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Camping Peregrino

26 Mar

Ayer estaba organizando cosas cuando dí con varios papeles y tarjetas de visita que uno va guardando en un cajón cuando ya la cartera le va a estallar. Billetes de avión o tren, tickets de todo tipo y alguna tarjeta de algún restaurante o bar donde he comido bien. Siempre me gusta guardarlas para recomendar o acordarme más tarde, incluso ahora con Google Maps dónde tengo todo guardado. Es práctico, pero nada como encontrarte el cartón o el papel pasado un tiempo. Incluso una servilleta escrita en Italiano con la palabra “cazzo”. Hay cosas donde la tecnología nunca se acercará, por fortuna.

El caso es que dí con una tarjeta que me guardé el pasado verano, en la penúltima parada del camino de Santiago, donde finalmente no afrontaría mi última etapa. Pero voy a empezar por el principio.

No era el tramo más duro, ya que el día anterior había hecho la rompepiernas. Me quedaban dos kilómetros para llegar al camping y el dolor en mi rodilla derecha no paraba de agudizarse. Decidí entonces parar para hacer un clásico: Cerveza y pulpo. Terminado el festín baje hasta llegar a mi destino de aquella tarde.

Al llegar, Manuela me atendió como si fuera su hijo, tónica que se repetiría durante toda mi estancia allí. El camping era modesto pero más que suficiente. Campañas de cuatro personas. Hable un poco con mis compañeros de esa noche, dos chicas de mi edad y su tío, el cual me amenizó la madrugada con sus ronquidos; otro clásico del camino. Cómo Manuela me prometió, las duchas era lo mejor que tenían, así que me entretuve duchándome antes de salir a tomar más cerveza y picar algo. Dentro del camping claro, en su pequeño puesto, porque mi rodilla cada vez estaba peor.

Me acerqué y pedí pizzas y cerveza. Había ambientillo y entre tanto conocí a mi nuevo compadre sevillano; Sebastian. Charlamos y bebimos. Seguimos bebiendo. Cerveza, claro. Comentamos un poco como nos estaba yendo el camino y entre tanto me ponía hielo en la rodilla. En esto, llegó otro grupo de gente que sorprendentemente estaban bastante más borrachos que nosotros.

Siempre hay alguien que lo hace mejor que tú. Venían de cenar, decían. Se sentaron con nosotros y su cuenta empezó a engordar. Fue bastante divertido, mi nuevo colega y yo nos mirábamos a veces incrédulos. Pasadas cuatro o cinco rondas de cubatas, se fueron a la tienda como pudieron, literalmente. Nos quedamos el compadre sevillano y otro valenciano que entró con el famoso grupo. Aún aguantaba el tipo y nos contó la que habían preparado en el restaurante.

Eran más de las doce de la noche y decidimos irnos a nuestra tienda. A esas alturas ya no podía ni doblar la pierna. Mañana estará bien, pensé, mientras el sueño se apoderaba de mí.

Después de atusar a mi compañero para que dejara de roncar un par de veces, salió el sol en Pedrouzo. Espere a que ellos se fueran para operar más cómodo. Incluso me duche con agua caliente, estiré las piernas y me puse crema en la rodilla. Le dí los buenos días a Manuela, mientras su marido hacia cuentas en el bar del camping y me saludaba. Un café con leche y lo que tengas para comer. ¿Me puedo sentar a desayunar contigo, hijo? ¿Cómo está tu rodilla? Con ese acento gallego que a mi me suena tan bien. Le comenté que mal, pero que lo tenía que intentar, total era el último día. Le pregunté por el negocio, ya que no era un camping al uso y se veía todo muy nuevo. En un terreno grande habían plantado tiendas de campaña, un barracón para los baños, una piscina portátil grande, unas mesas y un bar rollo truck food donde daban cerveza, café y comida.

La verdad que fue el desayuno más agradable de toda mi semana de vacaciones. Me habló que ella trabajaba de funcionaria y que era su mes de vacaciones. Que algo de dinero que tenían lo habían metido ahí porque su marido ahora no estaba trabajando. De vez en cuando su hijo les echaba una mano. Se les veía gente trabajadora y afanada.

Creo bastante difícil estar con gente más atenta y amable, la verdad sea dicha y escrita. Entre tanto nos despedimos y yo les regale un saco que había traído ya que no lo iba a utilizar más y así me quitaba un poco de mochila. Nos despedimos cruzandonos palabras bonitas y prometiendo que volvería, promesa está que aún debo pero no olvido.

Aproximadamente anduve doscientos metros pero tardé una barbaridad. Quería acabar en Santiago por mis propios medios pero era imposible. Mi pierna derecha estaba rígida, la cadera se me iba a cargar al hacer contrapeso… No tenía sentido. Me dolió en el alma pero me tuve que volver. Parece una tontería pero cuando estás haciendo el camino y darte cuenta que no lo vas a poder terminar es bien jodido. Así lo fue para mi que casi me arranco a llorar.

¿No pudiste verdad hijo? Si es que no puedes andar. La verdad que no Manuela. Llamó por teléfono, preguntó al marido, todo lo que hizo falta. Al final me dió varias opciones, y decidí ir en taxi, no quería mover un dedo más. Charlamos otro rato y me invitó a otro café. No me dejó pagarle, mejor dicho. Al cabo de un rato llegó el taxi y me disponía a irme. En eso que Manuela se acercó y nos volvimos a despedir dándonos dos besos por la ventanilla. ¡A este me le cuidas bien eh!, le decía al taxista mientras arrancaba. Mentiría si no digo que casi vuelvo a romper a llorar.

Entre decepción de no poder acabar el camino y el irme de allí y encima en taxi… Intente reciclarme y antes de llegar a Santiago ya estaba de mejor humor. Era inevitable pensar en no haber podido terminar, pero me quedaba con la suerte de haber estado en aquel camping, haber conocido a Sebastián, con el que luego comí en Santiago y el negocio de Manuela y su familia. Estar sólo, fuera de casa, teniendo algún pequeño percance y sentirte igual de abrazado, es muy grande.

 
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Publicado por en 26 marzo, 2020 en Narrativo, Reseñas, Viaje, Vivencias

 

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