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Una enamorada y un amante bailan por Sevilla

Como cuenta Reverte al principio de La piel del tambor, nadie podría inventarse una ciudad como Sevilla. Tiene razón. Caminando por la noche, observando la giralda iluminada tenía la sensación de estar en un cuento. Te invita a pasear y perderte por ella entre la calidez de su gente. Por cada una de sus calles. Ese blanco y dorado de sus edificios bajo los cuales incide un espléndido sol andaluz.

La Sevilla testigo del tiempo que no ha perdido la memoria. Su arquitectura da fe de ello en el casco antiguo más grande de España. El Guadalquivir, por donde vino todo, atestigua nuestros lazos con América Latina y el nuevo mundo. El puerto de Indias convirtió a la ciudad en el centro financiero y mercantil de la época.

Tiene algo. Sus callejones se descubren a cada momento y te transmiten vida y tranquilidad. Desde la calle Betis se muestra un retrato para recrearse.

Aunque siempre he considerado a Andalucía como un amante en el que  puedes escapar de  la mediocridad de Madrid, que te hace envolverte en su arte y su alegría, y enamorarte de sus calles y ciudades, en mi primera visita fugaz a Sevilla (y al contrario de lo que suele ocurrirle a quien pisa por primera vez la ciudad), ésta no me enamoró.

Nunca he sido muy afín a los señoríos y las galas, y recorrer la ciudad hispalense significa moverse entre mujeres de mantilla y peineta y  señoritos con pinta de toreros, trajeados y peinados, que se mezclan entre el aroma a incienso y las procesiones, que te hacen sentir que vives en una Semana Santa constante en cualquier época del año.

En aquella visita, por más que lo intenté no encontré la sintonía, no podía fluir tranquilamente en la vida sevillana; había cosas bonitas, si, pero no sentía la belleza. Asique después de haber pasado algunos días sorteando a  las vendedoras de romero de los alrededores de la catedral me fui. No me llevaba una parte de la ciudad conmigo, no sentía nada especial después de haber estado allí. No quería a Sevilla, pero a Sevilla le gusta que le quieran, asique me hizo volver para quedarme algún tiempo después. Así pude aprender a mirarle con otros ojos, porque a Sevilla no se le puede mirar de cualquier manera, a Sevilla hay que mirarla con pasión.

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Las dos veces que la he visitado, al llegar, la ciudad estaba plácidamente dormida, con un murmullo tranquilo. De noche. Sus edificios, reposando en un reflejo naranja de foto. Como es costumbre en mi vida, busco una primera vez para las cosas antes de que se haga demasiado tarde. Tocaba por fin descubrir Sevilla. Además, en algunas ocasiones es mejor si lo haces con una persona con experiencia para serpentear entre sus edificios.

Transitamos por el centro de la ciudad, con un sol generoso, que la iluminó para nosotros. Tan generoso que no nos abrasó. Alguna que otra iglesia, hasta llegar a la plaza de la catedral nos regalaron las primeras vistas amables. Tras subir a la Giralda para observar la ciudad desde un lugar privilegiado acabamos colándonos en el barrio, sin duda, más bonito. Porque callejear, ya que no se puede hacer otra cosa, por Santa Cruz, es un placer para los sentidos. Sobre todo para la vista y el olfato.

También lo es acabar en una de sus mesas con una jarra de vino manzanilla andaluz tan típico, para calmar nuestra sed y picar algo disfrutando del vaivén del aquel sitio. Tras pasarlo tan mal entre trago y trago, llegamos sin darnos cuenta a la tarde. Paseamos entre las sombras de los parques cercanos al Alcázar tratando de evitar un sol hercúleo y cruzando un par de calles llegamos a un sitio espectacular y único en su género. Mi guia trataba de sorprenderme y lo conseguía con bastante facilidad.

Uno nunca sabe lo que le va a deparar la vida, y como a quién no quiere caldo le dan dos tazas, el destino quiso que me tuviera que trasladar a Sevilla durante un tiempo indeterminado. Al principio, reacia a todo lo nuevo que me rodeaba, no conseguía la manera de adaptarme e integrarme en el entorno. Incapaz de entender el acento cuando algún conductor de autobús o camarero me hablaban, me movía constantemente desde Sevilla Este hasta el Centro, sin saber dónde pararme  y sentarme a disfrutar de cualquier sombra, tan codiciada en el calor abrasante de aquel Agosto.

Sin embargo, poco a poco, el día a día sevillano fue conquistándome, la alegría de la gente se me contagiaba, mis pies empezaron a acostumbrarse a las calles, mi cuerpo al calor, mis ojos a la Giralda y mi alma a Andalucía.

Y aunque con el tiempo fui adaptándome y viviendo en paz con la ciudad, aún recuerdo la primera vez que ésta consiguió dejarme realmente con la boca abierta.

Todavía puedo sentir la sensación de asombro y expectación por el paisaje que se iba apareciendo a mi alrededor a medida que iba cruzando las dos torres que dan entrada a uno de los lugares más impresionantes que he podido visitar.

Tuve que mirar dos veces porque no podía creer lo que mis ojos veían. Los colores, la arquitectura, el agua y el sol se combinaban a la perfección dejando un mosaico de formas que a día de hoy sigo sin poder describir con palabras. Sin embargo, desde el momento en el que pisé esa plaza, supe que había encontrado mi pequeño sitio en Sevilla, un lugar donde pasar las horas sin más que hacer que mirar de un lado a otro, y disfrutar de la belleza que Aníbal González construyó para nosotros.

A día de hoy, una de mis cosas favoritas cuando enseño a alguien la ciudad es ver su cara cuando les llevo aquí. Todavía no conozco a nadie que no se haya quedado alucinando al conocer la Plaza de España. Sigue siendo mi lugar favorito de Sevilla, y creo que lo será para siempre.

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Con permiso de la salmantina, la de Sevilla es espectacular. “És lo mejor que tenemos”, advertía una mujer de allí la noche anterior. Ya estábamos dentro para aseverar sus palabras.

Buscar tu tierra representada entre cada una de las provincias allí presentes, es una actividad constante en ese semicírculo entre dos torres que mira al Guadalquivir. Símbolo de abrazo con los antiguos territorios americanos. Con esa patria común de casi quinientos millones de hispanohablantes.

Una enamorada de la ciudad me desveló una historia allí, en el instante que subíamos a esa especie de mirador dentro de la Plaza para elevar nuestra mirada. Conocimos el lema de la ciudad y su porqué: NO8DO (No me ha dexado), por el apoyo de la ciudad a Alfonso X.

Y esque eso es viajar con sentido. Conocer que cada lugar que pisas y recorres tiene vida pasada. Dotar todo de sentido. Una historia que hace al lugar ser como es. Es imposible explicar Sevilla sin su historia, al igual que pasa con España. Se trata de amueblar los lugares que descubres con la memoria, su biografía y sus leyendas. Es la mejor manera de respetar los lugares y fluir por ellos: conociendo su historia.

Fluir tanto y notar como se dibuja en tu cara una sonrisa de complicidad al ver una cuadrilla, con una guitarra y un par de “bajos” improvisados. Dos cubiteras metálicas hacían las veces de instrumento en La Cigala de Oro. Tocando sin más motivo que la alegría de vivir y estar. Así comprendí que Sevilla tiene realmente un color especial y mucho arte, en primera persona. Si tuviera que definirla, sería así.

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Poco a poco, los Domingos por Triana empezaron a convertirse en mi momento preferido. Cada vez que cruzaba el puente parecía entrar  a otra época, a otro mundo. Triana huele a flamenco y a pescaito frito. El barullo de la calle por el día te hace perderte aún más en ella. Es la esencia de Sevilla, el barrio por excelencia. Las macetas con las flores, las guitarras, las terrazas, los balcones…

Los trianeros dicen que Triana no es Sevilla, que es otra cosa, y yo, creo que la una sin la otra y la otra sin la una, nunca hubieran sido lo que son.

Aunque siempre me ha parecido que la noche hace aparecer un halo de misterio y magia sobre cualquier lugar que cubre, a medida que pasaba el tiempo me fui dando cuenta de que a Sevilla la noche le sienta especialmente bien. Caminar por sus callejas cuando ya no hay luz puede convertirse en uno de los paseos más especiales que jamás podrás hacer.

Encontrarte de lleno con la giralda iluminada, tomar algo al lado del rio mientras contemplas en el agua el reflejo de la torre del oro, un paseo en barco por el Guadalquivir, una cena en Santa Cruz…Es la magia hecha ciudad.

¡Y la feria! Uno nunca ha vivido Sevilla si no ha ido a una feria…Los  trajes de gitana, las flores en el pelo, el vino fino…quedarse embobado viendo bailar a todo el mundo, escuchar “Sueña la margarita con ser romero” hasta volverse loco.

Una vez que cruzas la portada, dentro del ferial, debes estar preparado para el derroche de arte y alegría que se vive en cada caseta.

No conozco la feria, por falta de tiempo. Dos ocasiones. Sólo dos fines de semana han hecho que me convirtiera en un amante fugaz. Pero un buen amante, creo. Ya hace algo más de un año de la primera visita y fue hace muy poco la segunda. Aún quedan cosas por ver. Mejor así. Eso no es tan importante y me valdrá de excusa para volver a ser, al menos una vez más, amante de Sevilla. Lo importante no es lo que queda por ver, sino por vivir. Porque todo aquello, es un lugar para vivirlo y sentirlo. De manera tranquila, dejándote seducir por aquel microclima.

Recuerdo nítidamente el sentimiento al dejar la ciudad. Las dos veces. Fue el mismo y en el mismo lugar, en Santa Justa. “No me quiero ir de aquí”, pensaba, mientras el sentimiento de pena recorría mi cuerpo como un pequeño escalofrío. Quizá es un placer irse con ganas de no querer largarse de un lugar. Suena raro, muy raro, pero es cierto.

Aún así, ni siquiera me enfade ni me entro demasiada coraje. Abracé aquel sentimiento, porque sabía que me volvería a llevar hasta allí. Creo que uno no se despide para siempre de Sevilla. Intuí entonces que de ésta ciudad, no se puede ser un mal amante que la abandona durante mucho tiempo.

Justo hoy, mientras escribo esto, hace un año que dejé Sevilla para volver a mi casa. No pude despedirme de la ciudad, aunque en el fondo creo que es que no quise.

Contra todo pronóstico me dolía decirle adiós.  Poco a poco me había ganado, y me había convertido en alguien que antes no era. Aprendí a amar a Sevilla.

A veces me despierto pensando que sigo alli, pero me asomo a la ventana y la Almudena me recuerda que no. Y creo que siempre me quedará dentro un trocito de ciudad por lo vivido, y seguiré echando de menos el acabar todas las fiestas bailando sevillanas aunque no me sepa ni la primera, echaré de menos los “mi arma” y el rebujito, las mantillas, las peinetas y las flores en el pelo, los Domingos por Triana, y las noches de paseo…

Y desde entonces ya no puedo considerar a Andalucía como un amante con el que escapar de vez en cuando…Sevilla se merece más que eso…a Sevilla hay que quererla… Sevilla, cuánto te quiero.

Fdo. la enamorada y el amante,

Miriam O. y Juan P.

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Publicado por en 23 junio, 2016 en Amor, Historia, Narrativo, Viaje, Vivencias

 

La sed del Viajero

Una de las mejores cosas que tiene viajar sólo es que conoces y hablas con mucha más gente que si vas con alguien. En parte es de pura lógica. No quiero decir que viajando acompañado no lo hagas, pero no es lo mismo. No puede ser lo mismo. Es más, la gente que viaja sola suele ser acogida por otros viajeros de mejor manera y creo que eso es porque el sujeto está mas abierto y flexible a todo lo que le rodea y a lo que pueda pasar. Esta más abierto a la aventura. Ésa sensación de no saber exactamente que va a pasar y todo lo que pueda ocurrir es bienvenido. Esa sensación… Como una página en blanco de una novela que aún no ha sido escrita. El guión esta en blanco… qué buena sensación.

Es divertido e increíble darse cuenta de lo que se mueve la gente y cómo lo hace. Y de que ésa misma gente, cuanto más rueda más dispuesta está a tener vivencias o conversaciones con cualquiera en cualquier lugar de manera natural. Ya que “cualquier lugar” es su hábitat natural. El mundo para ellos es cada vez más pequeño y le comprenden y le respetan mejor. No es que haya viajado sólo muchas veces, pero recuerdo muchas conversaciones curiosas, con gente en el avión, en cualquier autobús, en una terraza… Conversaciones auténticas con gente con la que sabes que sólo vas a compartir unas horas. Conversaciones que te apetece tener y notas que también a la otra persona. No es una obligación sino un placer que forma parte del viaje. Por eso, a menudo, no te sientes sólo, aunque vayas sólo.

Tengo recuerdos y muy buenos algunos. Uno de los más curiosas, que aún recuerdo, es la que tuve con una mujer mayor, que viajaba a España desde Bélgica para coger seguidamente otro avión a Sudamérica para volver a casa. Su hijo vivía en Bélgica con su mujer, pero realmente eran de “el Perú”, como me dijo ella. Había estado visitándolo unas semanas. Hablamos de todo, incluso de si dios existe o no, en una hora y media. Me invito a conocer su país y le di una pegatina con la dirección de este blog, que me dijo que leería, cosa que me hizo mucha ilusión si de verdad llego a hacerlo alguna vez.

Hace un año, estuve en Marruecos. Un viaje diferente y especial, porque entre otras cosas viajaba sólo. Hubo de todo en esa semana. Fue uno de los primeros días en Marrakech y recuerdo que estuve por el día recorriendo la ciudad. Piqué en una típica que te meten doblada y a partir de ahí ya aprendes a funcionar allí. Cuanto antes mejor. Después de pasar el día un poco cansado por el calor y por hacerte a la ciudad, me fui a ver la puesta de sol en una terraza en una de las plazas más increíbles: Jemaa el Fna. Ver como se transforma la plaza cuando cae el sol es increíble, y más desde una terraza tomando su té a la menta tan típico. Intentando coger sitio, al ver que estaba llena, me puse en una esquina pero no era un buen lugar. Desde allí observé dos chicas que entraban y buscaban sitio también. Además hablaban castellano. Cuando uno está cansado es doble el esfuerzo de hablar en un idioma que apenas manejas. Por suerte, observé que conseguían una mesa en primera línea.

Tras pensarlo un par de veces y con algo de necesidad de socializar en castellano, me acerqué a preguntarles si les molestaba que me sentara allí. Me dijeron que no y bueno, empezamos a hablar. La verdad que fue agradable y divertido. Luego nos fuimos juntos a cenar a un sitio barato y riquísimo cerca de la plaza que ellas conocían. Hubo un rato que hablamos de viajes y Estela, me contó que había estado en India y varios sitios más. En ese momento pensé, joder, y yo pensaba que había viajado… algo.

Después de cenar estuvimos dando un paseo por la plaza. El ambiente es increíble, lo pienso y recuerdo la sensación de moverme por aquella plaza entre encantadores de serpientes, aguadores, los timbales y la música, el fuego, vendedores de comida, gente, ruido y cosas de todo tipo… y los juegos que organizan. Aquí recuerdo una muy buena. Uno de los juegos era con un palo a modo caña de pescar: con un hilo y en la punta una especie de donuts de goma con el que tenías que pescar una botella. Parecía fácil pero no lo era. Jugar un rato valía 5 Dirham. El caso es que al principio yo me preguntaba, cuál era el premio si se conseguía hacer, e intentaba observar a ver si alguien lo conseguía para ver que se llevaban. Poco a poco me di cuenta que no, que el quid de la cuestión no era el ganar algo sino el pasar un rato entretenido. Y es que ese es el quid de la vida muchas veces. No hacer tanto las cosas por el cuanto o el que saco, sino por el placer de hacerlas. Vaya vicio al final, nos llegamos a picar bastante.

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Justo hace poco, un año más tarde, veo que Estela sigue viajando, y eso no es cosa nueva, cada poco tiempo veo en las redes sociales otro viaje más, y descubro que además escribe un blog sobre ello. Por eso he escrito esta entrada, y por eso se llama así, como su blog. La sed del viajero. Cuenta sus viajes por Europa, Asia, África y América. Curiosidades de todo tipo. Desde aquí os invito a que entréis a leer los artículos sobre viajes, ofertas y todo lo relacionado con sus peregrinajes pasados y futuros. Mola mucho leer a gente cuya vida es viajar y su preocupación es saber cuál será el próximo destino. Esta llena de información.

Un té, con menta para saciar la sed del viajero, esta vez en la plaza de Jemaa el fna. Por eso y por toda la gente viajera y local tan buena anfitriona, con la que he compartido experiencias y vida. Por la gente que viaja y que entiende lo importante y llena que es una vida así. Por la compañía y por la soledad escogida de los viajes. Por las miradas cómplices de los viajeros y por el ansia de conocer lugares y sensaciones nuevas.

Acabo con una cita, que va al pelo, de un escritor español.

“Viajar es imprescindible y la sed de viaje, un síntoma neto de inteligencia.” Enrique Jardiel Poncela.

Su web es: www.laseddelviajero.com

 

 
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Publicado por en 25 mayo, 2016 en Viaje, Vivencias

 

Libros y viajes

Tengo claro, y cada vez más, que una de los mejores ejercicios que uno puede hacer es viajar. Por diferentes motivos: conocer lugares, culturas, maneras, saber quién eres y porque eres así, conocer personas diferentes y que te cuenten en primera persona… Otro ejercicio parecido es leer. Sus beneficios son bastante similares, uno es más teórico y el otro más práctico. Son igual de importantes para complementar al otro y es curioso como una cosa lleva a la otra y al revés. O por lo menos a mí. Cómo el libro te lleva a la vida, al viaje, a la aventura, y como el lugar, el sitio, la experiencia te lleva al libro, al conocimiento, para completar todo lo que no sabes. Por eso cada vez leo más y mejor y cada vez intento viajar más.

El libro es la guía y el conocimiento, es lo que te permite aprender, pero sobre todo entender. Lo que te da las claves para conocer cómo era o como es tal o cual cosa y saber que todo ha ocurrido ya. Los libros te lo cuentan. En la guerra, en el amor, en la amistad, en el trabajo… en todo. Es la memoria de los lugares y ayuda a acercarse al porque y al cómo somos y porque nos dirigíamos a uno u otro lugar. Sin ellos somos analfabetos y todo lo que ello conlleva. Te permiten relativizar y mirar con amplitud, además no pierden la memoria nunca. Son también una manera de multiplicar tu vida por cien, viviendo otras vidas y viajando a través de conocimiento, lugares o personajes.

Viajar es la aventura, lo nuevo: sentirse joven. Uno siempre es joven en vísperas de la batalla. ¿Cómo será? ¿Qué me espera? Como dice aquella frase; “No viajamos para escapar de la vida, viajamos para que la vida no se nos escape”. Te ayuda a darte cuenta de que lo que leíste está ahí, lo puedes ver y lo puedes tocar y también de que te queda mucho por leer y mucho más por ver. Viajar te pone en tu sitio y te hace mejor porque ves y entiendes otros lugares y la gente que los ocupa. Te llena tu mochila de vida para que continúes tu camino. Viajar te cura, te abre la mente, te permite imaginar, te mantiene despierto. Viajar de verdad, con consciencia, te hace más rico.

Estoy leyendo ahora “La caída de los gigantes” de Ken Follett. Es novela histórica. A diferencia de las anteriores noveles históricas que leído, este es un tomo ya importante. Un libro cuyo lomo ancho sujeta las más de mil páginas. Es la primera que leo con estructuras grandes y con tanto número de personajes e historias en diferentes lugares de Europa. La guía de los más de cincuenta personajes es muy útil en ciertos momentos. La historia lo requiere. Desde 1911 hasta 1924, La revolución Rusa y la Gran Guerra. La disposición de las potencias dentro y fuera de sus fronteras, los nacionalismos, la lucha de los trabajadores y de las mujeres… Es muy buena y por algo es un Best Seller, claro.

Uno de sus varios escenarios es Londres. No es que conozca mucho la ciudad, pero es muy agradable pasear por aquellos lugares en los que estas o has estado hace poco, pero 90 años atrás. Es como viajar en el tiempo, en un determinado escenario. El piso de soltero de Walter en Piccadilly, el palacio de Buckingam o el Palacio de Westminister “entrando” desde fuera a la cámara de los lores y a la cámara de los comunes y escuchando lo que dijo Churchill. Andar por Chelsea donde se produjo aquella boda furtiva el día que Gran Bretaña le declaro la guerra a Alemania o coger un tren en Liverpool Street, como pasa en la novela.

Colocar a los personajes en los diferentes lugares. Imaginarles ahí. Hace que la historia que lees o estudias, sea más real y te permite amueblar esos decorados y proyectarlos. Lo hace todo mucho más auténtico. Tiene su puntito estar en el escenario, pisarlo y hacerlo tuyo. Y darse cuenta de las cosas que han cambiado y de las que apenas ha cambiado nada. De que somos como somos, porque fuimos como fuimos.

Por eso y por muchas más cosas; leer y viajar, viajar y leer. Una ha de llevar a la otra.

Para terminar una cita y su correspondiente entrevista a Arturo Pérez-Reverte. “Sin libros estamos perdidos, somos borregos camino del matadero” (http://www.20minutos.es/noticia/2402422/0/arturo-perez-reverte-entrevista/hombres-buenos/novela-alfaguara/).

Sahara

 
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Publicado por en 27 enero, 2016 en Abstracto, Viaje, Vivencias