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Archivo de la categoría: Vivencias

Aquellos lugares

Todo el mundo tiene ese o esos lugares. Lugares que son solo tuyos, o vuestros. Solo entre comillas claro. Algunos se pueden visitar con cierta frecuencia, otros están un poco más lejos… Sentarte y mirar el horizonte en ese sitio donde parece que todo es más fácil de pensar y repensar. Para mi normalmente están relacionados con vistas que te elevan y te dejan ver la ciudad, o mejor, el campo desde un ángulo privilegiado. Como mirar un problema con perspectiva, que te permite tomar distancia. A veces puedes estar durante horas, en silencio, disfrutando de donde estas. Solamente contigo mismo o con otras personas.

El agua corriendo del río con una montaña al fondo, una noche de playa con la luna arriba, sentado en las dunas de un desierto viendo el sol que llega o que se va, mirar la inmensidad de la ciudad o del mar… Te sientas y miras, no hace falta nada más. Se termina el ruido y todo se vuelve silencio en tu cabeza. Un silencio que cae en forma de losa sobre tu cabeza, que va enervando relajación por todo tu cuerpo. Es paz mental y física.

Hay lugares donde se ven unas escenas buenísimas como en las estaciones de trenes y sobre todo en los aeropuertos. Muchas veces cuando estoy en uno, me detengo un rato a observar a la gente. Despedidas para un fin de semana, para un mes y para un hasta la próxima, que no se sabe cuándo será. Recuentros de todo tipo, tan emocionantes y curiosos como el de un perro esperando a su dueño. Besos. Muchos besos y abrazos. Unas veces de observador y otras veces vividos en primera persona. Realmente un aeropuerto no es solo donde parten y llegan aviones. Es la puerta que te permite cambiar de mundo en unas pocas horas. Cada aeropuerto es un pequeño micro mundo donde miles de vidas se entremezclan. Es ese lugar que te lleva a casi todos los demás lugares.

Muchas veces me pregunto, porque ante esos lugares nos entra esa paz. Hay algunos que es como si estuvieran fabricados para nosotros. Nunca he sabido exactamente porque es. Donde ya no es lo que ves, sino quien eres tú en ese lugar. Cómo te sientes, con que ojos miras la vida, con qué cuerpo sientes la vida. No tienen, al menos para mi, nada que ver con lujos, ni sitios espectacularmente grandes o rimbombantes. Es donde me sentí y me siento muy vivo, libre, tan… bien. Es donde observar la belleza con suma facilidad. La belleza de la vida.

A medida que voy viajando, descubro algunos rincones que esconde una magia especial para mi. Por lo que allí sucedió y cómo yo lo viví. Y me pasa algo con estos sitios… y es que aún no se si volveré. No por la lejanía, claro, ni tampoco por que no pueda. Es simplemente porque la manera que me abrazo allí la vida, o mejor, como yo lo sentí, fue tan grande que a veces pienso que si vuelvo y no es igual se me estropeará aquel sitio que tanto salvaguardo en mi memoria y en mi corazón. Pero supongo que finalmente me podrá la curiosidad de comprobarlo y acabaré estropeándolos… o no, y como dice Sabina, volveré a aquellos viejos sitios en lo que con tanta energía amé la vida.

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Publicado por en 14 mayo, 2017 en Amor, Vivencias

 

En Avila… cómo en casa

Este lunes estuve en Ávila. Tuvimos la suerte de un día de sol para visitar la ciudad mi madre y yo. Es un sitio especial para mí, no solo porque estudié un año allí sino porque me retrotrae a mi infancia bastante. Es además es una ciudad muy agradable para la vista, con sus murallas, iglesias, conventos y catedral, que transmite tranquilidad. Creo que es un privilegio pasear por sus calles. El asunto es que íbamos a comprar algo para mi cumpleaños que fue a principios de mes, pero realmente no tenía muy claro que quería.

Andamos pues, desde el parque del recreo por la avenida de Portugal y rodeando la muralla entramos por la puerta de Alcázar. Continuamos por dentro hasta el Mercado Chico y volvimos dirección a la Catedral. Al dejar el edificio para salir de la fortaleza, hacia la Plaza de Santa Teresa, lo hicimos dejándola de costado por una de mis callejuelas favoritas. Perfecta para emboscadas o retos de honor a capa y espada en su día. Lugar estratégico donde aprovechar la cercanía de la catedral para acogerse a sagrado. Justo ahí se encuentra un bar con un patio interior perfecto para comer o tomar un vino, sobre todo en las noches de verano. Calle Cruz Vieja, para más seña.

En todo este recorrido, vimos tiendas pero nada me llamaba la atención especialmente. Así que continuamos andando por la pequeña calle de San Millán, que desemboca en una de las puertas del que fue mi colegio por un año: El Diocesano. Época donde mi ateísmo se consolidó. Justo en esa calle nos escapábamos a comprar las gominolas y demás, que comíamos de crío.

Se sucedieron más recuerdos en mi cabeza. Recordé cuando íbamos con mis padres, sobretodo a principio de cada curso, a comprarnos la ropa de deporte para ese año. Chándal, zapatillas… lo que nos hiciera falta. A unos metros de la puerta del dioce, en Deportes Sánchez. Recuerdo perfectamente los dependientes y la tienda. Entonces me di cuenta que necesitaba unas zapatillas para correr y al decírselo a mi madre, decidimos caminar unos metras hasta la allí.

Me alegraba la idea ya que hacía mucho tiempo que no íbamos. Continuamos y al doblar la esquina, sorprendido, vi la enorme cristalera de la tienda pero esta vez llena de muebles. Que rabia… le dije a mi madre que no sabía que habían cerrado. Ella me dijo que no, que solamente habían cambiado de local y estaba unos pocos metros más arriba en la acera de enfrente. Efectivamente era así. Era un poco más pequeña, pero ahí estaba.

Desde fuera observé que uno de los dependientes, el más joven, seguía allí trabajando. Atento a la puerta y a la gente que entraba para atenderla, con una mirada atenta y amable. Al pasar dentro me sonrió y le hable a cerca de mi regalo. Me aconsejó sobre las zapatillas, igual que lo hacía hace años con mis padres. La verdad que da gusto cuando te atienden y te aconsejan bien. Una vez elegidas, mientras las envolvía y me comentaba que me podía hacer un descuento, me dijo que nos conocía y se acordaba de nosotros. La verdad que me hizo mucha ilusión. Para mi es fácil recordarle, pero el habría tenido muchísimos clientes en tantos años… Cómo diría Manquiña… profesional, muy profesional.

Continuamos hablando de temas más banales y finalmente nos despedimos con un apretón de manos y una sonrisa. Al alejarnos de la tienda me daba cuenta de lo que realmente se pierde con los tristes y enormes centros comerciales. Que te conozcan y reconozcan, que te aconsejen o el hecho de conocer la persona de la tienda es mucho más cercano y mejor. Tiene su puntito el tener una conversación agradable con un conocido mientras compras. Además la pasta se la queda él y sus socios, cosa que me alegra. No van a una multinacional que mal paga a sus empleados, que encima les obliga a sonreír aunque tengan dos mil clientes al día los cuales además no han visto y seguramente no vuelvan a ver. Así que con esa buena sensación nos cogimos el coche para volver al pueblo. No sin antes parar a tomar un pincho en Rivilla, como mandan las buenas costumbres.

 
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Publicado por en 23 marzo, 2017 en Reseñas, Vivencias

 

¿Nos gusta la basura?

A juzgar por lo que se ve, puede parecer lógico pensar, que nos gusta la basura. Ejemplo son los vídeos chabacanos de internet o las fotos poco agradables que circulan por todas las redes, la comida rápida, las relaciones sociales a través de una pantalla, la tele basura… Incluso la aceptación del trabajo basura. Buena parte de lo peor lo representan los shows de televisión, por llamarlo de alguna manera. El contenido es el nulo contenido en los cerebros de los participantes. Sirva también de ejemplo los vídeos como “Caranchoa”.

No veo la tele a menudo, y estos programas no los veo nunca, pero hace unos días, encendí la tele y ahí estaba. Normalmente me precipito sobre el mando para cambiar de canal. Pero esta vez no, me senté a verlo durante cinco minutos. Para poder saber exactamente de qué hablo.

Después de estar un rato las ganas de vomitar me llegaron y apage la tele de nuevo. No digo que hubiera mayor o menor contenido, directamente no había contenido. Era una sinrazón de argumentos, donde unos a otros se faltan al respeto sin educación. Además parece que, cuanta menos educación, mejor. Claro, la estética, como dice aquella canción, “silicona y abdominales”, más marcada imposible. No entiendo cómo alguien puede sentarse a ver esto. No lo pillo. Pero sucede. Ahí están las audiencias.

Pasa lo mismo con la comida rápida, con la retórica facilona, con la música machista y sin calidad musical o con las relaciones artificiales. Ya sean porque tienen su existencia a través de aparatos electrónicos o porque se establecen por finalidades de interés, dinero o cualquier otro móvil.

Afirmaciones como “la ópera es insoportable”, “no entiendo para qué leer” o “que coñazo el teatro”.  Realmente, si no te enseñan a escuchar ópera, seguramente la escuches y te parezca una basura y prefieres escuchar Reggaetón. En los años 60, los obreros al salir de la Fábrica de la Fiat acudían a las plazas para escuchar ópera. Verdi era popular. En nuestro siglo de oro español, cuando la gente veía a Calderón o Lope les faltaba tiempo para cuadrarse. Eran conocidos y reconocidos socialmente.

Realmente me niego a pensar que nos guste la basura. Aunque lo consumamos, porque una televisión basura pertenece, a una sociedad basura, a unos políticos basura etc… Pero me niego a pensar que nos guste verdaderamente. Más bien es un asunto de educación. De hacer pedagogía de las cosas con calidad y fondo.

Cuando se nos oferta solamente basura, o en una proporción muy grande, podemos caer en esa dinámica. Pensar que eso es lo que debemos consumir. Y peor, que es lo que nos gusta o nos debe gustar. A todos los niveles, cultural, social, alimentario… Y es mentira. La mala comida no te aporta los nutrientes necesario y te hace obeso, igual que la mala cultura te entorpece el entendimiento y por lo contrario te aleja de la emancipación. De una vida más sabia. No es que te deje equidistante, es que te aleja.

Se trata de no ir a lo fácil ni a lo inmediato. No basta sólo con entretenerse. Finalmente estas son las palabras; facilón y rápido.. De plantearse en qué gastar mis horas y como. Basado en un diálogo constante con nosotros mismos y nuestras afinidades. Intentar dar un porque mayor a lo que sea hace. Es decir, que trascienda del momento puntual.

Una distracción rápida y sencilla de hacer, la cual no tenemos que trabajar de alguna manera puede frenar esa idea o sensación inevitable de que tarde o temprano nos vamos a morir, pero no aporta un poso sólido que nos permita esa belleza vital. Ese sentido que trasciende a seguir la rueda social sin parar a mirarnos. En cambio, si lo hacen la literatura, el pensamiento, el aprendizaje de un instrumento músical, la conciencia de vida y la de solidaridad, disfrutar de la naturaleza y con ella, una conversación profunda con otros o con uno mismo…

“Vive como si fueras a morir mañana, pero estudia como si fueras a vivir eternamente”. Isidoro de Sevilla.

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Publicado por en 19 enero, 2017 en Abstracto, Amor, Vivencias

 

Cuba libre, Gracias

No es fácil escribir ni ordenar todo lo que me pasa por la cabeza de estas tres semanas espectaculares recorriendo la isla de Cuba. Creo que un buen comienzo sería diciendo gracias. Gracias por vuestros valores. Por ser, como ellos dicen (cosa que yo también pienso), nuestros hermanos. Porque realmente nos quieren. Ciertamente te sientes muy poco “Yuma” cuando estás por allí, te sientas a hablar con ellos, a comer, tomar una cerveza o dormir unas noches en su casa. No solo compartimos lengua, sino pasado y cultura. El castellano es nuestra patria común. Por supuesto no solo en Cuba, sino en toda Latinoamérica. Una patria común de quinientos millones de hispanohablantes.

Cada ciudad y pueblo del país con sus museos, en especial la Habana, permite viajar en el tiempo desde el siglo XV hasta hoy. Entender que fue España y que mereció la pena, con lo bueno y lo malo que allí llevamos. También entender porque son y porque somos, los españoles, como somos. Desde la época colonial, hasta el día de hoy, pasando por supuesto por la revolución que pese a todo vertebra gran parte de la identidad del país. Como mola ver en persona la estación de radio rebelde utilizado por el Che en el museo de la revolución. Las cosas están cambiando despacio, pero el pasado no se puede cambiar, creo. No estoy convencido de esto último, porque allí leí “1984” de Orwell. Y si, es posible que Colón tuviera razón, cuando llegó por primera vez ese 28 de Octubre a la isla: “La tierra más hermosa que ojos humanos hubieran visto”.

La Habana te deja, especialmente con sus antiguos coches americanos, trasladarte unos cuantos años atrás, algo más de medio siglo. Es la ciudad que lo tiene todo sin tener nada. Es pasear horas y horas por sus calles, sin más destino que perderse, tú y la ciudad, para que, en el momento menos pensado, te vuelvas a encontrar. Te vuelvas a encontrar contigo, con la habana y con una solidaria condición humana que conquista tu sonrisa. Cualquier cosa puede suceder, cualquier cosa puede existir, si estás listo para descubrirlo. Pocos lugares son tan contradictorios. Incluso… casi tan contradictorios como nosotros mismos. Un final del día mirando al Malecón desde la Fortaleza de San Marcos bebiendo Guarapo recién exprimido con un poco de ron es un regalo a los sentidos.

El lugar más alejado de mi casa donde me hospedado es Viñales. Unos 7.500 km. Quizá uno mis lugares favoritos de la isla. Un sitio con una naturaleza riquísima, rodeado de pozas y cuevas envueltas por los “mogotes” que rodean el valle. Perfecto para la bici y para hacer algo de escalada. Es curioso. Estando tan lejos, me he sentido tan bien como en mi casa, siendo parte de la familia. Eso es mejor que todo el valle entero. Solo se puede pagar con el mismo cariño y respeto hacia ellos. Gracias por acogerme, por cuidarme y hacer mi estancia allí aún mejor. El calor familiar es algo grande, no solo en Viñales.

También gracias por algo tan maravilloso que he podido hacer tantas veces. Hablar con la gente relajadamente, con espacio y tiempo, entre personas que quieren compartir, conocer y contarte. Esas conversaciones tan enriquecedoras con la gente local… Conversaciones que surgen en cualquier lugar y se demoran horas. Es un privilegio enorme haber podido compartir vida y opiniones con gente tan distinta en edades, pensamientos y modos de vida. Es aprender y entender de primera mano, sin que nadie te lo cuente. También con otros viajeros, sobre todo los que viajan de verdad, para vivirlo, no solo para verlo. Los que viajan para vivirse. Gracias por todas y cada una de esas conversaciones y momentos. Ya sean en español, en inglés (prometo mejorar), en italiano (prometo contestar una palabra en italiano) o en la lengua favorita de los guías turísticos cubanos: “Espanghis”.

Por la calma de Bahía de Cochinos y sus playas transparentes llenas de corales y peces, perfectas para hacer kilómetros en bici en busca de otro rincón más para hacer snorkel hasta que el sol se vaya. Por la primera derrota americana allí. Por los zumos de fruta bomba. Por los reencuentros y los nuevos encuentros allí y que se irían sucediendo en los diferentes destinos. Por aumentar, una vez más, mi gama de grises, algo que ocurre cada vez que uno viaja, con los ojos despiertos, el cerebro abierto y unos libros entre las manos. Eso hace entender mejor la vida y el lugar del mundo en el que vive. Por las horas de lectura, ¡Que placer tener tiempo para leer y para escribir!. ¡Que placer tener tiempo para vivir!.

También porque recordarme que esperar colas (Banco, CADECA o hasta en los baños), puede llegar a ser algo terapéutico. Aunque al principio no lo sientas. Es recordar algo que todos sabemos pero olvidamos cada día: que la vida está aquí y ahora, sin prisas. Con el que tenemos al lado, ayudando y sirviéndote de su ayuda. Como dice un buen conocido; la vida está en los ojos del otro, en la piel del otro. Esa es la conexión real y auténtica. El tacto y su placer, como dicen los chikos del maíz. Sentir la vida transcurrir tranquilamente, no hace falta mucho más.

Relajarse en la incertidumbre. Suena bien. En Cuba todo es posible, pero nunca sabrás cuándo ni cómo será. Como ellos dicen, “no es fácil”. En un país tan seguro como este, no existe la certeza tampoco. Aprender a vivir con ello es convivir con nuestra naturaleza. No es un lugar para ir con prisas y eso es de agradecer.

Por permitirme viajar por los lugares más oscuros de mí y también los más amables. Por no dejarme huir. Por dejarme descubrirme. Por enfrentarme a mí mismo y permitirme pensar mi mundo y mi vida. Hacerlo desde la perspectiva real y tranquila que me permita ser feliz. Repensar tu vida y replantearte todo. Una buena respuesta; ¿Porque no? Increíble.

Por elegir cada momento para mí y disfrutarlo como si no existiera otra cosa en el mundo en ese instante. Saborear la vida como algo finito, pero sin agobios. Por dejarme llevar por otros también, decidido antes por mí, para descubrir otros caminos. Así es cuando todo es posible, hasta enamorarte en cada momento de la vida sintiéndolo por tu cuerpo y tu cabeza. Por la necesidad de reinventarse en cada momento como hacen los autóctonos. Vivir es un reinventarse diario. Por levantarte y pensar en el día como una aventura que tú vas a crear y cabe todo. Por sentirlo tanto, tanto como el aire fresco acariciándote la piel en las noches trinitarias. Ahí cambia el mundo, porque tu estas cambiándolo para ti. Joder, como mola.

Por dejarme descubrir que cuando vives, sobre todo con intensidad, entiendes que no hay tantos héroes omnipotentes y que los mitos, solo están existen en la mitología. A relativizar y a sospechar lo estúpido que es endiosar o odiar nada por muy desconocido o valorado que sea. Es mejor el respeto y la comprensión.

Por el sentimiento de volver a la única y verdadera patria: la infancia. Hacer y sentir cosas que te transportan al pasado debería ser algo obligatorio en nuestras vidas. Por sentir que valgo lo que valgo por como soy, por quien soy, sin importar nada lo que tengo. Porque yo ya lo sabía, pero en Cuba es más fácil sentirlo.

Por la luna llena de Trinidad que conecta personas. Por su puesta de sol desde la playa, algo espectacularmente bonito. Por poder tocar en el proyecto de banda callejera con la vida más corta de Trinidad. Por bailar el “Baby Girl” dentro de una cueva llena de ron. Por la cerveza bucanero y por la cristal, los mojitos, los cubalibres y la canchánchara. Porque la comida sabe a comida y la fruta sabe a fruta. Por esa naturaleza virgen que haga que media isla sea patrimonio. Que nunca lleguen allí los ladrillazos por favor. Por las risas y las sonrisas. Por como transcurre la vida allí.

Por ser un único país del continente Americano con cero niños durmiendo en la calle y sin desnutrición infantil. Por la sanidad y la educación, impensable antes. Todo esto tras un bloqueo de mas de medio siglo. Con luces y sombras. Es dignidad.

Por ser así, y porque los cambios sean progresivos. Al ritmo cubano. Como mucha gente quiere allí. No perder la identidad es importante. Sin identidad no somos nada. Por ser el verano del invierno.

Por todo esto y mil cosas más Gracias. Nos volveremos a ver. Hasta la victoria, siempre.

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Publicado por en 29 noviembre, 2016 en Abstracto, Amor, Historia, Vivencias

 

Una enamorada y un amante bailan por Sevilla

Como cuenta Reverte al principio de La piel del tambor, nadie podría inventarse una ciudad como Sevilla. Tiene razón. Caminando por la noche, observando la giralda iluminada tenía la sensación de estar en un cuento. Te invita a pasear y perderte por ella entre la calidez de su gente. Por cada una de sus calles. Ese blanco y dorado de sus edificios bajo los cuales incide un espléndido sol andaluz.

La Sevilla testigo del tiempo que no ha perdido la memoria. Su arquitectura da fe de ello en el casco antiguo más grande de España. El Guadalquivir, por donde vino todo, atestigua nuestros lazos con América Latina y el nuevo mundo. El puerto de Indias convirtió a la ciudad en el centro financiero y mercantil de la época.

Tiene algo. Sus callejones se descubren a cada momento y te transmiten vida y tranquilidad. Desde la calle Betis se muestra un retrato para recrearse.

Aunque siempre he considerado a Andalucía como un amante en el que  puedes escapar de  la mediocridad de Madrid, que te hace envolverte en su arte y su alegría, y enamorarte de sus calles y ciudades, en mi primera visita fugaz a Sevilla (y al contrario de lo que suele ocurrirle a quien pisa por primera vez la ciudad), ésta no me enamoró.

Nunca he sido muy afín a los señoríos y las galas, y recorrer la ciudad hispalense significa moverse entre mujeres de mantilla y peineta y  señoritos con pinta de toreros, trajeados y peinados, que se mezclan entre el aroma a incienso y las procesiones, que te hacen sentir que vives en una Semana Santa constante en cualquier época del año.

En aquella visita, por más que lo intenté no encontré la sintonía, no podía fluir tranquilamente en la vida sevillana; había cosas bonitas, si, pero no sentía la belleza. Asique después de haber pasado algunos días sorteando a  las vendedoras de romero de los alrededores de la catedral me fui. No me llevaba una parte de la ciudad conmigo, no sentía nada especial después de haber estado allí. No quería a Sevilla, pero a Sevilla le gusta que le quieran, asique me hizo volver para quedarme algún tiempo después. Así pude aprender a mirarle con otros ojos, porque a Sevilla no se le puede mirar de cualquier manera, a Sevilla hay que mirarla con pasión.

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Las dos veces que la he visitado, al llegar, la ciudad estaba plácidamente dormida, con un murmullo tranquilo. De noche. Sus edificios, reposando en un reflejo naranja de foto. Como es costumbre en mi vida, busco una primera vez para las cosas antes de que se haga demasiado tarde. Tocaba por fin descubrir Sevilla. Además, en algunas ocasiones es mejor si lo haces con una persona con experiencia para serpentear entre sus edificios.

Transitamos por el centro de la ciudad, con un sol generoso, que la iluminó para nosotros. Tan generoso que no nos abrasó. Alguna que otra iglesia, hasta llegar a la plaza de la catedral nos regalaron las primeras vistas amables. Tras subir a la Giralda para observar la ciudad desde un lugar privilegiado acabamos colándonos en el barrio, sin duda, más bonito. Porque callejear, ya que no se puede hacer otra cosa, por Santa Cruz, es un placer para los sentidos. Sobre todo para la vista y el olfato.

También lo es acabar en una de sus mesas con una jarra de vino manzanilla andaluz tan típico, para calmar nuestra sed y picar algo disfrutando del vaivén del aquel sitio. Tras pasarlo tan mal entre trago y trago, llegamos sin darnos cuenta a la tarde. Paseamos entre las sombras de los parques cercanos al Alcázar tratando de evitar un sol hercúleo y cruzando un par de calles llegamos a un sitio espectacular y único en su género. Mi guia trataba de sorprenderme y lo conseguía con bastante facilidad.

Uno nunca sabe lo que le va a deparar la vida, y como a quién no quiere caldo le dan dos tazas, el destino quiso que me tuviera que trasladar a Sevilla durante un tiempo indeterminado. Al principio, reacia a todo lo nuevo que me rodeaba, no conseguía la manera de adaptarme e integrarme en el entorno. Incapaz de entender el acento cuando algún conductor de autobús o camarero me hablaban, me movía constantemente desde Sevilla Este hasta el Centro, sin saber dónde pararme  y sentarme a disfrutar de cualquier sombra, tan codiciada en el calor abrasante de aquel Agosto.

Sin embargo, poco a poco, el día a día sevillano fue conquistándome, la alegría de la gente se me contagiaba, mis pies empezaron a acostumbrarse a las calles, mi cuerpo al calor, mis ojos a la Giralda y mi alma a Andalucía.

Y aunque con el tiempo fui adaptándome y viviendo en paz con la ciudad, aún recuerdo la primera vez que ésta consiguió dejarme realmente con la boca abierta.

Todavía puedo sentir la sensación de asombro y expectación por el paisaje que se iba apareciendo a mi alrededor a medida que iba cruzando las dos torres que dan entrada a uno de los lugares más impresionantes que he podido visitar.

Tuve que mirar dos veces porque no podía creer lo que mis ojos veían. Los colores, la arquitectura, el agua y el sol se combinaban a la perfección dejando un mosaico de formas que a día de hoy sigo sin poder describir con palabras. Sin embargo, desde el momento en el que pisé esa plaza, supe que había encontrado mi pequeño sitio en Sevilla, un lugar donde pasar las horas sin más que hacer que mirar de un lado a otro, y disfrutar de la belleza que Aníbal González construyó para nosotros.

A día de hoy, una de mis cosas favoritas cuando enseño a alguien la ciudad es ver su cara cuando les llevo aquí. Todavía no conozco a nadie que no se haya quedado alucinando al conocer la Plaza de España. Sigue siendo mi lugar favorito de Sevilla, y creo que lo será para siempre.

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Con permiso de la salmantina, la de Sevilla es espectacular. “És lo mejor que tenemos”, advertía una mujer de allí la noche anterior. Ya estábamos dentro para aseverar sus palabras.

Buscar tu tierra representada entre cada una de las provincias allí presentes, es una actividad constante en ese semicírculo entre dos torres que mira al Guadalquivir. Símbolo de abrazo con los antiguos territorios americanos. Con esa patria común de casi quinientos millones de hispanohablantes.

Una enamorada de la ciudad me desveló una historia allí, en el instante que subíamos a esa especie de mirador dentro de la Plaza para elevar nuestra mirada. Conocimos el lema de la ciudad y su porqué: NO8DO (No me ha dexado), por el apoyo de la ciudad a Alfonso X.

Y esque eso es viajar con sentido. Conocer que cada lugar que pisas y recorres tiene vida pasada. Dotar todo de sentido. Una historia que hace al lugar ser como es. Es imposible explicar Sevilla sin su historia, al igual que pasa con España. Se trata de amueblar los lugares que descubres con la memoria, su biografía y sus leyendas. Es la mejor manera de respetar los lugares y fluir por ellos: conociendo su historia.

Fluir tanto y notar como se dibuja en tu cara una sonrisa de complicidad al ver una cuadrilla, con una guitarra y un par de “bajos” improvisados. Dos cubiteras metálicas hacían las veces de instrumento en La Cigala de Oro. Tocando sin más motivo que la alegría de vivir y estar. Así comprendí que Sevilla tiene realmente un color especial y mucho arte, en primera persona. Si tuviera que definirla, sería así.

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Poco a poco, los Domingos por Triana empezaron a convertirse en mi momento preferido. Cada vez que cruzaba el puente parecía entrar  a otra época, a otro mundo. Triana huele a flamenco y a pescaito frito. El barullo de la calle por el día te hace perderte aún más en ella. Es la esencia de Sevilla, el barrio por excelencia. Las macetas con las flores, las guitarras, las terrazas, los balcones…

Los trianeros dicen que Triana no es Sevilla, que es otra cosa, y yo, creo que la una sin la otra y la otra sin la una, nunca hubieran sido lo que son.

Aunque siempre me ha parecido que la noche hace aparecer un halo de misterio y magia sobre cualquier lugar que cubre, a medida que pasaba el tiempo me fui dando cuenta de que a Sevilla la noche le sienta especialmente bien. Caminar por sus callejas cuando ya no hay luz puede convertirse en uno de los paseos más especiales que jamás podrás hacer.

Encontrarte de lleno con la giralda iluminada, tomar algo al lado del rio mientras contemplas en el agua el reflejo de la torre del oro, un paseo en barco por el Guadalquivir, una cena en Santa Cruz…Es la magia hecha ciudad.

¡Y la feria! Uno nunca ha vivido Sevilla si no ha ido a una feria…Los  trajes de gitana, las flores en el pelo, el vino fino…quedarse embobado viendo bailar a todo el mundo, escuchar “Sueña la margarita con ser romero” hasta volverse loco.

Una vez que cruzas la portada, dentro del ferial, debes estar preparado para el derroche de arte y alegría que se vive en cada caseta.

No conozco la feria, por falta de tiempo. Dos ocasiones. Sólo dos fines de semana han hecho que me convirtiera en un amante fugaz. Pero un buen amante, creo. Ya hace algo más de un año de la primera visita y fue hace muy poco la segunda. Aún quedan cosas por ver. Mejor así. Eso no es tan importante y me valdrá de excusa para volver a ser, al menos una vez más, amante de Sevilla. Lo importante no es lo que queda por ver, sino por vivir. Porque todo aquello, es un lugar para vivirlo y sentirlo. De manera tranquila, dejándote seducir por aquel microclima.

Recuerdo nítidamente el sentimiento al dejar la ciudad. Las dos veces. Fue el mismo y en el mismo lugar, en Santa Justa. “No me quiero ir de aquí”, pensaba, mientras el sentimiento de pena recorría mi cuerpo como un pequeño escalofrío. Quizá es un placer irse con ganas de no querer largarse de un lugar. Suena raro, muy raro, pero es cierto.

Aún así, ni siquiera me enfade ni me entro demasiada coraje. Abracé aquel sentimiento, porque sabía que me volvería a llevar hasta allí. Creo que uno no se despide para siempre de Sevilla. Intuí entonces que de ésta ciudad, no se puede ser un mal amante que la abandona durante mucho tiempo.

Justo hoy, mientras escribo esto, hace un año que dejé Sevilla para volver a mi casa. No pude despedirme de la ciudad, aunque en el fondo creo que es que no quise.

Contra todo pronóstico me dolía decirle adiós.  Poco a poco me había ganado, y me había convertido en alguien que antes no era. Aprendí a amar a Sevilla.

A veces me despierto pensando que sigo alli, pero me asomo a la ventana y la Almudena me recuerda que no. Y creo que siempre me quedará dentro un trocito de ciudad por lo vivido, y seguiré echando de menos el acabar todas las fiestas bailando sevillanas aunque no me sepa ni la primera, echaré de menos los “mi arma” y el rebujito, las mantillas, las peinetas y las flores en el pelo, los Domingos por Triana, y las noches de paseo…

Y desde entonces ya no puedo considerar a Andalucía como un amante con el que escapar de vez en cuando…Sevilla se merece más que eso…a Sevilla hay que quererla… Sevilla, cuánto te quiero.

Fdo. la enamorada y el amante,

Miriam O. y Juan P.

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Publicado por en 23 junio, 2016 en Amor, Historia, Narrativo, Vivencias

 

La sed del Viajero

Una de las mejores cosas que tiene viajar sólo es que conoces y hablas con mucha más gente que si vas con alguien. En parte es de pura lógica. No quiero decir que viajando acompañado no lo hagas, pero no es lo mismo. No puede ser lo mismo. Es más, la gente que viaja sola suele ser acogida por otros viajeros de mejor manera y creo que eso es porque el sujeto está mas abierto y flexible a todo lo que le rodea y a lo que pueda pasar. Esta más abierto a la aventura. Ésa sensación de no saber exactamente que va a pasar y todo lo que pueda ocurrir es bienvenido. Esa sensación… Como una página en blanco de una novela que aún no ha sido escrita. El guión esta en blanco… qué buena sensación.

Es divertido e increíble darse cuenta de lo que se mueve la gente y cómo lo hace. Y de que ésa misma gente, cuanto más rueda más dispuesta está a tener vivencias o conversaciones con cualquiera en cualquier lugar de manera natural. Ya que “cualquier lugar” es su hábitat natural. El mundo para ellos es cada vez más pequeño y le comprenden y le respetan mejor. No es que haya viajado sólo muchas veces, pero recuerdo muchas conversaciones curiosas, con gente en el avión, en cualquier autobús, en una terraza… Conversaciones auténticas con gente con la que sabes que sólo vas a compartir unas horas. Conversaciones que te apetece tener y notas que también a la otra persona. No es una obligación sino un placer que forma parte del viaje. Por eso, a menudo, no te sientes sólo, aunque vayas sólo.

Tengo recuerdos y muy buenos algunos. Uno de los más curiosas, que aún recuerdo, es la que tuve con una mujer mayor, que viajaba a España desde Bélgica para coger seguidamente otro avión a Sudamérica para volver a casa. Su hijo vivía en Bélgica con su mujer, pero realmente eran de “el Perú”, como me dijo ella. Había estado visitándolo unas semanas. Hablamos de todo, incluso de si dios existe o no, en una hora y media. Me invito a conocer su país y le di una pegatina con la dirección de este blog, que me dijo que leería, cosa que me hizo mucha ilusión si de verdad llego a hacerlo alguna vez.

Hace un año, estuve en Marruecos. Un viaje diferente y especial, porque entre otras cosas viajaba sólo. Hubo de todo en esa semana. Fue uno de los primeros días en Marrakech y recuerdo que estuve por el día recorriendo la ciudad. Piqué en una típica que te meten doblada y a partir de ahí ya aprendes a funcionar allí. Cuanto antes mejor. Después de pasar el día un poco cansado por el calor y por hacerte a la ciudad, me fui a ver la puesta de sol en una terraza en una de las plazas más increíbles: Jemaa el Fna. Ver como se transforma la plaza cuando cae el sol es increíble, y más desde una terraza tomando su té a la menta tan típico. Intentando coger sitio, al ver que estaba llena, me puse en una esquina pero no era un buen lugar. Desde allí observé dos chicas que entraban y buscaban sitio también. Además hablaban castellano. Cuando uno está cansado es doble el esfuerzo de hablar en un idioma que apenas manejas. Por suerte, observé que conseguían una mesa en primera línea.

Tras pensarlo un par de veces y con algo de necesidad de socializar en castellano, me acerqué a preguntarles si les molestaba que me sentara allí. Me dijeron que no y bueno, empezamos a hablar. La verdad que fue agradable y divertido. Luego nos fuimos juntos a cenar a un sitio barato y riquísimo cerca de la plaza que ellas conocían. Hubo un rato que hablamos de viajes y Estela, me contó que había estado en India y varios sitios más. En ese momento pensé, joder, y yo pensaba que había viajado… algo.

Después de cenar estuvimos dando un paseo por la plaza. El ambiente es increíble, lo pienso y recuerdo la sensación de moverme por aquella plaza entre encantadores de serpientes, aguadores, los timbales y la música, el fuego, vendedores de comida, gente, ruido y cosas de todo tipo… y los juegos que organizan. Aquí recuerdo una muy buena. Uno de los juegos era con un palo a modo caña de pescar: con un hilo y en la punta una especie de donuts de goma con el que tenías que pescar una botella. Parecía fácil pero no lo era. Jugar un rato valía 5 Dirham. El caso es que al principio yo me preguntaba, cuál era el premio si se conseguía hacer, e intentaba observar a ver si alguien lo conseguía para ver que se llevaban. Poco a poco me di cuenta que no, que el quid de la cuestión no era el ganar algo sino el pasar un rato entretenido. Y es que ese es el quid de la vida muchas veces. No hacer tanto las cosas por el cuanto o el que saco, sino por el placer de hacerlas. Vaya vicio al final, nos llegamos a picar bastante.

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Justo hace poco, un año más tarde, veo que Estela sigue viajando, y eso no es cosa nueva, cada poco tiempo veo en las redes sociales otro viaje más, y descubro que además escribe un blog sobre ello. Por eso he escrito esta entrada, y por eso se llama así, como su blog. La sed del viajero. Cuenta sus viajes por Europa, Asia, África y América. Curiosidades de todo tipo. Desde aquí os invito a que entréis a leer los artículos sobre viajes, ofertas y todo lo relacionado con sus peregrinajes pasados y futuros. Mola mucho leer a gente cuya vida es viajar y su preocupación es saber cuál será el próximo destino. Esta llena de información.

Un té, con menta para saciar la sed del viajero, esta vez en la plaza de Jemaa el fna. Por eso y por toda la gente viajera y local tan buena anfitriona, con la que he compartido experiencias y vida. Por la gente que viaja y que entiende lo importante y llena que es una vida así. Por la compañía y por la soledad escogida de los viajes. Por las miradas cómplices de los viajeros y por el ansia de conocer lugares y sensaciones nuevas.

Acabo con una cita, que va al pelo, de un escritor español.

“Viajar es imprescindible y la sed de viaje, un síntoma neto de inteligencia.” Enrique Jardiel Poncela.

Su web es: www.laseddelviajero.com

 

 
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Publicado por en 25 mayo, 2016 en Vivencias

 

Libros y viajes

Tengo claro, y cada vez más, que una de los mejores ejercicios que uno puede hacer es viajar. Por diferentes motivos: conocer lugares, culturas, maneras, saber quién eres y porque eres así, conocer personas diferentes y que te cuenten en primera persona… Otro ejercicio parecido es leer. Sus beneficios son bastante similares, uno es más teórico y el otro más práctico. Son igual de importantes para complementar al otro y es curioso como una cosa lleva a la otra y al revés. O por lo menos a mí. Cómo el libro te lleva a la vida, al viaje, a la aventura, y como el lugar, el sitio, la experiencia te lleva al libro, al conocimiento, para completar todo lo que no sabes. Por eso cada vez leo más y mejor y cada vez intento viajar más.

El libro es la guía y el conocimiento, es lo que te permite aprender, pero sobre todo entender. Lo que te da las claves para conocer cómo era o como es tal o cual cosa y saber que todo ha ocurrido ya. Los libros te lo cuentan. En la guerra, en el amor, en la amistad, en el trabajo… en todo. Es la memoria de los lugares y ayuda a acercarse al porque y al cómo somos y porque nos dirigíamos a uno u otro lugar. Sin ellos somos analfabetos y todo lo que ello conlleva. Te permiten relativizar y mirar con amplitud, además no pierden la memoria nunca. Son también una manera de multiplicar tu vida por cien, viviendo otras vidas y viajando a través de conocimiento, lugares o personajes.

Viajar es la aventura, lo nuevo: sentirse joven. Uno siempre es joven en vísperas de la batalla. ¿Cómo será? ¿Qué me espera? Como dice aquella frase; “No viajamos para escapar de la vida, viajamos para que la vida no se nos escape”. Te ayuda a darte cuenta de que lo que leíste está ahí, lo puedes ver y lo puedes tocar y también de que te queda mucho por leer y mucho más por ver. Viajar te pone en tu sitio y te hace mejor porque ves y entiendes otros lugares y la gente que los ocupa. Te llena tu mochila de vida para que continúes tu camino. Viajar te cura, te abre la mente, te permite imaginar, te mantiene despierto. Viajar de verdad, con consciencia, te hace más rico.

Estoy leyendo ahora “La caída de los gigantes” de Ken Follett. Es novela histórica. A diferencia de las anteriores noveles históricas que leído, este es un tomo ya importante. Un libro cuyo lomo ancho sujeta las más de mil páginas. Es la primera que leo con estructuras grandes y con tanto número de personajes e historias en diferentes lugares de Europa. La guía de los más de cincuenta personajes es muy útil en ciertos momentos. La historia lo requiere. Desde 1911 hasta 1924, La revolución Rusa y la Gran Guerra. La disposición de las potencias dentro y fuera de sus fronteras, los nacionalismos, la lucha de los trabajadores y de las mujeres… Es muy buena y por algo es un Best Seller, claro.

Uno de sus varios escenarios es Londres. No es que conozca mucho la ciudad, pero es muy agradable pasear por aquellos lugares en los que estas o has estado hace poco, pero 90 años atrás. Es como viajar en el tiempo, en un determinado escenario. El piso de soltero de Walter en Piccadilly, el palacio de Buckingam o el Palacio de Westminister “entrando” desde fuera a la cámara de los lores y a la cámara de los comunes y escuchando lo que dijo Churchill. Andar por Chelsea donde se produjo aquella boda furtiva el día que Gran Bretaña le declaro la guerra a Alemania o coger un tren en Liverpool Street, como pasa en la novela.

Colocar a los personajes en los diferentes lugares. Imaginarles ahí. Hace que la historia que lees o estudias, sea más real y te permite amueblar esos decorados y proyectarlos. Lo hace todo mucho más auténtico. Tiene su puntito estar en el escenario, pisarlo y hacerlo tuyo. Y darse cuenta de las cosas que han cambiado y de las que apenas ha cambiado nada. De que somos como somos, porque fuimos como fuimos.

Por eso y por muchas más cosas; leer y viajar, viajar y leer. Una ha de llevar a la otra.

Para terminar una cita y su correspondiente entrevista a Arturo Pérez-Reverte. “Sin libros estamos perdidos, somos borregos camino del matadero” (http://www.20minutos.es/noticia/2402422/0/arturo-perez-reverte-entrevista/hombres-buenos/novela-alfaguara/).

Sahara

 
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Publicado por en 27 enero, 2016 en Abstracto, Vivencias