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Ítaca

Sus ojos ya estaban húmedos. Aún quedaban cuatro líneas y tuvo que hacer un esfuerzo para continuar sin que ninguna lágrima cayera de sus ojos. Termino de leer el poema como pudo y le devolvió el libro mientras le revelaba lo bueno que le parecía. Le costaba trabajo hablar y busco su abrazo, que lo necesitaba y quería, antes que de que ella viese como rompía a llorar. Prefería hacerlo entre sus brazos, aunque en ese momento no pudiera interpretar exactamente qué ocurría.

Comprendía el significado y los matices que todas esas líneas representaban para ella y sentía también muy hondo el motivo que para él tenían. Un sentimiento de intimidad se despertó desde bien adentro. Venían de dos mundos diferentes, de dos vidas distintas. Dos miradas diferentes pero que se identificaban en un mismo poema. Diferentes sueños a concretar, reflexiones y asunciones que les permitían navegar en una misma frecuencia a través de un territorio tan bonito como la literatura. A través de un puñado de palabras que proyectaban una galaxia entera de significados comunes.

Y se fue. Se fue como ya había hecho otras veces antes. En busca de la aventura, para vivir, para reflexionar sobre la libertad, para sentirse, para encontrar nuevos compañeros y buscar nuevas batallas. También para estar en soledad. Y bebió de todo lo que pudo con la mayor sed del mundo intentando hacer a su vez con la calma y la visión de la madurez. Beberlo todo es inevitable y natural de alguien que quiere entender mejor el mundo. Inevitable para alguien que quiere entender mejor su mundo. Bebió de todas las fuentes y arroyos. Con los ojos atentos, las orejas alerta, con libros entre las manos y con la cabeza bien abierta donde poder meter cualquier cosa sin necesidad de etiquetar. Dispuesto a tener menos certezas del todo y más seguridades de sí mismo. Dispuesto, claro, a dudar, a caer y a seguir. Dispuesto a vivir.

Recorrió el sendero de los sentidos. Lloro y rió de alegría por todo su cuerpo. Sintiendo la tristeza inevitable de algunos momentos. Reflexionó, disfruto de la soledad y se perdonó sus errores. Porque evidentemente sin errar no se aprende tan rápido. O quizá no se aprende nunca. Se habló con sinceridad y se miró irreverente hacia las imposiciones de fuera como un episodio natural en su vida. Intento mejorar en el arte de quererse y de cuidar a la gente que encontraba en el camino. Sintió el aprecio de los desconocidos cuando se acercaba con humildad. Y se sintió el rey del mundo siendo cada vez más consciente de su minúsculo tamaño. Porque ya lo sabía, pero comprobó una vez más que en lo pequeño está lo elemental y lo sustancial.

Hizo el mundo un poquito más pequeño otra vez y aumento perspectiva gracias a la distancia. Y respiró. Respiro felicidad y al hacerlo llenaba sus pulmones de libertad. Busco a su amiga la plenitud y su amigo gobierno de vida y no siempre los encontró con certezas. Pero sintió paz y también contradicciones y dudas. Y miró la luna desde ese lugar. Donde, por más que se lo preguntase, no entendía porque sentía esa atracción. Ese lugar tan terapéutico como es el mar.

Aprendió a volver, algo importante, porque también en eso consistía irse. Y supo entonces que pese a la distancia, Ítaca no solamente se estaba en su cabeza. Cada vez que se iba y a medida que caminaba percibía con mayor claridad que se estaba apoderando de su corazón.

 
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Publicado por en 7 mayo, 2018 en Abstracto, Amor, Viaje

 

Última llamada

Comenzó su marcha muy despacio, como si el conductor no tuviera prisa en marcharse de la estación. Él iba sentado en la dirección opuesta a la marcha del tren, pudiendo ver lo que iba dejando atrás. Miraba por la ventana y pocos metros después de arrancar, se dio cuenta de que ella aún estaba ahí fuera en el andén y no se había movido. En ese momento una suave sonrisa relajada empezó a dibujarse en la comisura derecha de su boca. Levantó la mano para despedirse y ella le devolvió el saludo. Tras unos segundos su figura se fue entrecortando entre las ventanas del tren y poco a poco ella fue desapareciendo en la lejanía.

Momentos después ya había cogido velocidad. Mientras seguía con su tranquila sonrisa en la cara, una sensación de relajación entremezclada con euforia se había apoderado de él. Sentía al respirar una energía que le cogía desde el estómago pasando por el pecho y le subía hasta la cabeza. Una sensación casi febril con la cual le parecía levitar. Pensó en ella… le sorprendió y agradó mucho que hubiera esperado unos pocos minutos para ver su partida. Estoica, elegantemente recta y guapísima. Por la posición de su cuerpo y la dulce expresión de su cara se veía a una mujer consciente de sí misma y de lo que le rodeaba.

Se preguntaba si la volvería a ver pronto, aunque en ese momento no era una pregunta, era un deseo. Que estúpido… pronto. La pregunta era si la volvería a ver, ni siquiera pronto o tarde. Si la volvería a ver y sentir como ese sucedáneo de fin de semana de menos de veinticuatro horas que habían compartido. Le costaba hacerse consciente de su estado mental a la vez que le invadía esa sensación cada vez que pensaba en ella. ¿Querría volver a verle? Por momentos estaba seguro de ello, pero realmente no sabía si eran pájaros únicamente de su cabeza.


No quería rehuir todo aquel laberinto de ideas, pensamientos y recuerdos que se agolpaban en su mente pero no era fácil colocarlo en ese momento. Es difícil a veces transformar los sentimientos en pensamientos. Es difícil a veces controlar los pensamientos que circulan locos por la cabeza, pensó, sobre todo si son tan atractivamente intensos. A menudo no era normal que eso le pasara a él, pero lo que había vivido durante unas horas le había descolocado demasiado, mejor dicho: colocado. Pensar esa palabra le hacía sonreír, incluso casi reír, mientras viajaba solo en aquel tren.

De repente se dio cuenta de que quería disfrutar de ese estado y decidió no hacerse más preguntas. Al menos no más preguntas que no tenían sentido en ese momento y que además no podía responder. Sacó el teléfono del bolsillo y se puso unos auriculares. Miro a través de la ventana; ya no estaba en aquella ciudad, aunque a ella aún podía sentirla muy cerca. Veía árboles y campo mientras el sol lentamente se disponía en el horizonte para iniciar el crepúsculo. El color naranja rojizo que lo bañaba hacía todavía más bonito aquel paisaje. Cogió el teléfono y busco una canción que tenía en la cabeza. Si, sonaba muy bien. Respiro hondo y tranquilo y regresó a aquella cama, a aquella piel y a aquellos ojos.

Aquella cama donde habían dormido algún rato esa noche. Donde sus cuerpos parecían conocerse y anhelar al otro. Sus manos recorrían su suave piel de manera automática como si tuvieran la ruta grabada… quién sabe dónde. Una piel clara que cubría su estilizada silueta. Lo hacía primero delicadamente y despacio para terminar haciéndolo fuerte y a modo de presa. Ahí donde sus alientos se aceleraban. Su boca estaba sedienta de sus labios, de su cuello y de todo su torso. Las pulsaciones subían. De repente le volvió el calor y aquella sensación y quiso regresar su pensamiento a la calma. A la calma de las miradas que hablan, de las sonrisas cómplices y las caricias lentas. A los besos tranquilos. A su gesto a veces cauto, callado con la mirada seria de mujer. De mujer lúcida en sus reflexiones interiores y silencios con algún rincón oscuro. Pero también a aquella sonrisa inocente y hermosa de una niña que él disfrutaba observando. Una sonrisa tan bonita, pensó, que parecía dar más luz que el sol de la mismísima ciudad de Sevilla.

 
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Publicado por en 25 marzo, 2018 en Amor, Narrativo, Viaje

 

Por Amor al Arte

Este fin de semana estuve en Sevilla de nuevo. Cuantas más veces estoy por la ciudad más me doy cuenta de lo que me gusta caminar y sentirla a cualquier hora del día. A parte del disfrute visual, de caminar, de beber y comer mucho y bien y visitar a la gente que tengo allí, es un lugar donde estoy a gusto y mi cuerpo me lo dice. Se me ocurren ideas e historias que escribir cuando la visito. Cuando en mi cabeza nace esa gana por escribir significa que ese lugar tiene algo especial para mí. No sé exactamente que será, pero algo hay por allí, que Sevilla me mueve por dentro y me toca. Por algo es mi ciudad favorita en España.

El sábado a primera hora de la mañana estuve en el Alcázar. Se agradece que fuera bien temprano para poder disfrutar esa fortaleza sin que esté lleno de guiris o japoneses haciendo fotos y uno, por no molestar tenga que moverse haciendo Tetris. El lugar es maravilloso y en ciertas estancias por su arquitectura mudéjar me recordó otro lugar igual o más impresionante: La Alhambra, especialmente cuando pasamos al patio de las doncellas.

Me acorde de la última de las tres veces que he visitado la Alhambra. Por las prisas tuve que comprar la entrada a última hora. Al comprar los tickets no puede hacerlo por la página web ya que estaban agotadas. Buscando por internet, encontré una web donde eran algo más caras y con visita guiada en grupo. La verdad que en un principio no era lo que más me apetecía ya que conocía el lugar, pero era la única alternativa que tenía.

Después de esperar un rato en la puerta nos repartieron los audífonos y dividieron los grupos para seguirlo en castellano e inglés. Para cada grupo se nos asignó un guía que se ponía un pequeño micrófono que como buenos corderitos debíamos seguir y escuchar. Por un lado, la idea no es mala, siempre viene bien que alguien que conozca aquello, y más en un lugar así, te explique el significado y te ubique temporalmente durante la visita, pero es cierto que, por otro, soy, a menudo, poco amigo de formar parte de rebaños.

No recuerdo su nombre, ya ha pasado un tiempo. Rondaría los cuarenta largos y aun podía adivinarse que había sido una mujer muy atractiva en su juventud, con seguro una horda hombres detrás de ella. Guapa y delgada, con mirada amable, aún conservaba su belleza, sobre todo en su forma de andar y hablar. También en su cara. Hay ciertos tipos de actitudes que hacen que una mujer envejezca bella. Al final, la cara es el puro espejo del alma. Pero todo esto y mucho más que podría decir sobre las tres horas que pudimos compartir, es ridículo comparado con los conocimientos que tenía de La Alhambra.

Desde que empezamos la visita hasta que terminamos descubrimos un montón de información gracias a ella. Pero lo mejor no era eso, tampoco. La manera y la emoción con las que entraba en cada palacio, jardín o estancia y contaba historias sobre aquel complejo enfrentado al Albaicín y al Sacromonte era increíble. Lo hacía además con una voz dulce y con ese acento embelesador granadino que era un placer para los oídos. Se movía ligera saludando por su nombre a todo el mundo, que parecían encantados de verla.

Nos explicó, entre otras muchas cosas, como, realmente la Alhambra habla a los que la recorren si saben interpretarla. Lo hacía con un tono amable y bromeando a cada rato, parecía divertirse ella sola y estaba encantada de estar allí. Los que intentábamos ir cerca de ella, cuando hubo ocasión le cosimos a preguntas, sobre todo curiosidades. Siempre sabia explicar perfecto cualquier duda y también contar una anécdota al respecto. Quizá es la mejor guía que haya tenido. Creo. Hubo un momento que alguien le pregunto, si no cansaba hacer el mismo recorrido cada día. En ese momento, ella esbozó una pequeña sonrisa, entre picara y seductora, como si le agradara contestar a eso. Después, sin alterarse lo más mínimo en la forma y en el tono, le contesto con otra pregunta. ¿Como me voy a cansar de estar aquí? Esto es un privilegio, poder caminar cada día entre estas paredes y entre estos palacios… Estoy enamorada de Granada y aún más de la Alhambra. Y realmente, lo que decía era totalmente cierto. Estaba orgullosa. Feliz, como muchacha enamorada que no camina, sino que levita por cada rincón cantando de felicidad y sonriéndole a cada esquina.

Justo ahí, uno se queda pensando mientras se le dibuja una sonrisa en la boca. Primero, reconozco que tuve envidia de ella. Después me di cuenta que tuve envidia del trabajo que tenía. Pero finalmente me di cuenta de que el secreto del éxito, en general, es estar enamorado de lo que uno hace, aunque lo haga cada uno de los días de su vida. Aunque hay que reconocer, que recorrer aquel lugar y morar en Granada, ayuda mucho a vivir enamorado.

 
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Publicado por en 22 enero, 2018 en Amor, Reseñas, Viaje, Vivencias

 

Colombia, el peligro es no querer marcharse

Aunque mi vuelo era directo a Bogotá los amigos de Iberia me hicieron cambiar de avión por overbooking. Al menos no me quedé en tierra, que era la último que quería ese sábado. Tras hacer una larga escala en Lima, llegue a mi destino ya pasada la medianoche, y con mi mochila aún en Madrid por si lo de llegar 8 horas después no fuera suficiente. Iberia siempre se supera. Suerte que a la noche siguiente llegó mi equipaje a Colombia. No me gustaba la idea de llegar tan tarde a Bogotá, pero no había más opciones. Después de hacer el papeleo de la maleta perdida cogí un taxi y fui directo al hostel.

La primera mañana en la ciudad hice un tour y recorrimos el barrio de la Candelaria. Es el centro histórico de Bogotá, donde está el Museo del Oro, el Museo de Botero, varias catedrales, edificios gubernamentales, Monserrate etc. La zona es muy bonita sobre todo si te gusta el estilo colonial con aspecto desgastado. Con precaución uno puede andar solo en la Candelaria por el día, incluso por la noche, siempre y cuando no de papaya y mire bien porque calles se mete. En el tour con la gente de Beyond Colombia pudimos recorrer no solo las calles, sino la historia del país. Los chicos del tour tenían muchísimo conocimiento y nos ayudaron con todas nuestras preguntas. La de Colombia es una historia de una violencia fundacional increíble, sobre todo en los años 80 y principios de los 90. Por suerte hoy en día ya no es así. En la plaza de Bolívar terminamos el tour, junto al famoso Palacio de Justicia y demás edificios públicos e iglesias. El mismo que Pablo Escobar mandó quemar con ayuda del M-19, donde fueron asesinados varios magistrados en 1985. Realmente la historia del país es… sencillamente salvaje. Bien verraca, como dicen allí. Ni siquiera los historiadores y la gente autóctona saben algunas cuestiones a ciencia cierta a día de hoy. Por la tarde fui a comprar algo de ropa, ya que no tenía mi mochila y antes de anochecer me subí a Monserrate para ver la puesta del sol. Es un lugar espectacular para ver la ciudad desde bien arriba. A la noche unas cervezas en la plazoleta Chorro de Quevedo escuchando a algún tertuliano callejero entre el olor a marihuana y a dormir al Hostel… era guapo y cutre, que es como debe ser un buen hostel, aparte de acogedor. Quizá tenía más días de visita, pero para mí era suficiente, me iba con buena impresión de la capital. Es una ciudad desordenada y caótica y su clima es bastante más fresquito que el resto del país debido a su altitud, pero merece la pena ser visitada al menos un par de días.

El siguiente destino era San Andrés y Providencia. Dos pequeñas islas enfrentadas a Nicaragua, pero que pertenecen a Colombia. Hablan en criollo, aparte del castellano y se sienten un poco menos colombianos. A nivel de playas para hacer snorkel y paisajísticamente es brutal, especialmente Providencia. Es muy tranquila y la zona interior de la isla tiene una montaña y es muy selvática. Días de relajación con gente acogedora. Una moto es perfecta para recorrer las Islas. Con decir que sabes manejar, no te piden ni el carnet. Conocí a un par de parejas españolas y una de las chicas era colombiana. Nos cruzamos varias veces en la isla, ya que no era muy grande…

Una de las noches estuvimos bebiendo birra y hablando sobre el país… fue interesante y divertido. La chica colombiana estuvo contando un montón de cosas de allí. Tras no sé cuántas cervezas y varias horas (para que mirar el reloj), llegábamos a la conclusión de lo mal repartida que esta la riqueza. La verdad que no solo en Colombia, sino en toda América Latina y eso es una pena. Duele que un continente tan rico, con una gente de tan buena fe esté tan mal repartido. Sobre todo, porque la desigualdad genera una violencia que degrada los países. En San Andrés estuve menos tiempo. Es algo más grande que la otra isla e igual de cara, pero esta hasta arriba de gente, demasiado turística. Para salir de fiesta por la noche tiene movimiento.

La próxima parada, y por poco tiempo fue Medellín: territorio paisa. Visite la zona centro muy por encima ya que se hizo de noche rápido. Al anochecer fui el pueblito paisa: un sitio chulo y con buenas vistas. La ciudad es más moderna y funciona mejor que la capital. Es bonita, todo lo bonita que puede ser una ciudad. Rodeada de montaña verde, uno tiene muchísimas cosas que hacer. Mucha gente de allí dice que debería ser la capital. Tuve la suerte de conocer a una chica colombiana en el vuelo y quedé en la noche con ella y unas amigas. Me llevaron a una zona donde va la gente local a cenar y a tomar, al barrio San Juan. Era un barrio tranquilo y aunque me toco esperarlas un rato en la calle, mereció la pena. Comimos bien: mucha calidad y muy barato y después tomamos unas micheladas, que no es más que cerveza con jugo de limón recién exprimido y el vaso rodeado de sal. Estábamos en una terraza y a media noche empezaron a tirar petardos y fuegos artificiales como si no hubiera un mañana. Era la alborada, porque entraba el 1 de diciembre y estaban celebrando el inicio de la Navidad. Es curioso la historia de esta tradición. Por lo que he podido investigar y lo que me contó la gente de allí, viene porque en esta fecha los narcotraficantes y paramilitares repartían pólvora entre la gente para quemarla y disparaban al aire para celebrar el aniversario de la muerte de Pablo Escobar, que fue un 2 de diciembre. Después la gente se quedó con eso, y ahora es una tradición para dar la entrada de la Navidad. En toda Colombia, pero aún más en Medellín todo tiene conexiones con el narcotráfico. No se puede entender Medellín ni la misma Colombia, sin su “Robin Hood” paisa y el tráfico de cocaína.

Estando en Medellín, es buena idea acercarse a ver la zona de Guatapé y subir a la Piedra del Peñón. Te toma algo más de medio día, pero merece la pena. Los pueblos son muy bonitos y las vistas desde el peñón son espectaculares, parecen de película. Lo mejor que tiene Sudamérica, sin duda, a parte de la naturaleza brutal, son los pueblos y las zonas más rurales. La gente te acoge y caminas a cualquier hora por casi cualquier lugar tranquilo, sin miedo a que te roben o vayas a tener un rato desagradable. A la tarde ya de vuelta en Medellín, unas cervezas por la zona del poblado, donde me alojaba, eran lo justo para despedir la ciudad. Es un sitio super seguro también por la noche. Mucha marcha y demasiado extranjero. Salí con las amigas holandesas del hostel y nos lo pasamos muy bien. A medía noche taxi y para el aeropuerto. De madrugada salía mi avión a Bucaramanga.

Me contaron que Bucaramanga es una de las ciudades más seguras, bonitas y tranquilas del allí, pero no tenía ganas de comprobarlo. Donde estén los pueblos y las cosas pequeñas, que se quiten las megalópolis y las grandes masas. En las cosas pequeñas está lo más hermoso de la vida. Recién aterrice, taxi y para San Gil, la capital del deporte extremo en Colombia. Eran como tres horas y a mitad de camino, el taxista, que un minuto antes casi pilla un cordero, me sugirió parar para comernos uno, pero ya matado y cocinado. Paramos en una especie de bar de carretera que conocía. La verdad que nos pusimos finos y bastante barato. No tienen una gastronomía espectacular, sobre todo teniendo en cuenta que vengo de España, pero se come bien y bastante económico en general. Llegue a mi destino y rápido estaba dando vueltas y callejeando por el pueblecillo. Durante mi estancia de varios días allí hice un poco de todo: visité los pueblos de alrededor; increíble Barichara o las cascadas de Curití, conocí mucha gente, estuve bañándome en diferentes pozas donde hice amigos locales. El kayak en aguas bravas o cualquier otra actividad parecida es interesante.

El rollo de estos pueblecitos y zonas rurales me encanta por mil razones. Me quedaría allí a vivir sin mayor problema. Principalmente por la tranquilidad de la gente, del entorno y del ambiente y la vida que tienen. También por la sintonía con la naturaleza ¡Y por la cantidad y lo buena que esta la fruta! En San Gil tienen cada mañana un mercado enorme donde encuentras de todo, especialmente fruta. Tienen algunos puestos que por pocos pesos te preparan cada jugo y cada ensalada de frutas con cereales… Increíble. Los mejores desayunos del viaje, sin duda. Moverse entre los pueblos es sencillo y barato con las líneas de autobuses y si quieres adentrarte en zonas menos accesibles tienes agencias de aventura etc.

En cuanto a la vida nocturna, bastante entretenida. Una de las noches, que volvía de cenar hacia el hostel, me entretuve comprando una pulsera a un chico que las vendía en la calle. Resulta que me contó su historia; viajaba haciendo pulseras por Sudamérica. Al poco rato, estaba en la plaza del pueblo con una veintena de colegas suyos, unos vendían, otros tocaban algún instrumento y otros solamente viajaban. Fue curioso hablar con varios de ellos. Cada uno una historia y una vida distinta. Que vidas tiene la gente, ¡Cuantas opciones de vida hay! Conocí también a una niña gaditana que estaba con ellos. Estaba de visita hasta Navidades y lo pasamos genial. Intentamos arreglar el mundo, pero como es imposible, nos lo dejamos para otro día. Me emborraché con ellos y perdí la hora de vuelta a casa. Lo bueno de estar viajando es que esa hora no existe. Esa sensación de libertad y aventura de hacer en cada momento lo que la intuición te pide es muy grande. Con mucha pena y alguna contusión causada por el kayak, mi próximo destino era esa ciudad que al entrar al centro o al verla sobre el mapa, me recordó a Cádiz.

Uno puede pasearse virtualmente por épocas anteriores en esta ciudad muy fácilmente, algo que a mí me encanta hacer, sobre todo si has leído algo de historia del sitio. Es emocionante pasearse por aquel tiempo donde el imperio éramos nosotros y donde no se ponía el sol. Aquella ciudad fue uno de los puertos más importantes de comercio. Gran parte de la riqueza que entraba a España a Cádiz o Sevilla desde las américas, lo hacía desde aquí. Cartagena de Indias fue y es a día de hoy un punto estratégico que, aun con su excesivo turismo, merece ser la pena ser visitada. Ver el centro histórico rodeado por la muralla, cada callejón, su estética colonial tan colorida, las catedrales… todo. Yo no soy muy fan de las grandes ciudades, pero hay que reconocer que el centro histórico de Cartagena es tema aparte. También es tema aparte la humedad por toda la costa caribeña. Las playas cercanas son hermosas, especialmente en la península de Barú, pero deberían de cuidarlas mejor, en cuanto a limpieza y explotación turística. Tenía mis últimos días por la parte del caribe así que decidí subir hacia el norte. De paso por Barranquillas y llegar a Taganga, el pueblo de salida para el parque nacional Tayrona. El norte es un lugar más pobre, lleno de chabolas sobre todo en las afueras de los centros urbanos.

Santa Marta es la ciudad más antigua de Colombia, y para una mañana está bien. Desde la bahía se pueden visitar varias playas, el acuario y diferentes museos cogiendo una lancha. Pero lo mejor de aquella zona sin duda es el Parque Natural de Tayrona. Mi hostel estaba en Taganga y desde su pequeño puerto hacían salidas hacia el parque natural. El viaje es… curioso. Lo hice con más gente en una pequeña embarcación con un motorcillo de Yamaha y varias garrafas de gasolina que lo alimentaban. Todo muy rustico. La manejaba con mucha destreza nuestro capitán: Pirulo. A mitad de camino y en medio del mar, se quedaron un par de pescadores arpón en mano que venían con nosotros. Ningún viaje aquí se desaprovecha, y en barca tampoco. A la vuelta los recogimos con su botín. Las playas son espectaculares y si uno se encamina hacia adentro debe tener cuidado, la humedad hace que la sensación de cansancio te agote. Hay otras opciones de entrada al parque por tierra por diferentes caminos y carreteras y luego de recorrerlo a caballo etc. Mi tiempo llegaba a su fin y debía volver a Cartagena para coger el avión. Todo lo bueno se acaba, pero como dijo el gran escritor colombiano García Márquez: «No llores porque ya se terminó, sonríe porque sucedió».

Con muchas cosas en el tintero, nuevas experiencias en la mochila y un poco de tristeza me metí en el avión. Colombia merece la pena verla por mucho más tiempo y yo me sentí muy bien allí, como siempre que voy a Sudamérica. No sé qué tiene, pero algo es. Muchos momentos estando allí son indescriptibles, increíblemente buenos y con una sensación de libertad y aventura brutal. Y claro, si hay aventura y batalla uno se siente muy joven. En tan solo dos semanas creo que hice un recorrido bastante completo, entre comillas, por el país. Se nota mucho la agilidad de viajar solo y conocí mucha gente de todo tipo otra vez. Tuve tiempo de leer, escribir y reflexionar mucho. La lectura, a parte de la guía del país, fue “El miedo a la libertad” de Erich Fromm, muy adecuado para un viaje en solitario y ser aún más consciente en la observación y la reflexión del entorno y de mi. A veces estaba leyendo y pensaba… ¡Joder lo han escrito para que yo lo lea en este momento! Ha sido un viaje realmente enriquecedor en lo personal, buscar la soledad en armonía es algo muy grande. Ayuda a crecer y madurar. Y todo eso a relativizar problemas, ya que si uno está a gusto consigo mismo, todo lo que ocurra en el viaje o en la vida, con un poco de flexibilidad mental, es bienvenido y tratado como reto u oportunidad.

 
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Publicado por en 10 enero, 2018 en Narrativo, Reseñas, Viaje, Vivencias

 

Cuba libre, Gracias

No es fácil escribir ni ordenar todo lo que me pasa por la cabeza de estas tres semanas espectaculares recorriendo la isla de Cuba. Creo que un buen comienzo sería diciendo gracias. Gracias por vuestros valores. Por ser, como ellos dicen (cosa que yo también pienso), nuestros hermanos. Porque realmente nos quieren. Ciertamente te sientes muy poco «Yuma» cuando estás por allí, te sientas a hablar con ellos, a comer, tomar una cerveza o dormir unas noches en su casa. No solo compartimos lengua, sino pasado y cultura. El castellano es nuestra patria común. Por supuesto no solo en Cuba, sino en toda Latinoamérica. Una patria común de quinientos millones de hispanohablantes.

Cada ciudad y pueblo del país con sus museos, en especial la Habana, permite viajar en el tiempo desde el siglo XV hasta hoy. Entender que fue España y que mereció la pena, con lo bueno y lo malo que allí llevamos. También entender porque son y porque somos, los españoles, como somos. Desde la época colonial, hasta el día de hoy, pasando por supuesto por la revolución que pese a todo vertebra gran parte de la identidad del país. Como mola ver en persona la estación de radio rebelde utilizado por el Che en el museo de la revolución. Las cosas están cambiando despacio, pero el pasado no se puede cambiar, creo. No estoy convencido de esto último, porque allí leí “1984” de Orwell. Y si, es posible que Colón tuviera razón, cuando llegó por primera vez ese 28 de Octubre a la isla: «La tierra más hermosa que ojos humanos hubieran visto».

La Habana te deja, especialmente con sus antiguos coches americanos, trasladarte unos cuantos años atrás, algo más de medio siglo. Es la ciudad que lo tiene todo sin tener nada. Es pasear horas y horas por sus calles, sin más destino que perderse, tú y la ciudad, para que, en el momento menos pensado, te vuelvas a encontrar. Te vuelvas a encontrar contigo, con la habana y con una solidaria condición humana que conquista tu sonrisa. Cualquier cosa puede suceder, cualquier cosa puede existir, si estás listo para descubrirlo. Pocos lugares son tan contradictorios. Incluso… casi tan contradictorios como nosotros mismos. Un final del día mirando al Malecón desde la Fortaleza de San Marcos bebiendo Guarapo recién exprimido con un poco de ron es un regalo a los sentidos.

El lugar más alejado de mi casa donde me hospedado es Viñales. Unos 7.500 km. Quizá uno mis lugares favoritos de la isla. Un sitio con una naturaleza riquísima, rodeado de pozas y cuevas envueltas por los «mogotes» que rodean el valle. Perfecto para la bici y para hacer algo de escalada. Es curioso. Estando tan lejos, me he sentido tan bien como en mi casa, siendo parte de la familia. Eso es mejor que todo el valle entero. Solo se puede pagar con el mismo cariño y respeto hacia ellos. Gracias por acogerme, por cuidarme y hacer mi estancia allí aún mejor. El calor familiar es algo grande, no solo en Viñales.

También gracias por algo tan maravilloso que he podido hacer tantas veces. Hablar con la gente relajadamente, con espacio y tiempo, entre personas que quieren compartir, conocer y contarte. Esas conversaciones tan enriquecedoras con la gente local… Conversaciones que surgen en cualquier lugar y se demoran horas. Es un privilegio enorme haber podido compartir vida y opiniones con gente tan distinta en edades, pensamientos y modos de vida. Es aprender y entender de primera mano, sin que nadie te lo cuente. También con otros viajeros, sobre todo los que viajan de verdad, para vivirlo, no solo para verlo. Los que viajan para vivirse. Gracias por todas y cada una de esas conversaciones y momentos. Ya sean en español, en inglés (prometo mejorar), en italiano (prometo contestar una palabra en italiano) o en la lengua favorita de los guías turísticos cubanos: «Espanghis».

Por la calma de Bahía de Cochinos y sus playas transparentes llenas de corales y peces, perfectas para hacer kilómetros en bici en busca de otro rincón más para hacer snorkel hasta que el sol se vaya. Por la primera derrota americana allí. Por los zumos de fruta bomba. Por los reencuentros y los nuevos encuentros allí y que se irían sucediendo en los diferentes destinos. Por aumentar, una vez más, mi gama de grises, algo que ocurre cada vez que uno viaja, con los ojos despiertos, el cerebro abierto y unos libros entre las manos. Eso hace entender mejor la vida y el lugar del mundo en el que vive. Por las horas de lectura, ¡Que placer tener tiempo para leer y para escribir!. ¡Que placer tener tiempo para vivir!.

También porque recordarme que esperar colas (Banco, CADECA o hasta en los baños), puede llegar a ser algo terapéutico. Aunque al principio no lo sientas. Es recordar algo que todos sabemos pero olvidamos cada día: que la vida está aquí y ahora, sin prisas. Con el que tenemos al lado, ayudando y sirviéndote de su ayuda. Como dice un buen conocido; la vida está en los ojos del otro, en la piel del otro. Esa es la conexión real y auténtica. El tacto y su placer, como dicen los chikos del maíz. Sentir la vida transcurrir tranquilamente, no hace falta mucho más.

Relajarse en la incertidumbre. Suena bien. En Cuba todo es posible, pero nunca sabrás cuándo ni cómo será. Como ellos dicen, «no es fácil». En un país tan seguro como este, no existe la certeza tampoco. Aprender a vivir con ello es convivir con nuestra naturaleza. No es un lugar para ir con prisas y eso es de agradecer.

Por permitirme viajar por los lugares más oscuros de mí y también los más amables. Por no dejarme huir. Por dejarme descubrirme. Por enfrentarme a mí mismo y permitirme pensar mi mundo y mi vida. Hacerlo desde la perspectiva real y tranquila que me permita ser feliz. Repensar tu vida y replantearte todo. Una buena respuesta; ¿Porque no? Increíble.

Por elegir cada momento para mí y disfrutarlo como si no existiera otra cosa en el mundo en ese instante. Saborear la vida como algo finito, pero sin agobios. Por dejarme llevar por otros también, decidido antes por mí, para descubrir otros caminos. Así es cuando todo es posible, hasta enamorarte en cada momento de la vida sintiéndolo por tu cuerpo y tu cabeza. Por la necesidad de reinventarse en cada momento como hacen los autóctonos. Vivir es un reinventarse diario. Por levantarte y pensar en el día como una aventura que tú vas a crear y cabe todo. Por sentirlo tanto, tanto como el aire fresco acariciándote la piel en las noches trinitarias. Ahí cambia el mundo, porque tu estas cambiándolo para ti. Joder, como mola.

Por dejarme descubrir que cuando vives, sobre todo con intensidad, entiendes que no hay tantos héroes omnipotentes y que los mitos, solo están existen en la mitología. A relativizar y a sospechar lo estúpido que es endiosar o odiar nada por muy desconocido o valorado que sea. Es mejor el respeto y la comprensión.

Por el sentimiento de volver a la única y verdadera patria: la infancia. Hacer y sentir cosas que te transportan al pasado debería ser algo obligatorio en nuestras vidas. Por sentir que valgo lo que valgo por como soy, por quien soy, sin importar nada lo que tengo. Porque yo ya lo sabía, pero en Cuba es más fácil sentirlo.

Por la luna llena de Trinidad que conecta personas. Por su puesta de sol desde la playa, algo espectacularmente bonito. Por poder tocar en el proyecto de banda callejera con la vida más corta de Trinidad. Por bailar el «Baby Girl» dentro de una cueva llena de ron. Por la cerveza bucanero y por la cristal, los mojitos, los cubalibres y la canchánchara. Porque la comida sabe a comida y la fruta sabe a fruta. Por esa naturaleza virgen que haga que media isla sea patrimonio. Que nunca lleguen allí los ladrillazos por favor. Por las risas y las sonrisas. Por como transcurre la vida allí.

Por ser un único país del continente Americano con cero niños durmiendo en la calle y sin desnutrición infantil. Por la sanidad y la educación, impensable antes. Todo esto tras un bloqueo de mas de medio siglo. Con luces y sombras. Es dignidad.

Por ser así, y porque los cambios sean progresivos. Al ritmo cubano. Como mucha gente quiere allí. No perder la identidad es importante. Sin identidad no somos nada. Por ser el verano del invierno.

Por todo esto y mil cosas más Gracias. Nos volveremos a ver. Hasta la victoria, siempre.

valleviñales

 
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Publicado por en 29 noviembre, 2016 en Abstracto, Amor, Historia, Viaje, Vivencias

 

Una enamorada y un amante bailan por Sevilla

Como cuenta Reverte al principio de La piel del tambor, nadie podría inventarse una ciudad como Sevilla. Tiene razón. Caminando por la noche, observando la giralda iluminada tenía la sensación de estar en un cuento. Te invita a pasear y perderte por ella entre la calidez de su gente. Por cada una de sus calles. Ese blanco y dorado de sus edificios bajo los cuales incide un espléndido sol andaluz.

La Sevilla testigo del tiempo que no ha perdido la memoria. Su arquitectura da fe de ello en el casco antiguo más grande de España. El Guadalquivir, por donde vino todo, atestigua nuestros lazos con América Latina y el nuevo mundo. El puerto de Indias convirtió a la ciudad en el centro financiero y mercantil de la época.

Tiene algo. Sus callejones se descubren a cada momento y te transmiten vida y tranquilidad. Desde la calle Betis se muestra un retrato para recrearse.

Aunque siempre he considerado a Andalucía como un amante en el que  puedes escapar de  la mediocridad de Madrid, que te hace envolverte en su arte y su alegría, y enamorarte de sus calles y ciudades, en mi primera visita fugaz a Sevilla (y al contrario de lo que suele ocurrirle a quien pisa por primera vez la ciudad), ésta no me enamoró.

Nunca he sido muy afín a los señoríos y las galas, y recorrer la ciudad hispalense significa moverse entre mujeres de mantilla y peineta y  señoritos con pinta de toreros, trajeados y peinados, que se mezclan entre el aroma a incienso y las procesiones, que te hacen sentir que vives en una Semana Santa constante en cualquier época del año.

En aquella visita, por más que lo intenté no encontré la sintonía, no podía fluir tranquilamente en la vida sevillana; había cosas bonitas, si, pero no sentía la belleza. Asique después de haber pasado algunos días sorteando a  las vendedoras de romero de los alrededores de la catedral me fui. No me llevaba una parte de la ciudad conmigo, no sentía nada especial después de haber estado allí. No quería a Sevilla, pero a Sevilla le gusta que le quieran, asique me hizo volver para quedarme algún tiempo después. Así pude aprender a mirarle con otros ojos, porque a Sevilla no se le puede mirar de cualquier manera, a Sevilla hay que mirarla con pasión.

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Las dos veces que la he visitado, al llegar, la ciudad estaba plácidamente dormida, con un murmullo tranquilo. De noche. Sus edificios, reposando en un reflejo naranja de foto. Como es costumbre en mi vida, busco una primera vez para las cosas antes de que se haga demasiado tarde. Tocaba por fin descubrir Sevilla. Además, en algunas ocasiones es mejor si lo haces con una persona con experiencia para serpentear entre sus edificios.

Transitamos por el centro de la ciudad, con un sol generoso, que la iluminó para nosotros. Tan generoso que no nos abrasó. Alguna que otra iglesia, hasta llegar a la plaza de la catedral nos regalaron las primeras vistas amables. Tras subir a la Giralda para observar la ciudad desde un lugar privilegiado acabamos colándonos en el barrio, sin duda, más bonito. Porque callejear, ya que no se puede hacer otra cosa, por Santa Cruz, es un placer para los sentidos. Sobre todo para la vista y el olfato.

También lo es acabar en una de sus mesas con una jarra de vino manzanilla andaluz tan típico, para calmar nuestra sed y picar algo disfrutando del vaivén del aquel sitio. Tras pasarlo tan mal entre trago y trago, llegamos sin darnos cuenta a la tarde. Paseamos entre las sombras de los parques cercanos al Alcázar tratando de evitar un sol hercúleo y cruzando un par de calles llegamos a un sitio espectacular y único en su género. Mi guia trataba de sorprenderme y lo conseguía con bastante facilidad.

Uno nunca sabe lo que le va a deparar la vida, y como a quién no quiere caldo le dan dos tazas, el destino quiso que me tuviera que trasladar a Sevilla durante un tiempo indeterminado. Al principio, reacia a todo lo nuevo que me rodeaba, no conseguía la manera de adaptarme e integrarme en el entorno. Incapaz de entender el acento cuando algún conductor de autobús o camarero me hablaban, me movía constantemente desde Sevilla Este hasta el Centro, sin saber dónde pararme  y sentarme a disfrutar de cualquier sombra, tan codiciada en el calor abrasante de aquel Agosto.

Sin embargo, poco a poco, el día a día sevillano fue conquistándome, la alegría de la gente se me contagiaba, mis pies empezaron a acostumbrarse a las calles, mi cuerpo al calor, mis ojos a la Giralda y mi alma a Andalucía.

Y aunque con el tiempo fui adaptándome y viviendo en paz con la ciudad, aún recuerdo la primera vez que ésta consiguió dejarme realmente con la boca abierta.

Todavía puedo sentir la sensación de asombro y expectación por el paisaje que se iba apareciendo a mi alrededor a medida que iba cruzando las dos torres que dan entrada a uno de los lugares más impresionantes que he podido visitar.

Tuve que mirar dos veces porque no podía creer lo que mis ojos veían. Los colores, la arquitectura, el agua y el sol se combinaban a la perfección dejando un mosaico de formas que a día de hoy sigo sin poder describir con palabras. Sin embargo, desde el momento en el que pisé esa plaza, supe que había encontrado mi pequeño sitio en Sevilla, un lugar donde pasar las horas sin más que hacer que mirar de un lado a otro, y disfrutar de la belleza que Aníbal González construyó para nosotros.

A día de hoy, una de mis cosas favoritas cuando enseño a alguien la ciudad es ver su cara cuando les llevo aquí. Todavía no conozco a nadie que no se haya quedado alucinando al conocer la Plaza de España. Sigue siendo mi lugar favorito de Sevilla, y creo que lo será para siempre.

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Con permiso de la salmantina, la de Sevilla es espectacular. “És lo mejor que tenemos”, advertía una mujer de allí la noche anterior. Ya estábamos dentro para aseverar sus palabras.

Buscar tu tierra representada entre cada una de las provincias allí presentes, es una actividad constante en ese semicírculo entre dos torres que mira al Guadalquivir. Símbolo de abrazo con los antiguos territorios americanos. Con esa patria común de casi quinientos millones de hispanohablantes.

Una enamorada de la ciudad me desveló una historia allí, en el instante que subíamos a esa especie de mirador dentro de la Plaza para elevar nuestra mirada. Conocimos el lema de la ciudad y su porqué: NO8DO (No me ha dexado), por el apoyo de la ciudad a Alfonso X.

Y esque eso es viajar con sentido. Conocer que cada lugar que pisas y recorres tiene vida pasada. Dotar todo de sentido. Una historia que hace al lugar ser como es. Es imposible explicar Sevilla sin su historia, al igual que pasa con España. Se trata de amueblar los lugares que descubres con la memoria, su biografía y sus leyendas. Es la mejor manera de respetar los lugares y fluir por ellos: conociendo su historia.

Fluir tanto y notar como se dibuja en tu cara una sonrisa de complicidad al ver una cuadrilla, con una guitarra y un par de “bajos” improvisados. Dos cubiteras metálicas hacían las veces de instrumento en La Cigala de Oro. Tocando sin más motivo que la alegría de vivir y estar. Así comprendí que Sevilla tiene realmente un color especial y mucho arte, en primera persona. Si tuviera que definirla, sería así.

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Poco a poco, los Domingos por Triana empezaron a convertirse en mi momento preferido. Cada vez que cruzaba el puente parecía entrar  a otra época, a otro mundo. Triana huele a flamenco y a pescaito frito. El barullo de la calle por el día te hace perderte aún más en ella. Es la esencia de Sevilla, el barrio por excelencia. Las macetas con las flores, las guitarras, las terrazas, los balcones…

Los trianeros dicen que Triana no es Sevilla, que es otra cosa, y yo, creo que la una sin la otra y la otra sin la una, nunca hubieran sido lo que son.

Aunque siempre me ha parecido que la noche hace aparecer un halo de misterio y magia sobre cualquier lugar que cubre, a medida que pasaba el tiempo me fui dando cuenta de que a Sevilla la noche le sienta especialmente bien. Caminar por sus callejas cuando ya no hay luz puede convertirse en uno de los paseos más especiales que jamás podrás hacer.

Encontrarte de lleno con la giralda iluminada, tomar algo al lado del rio mientras contemplas en el agua el reflejo de la torre del oro, un paseo en barco por el Guadalquivir, una cena en Santa Cruz…Es la magia hecha ciudad.

¡Y la feria! Uno nunca ha vivido Sevilla si no ha ido a una feria…Los  trajes de gitana, las flores en el pelo, el vino fino…quedarse embobado viendo bailar a todo el mundo, escuchar “Sueña la margarita con ser romero” hasta volverse loco.

Una vez que cruzas la portada, dentro del ferial, debes estar preparado para el derroche de arte y alegría que se vive en cada caseta.

No conozco la feria, por falta de tiempo. Dos ocasiones. Sólo dos fines de semana han hecho que me convirtiera en un amante fugaz. Pero un buen amante, creo. Ya hace algo más de un año de la primera visita y fue hace muy poco la segunda. Aún quedan cosas por ver. Mejor así. Eso no es tan importante y me valdrá de excusa para volver a ser, al menos una vez más, amante de Sevilla. Lo importante no es lo que queda por ver, sino por vivir. Porque todo aquello, es un lugar para vivirlo y sentirlo. De manera tranquila, dejándote seducir por aquel microclima.

Recuerdo nítidamente el sentimiento al dejar la ciudad. Las dos veces. Fue el mismo y en el mismo lugar, en Santa Justa. “No me quiero ir de aquí”, pensaba, mientras el sentimiento de pena recorría mi cuerpo como un pequeño escalofrío. Quizá es un placer irse con ganas de no querer largarse de un lugar. Suena raro, muy raro, pero es cierto.

Aún así, ni siquiera me enfade ni me entro demasiada coraje. Abracé aquel sentimiento, porque sabía que me volvería a llevar hasta allí. Creo que uno no se despide para siempre de Sevilla. Intuí entonces que de ésta ciudad, no se puede ser un mal amante que la abandona durante mucho tiempo.

Justo hoy, mientras escribo esto, hace un año que dejé Sevilla para volver a mi casa. No pude despedirme de la ciudad, aunque en el fondo creo que es que no quise.

Contra todo pronóstico me dolía decirle adiós.  Poco a poco me había ganado, y me había convertido en alguien que antes no era. Aprendí a amar a Sevilla.

A veces me despierto pensando que sigo alli, pero me asomo a la ventana y la Almudena me recuerda que no. Y creo que siempre me quedará dentro un trocito de ciudad por lo vivido, y seguiré echando de menos el acabar todas las fiestas bailando sevillanas aunque no me sepa ni la primera, echaré de menos los “mi arma” y el rebujito, las mantillas, las peinetas y las flores en el pelo, los Domingos por Triana, y las noches de paseo…

Y desde entonces ya no puedo considerar a Andalucía como un amante con el que escapar de vez en cuando…Sevilla se merece más que eso…a Sevilla hay que quererla… Sevilla, cuánto te quiero.

Fdo. la enamorada y el amante,

Miriam O. y Juan P.

avila

 
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Publicado por en 23 junio, 2016 en Amor, Historia, Narrativo, Viaje, Vivencias

 

La sed del Viajero

Una de las mejores cosas que tiene viajar sólo es que conoces y hablas con mucha más gente que si vas con alguien. En parte es de pura lógica. No quiero decir que viajando acompañado no lo hagas, pero no es lo mismo. No puede ser lo mismo. Es más, la gente que viaja sola suele ser acogida por otros viajeros de mejor manera y creo que eso es porque el sujeto está mas abierto y flexible a todo lo que le rodea y a lo que pueda pasar. Esta más abierto a la aventura. Ésa sensación de no saber exactamente que va a pasar y todo lo que pueda ocurrir es bienvenido. Esa sensación… Como una página en blanco de una novela que aún no ha sido escrita. El guión esta en blanco… qué buena sensación.

Es divertido e increíble darse cuenta de lo que se mueve la gente y cómo lo hace. Y de que ésa misma gente, cuanto más rueda más dispuesta está a tener vivencias o conversaciones con cualquiera en cualquier lugar de manera natural. Ya que «cualquier lugar» es su hábitat natural. El mundo para ellos es cada vez más pequeño y le comprenden y le respetan mejor. No es que haya viajado sólo muchas veces, pero recuerdo muchas conversaciones curiosas, con gente en el avión, en cualquier autobús, en una terraza… Conversaciones auténticas con gente con la que sabes que sólo vas a compartir unas horas. Conversaciones que te apetece tener y notas que también a la otra persona. No es una obligación sino un placer que forma parte del viaje. Por eso, a menudo, no te sientes sólo, aunque vayas sólo.

Tengo recuerdos y muy buenos algunos. Uno de los más curiosas, que aún recuerdo, es la que tuve con una mujer mayor, que viajaba a España desde Bélgica para coger seguidamente otro avión a Sudamérica para volver a casa. Su hijo vivía en Bélgica con su mujer, pero realmente eran de «el Perú», como me dijo ella. Había estado visitándolo unas semanas. Hablamos de todo, incluso de si dios existe o no, en una hora y media. Me invito a conocer su país y le di una pegatina con la dirección de este blog, que me dijo que leería, cosa que me hizo mucha ilusión si de verdad llego a hacerlo alguna vez.

Hace un año, estuve en Marruecos. Un viaje diferente y especial, porque entre otras cosas viajaba sólo. Hubo de todo en esa semana. Fue uno de los primeros días en Marrakech y recuerdo que estuve por el día recorriendo la ciudad. Piqué en una típica que te meten doblada y a partir de ahí ya aprendes a funcionar allí. Cuanto antes mejor. Después de pasar el día un poco cansado por el calor y por hacerte a la ciudad, me fui a ver la puesta de sol en una terraza en una de las plazas más increíbles: Jemaa el Fna. Ver como se transforma la plaza cuando cae el sol es increíble, y más desde una terraza tomando su té a la menta tan típico. Intentando coger sitio, al ver que estaba llena, me puse en una esquina pero no era un buen lugar. Desde allí observé dos chicas que entraban y buscaban sitio también. Además hablaban castellano. Cuando uno está cansado es doble el esfuerzo de hablar en un idioma que apenas manejas. Por suerte, observé que conseguían una mesa en primera línea.

Tras pensarlo un par de veces y con algo de necesidad de socializar en castellano, me acerqué a preguntarles si les molestaba que me sentara allí. Me dijeron que no y bueno, empezamos a hablar. La verdad que fue agradable y divertido. Luego nos fuimos juntos a cenar a un sitio barato y riquísimo cerca de la plaza que ellas conocían. Hubo un rato que hablamos de viajes y Estela, me contó que había estado en India y varios sitios más. En ese momento pensé, joder, y yo pensaba que había viajado… algo.

Después de cenar estuvimos dando un paseo por la plaza. El ambiente es increíble, lo pienso y recuerdo la sensación de moverme por aquella plaza entre encantadores de serpientes, aguadores, los timbales y la música, el fuego, vendedores de comida, gente, ruido y cosas de todo tipo… y los juegos que organizan. Aquí recuerdo una muy buena. Uno de los juegos era con un palo a modo caña de pescar: con un hilo y en la punta una especie de donuts de goma con el que tenías que pescar una botella. Parecía fácil pero no lo era. Jugar un rato valía 5 Dirham. El caso es que al principio yo me preguntaba, cuál era el premio si se conseguía hacer, e intentaba observar a ver si alguien lo conseguía para ver que se llevaban. Poco a poco me di cuenta que no, que el quid de la cuestión no era el ganar algo sino el pasar un rato entretenido. Y es que ese es el quid de la vida muchas veces. No hacer tanto las cosas por el cuanto o el que saco, sino por el placer de hacerlas. Vaya vicio al final, nos llegamos a picar bastante.

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Justo hace poco, un año más tarde, veo que Estela sigue viajando, y eso no es cosa nueva, cada poco tiempo veo en las redes sociales otro viaje más, y descubro que además escribe un blog sobre ello. Por eso he escrito esta entrada, y por eso se llama así, como su blog. La sed del viajero. Cuenta sus viajes por Europa, Asia, África y América. Curiosidades de todo tipo. Desde aquí os invito a que entréis a leer los artículos sobre viajes, ofertas y todo lo relacionado con sus peregrinajes pasados y futuros. Mola mucho leer a gente cuya vida es viajar y su preocupación es saber cuál será el próximo destino. Esta llena de información.

Un té, con menta para saciar la sed del viajero, esta vez en la plaza de Jemaa el fna. Por eso y por toda la gente viajera y local tan buena anfitriona, con la que he compartido experiencias y vida. Por la gente que viaja y que entiende lo importante y llena que es una vida así. Por la compañía y por la soledad escogida de los viajes. Por las miradas cómplices de los viajeros y por el ansia de conocer lugares y sensaciones nuevas.

Acabo con una cita, que va al pelo, de un escritor español.

«Viajar es imprescindible y la sed de viaje, un síntoma neto de inteligencia.» Enrique Jardiel Poncela.

Su web es: www.laseddelviajero.com

 

 
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Publicado por en 25 mayo, 2016 en Viaje, Vivencias

 

Libros y viajes

Tengo claro, y cada vez más, que una de los mejores ejercicios que uno puede hacer es viajar. Por diferentes motivos: conocer lugares, culturas, maneras, saber quién eres y porque eres así, conocer personas diferentes y que te cuenten en primera persona… Otro ejercicio parecido es leer. Sus beneficios son bastante similares, uno es más teórico y el otro más práctico. Son igual de importantes para complementar al otro y es curioso como una cosa lleva a la otra y al revés. O por lo menos a mí. Cómo el libro te lleva a la vida, al viaje, a la aventura, y como el lugar, el sitio, la experiencia te lleva al libro, al conocimiento, para completar todo lo que no sabes. Por eso cada vez leo más y mejor y cada vez intento viajar más.

El libro es la guía y el conocimiento, es lo que te permite aprender, pero sobre todo entender. Lo que te da las claves para conocer cómo era o como es tal o cual cosa y saber que todo ha ocurrido ya. Los libros te lo cuentan. En la guerra, en el amor, en la amistad, en el trabajo… en todo. Es la memoria de los lugares y ayuda a acercarse al porque y al cómo somos y porque nos dirigíamos a uno u otro lugar. Sin ellos somos analfabetos y todo lo que ello conlleva. Te permiten relativizar y mirar con amplitud, además no pierden la memoria nunca. Son también una manera de multiplicar tu vida por cien, viviendo otras vidas y viajando a través de conocimiento, lugares o personajes.

Viajar es la aventura, lo nuevo: sentirse joven. Uno siempre es joven en vísperas de la batalla. ¿Cómo será? ¿Qué me espera? Como dice aquella frase; “No viajamos para escapar de la vida, viajamos para que la vida no se nos escape”. Te ayuda a darte cuenta de que lo que leíste está ahí, lo puedes ver y lo puedes tocar y también de que te queda mucho por leer y mucho más por ver. Viajar te pone en tu sitio y te hace mejor porque ves y entiendes otros lugares y la gente que los ocupa. Te llena tu mochila de vida para que continúes tu camino. Viajar te cura, te abre la mente, te permite imaginar, te mantiene despierto. Viajar de verdad, con consciencia, te hace más rico.

Estoy leyendo ahora “La caída de los gigantes” de Ken Follett. Es novela histórica. A diferencia de las anteriores noveles históricas que leído, este es un tomo ya importante. Un libro cuyo lomo ancho sujeta las más de mil páginas. Es la primera que leo con estructuras grandes y con tanto número de personajes e historias en diferentes lugares de Europa. La guía de los más de cincuenta personajes es muy útil en ciertos momentos. La historia lo requiere. Desde 1911 hasta 1924, La revolución Rusa y la Gran Guerra. La disposición de las potencias dentro y fuera de sus fronteras, los nacionalismos, la lucha de los trabajadores y de las mujeres… Es muy buena y por algo es un Best Seller, claro.

Uno de sus varios escenarios es Londres. No es que conozca mucho la ciudad, pero es muy agradable pasear por aquellos lugares en los que estas o has estado hace poco, pero 90 años atrás. Es como viajar en el tiempo, en un determinado escenario. El piso de soltero de Walter en Piccadilly, el palacio de Buckingam o el Palacio de Westminister “entrando” desde fuera a la cámara de los lores y a la cámara de los comunes y escuchando lo que dijo Churchill. Andar por Chelsea donde se produjo aquella boda furtiva el día que Gran Bretaña le declaro la guerra a Alemania o coger un tren en Liverpool Street, como pasa en la novela.

Colocar a los personajes en los diferentes lugares. Imaginarles ahí. Hace que la historia que lees o estudias, sea más real y te permite amueblar esos decorados y proyectarlos. Lo hace todo mucho más auténtico. Tiene su puntito estar en el escenario, pisarlo y hacerlo tuyo. Y darse cuenta de las cosas que han cambiado y de las que apenas ha cambiado nada. De que somos como somos, porque fuimos como fuimos.

Por eso y por muchas más cosas; leer y viajar, viajar y leer. Una ha de llevar a la otra.

Para terminar una cita y su correspondiente entrevista a Arturo Pérez-Reverte. “Sin libros estamos perdidos, somos borregos camino del matadero” (http://www.20minutos.es/noticia/2402422/0/arturo-perez-reverte-entrevista/hombres-buenos/novela-alfaguara/).

Sahara

 
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Publicado por en 27 enero, 2016 en Abstracto, Viaje, Vivencias