, pero no tenía ganas de comprobarlo. Donde estén los pueblos y las cosas pequeñas, que se quiten las megalópolis y las grandes masas. En las cosas pequeñas está lo más hermoso de la vida. Recién aterrice, taxi y para San Gil, la capital del deporte extremo en Colombia. Eran como tres horas y a mitad de camino, el taxista, que un minuto antes casi pilla un cordero, me sugirió parar para comernos uno, pero ya matado y cocinado. Paramos en una especie de bar de carretera que conocía. La verdad que nos pusimos finos y bastante barato. No tienen una gastronomía espectacular, sobre todo teniendo en cuenta que vengo de España, pero se come bien y bastante económico en general. Llegue a mi destino y rápido estaba dando vueltas y callejeando por el pueblecillo. Durante mi estancia de varios días allí hice un poco de todo: visité los pueblos de alrededor; increíble Barichara o las cascadas de Curití, conocí mucha gente, estuve bañándome en diferentes pozas donde hice amigos locales. El kayak en aguas bravas o cualquier otra actividad parecida es interesante.

El rollo de estos pueblecitos y zonas rurales me encanta por mil razones. Me quedaría allí a vivir sin mayor problema. Principalmente por la tranquilidad de la gente, del entorno y del ambiente y la vida que tienen. También por la sintonía con la naturaleza ¡Y por la cantidad y lo buena que esta la fruta! En San Gil tienen cada mañana un mercado enorme donde encuentras de todo, especialmente fruta. Tienen algunos puestos que por pocos pesos te preparan cada jugo y cada ensalada de frutas con cereales… Increíble. Los mejores desayunos del viaje, sin duda. Moverse entre los pueblos es sencillo y barato con las líneas de autobuses y si quieres adentrarte en zonas menos accesibles tienes agencias de aventura etc.

En cuanto a la vida nocturna, bastante entretenida. Una de las noches, que volvía de cenar hacia el hostel, me entretuve comprando una pulsera a un chico que las vendía en la calle. Resulta que me contó su historia; viajaba haciendo pulseras por Sudamérica. Al poco rato, estaba en la plaza del pueblo con una veintena de colegas suyos, unos vendían, otros tocaban algún instrumento y otros solamente viajaban. Fue curioso hablar con varios de ellos. Cada uno una historia y una vida distinta. Que vidas tiene la gente, ¡Cuantas opciones de vida hay! Conocí también a una niña gaditana que estaba con ellos. Estaba de visita hasta Navidades y lo pasamos genial. Intentamos arreglar el mundo, pero como es imposible, nos lo dejamos para otro día. Me emborraché con ellos y perdí la hora de vuelta a casa. Lo bueno de estar viajando es que esa hora no existe. Esa sensación de libertad y aventura de hacer en cada momento lo que la intuición te pide es muy grande. Con mucha pena y alguna contusión causada por el kayak, mi próximo destino era esa ciudad que al entrar al centro o al verla sobre el mapa, me recordó a Cádiz.

Uno puede pasearse virtualmente por épocas anteriores en esta ciudad muy fácilmente, algo que a mí me encanta hacer, sobre todo si has leído algo de historia del sitio. Es emocionante pasearse por aquel tiempo donde el imperio éramos nosotros y donde no se ponía el sol. Aquella ciudad fue uno de los puertos más importantes de comercio. Gran parte de la riqueza que entraba a España a Cádiz o Sevilla desde las américas, lo hacía desde aquí. Cartagena de Indias fue y es a día de hoy un punto estratégico que, aun con su excesivo turismo, merece ser la pena ser visitada. Ver el centro histórico rodeado por la muralla, cada callejón, su estética colonial tan colorida, las catedrales… todo. Yo no soy muy fan de las grandes ciudades, pero hay que reconocer que el centro histórico de Cartagena es tema aparte. También es tema aparte la humedad por toda la costa caribeña. Las playas cercanas son hermosas, especialmente en la península de Barú, pero deberían de cuidarlas mejor, en cuanto a limpieza y explotación turística. Tenía mis últimos días por la parte del caribe así que decidí subir hacia el norte. De paso por Barranquillas y llegar a Taganga, el pueblo de salida para el parque nacional Tayrona. El norte es un lugar más pobre, lleno de chabolas sobre todo en las afueras de los centros urbanos.

Santa Marta es la ciudad más antigua de Colombia, y para una mañana está bien. Desde la bahía se pueden visitar varias playas, el acuario y diferentes museos cogiendo una lancha. Pero lo mejor de aquella zona sin duda es el Parque Natural de Tayrona. Mi hostel estaba en Taganga y desde su pequeño puerto hacían salidas hacia el parque natural. El viaje es… curioso. Lo hice con más gente en una pequeña embarcación con un motorcillo de Yamaha y varias garrafas de gasolina que lo alimentaban. Todo muy rustico. La manejaba con mucha destreza nuestro capitán: Pirulo. A mitad de camino y en medio del mar, se quedaron un par de pescadores arpón en mano que venían con nosotros. Ningún viaje aquí se desaprovecha, y en barca tampoco. A la vuelta los recogimos con su botín. Las playas son espectaculares y si uno se encamina hacia adentro debe tener cuidado, la humedad hace que la sensación de cansancio te agote. Hay otras opciones de entrada al parque por tierra por diferentes caminos y carreteras y luego de recorrerlo a caballo etc. Mi tiempo llegaba a su fin y debía volver a Cartagena para coger el avión. Todo lo bueno se acaba, pero como dijo el gran escritor colombiano García Márquez: “No llores porque ya se terminó, sonríe porque sucedió”.

Con muchas cosas en el tintero, nuevas experiencias en la mochila y un poco de tristeza me metí en el avión. Colombia merece la pena verla por mucho más tiempo y yo me sentí muy bien allí, como siempre que voy a Sudamérica. No sé qué tiene, pero algo es. Muchos momentos estando allí son indescriptibles, increíblemente buenos y con una sensación de libertad y aventura brutal. Y claro, si hay aventura y batalla uno se siente muy joven. En tan solo dos semanas creo que hice un recorrido bastante completo, entre comillas, por el país. Se nota mucho la agilidad de viajar solo y conocí mucha gente de todo tipo otra vez. Tuve tiempo de leer, escribir y reflexionar mucho. La lectura, a parte de la guía del país, fue “El miedo a la libertad” de Erich Fromm, muy adecuado para un viaje en solitario y ser aún más consciente en la observación y la reflexión del entorno y de mi. A veces estaba leyendo y pensaba… ¡Joder lo han escrito para que yo lo lea en este momento! Ha sido un viaje realmente enriquecedor en lo personal, buscar la soledad en armonía es algo muy grande. Ayuda a crecer y madurar. Y todo eso a relativizar problemas, ya que si uno está a gusto consigo mismo, todo lo que ocurra en el viaje o en la vida, con un poco de flexibilidad mental, es bienvenido y tratado como reto u oportunidad.

 
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Publicado por en 10 enero, 2018 en Narrativo, Reseñas, Viaje, Vivencias

 

¿Cómo empezó esto?

Estaba allí sentado. Eran casi la hora de comer y no tenía hambre ni ganas de nada. De lejos, en apariencia era una persona más, incluso iba bien vestido. Sentado entorno a una mesa de Coca-Cola que utilizan los bares para poner sus terrazas se lo podía ver junto con un grupo de gente. Desde donde estaban sentados los demás, en la misma mesa, las apariencias, en esta ocasión, engañaban.

Tenía el jersey lleno de lamparones, la camisa por fuera y un pantalón vaquero que parecía curtido y oscuro sobre todo en la parte más baja por las copas y cervezas de toda la noche anterior. Barba de algún día de más y la mirada perdida y descolocada. Si alguien no lo conociera, podría suponer fácilmente que se trata de un sábado más largo de lo normal. Pero no, no era eso. No solamente.

Cuando abría la boca para hablar se podían descubrir más cosas. Especialmente dos. Que aún los efectos del alcohol y las drogas lo tenían atrapado, pero no sólo de esa noche. Es como, aunque suene extraño, tuviera experiencia en estar así. La otra era la boca descuidada y destrozada. Quizá la  boca mejor que un Yonki tirado de la calle, pero no mucho mejor. Era difícil e impactante ver una persona tan joven que apenas llegaría a los treintaicinco con los dientes así.

Su discurso terciaba entre lo bien que se lo pasaba, como si hubiera nacido para eso e intentar hacer gracias para los demás parroquianos que estaban frescos y despiertos. Cuando se sentó en la mesa con ellos, vino sin compañía. Seguramente de otro bar… ¿de dónde sino? Al ver a sus amigos de toda la vida se sentó en la misma mesa. Aún con ese estado tan degradado, tenía ciertas habilidades para hacerse querer y ademas no era ninguna mala persona ni tampoco peligrosa.

El primer rato fue divertido. El hacia el payaso y los demás se reían con él o de él. Eso no estaba claro, aunque parecía que en mayor medida, era con él. Después, los demás, se fueron callando y dejando de hacerle caso. Las payasadas eran repetidas y no hacían tanta gracia. Al fin y al cabo era lo mismo de siempre. Entonces volvieron a su conversación dominical entre ellos.

Al principio intentó y siguió hasta que se dio cuenta que ya nadie le miraba; ya nadie le hacía caso. En ese momento llego el camarero y uno de ellos levanto la mano para pedir otra ronda. Dos, cuatro, cinco… ¿Y tú que quieres? Si una cerveza también. Habían pedido también para él. Un minuto más tarde el camarero abrió con destreza un puñado de cervezas bien frías y dejo encima de la mesa varios cuencos con patatas revolconas. Una era para él, claro. Y los demás, que durante ese momento parecían tutelarle, le animaban, más que a tomar cerveza a que comiera. Incluso uno de ellos le pregunto si quería más, podía pedirle más comida. Dando las gracias negó el ofrecimiento.

Poco tiempo después, todos lo volvían a ignorar ya, como si no estuviera en la mesa para centrarse en sus conversaciones. El lleva un rato casi sin hablar. Qué curioso, pensó, estaba rodeado de gente que conocía, igual que durante la noche anterior, pero se sentía solo. Es como si para los demás no estuviera. Solo y cansado, cada vez se le cerraban más los ojos. Se sentía sucio, en la boda y por todo el cuerpo. De repente no encontraba la diversión en nada. Como cuando se va la luz en una noche de invierno. Pum.

En ese momento pensó… ¿Cómo empezó esto? Cómo había degenerado tanto algo que era divertido. Si él era el rey, el puto amo. El más respetado, el que más bebía, el que más ligaba… el que más todo. Y ahora qué. No sabría decir en que momento paso de ser algo divertido y que quería hacer, a ser algo que hacía casi porque el cuerpo le pedía para estar bien. Mejor dicho, para no estar mal.

De repente pasó un niño corriendo al lado de su mesa y se puso a jugar cerca suyo. El se quedo mirándolo. El niño lo miro. Cruzaron varias miradas. Un miedo le cubrió su cuerpo y le costaba trabajo pensar. Le costaba trabajo la vida. Es como si estuviera rendido. Pero ya en ese momento, sólo quería dormir. Dormir mil años con el solitario deseo de que el tiempo pasara, o quizá volviera hacía atrás.

 
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Publicado por en 24 noviembre, 2017 en Abstracto, Narrativo

 

La última Navidad en Madrid

El frío aire invernal movía las hojas que cubrían parte del paseo que subía hasta el estanque del parque del Retiro. La gente paseaba a pie, en bici o sobre las ruedas de sus patines. El ambiente navideño se podía notar fácilmente en una ciudad como Madrid. Laura paseaba despacio arrastrando su enorme maleta. Parecía que no quería llegar a su primer destino.

Un momento después, llegó por fin al lago y se sentó en un banco de madera frente al Monumento a Alfonso XXII. Lo hizo en un lateral, colocando la maleta justo al lado. Llevaba tres años sin fumar, pero hoy había comprado tabaco. Sacó el paquete de Chesterfield y encendió el tercer cigarro de esa jornada. Los últimos minutos de luz de aquel día se extinguieron al tiempo que su cigarro se consumía.

Solo necesitaba verla una vez más para poder irse para siempre. Para no volver a Madrid nunca más. Ni siquiera en Navidad. La decisión estaba tomada. Si todo era como decía el detective que había contratado, solo debería seguir los planes establecidos. Desde el lugar donde estaba, apenas podía ser vista.

Tras media hora más de espera, encendió el último cigarrillo de ese día. Al hacerlo, intentó repasar mentalmente su último año, el cual había vivido en la capital. Era imposible hacerlo sin pensar en Sandra. La conoció en una web de contactos a través de internet. Hablaron y hablaron hasta que seis meses más tarde ella fue a visitarla a Tenerife. Por supuesto, ella alquiló un apartamento y oficialmente era una compañera de trabajo.

Ese fin de semana fue una locura. Era la primera vez con una mujer. Llevaba deseándolo tiempo, pero en su entorno no se atrevía a plantearse algo así. Era totalmente inasumible por parte de su familia, de su ambiente laboral y de sus amigos. Al recordar esa primera vez, un escalofrío recorrió todo su cuerpo, desde los pies hasta la cabeza. Seis meses más tarde y varios encuentros más, se marchó a vivir a Madrid. Se preguntaba, por qué ese impulso tuvo tanta fuerza como para mudar su vivienda y pedir un cambio en el trabajo. La respuesta parecía ser sexo, pero no solo era eso. Era difícil describirlo. Con ningún hombre se había sentido así. Todo era tan suave e intenso a la vez. Era otro mundo. Sentía orgullo por si misma, cuando pensaba en todo esto.

Apuró su tabaco y lo apagó con su pie derecho. Se colocó la bufanda para no ser descubierta y siguió esperando. ¿Y si no la veía? ¿Cambiaría eso sus planes? No era capaz de darse respuesta. Volvió a pensar en ese último capítulo de su vida… Ya había pasado un año y después de todo, no era capaz de quedarse. Tampoco de marcharse. Al menos sin una razón aparente.

No podía tomar su decisión si no veía lo que necesitaba ver. Y así sucedió. Al descubrir aquella chaqueta polar roja en la lejanía sabía que era Sandra. Su corazón se disparó. Poco a poco se acercaban por el paseo de la calle Nicaragua. Ella y su nueva amiga. También les acompañaba Copo, su perro. Sus pulsaciones subieron a medida que se acercaban. No entendía, ni quería entender cómo podía estar con otra mujer que no fuera ella.

De repente observó que Copo se acercaba. Rezó a todos los dioses para que no la reconociera por el olor. La vergüenza sería demasiado grande. En ese momento se quedó paralizada, sudando pese al frío. El animal seguía acercándose a ella olisqueando por el suelo. En ese mismo instante no podía respirar, estaba petrificada. Cuando Copo estaba a escasos metros de ella, su dueña gritó al perro para que volviera a su lado. En ese momento volvió a respirar. Realmente… ¿había sido transparente para Sandra? ¿Podría no haberla visto? Quizá no quería hacerla pasar ese mal trago, o quizá prefería obviarla. Se dispararon varios pensamientos en su cabeza.

Cerro los ojos y paró la avalancha de pensamientos. Ya daba igual cualquier hipótesis. Había visto lo que necesitaba para marcharse. Había logrado el objetivo. Volvió a observar cómo se alejaban y decidió levantarse de aquel banco. Sacó el agarre extensible de la maleta y se encaminó al metro, que le llevaría a su segundo y último destino en Madrid. El asiento de su vuelo. Finalmente, las últimas Navidades que estaría en Madrid serian esas.

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Publicado por en 4 enero, 2017 en Amor, Narrativo

 

En cabeza ajena

Adrián salió de su portal y atravesó el parque. Después de tanto tiempo fuera, era extraño. Todo estaba igual, pero volver a caminar por su barrio de la periferia dos años y medio después se le hacía demasiado raro. Disipó poco a poco ese pensamiento a la vez que le venía la sonrisa a la cara pensando los momentos tan divertidos vividos junto a sus amigos de toda la vida. Que ganas de verlos. En dos minutos llegaría a la esquina donde habían quedado para verse después su larga estancia fuera.

Se preguntaba cuánto habían cambiado y cómo estarán ahora. También pensó en las ganas que tenía de contarles tantas cosas que había vivido… Un año y medio en Amsterdam y su último año en Copenhague. Tantas cosas vividas, pero sobre todo las que venían. Que tu empresa te ofrezca trabajar en San José era algo para celebrar con ellos antes de partir a Centroamérica.

Después de varios abrazos, Adrián junto con dos amigos, llegaron al Bar. Cuánto echaba de menos lugares así. Bares que habían envejecido con sus dueños, de los de barrio de toda la vida, como era Casa Fernando. Pidieron tres cañas y sus amigos disculparon a un tercero que no había podido venir. Realmente siempre fallaba en casi todas las citas. No era nada nuevo.

Después de varias risas al recordar las historias típicas de su juventud, Adrián se dió cuenta de que prácticamente el tiempo no había pasado allí. Las cosas y las personas seguían en su mismo sitio. Curioso. Los dos seguían en los mismos trabajos, con las mismas vidas… y casi con los mismo chistes. De repente se sintió extraño. Y en ese mismo momento decidió contarles sus aventuras pasadas y futuras. No comprendía cómo no le habían preguntado antes… tenia tanto que contar. Pero lo que más ganas tenía era de contarles que se iría aún más lejos a algo nuevo para lo que tanto tiempo llevaba esperando y luchando…

casa-fernando

– Ahora me han ofrecido un trabajo nuevo… ¡Es en San José!

Después de un silencio uno de los amigos pregunto – Pero… ¿Eso no es aquí en España verdad?

– ¡No! Es en Costa Rica. ¡Por fin voy a poder vivir durante un tiempo fuera de Europa! Tengo tantas ganas…

– Pero… ¿Porque te quieres ir tan lejos ahora?

Adrian no entendía esa pregunta ahora. Justo en ese momento. Era increíble la ocasión. – No se, me gusta mucho la idea de vivir en un sitio tan distinto. Y voy solo…

– Pero…, ¿Y no te vas a aburrir?… ¿No te has aburrido este tiempo…? Quiero decir tu solo allí. Yo me aburriria.

No entendía ni se imaginaba aburrido ni antes ni ahora… ni volvia a entender las preguntas.  Lo que necesitaría sería más tiempo para hacer todas las cosas tenía pensadas. Aburrirse. Eso sería estar toda la vida igual… era más fácil aburrirse estando siempre en el barrio.

–  La verdad que lo último que pienso es en aburrirme…- Dijo Adrián, casi haciendo una pregunta al aire. Extrañado de la reflexión de su amigo.

– ¿Pero, no decías que se había aburrido? – Preguntó el amigo más activo en la conversación al otro amigo que llevaba un rato en silencio.

– Bueno no se. Es lo que yo pensaba…

Volvió el silencio. Adrián noto cierta tensión, que ni siquiera lograba comprender por qué venía. No quería ni siquiera contestar. De repente no le apetecía esa conversación así. Todo era demasiado ridículo de repente. Le costaba reconocer la situación. Por un momento se sintió extraño entre gente tan conocida… De querer compartir algo tan grande para él, sentía que le estaban discutiendo o dudando de que fuera, toda su forma de vida en ese momento, una buena idea. Es como si sus amigos estuvieran molestos con su forma de pensar. No tenía mucho sentido esa idea, pero no se le ocurría otra cosa.. Como si tuvieran que convencerle de algo…

Después de ese momento de silencio incómodo, uno de sus amigos lo rompió preguntando a los demás si querían tomar otra cerveza. Todos accedieron. Justo en ese momento, Adrián pensó a modo de chiste: Si, vamos a tomar otra no sea que nos vayamos a aburrir. Y esque es imposible pensar en cabeza ajena reflexionó. Pero aún más difícil comprender a una cabeza ajena libre desde otra encerrada en sí misma. Un paisaje hermoso, mirando desde unos determinados ojos puede ser muy disfrutado, mientras que hecho desde otros ojos, ni siquiera puede ser visto.

 
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Publicado por en 19 diciembre, 2016 en Narrativo

 

Un libro en la selva

Entro al metro tras salir de la oficina pensando que casi podría repetir de memoria los ruidos que escucho hasta coger el tren. Primero el que compra oro, luego el que vende carteras para el abono… Siempre los mismos soniquetes. Madrid en verano es para los que no nos queda más remedio. Los olores se multiplican, los trenes pasan cuando quieren. Es un enorme engrudo oscuro que por el día recoge el calor y por la noche lo suelta a modo de calefactor. Por si el sol no hubiera sido lo bastante percutor.

Pese a todo, es una ciudad espectacular. Como dicen, de Madrid al cielo, aunque no sé si todo el rato. Los museos con El Prado a la cabeza. Los jardines del retiro, el Madrid de los Austrias de la plaza de la Villa y Teatro y Palacio Real. La Latina y el rastro. El barrio de las letras, donde se forjó la lengua española. Allí vivió, en unas pocas manzanas, la mayor concentración de talento literario que hubo jamás, cuando Madrid fuera la capital del mundo. Lope, Calderón, Cervantes, Góngora y tantos otros. El Madrid del barrio de Malasaña. Incluso a veces es Madrid río también.

Es fácil adivinar que esta ciudad tiene mil caras, pasadas y presentes. Algunas también menos amables. De gente automatizada y robotizada corriendo en todas direcciones. El Madrid impersonal, que no siempre pero existe. Solo con tiempo para tener prisa. Es difícil a veces llevar un ritmo tranquilo, parece que la ciudad te lo impide. Y más aún disfrutar de las cosas si uno va corriendo. Poco ayudan las calles sucias patrocinadas por vecinos incívicos.

banco

Una dosis elevada me lleve el otro día sin tener gana de ello. No por nada en particular, sino por la suma que colma el vaso. La gente que empuja al entrar al vagón o los que no te dejan bajar porque se montan sin cederte el paso. Los que no te lo agradecen cuando tú lo haces. Los que hacen esa sinfonía, tan poco agradable, para acabar escupiendo en cualquier lugar como ya venían anunciando. Niños chillando y no tan niños con la música en el móvil para que lo escuche todo el tren. Y tú, mientras, intentando leer. Que ya no es por el ruido, sino por el veneno que le recorre a uno de todo lo anterior.

También máquinas estúpidas jugando y perdiendo el tiempo con máquinas inteligentes. No es difícil saber a quién se le otorga cada adjetivo. Consumidores de tiempo que no se reconocen entre iguales. Palabras como educación o civismo no se encuentran. Ratas y cloacas, mejor. Con toda esa serie de ideas rondando la cabeza, el nivel de mala leche, asco o vete a saber, subía. Ahora no era de Madrid al cielo, ahora era de Madrid a cien kilómetros. Por lo menos. Que ganas de salir corriendo de aquí y alejarme, pensaba. Y qué ganas de tirar de metralleta.

Pero al salir del metro observe algo que me cambió el gesto. Una chica joven sentada en un banco a la sombra de un árbol. Su aspecto físico y su planta, inmejorables. Brillaba incluso bajo aquella sombra. Especialmente por algo: estaba leyendo. Tenía un libro abierto entre sus manos. No fui capaz de leer la portada, por curiosidad. Tranquila, quizás esperando a alguien pero sin pinta de estar estresada por ello, disfrutando de su lectura y de estar ahí sentada. Y justo ahí, tú te quedas mirando con admiración, mientras te alejas y sientes como mitigan tus ganas de metralleta. Cómo te reconcilias con Madrid y con la vida. Que la belleza exterior puede aparejar también la interior. Confiando en que detrás del mundo de plástico, apariencias, prisas y consumo absurdo aún existe otra cosa. Pero sobre todo, pensando que si hay gente que lee, significa que hay esperanza.

 

 

 
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Publicado por en 5 septiembre, 2016 en Amor, Narrativo, Vivencias

 

El bueno de Adrián

Las olas en la playa de Levante eran suaves y la arena fina tenía la temperatura perfecta para pasear descalzo cerca del mar. Sintiendo el agradable frescor entre sus pies, Adrián caminaba junto a una chica que había conocido a principios de verano. Esa era su primera escapada juntos. Por fin dejaba atrás una relación sin sentido con una pareja que no le dejaba dejarla. La mitad de la luna había salido a saludarles mientras decidían ir a tomar una copa al paseo marítimo.

Dos mojitos con mucha menta eran perfectos, igual que la noche que se había quedado para ellos. Aunque el destino aquella noche no estaba libre de cierta ironía. Al agarrar la puerta para salir a aliviar sus ganas de fumar, encontró algo que le cambió el gesto de la cara. Para él era algo, pero realmente era alguien. Era la novia de la cual pensaba que ya se había librado.

Para evitar la situación, decidieron salir con sus consumiciones de nuevo a la playa. Las hamacas apiladas durante la noche podían ser un buen sitio para sentarse. Adrián no podía dejar de pensar qué narices hacía su ex allí. Entre tanto su nueva amiga, que no sabía qué decir, le comentó que era muy guapa. Es mala persona y es peligrosa, pensó Adrián en alto para intentar acallar ese comentario tan poco afortunado.

Intentaron disuadirse del momento anterior entre los tragos con sabor a menta. Observaban el mar, perdiendo la mirada en esa media luna blanca partiéndose en pedazos al antojo del pequeño oleaje. Desde esa misma orilla vieron como un tipo de complexión delgada se acercaba poco a poco con la cabeza agachada. Qué curioso, parecía que iba en la dirección donde estaban sentados. Los últimos metros de este lo confirmaron.

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El tipo se paró delante, y les preguntó si tenían hielos. Adrián pronunció dos palabras para explicarle que no pero fue imposible pronunciar otra tercera. En ese momento el tipo le lanzó una torta con la fuerza de todo el cuerpo con la diestra. Seguidamente un puñetazo y otro, directos a la cara. Con el desconcierto no fue capaz de cubrirse en ningún momento. Logró incorporar el gesto de sentado tras el tercer asalto y no pudo decir palabra. Estaba noqueado. Los golpes habían sido fuertes, rápidos y secos en su semblante.

Si te mueves de aquí, haces algo o llamas a la policía vengo con una pistola y te pego un tiro. Esas fueron sus palabras. A continuación comenzó a alejarse hacia el paseo marítimo a la vez que un goteo incesante de sangre salía por la nariz de Adrián. Estaba convencido de que ese tipo se había equivocado. Algún tema de drogas, de dinero… Tenía que aclarar que había sido un error, que él no era. No cabía otra explicación y había que zanjarlo cuanto antes.

Adrián comenzó a correr más convencido cada vez tras su agresor. Este empezó a mezclarse con la gente del paseo marítimo y en ese momento los policías se dieron cuenta de la persecución y Adrián señaló a su agresor cuando la policía lo miraba.

Se sintió reconfortado por haber salido detrás y aún más porque la policía le podría cubrir si intentaban hacerle daño. Sobre todo si era con una pistola. Mientras explicaba al policía lo que había pasado, vio que otro agente traía al agresor, que volvía con la cabeza agachada.

De repente notó la presencia de su compañera de viaje. Ya estaba cerca de él. Se dio cuenta de que seguía sangrando y le pidió que fuese a buscar papel para taparse la hemorragia. Ella aún sin decir esta boca es mía accedió rápido.Tras ponerse el papel en la nariz para parar la sangre se dio cuenta de que había más policía unos metros detrás. Entonces reparó en que había gente que conocía. No podía creerlo. Al ver que Adrián se dio cuenta, se fueron acercando, como si salieran de la madriguera. De repente, contando al agresor, eran ya un grupo de cuatro personas que parecían conocerse todos entre sí. Dos chicos y dos chicas.

No podía ser que su ex y una amiga suya estuvieran detrás de eso. Pero sí, de repente todo tenía sentido. Sintió alivio despejando el pensamiento de que le hubieran confundido una banda de narcos. Pero esto era mucho más sórdido. Su ex estaba justificando a su agresor comentando que Adrián la trataba mal y la había pegado. Para él no era sorprendente, ya sabía cómo se las gastaba.

El agredido conocía a todos menos a su agresor. En ese momento escuchó la risa cómplice de su ex con un policía en el grupo de cuatro donde parecía muy convencida y cómoda con lo que maldecía sobre él. También los policías parecían entretenidos y jocosos con ella y sus historias. El otro chico del grupo, que el conocía, al notar su tensión tuvo un comportamiento curioso. Le dijo a la ex de Adrián que por qué habían venido si sabía que el andaba por aquí. A Adrián le pareció que lo decía solamente porque el estaba delante mirándolos. Es como si quisiera exculparse delante mía, pensó.

Solo quería vomitar y explicarle a todo el mundo lo que le estaba pasando. Gritar la verdad a los cuatro vientos. El chico que Adrián conocía se acercó y le llamó por su nombre. Le dijo que no pasaba nada. Pero su receptor no quería ni verle ni oírle cerca, solo podía pensar en lo cobarde que era. Para acabar con la situación optó por decir al policía que de momento lo iba a pensar si se decidía denunciarlos. Tuvo que tragar saliva para no escupir al conocido que asentía dándole la razón a Adrián cuando confesaba sus planes de no beligerancia. Eso le dolió más que el puñetazo.

Minutos después se estaban alejando de aquel barullo y de la policía, de la playa, del mar, del paseo y de la luna. Había pasado todo muy rápido. La noche ya no era tan amable. Miles de pensamientos pasaban rápidamente. En ese momento, su compañera de viaje rompió el silencio que mantuvo desde que había pasado todo. Qué locura.

Este relato participa en el concurso de #relatosdeverano de Zenda.

 
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Publicado por en 22 agosto, 2016 en Narrativo