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Disney no ayuda al buen vivir

07 Abr

Hace menos de año que mi prima estuvo en México por varios meses y justo volvió a España cuando yo pasé allí mis vacaciones. Al regresar, hubo una comida familiar. Ella nos contaba que había estado mala, no para morirse pero si necesitar hospitalización y tratamiento. El caso es que no le recibía el especialista sí no le abonaba antes la visita. El seguro, que era de los mejores el que había contratado mi prima, les pagaba tarde y mal y los especialistas se niegan. Ella no podía moverse de la cama y su compañera tuvo que coger su tarjeta de credito, darle su código PIN, bajar a sacar la tela y pagar. El dinero por delante, sino ni médico ni medicinas ni nada. Porque con las medicinas le pasó lo mismo y tuvo que gastarse unos 300 euros. Otro persona, que estaba comiendo con nosotros dijo: “No me lo creo, eso es imposible.” Dicho completamente convencido. “¿Si no tienes dinero cómo te van a dejar morir?” Si. No te atienden, no te dan medicina. Y si te mueres, te has muerto. Sencillamente así.

Y es que, como le decíamos, es lo normal. Nadie grita allí por eso “¡Qué horror!” “¡Qué injusticia!” “¡No se puede permitir!” “¿Cómo ocurre esto?” En la mayor parte del mundo pasa eso cada día y es asumido sin mayor trascendencia. Por supuesto no pienso que este bien, pero es una realidad. En determinadas ocasiones lo he visto personalmente. Viajar no sólo sirve para ver lugares bonitos. Estar en ciertos partes del mundo te permite observar, si te preguntas lo indicado y te mezclas con los locales, como vive la gente de verdad. Es decir, que es la normalidad de la mayoría de la gente de este planeta. Y es que, amigos, nosotros no vivimos como esa mayoría. Eso no es un problema: el problema es que no tenemos consciencia y presente de ello. El norte de América, la Zona Euro, la esquina donde está Japón, Australia y algún rincón más. Juntos son un porcentaje pequeño de países en el total.

Hace poco el presidente de un país centroafricano, decía que no sabían si tenían muchos o pocos infectados o muertos. No tienen medios para curar ni para hacer test. El que viva vivirá y el que muera por la enfermedad morirá como otro cualquiera. Este tipo de situaciones no es algo nuevo allí. Es el puto día a día. Sólo cuando se ha dado en el primer mundo es, digamos, un problema oficial y tenemos la ilusión de que hemos descubierto que existe la muerte tras la esquina cuando siempre estuvo ahí. Hable el otro día con una persona que vive en Ecuador. Me comentó que según llegó el coronavirus allí la ministra de sanidad dimitió de facto. Que están encontrando cadáveres en las casas y en las calles. No hay ninguna asignación presupuestaria para este tema. Una pequeña muestra: “Guayaquil” en google, servirá de ejemplo.

Estudiando el desequilibrio cognitivo, aprendes que para que algo mute, cambie o evolucione, es necesario una inestabilidad. Los coach chupis modernos lo llaman en otro contexto; salir de la zona de confort, para provocar esa inestabilidad. Confort una palabra que puede definir las zonas desarrolladas que comentaba arriba. Creo que justo eso nos ha distanciado de la realidad de la vida: de su fragilidad inmutable. Mientras vivíamos calentitos y seguros, parafraseando a Pérez-Reverte, en un Disney de diseño, estábamos olvidando las reglas de la realidad.

Nuestra propia estabilidad gracias a la evolución técnica nos ha alejado y nos ha dejado indefensos. Quizá es la razón de que mucha gente está ahora perpleja ante la situación o no sea capaz de entender su alcance y analizarla con perspectiva. Porque en nuestro Disney, acurrucaditos, hemos olvidado la realidad: que existe el dolor inevitable, la muerte, el desastre, como un proceso más y totalmente natural de la vida. Perdiendo así las herramientas para afrontarlo con lucidez y llaneza. Ya que este sentimiento o estremecimiento que recorre especialmente la parte desarrollada del planeta, nos ha hecho, de golpe y sin vaselina, saludar la realidad. Una realidad que ahora cuesta enfrentar. También podría explicar casos como que el primer ministro de Reino Unido seguía dando la mano en hospitales orgulloso de ello hace semanas, en plan ¿Cómo va a pasar algo malo aquí? ¿Cómo va a ocurrir un desastre? ¿Estamos locos o qué? ¡Sólo es una gripe! Ayer ingresó en la UCI. Ese distanciamiento no nos ayuda a vivir y a morir con dignidad.

Llegados a este punto, creo que se van evidenciado cosas. Una muy importante es que el sistema de salud pública, la ciencia y la investigación son prioridad. Que hay que dotarlos de los máximos medios. Otra es que vivimos en Disney, pero sobre todas las cosas queremos seguir viviendo ahí. Ciegamente y pese a todo seguimos confiando en Disney, creyendo que en una situación realmente prolongada todo va a seguir funcionando chupi. No se si es por miedo, costumbre o porque no sabemos hacerlo de otra manera. Aunque si esto es lo bastante agónico y pudiera serlo, lo estúpido y superfluo acabará, espero, cayendo por su propio peso. No puedo dejar de pensar en mi ya ex compañero de piso. Me decía hace dos semanas que había que ser positivos y que esperaba que en unas semanas terminase todo. No le dije lo que pensaba por respeto y porque yo a veces lo soy. Lo que él estaba siendo en ese momento era estúpido e incauto. Decir que eso es ser positivo es desvirtuar el lenguaje. Prefería seguir engañandose en Disney a enfrentarse a la realidad. Y eso es bastante peligroso porque la realidad siempre llega. Por eso es tan importante la educación. Cuando se educa a los niños en esa burbuja, les quitamos los mecanismos defensivos que son necesarios para afrontar y entender las realidades que la vida tarde o temprano les pondrá.

Otro tema de reflexión trata sobre nuestra condición de seres gregarios. Necesitamos de la sociedad; necesitamos un médico que nos cure, un mecánico para que nos arregle el coche o al personal de limpieza o distribución de alimentos etc. En nuestra burbuja de felicidad de plástico, decadencia y pose, hemos aumentado el punto imbécil y egocentrista. Esas redes solidarias que nuestros abuelos tenían para sostenerse ha disminuido, especialmente en ciudades. Nuestra foto de perfil a engordado pero lo sustancial se ha difuminado. Hemos pervertido la escala de valores de nuestra condición. Ahora reflexionamos sobre la importancia de la sanidad, de los camioneros y sus suministros etc. La importancia de estar cerca y poder tocar y abrazar a nuestros seres queridos o podernos despedir de ellos. Algunas de estas cosas habían caído en el olvido. No es una cuestión de vivir en el paleolítico, es una ejercicio de vivir en equilibrio y conciencia con nuestra propia naturaleza. 

Para terminar positivo, cuento algo que viví sobre ese sentido de solidaridad. En Ecuador justo ahora hace tres años de ese viaje, al no ser un país grande el plan era atravesarlo con un coche. Nosotros íbamos hacia Guayaquil para bajar a las playas. Hay sólo una o dos carreteras que cruzan, debido a la orografía. Si a mitad de camino quieres ir por otro lado, igual tienes que invertir diez horas más en dar la vuelta. Hizo viento y llovió a muerte los días anteriores con movimiento sísmico incluido. Se nos iba complicando la carretera. Fuimos por tramos donde se había quedado un autobús por el desprendimiento de más de la mitad de la calzada. El temporal las había reventado. Se veían auténticos despeñaderos con mucho peligro de desprendimiento. Daban bastante miedo ir con el coche. Atravesamos varios con cuidado pero llegamos a uno que nos bajamos del coche. En una curva, un río había desbordado y bajaba el agua a con mucha fuerza cruzando la carretera. Dar la vuelta y diez horas más parecía inviable, y se iba a hacer de noche. Pasaban 4×4 despacio y las motos. Meternos con un pequeño chevrolet no nos convencia. Pasó un rato y no habíamos conseguido decidir. En eso llegó un chaval con su chica, los dos en la moto. Se bajó y habló con nosotros. Paso con la moto varias veces hasta encontrar las zonas más alta para pasar con el coche detrás. Lo vaciamos para quitarle peso y elevar la suspensión. Yo pase el río colgado en una camioneta con las mochilas encima. Nos escoltó y nos ayudó a colocar piedras en otra zona embarrada etc. Estuvo acompañándonos un par de horas. Si no es por él no se como se nos hubiera dado, pero como dicen allí, creo que la hubiéramos pasado peor. Al final para agradecérselo les invitamos a una cerveza porque nos hizo un favor enorme. Nos contó sus planes de vida y nos aconsejo sobre los peligros en Guayaquil y la zona de playa. La vida allí transcurre distinta.

Esto me hizo pensar y sobre todo sentirme bien. Allí, debido a que no hay tanto desarrollo y la posibilidad de desastre es más evidente necesitan esa solidaridad compartida. Ayudar y que te ayuden es el pan de cada día. Tienen presente que se necesitan, que necesitan esa red de solidaridad. Recibirla y ser parte de ello me ayudó a ser más consciente. Quizá, en parte, estamos en eso ahora en el mundo “desarrollado”. Reaprender a valorar lo central de la vida. Volvernos a recordar que todo, incluido este coronavirus, tiene un final.

 
 

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