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Viajar solo

La primera vez que viajé solo lo hice porque celebraba algo: me acababan de echar de un trabajo. Era el mes de Mayo. Después de unos días desubicado, sin tenerlo muy claro, compré un vuelo barato de ida y vuelta a Marrakech. Aún recuerdo la sensación de susto en Barajas antes de entrar al avión y los primeros momentos por allí. Incluso me preguntaba ¿Quién me manda meterme en esto con lo tranquilo que estaría en mi casa? Una semana más tarde la pregunta había cambiado: ¿Por qué no lo hice antes?.

Ahora es una cosa la cual procuro que no pase demasiado tiempo sin hacer. También lo hago con gente, por supuesto, pero el viaje es diferente cuando uno va acompañado. Ojo, no digo mejor o peor, pero sí distinto. Viajar con familia, pareja o amigos es divertidisimo y obviamente lo hago también siempre que puedo.

Hay personas que no lo entienden muy bien. Me han llegado a preguntar si es que no tenía con quien irme y claro ahí te ries, dándote cuenta que no entienden el significado de un viaje solo. Porque realmente si buscas soledad, algo necesario para todos, la encuentras, pero en los hostel, airbnb,  en ciertos hospedajes o actividades, no sueles estar sólo si no quieres, más bien al revés.

Hay gente que tiene ese lugar que sueña con visitar pero por una razón u otra no encontró con quien hacerlo y lo fue posponiendo. Yo les acabo preguntando si no se animaron a hacerlo por ellos mismos, sin depender de nadie. Al fin y al cabo si quieres hacer algo de verdad, quizá encontraras compañeros por el camino que también lo hagan con la misma pasión. Ahí quedan pensativos pero sobre todo dubitativos.

Conozco a poca gente que se haya animado y al volver cuente una experiencia especialmente negativa o traumática. Los que no lo hicieron, creo que es por miedo, porque a la mayor parte le suele atrae la idea en principio. Lo que pasa que si no somos capaces de arrancar y darle espacio y oportunidad a la experiencia, jamás se disipará ese miedo que es realmente inútil y absurdo. Además, cuando lo haces te das cuenta del millón de cosas que te estabas perdiendo.

Cada uno tiene sus miedos o razones y nadie está obligado a hacer algo que no quiere. Se puede llegar a pensar que nos puede pasar algo malo o peligroso, que nos costará entendernos o manejarnos, que comeremos o cenaremos solos, que nos aburriremos o que nos costará demasiado conocer gente. ¡Qué va! Nada es tan terrible. Hay peligros o riesgos en todo, pero no deben aumentan por estar solo, al menos exponencialmente. Es más, la gente cuando vas solo, tiende a ayudarte más, lo puedo prometer. En cualquier caso, uno debe saber y documentarse sobre donde va adecuadamente y tomar las precauciones que estime. Pero para dar el paso, lo mejor es comprar un vuelo e irse sin pensarlo tanto, al menos por pocos unos días. No hace falta que sea lejos.

Viviras una de las experiencias más bonitas que uno puede tener en la vida, conocerás gente increíble, harás en cada momento lo que te apetezca, se generarán oportunidades para conocerte más a ti mismo y volverás de cada viaje un poco distinto. Sacaras la mejor versión de ti para encajar en las situaciones y con las personas y eso te hará sentir mejor persona, porque… ¡Lo estas siendo! Siempre pienso que a un viaje largo, que emprendes solo, se va una persona y vuelve otra. No es que cambies radicalmente, ni tampoco tu esencia, pero vuelves con aprendizajes que en cierta manera te transforman. Es decir, te marcan. Creo que nos hacen mejores, más tolerantes y respetuosos con la gente distinta y también con nosotros mismos. Viajar es el remedio mejor para la estrechez de mente, los prejuicios y la intolerancia. Viajar sana el cerebro y te permite entender las vidas y la vida.

Lo normal antes de irse solo, y yo llevo tiempo haciéndolo, son los nervios. En los primeros viajes más ligados al desconocimiento, ¿Cómo me irá?. Con el tiempo y la experiencia, los días previos uno tiene unos nervios como cuando es un crío y llega un momento muy esperado, como los reyes magos. ¡Esa emoción de antes del viaje es tan buena y energética!

El viaje además empieza antes de la fecha. Justo cuando compras el pasaje. Cuando comienzas a organizarlo y prepararlo, los días que te quedaras en uno u otro sitio y las actividades que pretendes llevar a cabo. Preparar el viaje y empezar a trazarlo, como un proyecto personal que tu haces a tu medida, solamente para ti. Por eso la preparación debe ser tan importante y mimada como el viaje. Luego puedes modificarlo… ¡No tienes que consultarle a nadie! Puedes quedarte en un lugar por más tiempo porque te gusto o irte antes.

El primero que hice lejos y largo por mi propia cuenta me llevó casi medio año de preparación. Eran 21 días en Cuba. Me empape de los lugares, de los hospedajes, de las actividades, los medios de transporte, de la historia. Por momentos parecía que había leído más sobre historia de aquella isla que de mi propio país. Después agradecí mucho todo eso por dos razones principalmente. Una porque cuando vas a un lugar y la gente se da cuenta de que te preocupaste por conocer su historia y su país todo es más fácil. Las conversaciones son más ricas y largas y creo que es la manera más honrada de ganarse el respeto de los locales. La otra es porque, con todo ese conocimiento que adquieres te capacita para amueblar los lugares que recorres. La cultura sirve para eso, pudiendo pasear virtualmente por épocas o momentos pasados.

Todo esto te permite conocer de verdad como es un país o región, cuando conoces a su gente y te sientes tranquilamente a hablar con ellos o a compartir unas cervezas sin que lo hagan porque tu pagas, sino porque realmente estan comodos y les apetece. Eso se nota y marca la diferencia. Para mi una de las mejores cosas es eso, las conversaciones con gente que lleva vidas distintas, que mira el mundo de otra manera y que su realidad tiene poco que ver con la mía. Para eso no hace falta irse muy lejos la verdad. Hace falta acercarse a la gente, ya sea local o viajeros como tú, con la suficiente humildad y respeto.

Conocer la historia del país es genial, pero algo que te ayudará también mucho si no compartes lengua es aprender al menos algunas palabras. Que vean que te esfuerzas, con eso es suficiente. Aunque hagas el ridículo o te cueste entenderlo pero veras que finalmente te acabas apañando pese a las diferencias culturales y además es muy divertido hablar en un idioma que no controlas del todo o que sabes cuatro palabras. ¿Te imaginas enamorarte en otro idioma?

Otra cosa increíble es como uno aprovecha el tiempo a su antojo. En un día intenso viajando por ahí, te pasan tantas cosas como en dos semanas de la vida cotidiana. ¡El tiempo es tan relativo! Da igual la hora que sea, puedes irte, venir, comer, relajarte, leer, bailar… lo que quieras, en el sitio que quieras y en el momento que te salga de las narices. Darse eso a uno mismo viajando solo, es un placer enorme y es también aprender y apreciar el quererse. Recuerdo vuelos internos u otros tipos de transporte donde aprovechaba para dormir, porque no encontraba hueco en otros momentos. La sensación de ser un nómada es muy divertida. De repente estás tomando cerveza por la noche con tus amigos de hostel y sabes que en un rato cogeras un vuelo sin ir a dormir para amanecer en otra ciudad.

Olvidar el móvil por unos días es genial. O al menos mientras que no estés en un hotel conectado a una red Wi-Fi. Eso te servirá para conectar más con el lugar  y la gente que visitas. Cualquier sitio o situación es buena para hacer nuevas amistades. Estamos atontados con el teléfono, yo el primero. ¿Ratos muertos o de relax? Qué mejor que la guia del lugar, un libro o escuchar música. El móvil nos roba vida, y en un viaje es intolerable que nos robe demasiada.

Son dos viajes. Digamos que se hacen dos viajes, uno por el destino que visitas y el otro por uno mismo. Un viaje interior, que no es menos importante que el primero. Ese es el viaje que te cambia. Se gana en perspectiva, debido a la distancia y te ayuda a relativizar todo. Ese ahí donde tu solo, al ponerte a caminar fuera de tu zona de control o confort aumentas tu autoconocimiento y tus útiles vitales. Donde sanamente enfrentas tus fantasmas y abrazas a tus bondades y virtudes y las desarrollas un poquito más cada vez. Ganas en confianza para el próximo viaje o reto y descubres herramientas que ni sospechabas tener, pero te hicieron falta en algún momento y como estabas solo, las tuviste que poner en práctica por necesidad vital. La necesidad es la antesala del cambio.

En este segundo viaje, hay algo que es especialmente hermoso y te llena, o al menos a mi. Conocer cierto tipo de gente con la que compartes unos días o experiencias y se crea un vínculo especial. No siempre sucede, pero cuando ocurre, es pura magia. Viajando todo se vive más intensamente y solo, aún más. Es muy instructivo ver cómo se lo montan algunos sin tener mucho dinero. Personas que están meses de pais en pais. ¡Qúe vidas más increíbles lleva la gente! Poder beber de las hazañas de todos estos viajeros es un auténtico privilegio que por nada hay que perderse. Así entendí que hay tantas maneras de vivir, ¡Que me gustaría poder vivirlas todas!. De repente te das cuenta que tu círculo de amigos a aumentado y que ahora los tienes dispersos por el globo entero. Y que igual te deben una visita a su ciudad, o tu les debes una visita en la tuya. Entonces entras en ese círculo tan bonito, donde no hay destino, sino camino. Por que lo importante, en el viaje y en la vida, es el camino, todo cuanto te encuentras, proyectas y desarrollas en el.

Por todo esto y mil cosas más viajo solo, y sobre todo le recomiendo a todo el mundo que lo haga, al menos una vez en la vida. Invertir en viajar es lo que te hará sentir realmente rico y vivo. Nos ayuda a conocernos y hacernos, a madurar, a disfrutar de nosotros y de los demás con mayor equilibrio. Un paseo, un buen vino, un buen libro, un abrazo, una puesta de sol, una buena conversación, exprimir cada noche y cada día, hablar con desconocidos, comer cosas que no conocías, tomar caminos distintos, perderte y encontrarte, bailar, hablar en otras lenguas o hacer el ridículo y reirte de ti mismo, un reencuentro o una despedida… por estas cosas la vida tiene mucho más sentido. Sentir en todo tu ser la libertad de elegir, de ser el protagonista de tu camino no tiene precio. El mundo se hace más pequeño. La libertad de atreverte a pensar tu vida y como quieres llevarla inspirado en las mil vidas distintas que descubres. Agarrar eso es casi tocar la plenitud. Es tocar la gloria. Perder certezas y ganar en seguridad. Una vez que lo sientas, no podrás parar. Todo esto y mucho más, es viajar solo para mí. ¿Y para ti, o aún no lo sabes?

 
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Publicado por en 18 marzo, 2019 en Viaje, Vivencias

 

Camino a la estación

El semáforo se cerró para los peatones en el momento que llegaba al paso de cebra. Después de caminar toda la avenida, dejando a su espalda el centro de la capital, notaba las piernas cansadas. En un rato comenzaría a anochecer en la ciudad, pero para cuando la luz del sol desapareciese totalmente estaría alejándose de allí a toda velocidad. Al otro lado de la carretera la Estación Belorussky. Una pareja se paró a su izquierda, después un señor de mediana edad y otras dos chicas jóvenes. Todos absortos y absorbidos de cuerpo y alma por el móvil, a excepción del señor que estaba con unos cascos puestos escuchando música o la radio, quién sabe. Solventando las exigencias de esos aparatos que a menudo nos piden más que nos dan, era perfectamente factible observarlo sin que se diesen cuenta. Parecían no estar ahí. Entonces llegó andando despacio y con mucho trabajo una señora mayor. Totalmente vestida de negro desde los pies, incluido el pañuelo que le cubría la cabeza, portaba una especie de bulto andrajoso de tela hecho a mano y lleno de remiendos con lo que parecían ser sus pertenencias. Era muy mayor, pero pese a su cuerpo curvado y su cara arrugada era capaz de sostenerse y sostener su equipaje. La mirada parecía perdida en la nada. Como los demás, paró en el paso de peatones a esperar. No podía dejar de mirarla.

De repente pasaron dos coches de alta gama acelerando de forma ruidosa que lo despistaron de su observación. Dos críos de mierda, concluyó con desprecio en su autodiálogo. Volvió la cara hacia la señora, que parecía no haberse inmutado. Invisible a todo cuanto estaba a su alrededor. Igual que los que estaban con los móviles, pero evidentemente por motivos muy diferentes. Sintiendo desesperanza y tristeza por aquella mujer. Preguntarle si necesitaba ayuda con sus posesiones parecía ser una buena idea. En cuanto se abriera el semáforo lo haría. Empezaron entonces a abalanzarse decenas de preguntas sobre aquella persona anciana a la que no podía quitar el ojo de encima. Las preguntas se podrían resumir quizá en una o dos. ¿Qué pensaría ella de este mundo donde entre otras estupideces y excentricidades estaban esos chicos que ni siquiera la miraban o la ofrecían su ayuda, o de los que se paseaban la ciudad arriba y abajo con su coche millonario haciendo ruido y su sonrisa prepotentemente estúpida, después de una vida de lucha por sobrevivir, por el pan y la ropa, las guerras y el colapso de lo que fue su país durante setenta años? ¿Cuánto había cambiado ya no el país, sino el significado de la vida? El semáforo se abrió y en ese momento entendió lo evidente. La realidad de la vida siempre se impone, esas son las reglas: siempre hay unas reglas. No podía. No podía dirigirse a ella porque seguramente aquella viejecita solo hablaría ruso y él apenas sabía decir hola y dar las gracias en aquella lengua. Y porque toda cobertura que pudiera hacerle con la bolsa para cruzar la carretera sería costosa y demasiado rara para ella sin un idioma común. Empezaron cruzando casi a la misma velocidad, pero al encarar el último y no corto tramo que quedaba hasta entrar a la estación, ella fue quedando atrás. Jamás pensó que con esa sensación de abandono se marcharía de Moscú en aquella visita que duró un largo pero intenso día.

 
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Publicado por en 18 febrero, 2019 en Narrativo, Viaje, Vivencias

 

Ítaca

Sus ojos ya estaban húmedos. Aún quedaban cuatro líneas y tuvo que hacer un esfuerzo para continuar sin que ninguna lágrima cayera de sus ojos. Termino de leer el poema como pudo y le devolvió el libro mientras le revelaba lo bueno que le parecía. Le costaba trabajo hablar y busco su abrazo, que lo necesitaba y quería, antes que de que ella viese como rompía a llorar. Prefería hacerlo entre sus brazos, aunque en ese momento no pudiera interpretar exactamente qué ocurría.

Comprendía el significado y los matices que todas esas líneas representaban para ella y sentía también muy hondo el motivo que para él tenían. Un sentimiento de intimidad se despertó desde bien adentro. Venían de dos mundos diferentes, de dos vidas distintas. Dos miradas diferentes pero que se identificaban en un mismo poema. Diferentes sueños a concretar, reflexiones y asunciones que les permitían navegar en una misma frecuencia a través de un territorio tan bonito como la literatura. A través de un puñado de palabras que proyectaban una galaxia entera de significados comunes.

Y se fue. Se fue como ya había hecho otras veces antes. En busca de la aventura, para vivir, para reflexionar sobre la libertad, para sentirse, para encontrar nuevos compañeros y buscar nuevas batallas. También para estar en soledad. Y bebió de todo lo que pudo con la mayor sed del mundo intentando hacer a su vez con la calma y la visión de la madurez. Beberlo todo es inevitable y natural de alguien que quiere entender mejor el mundo. Inevitable para alguien que quiere entender mejor su mundo. Bebió de todas las fuentes y arroyos. Con los ojos atentos, las orejas alerta, con libros entre las manos y con la cabeza bien abierta donde poder meter cualquier cosa sin necesidad de etiquetar. Dispuesto a tener menos certezas del todo y más seguridades de sí mismo. Dispuesto, claro, a dudar, a caer y a seguir. Dispuesto a vivir.

Recorrió el sendero de los sentidos. Lloro y rió de alegría por todo su cuerpo. Sintiendo la tristeza inevitable de algunos momentos. Reflexionó, disfruto de la soledad y se perdonó sus errores. Porque evidentemente sin errar no se aprende tan rápido. O quizá no se aprende nunca. Se habló con sinceridad y se miró irreverente hacia las imposiciones de fuera como un episodio natural en su vida. Intento mejorar en el arte de quererse y de cuidar a la gente que encontraba en el camino. Sintió el aprecio de los desconocidos cuando se acercaba con humildad. Y se sintió el rey del mundo siendo cada vez más consciente de su minúsculo tamaño. Porque ya lo sabía, pero comprobó una vez más que en lo pequeño está lo elemental y lo sustancial.

Hizo el mundo un poquito más pequeño otra vez y aumento perspectiva gracias a la distancia. Y respiró. Respiro felicidad y al hacerlo llenaba sus pulmones de libertad. Busco a su amiga la plenitud y su amigo gobierno de vida y no siempre los encontró con certezas. Pero sintió paz y también contradicciones y dudas. Y miró la luna desde ese lugar. Donde, por más que se lo preguntase, no entendía porque sentía esa atracción. Ese lugar tan terapéutico como es el mar.

Aprendió a volver, algo importante, porque también en eso consistía irse. Y supo entonces que pese a la distancia, Ítaca no solamente se estaba en su cabeza. Cada vez que se iba y a medida que caminaba percibía con mayor claridad que se estaba apoderando de su corazón.

 
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Publicado por en 7 mayo, 2018 en Abstracto, Amor, Viaje

 

Última llamada

Comenzó su marcha muy despacio, como si el conductor no tuviera prisa en marcharse de la estación. Él iba sentado en la dirección opuesta a la marcha del tren, pudiendo ver lo que iba dejando atrás. Miraba por la ventana y pocos metros después de arrancar, se dio cuenta de que ella aún estaba ahí fuera en el andén y no se había movido. En ese momento una suave sonrisa relajada empezó a dibujarse en la comisura derecha de su boca. Levantó la mano para despedirse y ella le devolvió el saludo. Tras unos segundos su figura se fue entrecortando entre las ventanas del tren y poco a poco ella fue desapareciendo en la lejanía.

Momentos después ya había cogido velocidad. Mientras seguía con su tranquila sonrisa en la cara, una sensación de relajación entremezclada con euforia se había apoderado de él. Sentía al respirar una energía que le cogía desde el estómago pasando por el pecho y le subía hasta la cabeza. Una sensación casi febril con la cual le parecía levitar. Pensó en ella… le sorprendió y agradó mucho que hubiera esperado unos pocos minutos para ver su partida. Estoica, elegantemente recta y guapísima. Por la posición de su cuerpo y la dulce expresión de su cara se veía a una mujer consciente de sí misma y de lo que le rodeaba.

Se preguntaba si la volvería a ver pronto, aunque en ese momento no era una pregunta, era un deseo. Que estúpido… pronto. La pregunta era si la volvería a ver, ni siquiera pronto o tarde. Si la volvería a ver y sentir como ese sucedáneo de fin de semana de menos de veinticuatro horas que habían compartido. Le costaba hacerse consciente de su estado mental a la vez que le invadía esa sensación cada vez que pensaba en ella. ¿Querría volver a verle? Por momentos estaba seguro de ello, pero realmente no sabía si eran pájaros únicamente de su cabeza.


No quería rehuir todo aquel laberinto de ideas, pensamientos y recuerdos que se agolpaban en su mente pero no era fácil colocarlo en ese momento. Es difícil a veces transformar los sentimientos en pensamientos. Es difícil a veces controlar los pensamientos que circulan locos por la cabeza, pensó, sobre todo si son tan atractivamente intensos. A menudo no era normal que eso le pasara a él, pero lo que había vivido durante unas horas le había descolocado demasiado, mejor dicho: colocado. Pensar esa palabra le hacía sonreír, incluso casi reír, mientras viajaba solo en aquel tren.

De repente se dio cuenta de que quería disfrutar de ese estado y decidió no hacerse más preguntas. Al menos no más preguntas que no tenían sentido en ese momento y que además no podía responder. Sacó el teléfono del bolsillo y se puso unos auriculares. Miro a través de la ventana; ya no estaba en aquella ciudad, aunque a ella aún podía sentirla muy cerca. Veía árboles y campo mientras el sol lentamente se disponía en el horizonte para iniciar el crepúsculo. El color naranja rojizo que lo bañaba hacía todavía más bonito aquel paisaje. Cogió el teléfono y busco una canción que tenía en la cabeza. Si, sonaba muy bien. Respiro hondo y tranquilo y regresó a aquella cama, a aquella piel y a aquellos ojos.

Aquella cama donde habían dormido algún rato esa noche. Donde sus cuerpos parecían conocerse y anhelar al otro. Sus manos recorrían su suave piel de manera automática como si tuvieran la ruta grabada… quién sabe dónde. Una piel clara que cubría su estilizada silueta. Lo hacía primero delicadamente y despacio para terminar haciéndolo fuerte y a modo de presa. Ahí donde sus alientos se aceleraban. Su boca estaba sedienta de sus labios, de su cuello y de todo su torso. Las pulsaciones subían. De repente le volvió el calor y aquella sensación y quiso regresar su pensamiento a la calma. A la calma de las miradas que hablan, de las sonrisas cómplices y las caricias lentas. A los besos tranquilos. A su gesto a veces cauto, callado con la mirada seria de mujer. De mujer lúcida en sus reflexiones interiores y silencios con algún rincón oscuro. Pero también a aquella sonrisa inocente y hermosa de una niña que él disfrutaba observando. Una sonrisa tan bonita, pensó, que parecía dar más luz que el sol de la mismísima ciudad de Sevilla.

 
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Publicado por en 25 marzo, 2018 en Amor, Narrativo, Viaje

 

Por Amor al Arte

Este fin de semana estuve en Sevilla de nuevo. Cuantas más veces estoy por la ciudad más me doy cuenta de lo que me gusta caminar y sentirla a cualquier hora del día. A parte del disfrute visual, de caminar, de beber y comer mucho y bien y visitar a la gente que tengo allí, es un lugar donde estoy a gusto y mi cuerpo me lo dice. Se me ocurren ideas e historias que escribir cuando la visito. Cuando en mi cabeza nace esa gana por escribir significa que ese lugar tiene algo especial para mí. No sé exactamente que será, pero algo hay por allí, que Sevilla me mueve por dentro y me toca. Por algo es mi ciudad favorita en España.

El sábado a primera hora de la mañana estuve en el Alcázar. Se agradece que fuera bien temprano para poder disfrutar esa fortaleza sin que esté lleno de guiris o japoneses haciendo fotos y uno, por no molestar tenga que moverse haciendo Tetris. El lugar es maravilloso y en ciertas estancias por su arquitectura mudéjar me recordó otro lugar igual o más impresionante: La Alhambra, especialmente cuando pasamos al patio de las doncellas.

Me acorde de la última de las tres veces que he visitado la Alhambra. Por las prisas tuve que comprar la entrada a última hora. Al comprar los tickets no puede hacerlo por la página web ya que estaban agotadas. Buscando por internet, encontré una web donde eran algo más caras y con visita guiada en grupo. La verdad que en un principio no era lo que más me apetecía ya que conocía el lugar, pero era la única alternativa que tenía.

Después de esperar un rato en la puerta nos repartieron los audífonos y dividieron los grupos para seguirlo en castellano e inglés. Para cada grupo se nos asignó un guía que se ponía un pequeño micrófono que como buenos corderitos debíamos seguir y escuchar. Por un lado, la idea no es mala, siempre viene bien que alguien que conozca aquello, y más en un lugar así, te explique el significado y te ubique temporalmente durante la visita, pero es cierto que, por otro, soy, a menudo, poco amigo de formar parte de rebaños.

No recuerdo su nombre, ya ha pasado un tiempo. Rondaría los cuarenta largos y aun podía adivinarse que había sido una mujer muy atractiva en su juventud, con seguro una horda hombres detrás de ella. Guapa y delgada, con mirada amable, aún conservaba su belleza, sobre todo en su forma de andar y hablar. También en su cara. Hay ciertos tipos de actitudes que hacen que una mujer envejezca bella. Al final, la cara es el puro espejo del alma. Pero todo esto y mucho más que podría decir sobre las tres horas que pudimos compartir, es ridículo comparado con los conocimientos que tenía de La Alhambra.

Desde que empezamos la visita hasta que terminamos descubrimos un montón de información gracias a ella. Pero lo mejor no era eso, tampoco. La manera y la emoción con las que entraba en cada palacio, jardín o estancia y contaba historias sobre aquel complejo enfrentado al Albaicín y al Sacromonte era increíble. Lo hacía además con una voz dulce y con ese acento embelesador granadino que era un placer para los oídos. Se movía ligera saludando por su nombre a todo el mundo, que parecían encantados de verla.

Nos explicó, entre otras muchas cosas, como, realmente la Alhambra habla a los que la recorren si saben interpretarla. Lo hacía con un tono amable y bromeando a cada rato, parecía divertirse ella sola y estaba encantada de estar allí. Los que intentábamos ir cerca de ella, cuando hubo ocasión le cosimos a preguntas, sobre todo curiosidades. Siempre sabia explicar perfecto cualquier duda y también contar una anécdota al respecto. Quizá es la mejor guía que haya tenido. Creo. Hubo un momento que alguien le pregunto, si no cansaba hacer el mismo recorrido cada día. En ese momento, ella esbozó una pequeña sonrisa, entre picara y seductora, como si le agradara contestar a eso. Después, sin alterarse lo más mínimo en la forma y en el tono, le contesto con otra pregunta. ¿Como me voy a cansar de estar aquí? Esto es un privilegio, poder caminar cada día entre estas paredes y entre estos palacios… Estoy enamorada de Granada y aún más de la Alhambra. Y realmente, lo que decía era totalmente cierto. Estaba orgullosa. Feliz, como muchacha enamorada que no camina, sino que levita por cada rincón cantando de felicidad y sonriéndole a cada esquina.

Justo ahí, uno se queda pensando mientras se le dibuja una sonrisa en la boca. Primero, reconozco que tuve envidia de ella. Después me di cuenta que tuve envidia del trabajo que tenía. Pero finalmente me di cuenta de que el secreto del éxito, en general, es estar enamorado de lo que uno hace, aunque lo haga cada uno de los días de su vida. Aunque hay que reconocer, que recorrer aquel lugar y morar en Granada, ayuda mucho a vivir enamorado.

 
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Publicado por en 22 enero, 2018 en Amor, Reseñas, Viaje, Vivencias

 

Colombia, el peligro es no querer marcharse

Aunque mi vuelo era directo a Bogotá los amigos de Iberia me hicieron cambiar de avión por overbooking. Al menos no me quedé en tierra, que era la último que quería ese sábado. Tras hacer una larga escala en Lima, llegue a mi destino ya pasada la medianoche, y con mi mochila aún en Madrid por si lo de llegar 8 horas después no fuera suficiente. Iberia siempre se supera. Suerte que a la noche siguiente llegó mi equipaje a Colombia. No me gustaba la idea de llegar tan tarde a Bogotá, pero no había más opciones. Después de hacer el papeleo de la maleta perdida cogí un taxi y fui directo al hostel.

La primera mañana en la ciudad hice un tour y recorrimos el barrio de la Candelaria. Es el centro histórico de Bogotá, donde está el Museo del Oro, el Museo de Botero, varias catedrales, edificios gubernamentales, Monserrate etc. La zona es muy bonita sobre todo si te gusta el estilo colonial con aspecto desgastado. Con precaución uno puede andar solo en la Candelaria por el día, incluso por la noche, siempre y cuando no de papaya y mire bien porque calles se mete. En el tour con la gente de Beyond Colombia pudimos recorrer no solo las calles, sino la historia del país. Los chicos del tour tenían muchísimo conocimiento y nos ayudaron con todas nuestras preguntas. La de Colombia es una historia de una violencia fundacional increíble, sobre todo en los años 80 y principios de los 90. Por suerte hoy en día ya no es así. En la plaza de Bolívar terminamos el tour, junto al famoso Palacio de Justicia y demás edificios públicos e iglesias. El mismo que Pablo Escobar mandó quemar con ayuda del M-19, donde fueron asesinados varios magistrados en 1985. Realmente la historia del país es… sencillamente salvaje. Bien verraca, como dicen allí. Ni siquiera los historiadores y la gente autóctona saben algunas cuestiones a ciencia cierta a día de hoy. Por la tarde fui a comprar algo de ropa, ya que no tenía mi mochila y antes de anochecer me subí a Monserrate para ver la puesta del sol. Es un lugar espectacular para ver la ciudad desde bien arriba. A la noche unas cervezas en la plazoleta Chorro de Quevedo escuchando a algún tertuliano callejero entre el olor a marihuana y a dormir al Hostel… era guapo y cutre, que es como debe ser un buen hostel, aparte de acogedor. Quizá tenía más días de visita, pero para mí era suficiente, me iba con buena impresión de la capital. Es una ciudad desordenada y caótica y su clima es bastante más fresquito que el resto del país debido a su altitud, pero merece la pena ser visitada al menos un par de días.

El siguiente destino era San Andrés y Providencia. Dos pequeñas islas enfrentadas a Nicaragua, pero que pertenecen a Colombia. Hablan en criollo, aparte del castellano y se sienten un poco menos colombianos. A nivel de playas para hacer snorkel y paisajísticamente es brutal, especialmente Providencia. Es muy tranquila y la zona interior de la isla tiene una montaña y es muy selvática. Días de relajación con gente acogedora. Una moto es perfecta para recorrer las Islas. Con decir que sabes manejar, no te piden ni el carnet. Conocí a un par de parejas españolas y una de las chicas era colombiana. Nos cruzamos varias veces en la isla, ya que no era muy grande…

Una de las noches estuvimos bebiendo birra y hablando sobre el país… fue interesante y divertido. La chica colombiana estuvo contando un montón de cosas de allí. Tras no sé cuántas cervezas y varias horas (para que mirar el reloj), llegábamos a la conclusión de lo mal repartida que esta la riqueza. La verdad que no solo en Colombia, sino en toda América Latina y eso es una pena. Duele que un continente tan rico, con una gente de tan buena fe esté tan mal repartido. Sobre todo, porque la desigualdad genera una violencia que degrada los países. En San Andrés estuve menos tiempo. Es algo más grande que la otra isla e igual de cara, pero esta hasta arriba de gente, demasiado turística. Para salir de fiesta por la noche tiene movimiento.

La próxima parada, y por poco tiempo fue Medellín: territorio paisa. Visite la zona centro muy por encima ya que se hizo de noche rápido. Al anochecer fui el pueblito paisa: un sitio chulo y con buenas vistas. La ciudad es más moderna y funciona mejor que la capital. Es bonita, todo lo bonita que puede ser una ciudad. Rodeada de montaña verde, uno tiene muchísimas cosas que hacer. Mucha gente de allí dice que debería ser la capital. Tuve la suerte de conocer a una chica colombiana en el vuelo y quedé en la noche con ella y unas amigas. Me llevaron a una zona donde va la gente local a cenar y a tomar, al barrio San Juan. Era un barrio tranquilo y aunque me toco esperarlas un rato en la calle, mereció la pena. Comimos bien: mucha calidad y muy barato y después tomamos unas micheladas, que no es más que cerveza con jugo de limón recién exprimido y el vaso rodeado de sal. Estábamos en una terraza y a media noche empezaron a tirar petardos y fuegos artificiales como si no hubiera un mañana. Era la alborada, porque entraba el 1 de diciembre y estaban celebrando el inicio de la Navidad. Es curioso la historia de esta tradición. Por lo que he podido investigar y lo que me contó la gente de allí, viene porque en esta fecha los narcotraficantes y paramilitares repartían pólvora entre la gente para quemarla y disparaban al aire para celebrar el aniversario de la muerte de Pablo Escobar, que fue un 2 de diciembre. Después la gente se quedó con eso, y ahora es una tradición para dar la entrada de la Navidad. En toda Colombia, pero aún más en Medellín todo tiene conexiones con el narcotráfico. No se puede entender Medellín ni la misma Colombia, sin su “Robin Hood” paisa y el tráfico de cocaína.

Estando en Medellín, es buena idea acercarse a ver la zona de Guatapé y subir a la Piedra del Peñón. Te toma algo más de medio día, pero merece la pena. Los pueblos son muy bonitos y las vistas desde el peñón son espectaculares, parecen de película. Lo mejor que tiene Sudamérica, sin duda, a parte de la naturaleza brutal, son los pueblos y las zonas más rurales. La gente te acoge y caminas a cualquier hora por casi cualquier lugar tranquilo, sin miedo a que te roben o vayas a tener un rato desagradable. A la tarde ya de vuelta en Medellín, unas cervezas por la zona del poblado, donde me alojaba, eran lo justo para despedir la ciudad. Es un sitio super seguro también por la noche. Mucha marcha y demasiado extranjero. Salí con las amigas holandesas del hostel y nos lo pasamos muy bien. A medía noche taxi y para el aeropuerto. De madrugada salía mi avión a Bucaramanga.

Me contaron que Bucaramanga es una de las ciudades más seguras, bonitas y tranquilas del allí, pero no tenía ganas de comprobarlo. Donde estén los pueblos y las cosas pequeñas, que se quiten las megalópolis y las grandes masas. En las cosas pequeñas está lo más hermoso de la vida. Recién aterrice, taxi y para San Gil, la capital del deporte extremo en Colombia. Eran como tres horas y a mitad de camino, el taxista, que un minuto antes casi pilla un cordero, me sugirió parar para comernos uno, pero ya matado y cocinado. Paramos en una especie de bar de carretera que conocía. La verdad que nos pusimos finos y bastante barato. No tienen una gastronomía espectacular, sobre todo teniendo en cuenta que vengo de España, pero se come bien y bastante económico en general. Llegue a mi destino y rápido estaba dando vueltas y callejeando por el pueblecillo. Durante mi estancia de varios días allí hice un poco de todo: visité los pueblos de alrededor; increíble Barichara o las cascadas de Curití, conocí mucha gente, estuve bañándome en diferentes pozas donde hice amigos locales. El kayak en aguas bravas o cualquier otra actividad parecida es interesante.

El rollo de estos pueblecitos y zonas rurales me encanta por mil razones. Me quedaría allí a vivir sin mayor problema. Principalmente por la tranquilidad de la gente, del entorno y del ambiente y la vida que tienen. También por la sintonía con la naturaleza ¡Y por la cantidad y lo buena que esta la fruta! En San Gil tienen cada mañana un mercado enorme donde encuentras de todo, especialmente fruta. Tienen algunos puestos que por pocos pesos te preparan cada jugo y cada ensalada de frutas con cereales… Increíble. Los mejores desayunos del viaje, sin duda. Moverse entre los pueblos es sencillo y barato con las líneas de autobuses y si quieres adentrarte en zonas menos accesibles tienes agencias de aventura etc.

En cuanto a la vida nocturna, bastante entretenida. Una de las noches, que volvía de cenar hacia el hostel, me entretuve comprando una pulsera a un chico que las vendía en la calle. Resulta que me contó su historia; viajaba haciendo pulseras por Sudamérica. Al poco rato, estaba en la plaza del pueblo con una veintena de colegas suyos, unos vendían, otros tocaban algún instrumento y otros solamente viajaban. Fue curioso hablar con varios de ellos. Cada uno una historia y una vida distinta. Que vidas tiene la gente, ¡Cuantas opciones de vida hay! Conocí también a una niña gaditana que estaba con ellos. Estaba de visita hasta Navidades y lo pasamos genial. Intentamos arreglar el mundo, pero como es imposible, nos lo dejamos para otro día. Me emborraché con ellos y perdí la hora de vuelta a casa. Lo bueno de estar viajando es que esa hora no existe. Esa sensación de libertad y aventura de hacer en cada momento lo que la intuición te pide es muy grande. Con mucha pena y alguna contusión causada por el kayak, mi próximo destino era esa ciudad que al entrar al centro o al verla sobre el mapa, me recordó a Cádiz.

Uno puede pasearse virtualmente por épocas anteriores en esta ciudad muy fácilmente, algo que a mí me encanta hacer, sobre todo si has leído algo de historia del sitio. Es emocionante pasearse por aquel tiempo donde el imperio éramos nosotros y donde no se ponía el sol. Aquella ciudad fue uno de los puertos más importantes de comercio. Gran parte de la riqueza que entraba a España a Cádiz o Sevilla desde las américas, lo hacía desde aquí. Cartagena de Indias fue y es a día de hoy un punto estratégico que, aun con su excesivo turismo, merece ser la pena ser visitada. Ver el centro histórico rodeado por la muralla, cada callejón, su estética colonial tan colorida, las catedrales… todo. Yo no soy muy fan de las grandes ciudades, pero hay que reconocer que el centro histórico de Cartagena es tema aparte. También es tema aparte la humedad por toda la costa caribeña. Las playas cercanas son hermosas, especialmente en la península de Barú, pero deberían de cuidarlas mejor, en cuanto a limpieza y explotación turística. Tenía mis últimos días por la parte del caribe así que decidí subir hacia el norte. De paso por Barranquillas y llegar a Taganga, el pueblo de salida para el parque nacional Tayrona. El norte es un lugar más pobre, lleno de chabolas sobre todo en las afueras de los centros urbanos.

Santa Marta es la ciudad más antigua de Colombia, y para una mañana está bien. Desde la bahía se pueden visitar varias playas, el acuario y diferentes museos cogiendo una lancha. Pero lo mejor de aquella zona sin duda es el Parque Natural de Tayrona. Mi hostel estaba en Taganga y desde su pequeño puerto hacían salidas hacia el parque natural. El viaje es… curioso. Lo hice con más gente en una pequeña embarcación con un motorcillo de Yamaha y varias garrafas de gasolina que lo alimentaban. Todo muy rustico. La manejaba con mucha destreza nuestro capitán: Pirulo. A mitad de camino y en medio del mar, se quedaron un par de pescadores arpón en mano que venían con nosotros. Ningún viaje aquí se desaprovecha, y en barca tampoco. A la vuelta los recogimos con su botín. Las playas son espectaculares y si uno se encamina hacia adentro debe tener cuidado, la humedad hace que la sensación de cansancio te agote. Hay otras opciones de entrada al parque por tierra por diferentes caminos y carreteras y luego de recorrerlo a caballo etc. Mi tiempo llegaba a su fin y debía volver a Cartagena para coger el avión. Todo lo bueno se acaba, pero como dijo el gran escritor colombiano García Márquez: “No llores porque ya se terminó, sonríe porque sucedió”.

Con muchas cosas en el tintero, nuevas experiencias en la mochila y un poco de tristeza me metí en el avión. Colombia merece la pena verla por mucho más tiempo y yo me sentí muy bien allí, como siempre que voy a Sudamérica. No sé qué tiene, pero algo es. Muchos momentos estando allí son indescriptibles, increíblemente buenos y con una sensación de libertad y aventura brutal. Y claro, si hay aventura y batalla uno se siente muy joven. En tan solo dos semanas creo que hice un recorrido bastante completo, entre comillas, por el país. Se nota mucho la agilidad de viajar solo y conocí mucha gente de todo tipo otra vez. Tuve tiempo de leer, escribir y reflexionar mucho. La lectura, a parte de la guía del país, fue “El miedo a la libertad” de Erich Fromm, muy adecuado para un viaje en solitario y ser aún más consciente en la observación y la reflexión del entorno y de miz. A veces estaba leyendo y pensaba… ¡Joder lo han escrito para que yo lo lea en este momento! Ha sido un viaje realmente enriquecedor en lo personal, buscar la soledad en armonía es algo muy grande. Ayuda a crecer y madurar. Y todo eso a relativizar problemas, ya que si uno está a gusto consigo mismo, todo lo que ocurra en el viaje o en la vida, con un poco de flexibilidad mental, es bienvenido y tratado como reto u oportunidad.

 
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Publicado por en 10 enero, 2018 en Narrativo, Reseñas, Viaje, Vivencias

 

Cuba libre, Gracias

No es fácil escribir ni ordenar todo lo que me pasa por la cabeza de estas tres semanas espectaculares recorriendo la isla de Cuba. Creo que un buen comienzo sería diciendo gracias. Gracias por vuestros valores. Por ser, como ellos dicen (cosa que yo también pienso), nuestros hermanos. Porque realmente nos quieren. Ciertamente te sientes muy poco “Yuma” cuando estás por allí, te sientas a hablar con ellos, a comer, tomar una cerveza o dormir unas noches en su casa. No solo compartimos lengua, sino pasado y cultura. El castellano es nuestra patria común. Por supuesto no solo en Cuba, sino en toda Latinoamérica. Una patria común de quinientos millones de hispanohablantes.

Cada ciudad y pueblo del país con sus museos, en especial la Habana, permite viajar en el tiempo desde el siglo XV hasta hoy. Entender que fue España y que mereció la pena, con lo bueno y lo malo que allí llevamos. También entender porque son y porque somos, los españoles, como somos. Desde la época colonial, hasta el día de hoy, pasando por supuesto por la revolución que pese a todo vertebra gran parte de la identidad del país. Como mola ver en persona la estación de radio rebelde utilizado por el Che en el museo de la revolución. Las cosas están cambiando despacio, pero el pasado no se puede cambiar, creo. No estoy convencido de esto último, porque allí leí “1984” de Orwell. Y si, es posible que Colón tuviera razón, cuando llegó por primera vez ese 28 de Octubre a la isla: “La tierra más hermosa que ojos humanos hubieran visto”.

La Habana te deja, especialmente con sus antiguos coches americanos, trasladarte unos cuantos años atrás, algo más de medio siglo. Es la ciudad que lo tiene todo sin tener nada. Es pasear horas y horas por sus calles, sin más destino que perderse, tú y la ciudad, para que, en el momento menos pensado, te vuelvas a encontrar. Te vuelvas a encontrar contigo, con la habana y con una solidaria condición humana que conquista tu sonrisa. Cualquier cosa puede suceder, cualquier cosa puede existir, si estás listo para descubrirlo. Pocos lugares son tan contradictorios. Incluso… casi tan contradictorios como nosotros mismos. Un final del día mirando al Malecón desde la Fortaleza de San Marcos bebiendo Guarapo recién exprimido con un poco de ron es un regalo a los sentidos.

El lugar más alejado de mi casa donde me hospedado es Viñales. Unos 7.500 km. Quizá uno mis lugares favoritos de la isla. Un sitio con una naturaleza riquísima, rodeado de pozas y cuevas envueltas por los “mogotes” que rodean el valle. Perfecto para la bici y para hacer algo de escalada. Es curioso. Estando tan lejos, me he sentido tan bien como en mi casa, siendo parte de la familia. Eso es mejor que todo el valle entero. Solo se puede pagar con el mismo cariño y respeto hacia ellos. Gracias por acogerme, por cuidarme y hacer mi estancia allí aún mejor. El calor familiar es algo grande, no solo en Viñales.

También gracias por algo tan maravilloso que he podido hacer tantas veces. Hablar con la gente relajadamente, con espacio y tiempo, entre personas que quieren compartir, conocer y contarte. Esas conversaciones tan enriquecedoras con la gente local… Conversaciones que surgen en cualquier lugar y se demoran horas. Es un privilegio enorme haber podido compartir vida y opiniones con gente tan distinta en edades, pensamientos y modos de vida. Es aprender y entender de primera mano, sin que nadie te lo cuente. También con otros viajeros, sobre todo los que viajan de verdad, para vivirlo, no solo para verlo. Los que viajan para vivirse. Gracias por todas y cada una de esas conversaciones y momentos. Ya sean en español, en inglés (prometo mejorar), en italiano (prometo contestar una palabra en italiano) o en la lengua favorita de los guías turísticos cubanos: “Espanghis”.

Por la calma de Bahía de Cochinos y sus playas transparentes llenas de corales y peces, perfectas para hacer kilómetros en bici en busca de otro rincón más para hacer snorkel hasta que el sol se vaya. Por la primera derrota americana allí. Por los zumos de fruta bomba. Por los reencuentros y los nuevos encuentros allí y que se irían sucediendo en los diferentes destinos. Por aumentar, una vez más, mi gama de grises, algo que ocurre cada vez que uno viaja, con los ojos despiertos, el cerebro abierto y unos libros entre las manos. Eso hace entender mejor la vida y el lugar del mundo en el que vive. Por las horas de lectura, ¡Que placer tener tiempo para leer y para escribir!. ¡Que placer tener tiempo para vivir!.

También porque recordarme que esperar colas (Banco, CADECA o hasta en los baños), puede llegar a ser algo terapéutico. Aunque al principio no lo sientas. Es recordar algo que todos sabemos pero olvidamos cada día: que la vida está aquí y ahora, sin prisas. Con el que tenemos al lado, ayudando y sirviéndote de su ayuda. Como dice un buen conocido; la vida está en los ojos del otro, en la piel del otro. Esa es la conexión real y auténtica. El tacto y su placer, como dicen los chikos del maíz. Sentir la vida transcurrir tranquilamente, no hace falta mucho más.

Relajarse en la incertidumbre. Suena bien. En Cuba todo es posible, pero nunca sabrás cuándo ni cómo será. Como ellos dicen, “no es fácil”. En un país tan seguro como este, no existe la certeza tampoco. Aprender a vivir con ello es convivir con nuestra naturaleza. No es un lugar para ir con prisas y eso es de agradecer.

Por permitirme viajar por los lugares más oscuros de mí y también los más amables. Por no dejarme huir. Por dejarme descubrirme. Por enfrentarme a mí mismo y permitirme pensar mi mundo y mi vida. Hacerlo desde la perspectiva real y tranquila que me permita ser feliz. Repensar tu vida y replantearte todo. Una buena respuesta; ¿Porque no? Increíble.

Por elegir cada momento para mí y disfrutarlo como si no existiera otra cosa en el mundo en ese instante. Saborear la vida como algo finito, pero sin agobios. Por dejarme llevar por otros también, decidido antes por mí, para descubrir otros caminos. Así es cuando todo es posible, hasta enamorarte en cada momento de la vida sintiéndolo por tu cuerpo y tu cabeza. Por la necesidad de reinventarse en cada momento como hacen los autóctonos. Vivir es un reinventarse diario. Por levantarte y pensar en el día como una aventura que tú vas a crear y cabe todo. Por sentirlo tanto, tanto como el aire fresco acariciándote la piel en las noches trinitarias. Ahí cambia el mundo, porque tu estas cambiándolo para ti. Joder, como mola.

Por dejarme descubrir que cuando vives, sobre todo con intensidad, entiendes que no hay tantos héroes omnipotentes y que los mitos, solo están existen en la mitología. A relativizar y a sospechar lo estúpido que es endiosar o odiar nada por muy desconocido o valorado que sea. Es mejor el respeto y la comprensión.

Por el sentimiento de volver a la única y verdadera patria: la infancia. Hacer y sentir cosas que te transportan al pasado debería ser algo obligatorio en nuestras vidas. Por sentir que valgo lo que valgo por como soy, por quien soy, sin importar nada lo que tengo. Porque yo ya lo sabía, pero en Cuba es más fácil sentirlo.

Por la luna llena de Trinidad que conecta personas. Por su puesta de sol desde la playa, algo espectacularmente bonito. Por poder tocar en el proyecto de banda callejera con la vida más corta de Trinidad. Por bailar el “Baby Girl” dentro de una cueva llena de ron. Por la cerveza bucanero y por la cristal, los mojitos, los cubalibres y la canchánchara. Porque la comida sabe a comida y la fruta sabe a fruta. Por esa naturaleza virgen que haga que media isla sea patrimonio. Que nunca lleguen allí los ladrillazos por favor. Por las risas y las sonrisas. Por como transcurre la vida allí.

Por ser un único país del continente Americano con cero niños durmiendo en la calle y sin desnutrición infantil. Por la sanidad y la educación, impensable antes. Todo esto tras un bloqueo de mas de medio siglo. Con luces y sombras. Es dignidad.

Por ser así, y porque los cambios sean progresivos. Al ritmo cubano. Como mucha gente quiere allí. No perder la identidad es importante. Sin identidad no somos nada. Por ser el verano del invierno.

Por todo esto y mil cosas más Gracias. Nos volveremos a ver. Hasta la victoria, siempre.

valleviñales

 
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Publicado por en 29 noviembre, 2016 en Abstracto, Amor, Historia, Viaje, Vivencias